Philippe Daufoy y Jean Pierre Sarton: Pop music/rock. Barcelona. Ed. Anagrama, 1973 236 pp.

Roberto Muggiatl: Rock: el grito y el mito. México. Siglo XXI Editores, 1974. 52 pp.

Mario Maffi: La cultura underground. Vols. 1 y 2. Barcelona. Anagrama Editores, 1975. T. I. 181 pp; T. II. 414 pp.

La crítica de rock se ha caracterizado, casi siempre, por insistir con obsesión sobre la “vida íntima” de los Grandes Idolos: los detalles más insignificantes deben ser revelados a “la raza”, no hay un auténtico fan que no sepa que el bajista de Kiss tiene la lengua más larga que cualquier otro músico, que Janis Joplin murió de catorce inyecciones de heroína o que el cantante de Jethro Tull jamás se ha puesto un pantalón de mezclilla.

Los libros Pop music/rock, Rock: el grito y el mito y La cultura underground (publicados en español en 1973, 1974 y 1975, respectivamente), reaccionan contra los críticos que han creído ver en el rock un fenómeno transitorio, desechable, una larga sucesión de anécdotas “gruesas” que desembocan en dos únicos finales: la muerte del rocanrolero (el accidente automovilístico o la sobredosis de heroína) y la capitulación del héroe (de rebelde a estrella del jet set). La importancia de estos libros radica en que se oponen a la creación de mitos (basta ya de biografías donde se descubre que Mick Jagger es Lucifer y Bob Dylan un profeta despistado). Los tres libros mencionados se preocupan por ubicar al rock en un tiempo y un espacio específico, en una época histórica determinada por condiciones económicas particulares.

Actualmente la crítica “seria” de rock se divide en quienes creen, como dijo John Lennon, que “el sueño ha terminado” y piensan que la crítica de rock se extinguirá a fines de los setenta, y quienes también están convencidos de que el sueño terminó, pero añaden que lo sorprendente es “que casi todos seguimos soñando”, como dice una canción del mismo Lennon. En esta corriente se ubican Pop music/rock, Rock: el grito y el mito y La cultura underground, tres libros que se enfrentan a una tarea en su momento novedosa (aunque no siempre bien lograda): demostrar que el rock debe ser estudiado a fondo, pues no se trata de un fenómeno pasajero, y que es necesario investigar las causas sociales que originaron el rock y los movimientos políticos que de él se desprendieron.

“Esta es una máquina para matar fascistas”, escribió en su guitarra el legendario Woodie Guthrie, pionero de la música country. Nuestros tres libros mencionan esta anécdota para recordar el móvil político de quienes fueron los Grandes Maestros de los músicos de rock. El resto de la historia es conocido: Bob Dylan visitó a Guthrie en su lecho de muerte y el viejo cantante le pidió que siguiera sus pasos, que considerara siempre a la música como un arma de la revolución. Después aparecieron Grateful Dead, Country Joe Mc Donal & The Fish, Jefferson Airplane y otros grupos que pensaban que el rock debía ayudar a transformar la sociedad.

Se empezó a hablar de la nueva revolución que surgiría en torno a la música de rock.

Pop music/rock

El libro Pop music/rock, de los franceses Philippe Daufoy y Jean Pierre Sarton es un intento de analizar los movimientos sociales surgidos alrededor del rock desde un punto de vista marxista. Daufoy y Sarton narran la historia de la música norteamericana desde los años cuarenta y se proponen desenmascarar las relaciones de clase que existen detrás de los discos y los conciertos; desgraciadamente, la Interpretación marxista del rock no ha encontrado en estos autores a sus más destacados exponentes.

La primera parte del libro se refiere al surgimiento del rock y es la más interesante, entre otras cosas porque casi no ha sido escrita por Daufoy y Sarton. En realidad, los críticos franceses siguen el mismo esquema que utilizó Charlie Gillet en su libro The Sound of the City: The Rise of Rock & Roll (Dell Publishing Co. Inc. New York, 1972). Partiendo del texto de Gillet, Daufoy y Sarton narran la creación del rock. Gillet considera que el rock es un fenómeno esencialmente urbano, aunque sus orígenes deben ser buscados en la música negra de las plantaciones sureñas. Daufoy y Sarton siguen este modelo para analizar las transformaciones que sufrió el blues antes de convertirse en el rythm & blues que se tocaba en las ciudades. Después de la guerra de Corea hubo una fuerte explosión demográfica en la población negra norteamericana que se concentró en las ciudades industriales de Estados Unidos (la peregrinación del blusista negro Willie Dixon a la ciudad de Chicago es un ejemplo típico). En los ghettos llenos de obreros negros se crearía el primer gran mercado de rythm & blues. Los negros grababan en compañías independientes produciendo con gran éxito race records, discos para los negros. Algunos blancos (como Bill Halley) trataron de probar suerte en este mercado realizando covers (música negra cantada por blancos). Los covers eran verdaderas traducciones de la música negra. Las canciones que sonaban a marginación, a resistencial cultural, eran “limpiadas”. Los músicos blancos “arreglaban” el contenido erótico de las letras. “traducían” a los oídos del gran público todo lo que sonara a temas raciales. Este desarrollo histórico de la naciente música de rock es lo mejor del libro, aunque debe mucho a Gillet; quizá la única genuina aportación de Daufoy y Sarton sea el significado político que otorgan a esta etapa: si bien el blues tenía un contenido de impugnación cultural, el rock & roll (antecedente inmediato del rock) sería una versión muy suavizada de ese ritmo, -y lo más importante es que el rock sí iba a retomar la protesta iniciada por el blues.

La segunda parte de Pop music/rock está dedicada, precisamente, a los movimientos sociales surgidos en torno a la nueva música de rock. Los años sesenta vieron pasar la creación del YIP (Partido Internacional Juvenil, que trataba de conciliar el rock, las drogas, el dadaísmo y el marxismo), las comunas hippies, las sociedades prodroga, la rebelión estudiantil en Berkeley, la impugnación a la guerra de Vietnam, los grupos terroristas inspirados en la música de rock (como los Weathermen que se inspiraron en una canción de Bob Dylan), las asociaciones religiosas, la vuelta a Oriente, los festivales multitudinarios: la cultura underground, en resumen. Daufoy y Sarton exponen este periodo con gran abundancia de datos histórico-biográficos y con la firme intención de demostrar que la cultura surgida con el rock sólo sirve para que la alienación de los jóvenes sea más perfecta. Pero la interpretación de estos autores tiene serias fallas; por ejemplo, consideran al movimiento hippie como una entidad abstracta, desligada de una estructura de clases y de la sociedad en su conjunto.

Daufoy y Sarton presentan la contradicción entre los jóvenes y la sociedad como una lucha entre la cultura underground y la cultural del stablishment. Para los autores de Pop music/rock lo que importa no son los conflictos en el interior de la sociedad, sino en sus distintas formas de representación. De este modo, se estudian los movimientos sociales ligados al rock bajo la apariencia ideológica que tenían. Vemos que, a pesar de las referencias a Marx, Daufoy y Sarton limitan su problemática a la lucha entre dos formas antagónicas de representación del mundo. Es en la contradicción entre la conciencia hippie y la conciencia burguesa donde está el problema, parecen decir los autores. Como no logran resolver esta discusión ideológica, insertan (con palanca) el problema en el sistema de relaciones de producción. Así, lo que empezó siendo una contradicción ideológica pasa mecánicamente a ser parte del estudio del mercado. No hay punto de contacto entre las premisas que establecen los autores y la resolución final. Daufoy y Sarton sustituyen el problema ideológico por el problema productivo sin señalar el nexo entre ambos.

En esta sección de Pop music/rock abundan los datos particulares, las fechas en que se creó un grupo o apareció un disco. Pero el manejo de los datos no es siempre adecuado, hay algunos errores de información. Se dice, por ejemplo, que el conjunto Cream se formó a fines de los años cincuenta, pero en realidad el trío se reunió por primera vez en 1966.

Por último, el tercer punto relevante del libro es el problema del arte en la sociedad capitalista. El rock, dicen Daufoy y Sarton, es una mercancía, tiene un valor de uso y un valor de cambio. Como valor de uso es una expresión artística que satisface ciertas necesidades (y por lo general impugna al capitalismo), pero como valor de cambio sólo es una mercancía que compite en el mercado con los demás productos.

Daufoy y Sarton consideran que el principal problema que enfrenta el rock es atacar al capitalismo y a la vez convertirse en una mercancía a su servicio. Así, terminan reduciendo su estudio a un solo aspecto determinante: el carácter mercantil de la música en la sociedad capitalista. Y de aquí desprenden la conclusión final de que el rock es incompatible con la revolución porque es una mercancía. Es inevitable que el rock se convierta en un producto como cualquier otro, pero no es esto lo que le impide tener un carácter revolucionario, como piensan los autores de Pop music/rock.

Las verdaderas limitaciones del rock para influir en la transformación de la sociedad deben buscarse en otro lado. El rock, en tanto arte, es una práctica ideológica encaminada a producir cambios en las formas de representación de la realidad, nunca en la realidad en sí misma (a no ser que vaya acompañada de una práctica política): los intentos por conciliar el rock con prácticas políticas fracasaron, principalmente porque se subordinó la militancia política a la ideológica. No era la realidad histórica, sino la música y la cultura underground los que determinaban la estrategia a seguir.

En resumen, Pop music/rock, si bien ofrece algunos datos novedosos (sobre todo relacionados con la industria disquera) y una crónica bastante fiel de la cultura underground, es un intento muy poco riguroso de interpretar al rock bajo un enfoque marxista. El epígrafe de Marx que aparece en la página 5 aporta más a la discusión arte-sociedad que todo el libro.

Rock: el grito y el mito

El crítico brasileño Roberto Muggiati ha reunido en Rock: el grito y el mito una serie de artículos que abarcan diversos aspectos de la relación entre rock y sociedad. A primera vista, el lector puede esperar que Muggiati entable alguna correspondencia entre el rock inglés y norteamericano y su influencia en Latinoamérica, o al menos en Brasil (no en balde sus artículos han aparecido previamente en la revista Manchetes de Rio de Janeiro). Pero no; el autor sigue la línea de los principales críticos europeos y se abstiene de relacionar su objeto de estudio con otros países que no sean Estados Unidos e Inglaterra. Hubiera sido más interesante que Muggiati se refiriera a la realidad brasileña, pues abundan los estudios sobre el rock europeo y en cambio son poquísimos los intentos por ligarlo a los países de Latinoamérica.

En fin, el autor se lanza al estudio del rock dejando a un lado la influencia que pudiera tener en otros países y divide su libro en cinco partes fundamentales donde busca, sucesivamente, la relación del rock con la política, el racismo, la comunicación, el consumo y la sociedad industrial desarrollada.

El crítico brasileño considera (al contrario de Daufoy y Sarton) que no se puede estudiar el rock en forma totalizadora: “La naturaleza dinámica y fragmentaria del rock no admite simplificaciones, reducciones, catalogaciones. De ahí la imposibilidad de ‘explicar’ o circunscribirlo en un panorama definitivo” (p. 15). Este principio metodológico es uno de los grandes aciertos de Muggiati. Presenta varios acercamientos, propone distintos enfoques sin pretender encontrar una solución definitiva que explique todos los fenómenos sociales relacionados con el rock.

Rock: el grito y el mito comienza, como ya es costumbre, describiendo la forma en que surgió la música de rock, desde el primer grito que lanzó un esclavo negro al sentir la explotación en las plantaciones norteamericanas, hasta la era del rock electrónico. Muggiati describe detenidamente las transformaciones que sufrió la música para llegar al rock. Su esquema es el siguiente: grito-blues-rythm & blues -rock & roll– rock. Esta concatenación es correcta, pero Muggiati se detiene en el rock y no considera ninguna otra transformación musical sufrida por este ritmo (se refiere en ocasiones al rock pesado, pero no señala su distinción con el rock progresivo, el jazz-rock, el rock sinfónico, etcétera), para él la “nueva” música entra toda en el mismo costal. Así considera en la misma corriente a Pink Floyd y Alice Cooper, a David Bowie y Emerson, Lake & Palmer, cuando la relación musical entre estos intérpretes es prácticamente antagónica.

Al hablar del origen de la palabra rock, Muggiati señala que se originó “de un viejo blues que dice: My daddy he rocks me with a steady roll (Mi hombre me mece con balanceo delicioso)” (p. 120). Esta opinión es un lugar común dentro de la crítica, a pesar de ser completamente falsa, pues la palabra rock no se originó en esa canción ni en ninguna otra en particular, no hay una pieza que inaugure el uso oficial de esta palabra. En realidad existen canciones de principios de siglo donde ya se usa “rock” con la misma connotación sexual. Pero Muggiati no sólo menciona este lugar común, sino que gran parte de los ejemplos que cita para demostrar que el rock tiene un contenido erótico son los mismos de siempre (la manera que tenía Elvis de menear las caderas o Jimi Hendrix de hacer el amor con su guitarra).

Sin embargo, cuándo Muggiati aborda el tema del rock y la política logra dar una visión compacta de las características esenciales del rock y su relación con la sociedad. El autor entabla una breve discusión con los músicos, cita entrevistas, letras de canciones y señala claramente la incapacidad del rock para incidir en la transformación de la sociedad.

En general, los capítulos de Rock: el grito y el mito deben considerarse como artículos periodísticos, aproximaciones correctas y claras pero algo superficiales. Por lo que hace al tema del rock y el consumo, Muggiati no logra un análisis realmente profundo. Entre otras cosas dice que “los Beatles no cambiarían el mundo haciendo voto de pobreza, ni lo cambiarían destinando su dinero a organizaciones de caridad o a grupos revolucionarios. Su fuerza, además de la música, estaba en el hecho de que se hicieron ricos y poderosos. Eso ayudó a que se dedicaran única y exclusivamente al rock. (…) Al proponerse un estilo de vida imposible a todos, los Beatles se presentaron como un modelo explosivo, capaz de comprometer todo el orden social” (pp. 89-90). ¿Puede un estilo de vida comprometer todo el orden social? John Lennon se metió en la cama durante varios días para protestar contra la guerra de Vietnam y obviamente sólo consiguió aburrirse un poco. Es claro que una conducta individual no puede transformar a la sociedad en su conjunto. Por otra parte, el dinero ganado por los Beatles y los demás grupos era parte de una cadena repleta de intermediarios. Y el propio Muggiati afirma en la página 105 que el dinero que la compañía London obtenía con los Rolling Stones era destinado a construir radares para los aviones B-52 que bombardeaban Vietnam. Por cada disco de los Beatles vendido en México, el cuarteto sólo recibía alrededor del 20%, el resto pasaba a manos de otras gentes. Es cierto que los Beatles ganaron mucho dinero con su música, pero la grabadora Capitol ganó más. Entre febrero de 1963 y abril de 1966 los Beatles vendieron más de 159 millones de discos, produciendo más dinero que la fábrica de motores Rolls Royce: toda una industria que de ninguna manera estaba bajo el control del conjunto de Liverpool.

Pero si Muggiati trata superficialmente el problema de las ganancias de los conjuntos al analizar la creación de los discos pirata, en cambio logra una descripción casi perfecta del mercado ilegal. El “casi” es porque Muggiati considera a estos discos como un fenómeno exclusivamente europeo y norteamericano. En realidad, los discos pirata se han convertido en una empresa multinacional que compite en todos los países con las marcas oficiales. En México los discos pirata importados son tan accesibles como cualquier otro disco extranjero de rock. Muggiati se olvida del carácter que asume el rock en otros países (entre ellos el suyo propio: Brasil).

Al estudiar el rock como fenómeno de contracultura, el autor también se olvida del “resto del mundo”. Considera el efecto de la contracultura en la sociedad industrial desarrollada, sin pensar en las características que podría adoptar en los países subdesarrollados. En México, por ejemplo, se ha pasado de la cultura hip (al estilo de la revista Piedra rodante) a la lumpencultura de los hoyos funkies. No se le puede pedir a los críticos ingleses que se interesen demasiado por este tema, pero Muggiati estaba en posibilidad de hacer un trabajo verdaderamente novedoso.

Rock: el grito y el mito presenta un panorama compacto, fluido y ameno de varios aspectos sociales relacionados con el rock. Falta un análisis más profundo (la última parte, donde termina diciendo que hasta Marcuse está en desacuerdo con la contracultura, es un ejemplo perfecto de lo que pueden hacer algunas citas sacadas de su contexto original) y sobran algunos capítulos reiterativos (el ejemplo de que el rock es erótico porque Elvis meneaba las caderas se repite en tres de los artículos). De cualquier manera el libro de Muggiati, es, junto con Pop music/rock y La cultura underground, uno de los pocos libros interesantes sobre el tema que se han traducido al español.

La cultura underground 

Mario Maffi inicia su recorrido por la cultura underground con la generación de los beatniks de los años cincuenta. Jack Kerouac, Allen Ginsberg, William Burroughs y otros escritores aparecen como fundadores del “espíritu underground“. La búsqueda de y a través de las drogas, el estudio de las culturas orientales, la influencia del jazz, el lenguaje coloquial como expresión, no de la juventud sino de los “iniciados” en la cultura beat, y la creación en los beatniks: la cultura underground (cultura alternativa, clandestina en sus inicios y bautizada como “subterránea” en 1963) de los años sesenta retomaría gran parte de las ideas de los beatniks.

Maffi aprovecha también los libros de Burroughs y Kerouac para hablar de la cultura de las drogas. The Naked Lunch (texto donde Burroughs narra detalladamente sus experiencias con las drogas) le sirve de introducción a obras científicas. El capítulo de Maffi sobre las drogas siempre oscila entre el análisis de “opiniones personales” y el estudio propiamente científico. Desgraciadamente el autor de La cultura underground concede igual importancia a las “confesiones” de los beatniks que a los textos científicos. La mayor parte de la bibliografía en la que se apoya Maffi, con citas textuales, procede de periódicos que luchan por legalizar las drogas. Los estudios científicos que menciona el autor son sólo referencias de apoyo y es difícil encontrar citas precisas que corroboren las opiniones de Maffi. Respecto a la marihuana “todavía no se ha encontrado la dosis mortal para el individuo (en el caso del alcohol, la nicotina y la aspirina, las dosis mortales van de veinte a ochenta veces la dosis normal, mientras que, en el caso de la marihuana, son necesarias cuarenta mil veces la dosis normal de un individuo para matar una mosca)” (p. 68). Más valdría consultar el número de 30 de abril de 1971 de la revista norteamericana Science (que menciona el propio Maffi) donde los datos no son tan optimistas.

Pero Maffi, a pesar de señalar que el LSD, la marihuana y el hashish no causan daños a la salud, describe acertadamente los errores de la “revolución del ácido” Para el autor italiano las drogas constituyen una forma de liberación individual y resulta absurdo pretender transformar la sociedad en base a la suma de “revoluciones” personales logradas con la droga. La meditación trascendental, las drogas, la cienciología y la dianética desfilan por la larga lista de caminos de “liberación individual” propuestos por la cultura underground. Siguiendo a Durkheim (“un todo no es idéntico a la suma de sus partes”) Maffi considera que la suma de experiencias individuales no podrá transformar a la sociedad entera.

Lo más notable de La cultura underground es el estudio de los diversos movimientos políticos que se desprendieron del rock y la cultura underground. Maffi realiza una biografía completa de los principales grupos terroristas (Weathermen, Black Panter Party, Up Against the Wall-Motherfuckers), de las organizaciones que buscaban la “revolución psicodélica” (YIP), de los movimientos de liberación de las mujeres, los homosexuales y las minorías étnicas.

Maffi señala con precisión los principales errores cometidos por estos grupos: confundir a la juventud con una clase social; transformar el arte para transformar la sociedad, “un Hombre nuevo en el interior del Sistema Viejo” (p. 43); querer cambiar la sociedad aislándose en comunas tipo Robert Owen, pidiendo, que la historia retroceda (búsqueda de un comunismo primitivo); lo “místico-pragmático”, ambigua unión de “contrarios”: Groucho y Karl Marx, Buda y el Ché y, por último, centrar la crítica al imperialismo en la opresión que ejerce sobre el Tercer Mundo (se apoyan las luchas anti-imperialistas en Vietnam y Laos, olvidando la lucha en el interior de los Estados Unidos).

Maffi utiliza la palabra Movement para designar la unión de todos los grupos de la cultura underground y señala que la vanguardia del Movement está en manos de grupos como el Industrial Workers of the World. En la Introducción dice que son asombrosos los logros que están teniendo las organizaciones marxistas-leninistas de Estados Unidos. Lamentablemente se abstiene de explicar cuáles son esos logros.

Pero aunque Maffi no aclare el alcance real de la izquierda norteamericana, el primer tomo de La cultura underground es único pues se propone analizar buena parte de las publicaciones de la izquierda norteamericana y los grupos que las impulsan. El estudio documentado y crítico de Maffi se opone a obras como The Electric Kool-Acid Test, de Tom Wolfe, que pretenden mitificar la cultura underground.

En el segundo tomo, de su libro, Maffi resume las principales expresiones artísticas del underground, desde el Living Theatre hasta el cine independiente de Jonas Mekas, pasando desde luego por la música de rock.

Para Maffi, el rock surgió como un fenómeno secundario de la cultura underground pero poco a poco se convirtió en su eje. La música fue el arma más poderosa, y también más ambigua, de la cultura juvenil. Pero después de decir esto, Maffi se pierde en el análisis de canciones, basándose casi siempre en el gran libro de Richard Goldstein, The Poetry of Rock (Bantam, New York, 1969). Se olvida de retomar la relación entre rock y cultura underground, y hay que recordar que la mayor parte de los grupos políticos que integraron el Movement se inspiraron en la cultura creada por los músicos de rock.

El paso del rythm & blues al rock & roll es explicado como un mero cambio de ritmos, olvidando las razones económicas de fondo (sobre este punto es muy clara la primera parte del libro Pop music/rock).

Maffi se pregunta, al final de su análisis del rock, qué va a ocurrir con esta música. A principios de los setenta el panorama le parece vago, desconcertante, piensa que tal vez el rock incursione en el jazz y la música de vanguardia. Pero aun en 1972 las interrogantes de Maffi resultan extemporáneas: ya existe una corriente de jazz-rock altamente desarrollada (John Mc Laughing & The Mahavishnu Orchestra, Soft Machine), el rock progresivo está en pleno apogeo (Emerson, Lake & Palmer; King Crimson; Yes; Pink Floyd), el rock electrónico y vanguardista (Kraftwerk, algunas obras de Zappa) empieza a ser reconocido, la combinación del rock y música clásica (The Nice: John Lord; Moody Blues; Emerson Lake & Palmer) ha revelado el alto nivel adquirido por los músicos de rock; en fin, en 1972, el panorama del rock podía ser todo menos vago y confuso.

En realidad el libro de Maffi parece detenerse en 1968 cuando no se podían definir los diversos caminos que iba a tomar el rock. Hay que leer toda la sección dedicada al rock en este libro como una visión típica de los años sesenta.

Por otra parte Maffi no se refiere en absoluto al rock italiano. Olvida a conjuntos de su país como P.F.M. que están creando música de rock bastante sólida. El crítico italiano considera que el rock es una manifestación exclusivamente inglesa y norteamericana. Es obvio que la música de rock se ha desarrollado principalmente en esos dos países, pero en 1970 ya había una cantidad considerable de grupos italianos y alemanes (Amon Düül, Tangerine Dream) de gran nivel musical. El teatro y el periodismo underground también se han desarrollado en Italia con bastante fuerza. Pero Maffi (definitivamente uno de los más rigurosos teóricos y conocedores de la cultura underground) ha decidido, al igual que Roberto Muggiati, dar la espalda a la cultura underground de su propio país.

Según el favor del viento

Mientras la crítica inglesa y norteamericana trata de abandonar la chismografía del rock y la creación de mitos, refugiándose en el análisis “técnico” (no hay quien no hable del talk-box de Peter Frampton o del moog de Keith Emerson), en otros países han surgido críticos capaces de analizar más profundamente el rock. El estudio del mercado (Daufoy y Sarton); la evaluación de las declaraciones de los músicos (Muggiati) y de las publicaciones underground (Maffi) dan una buena medida de lo que puede ser la crítica de rock.

De formación autodidacta (Daufoy y Sarton, por ejemplo, afirman haber descubierto a los Doors y Saussure en una cantina), los autores de Pop music/rock, Rock: el grito y el mito y La cultura underground, siguen confiando demasiado en el análisis subjetivo (con excepción de Maffi, tal vez), y este es el principal defecto que muestran: total -parecen decir- de que sirve el estudio sistemático si, como dijo Bob Dylan, “-no necesitas un meterólogo para saber de dónde sopla el viento”.