Revista marxista latinoamericana. Año I. núm. 1. Otoño: octubre-diciembre 1977; 131 pp. Ediciones El Caballito, Ave. Juárez Número 64, México, D. F.

Coyoacán se coloca desde su título bajo el santo y la señal del Profeta Desarmado: León Trotsky. Quiere hablarle, sobre todo, “a la clase obrera, a la vanguardia campesina y a los intelectuales revolucionarios de América Latina y España”. Su primer número es notable, entre otras razones, por su claro internacionalismo: reúne en 130 páginas ensayos sobre el “nuevo curso” de la revolución latinoamericana, “La larga marcha de la clase obrera argentina” (Héctor Lucero), “España: democracia, partidos y sindicatos” (Jorge Dauder), “El maoísmo y la lucha del proletariado en China” (C.D. Estrada), “Once tesis sobre México” (Adolfo Gilly) y tres notas editoriales: una addenda al análisis de España que revisa la situación después de las elecciones del año pasado, un vistazo a las luchas políticas en Centroamérica y una evocación política -y poética- del Ché Guevara, en el décimo aniversario de su muerte.

Coyoacán es notable también por su beligerante libertad crítica; revisa sin concesiones lo que para otras tendencias militantes del marxismo no siempre resulta fácil: las contradicciones, los retrocesos y los francos rasgos conservadores y contrarrevolucionarios de los partidos comunistas y los gobiernos socialistas. La pregunta metodológica y teórica fundamental de la que nace esta libertad crítica es la del papel que, en cada uno de los casos particulares, juega o se ve obligado a jugar el proletariado: su nivel de organización e independencia, la densidad política de sus luchas, las perspectivas de su desarrollo a las condiciones de su sometimiento a direcciones políticas que posponen, desarticulan o mediatizan su ascenso. Es en esta perspectiva que puede caracterizarse el maoísmo por ejemplo, como el trazo ideológico de un Estado paternalista en transición a la derecha, de corte bonapartista hostil a todo conservadurismo y de profunda inspiración revolucionaria que gobierna “en nombre del socialismo” sin sobrepasar “nunca el límite del control del país por el aparato del Partido cuidándose bien de no dar lugar o la organización política del proletariado”. (p. 115)

El editorial de la revista anticipa la tesis de que asistimos al crepúsculo histórico del “Nacionalismo burgués”, latinoamericano, ese largo horizonte de legitimidad y organización política que permitió en varios países la alianza de un “sector hegemónico de la burguesía nacional con el proletariado y otros sectores de la población”. Los ejemplos abundan. Van de la Revolución Mexicana y el aprismo peruano al peronismo argentino, la democracia cristiana chilena, los golpes nacionalistas de Juan José Torres en Bolivia o Velasco Alvarado en Perú. La “precocidad” del golpe brasileño contra Joao Goulart, en 1964, dibuja claramente el inicio de la nueva hegemonía: el desplazamiento de las viejas burguesías nacionales atadas al mercado interno y el auge de los sectores multinacionales y financieros aliados directamente a la penetración abrumadora del imperialismo. Este es el proceso que Adolfo Gilly intento descifrar dentro de la situación actual de México.

Gilly define: “Las condiciones nacionales y mundiales que hicieron posible el largo equilibrio inestable del régimen estatal mexicano llegan a su fin.” ¿Cuáles son esas “condiciones” La primera y fundamental: el “proyecto nacional-burgués… presupone un crecimiento relativamente constante de la economía nacional que permita mantener el ritmo de acumulación capitalista y al mismo tiempo garantizar una política de concesiones limitadas a las masas del campo y la ciudad”. Ese ritmo de crecimiento se ha roto. Por un lado, la economía mexicana creció al 7.6 por ciento en 1973, al 5.9 por ciento en 1974, al 4.2 por ciento en 1975 y al 1.9 por ciento en 1976 (datos de la CEDAL). Por el otro, aunque pueden darse recuperaciones momentáneas, el tono recesivo del capitalismo mundial tiende a darle a esa caída un “carácter duradero y estable”. Esta situación despoja al Estado Mexicano de sus bases económicas en que sustentaba una doble y estratégica legitimidad ante los capitalistas, que obtenían altas ganancias, y ante los sectores populares que recibían por una política de gasto social diversos paliativos a sus carencias.

Una segunda condición semidesvanecida: el papel dominante de la economía estatal (petróleo, electricidad, comunicaciones siderurgia) que conserva un “notable dinamismo” pero ha dejado de arrastrar, de ser la punta de lanza, del desarrollo industrial del país. Se ha acentuado, en cambio, su función de soporte de ese desarrollo (ofreciendo infraestructura barata, subsidiada), pero no sirve fundamentalmente a la industria nacional sino a las corporaciones multinacionales que la han desplazado. Por otra parte, las empresas estatales dependen cada vez más, en lo tecnológico y lo financiero, de fuentes externas; sus decisiones, por tanto, se ven cada vez más subordinadas a los intereses del imperialismo. (Piénsese por ejemplo, en las condiciones impuestas por EU para el crédito que el EXIMBANK haría a PEMEX en vistas a la construcción del gasoducto, o en el regateo para surtir de Uranio enriquecido a la planta nuclear de Laguna Verde).

Por otra parte, los regímenes institucionales de la Revolución Mexicana ven surgir situaciones nuevas; 1) el “notable fortalecimiento del polo burgués-imperialista” que incluye el predominio de las multinacionales, el desarrollo del nuevo capital financiero mexicano y de “una burguesía agraria exportadora, estrechamente ligada al mercado de Estados Unidos”. 2) La “reorganización global” de la estrategia económica, política y militar del imperialismo norteamericano que busca, luego de su derrota en Vietnam, garantizarse una “zona de seguridad” estable que comienza lógicamente, en sus fronteras inmediatas: Canadá en el norte, México -y América Latina- en el sur. Un factor más, también decisivo: la reciente conversión de los estados sureños de EU en una nueva potencia industrial tenderá a integrar de hecho “en una sola región económica, el norte y el centro industrializados de México”. Todo lo anterior conduce, según Gilly, a la “formación de un nuevo bloque de poder, constituido por los representantes del capital financiero nacional, de los sectores agrarios exportadores (…) y de los intereses de las multinacionales”. No le falta a este nuevo bloque una “base de consenso en la capa de la alta pequeña burguesía”, penetrada totalmente por los patrones culturales y la visión del mundo neocolonial que difunden los imponentes medios de comunicación masiva mexicanos.

Ahora bien, el mismo desarrollo de ese nuevo “bloque hegemónico”, genera sus contrapartes sociales: “un nuevo proletariado, el proletariado de la gran industria”, que se concentra además, productiva y geográficamente, en un mismo espacio clave; el Distrito Federal. Esa integración vertiginosa “hace cada vez más… obsoleto el sistema de control del movimiento obrero por la burocracia de los ‘charros’ sindicales sometida al Estado, así como su fragmentación en innumerables centrales y sindicatos de empresa, en lugar de sindicatos de industria reunidos en una central única”. Por su lado, la agricultura capitalista proletariza su mano de obra campesina, crea ejércitos de jornaleros que no son sino campesinos expulsados de las formas tradicionales de relación con la tierra (ejidatarios, comuneros, parvifundistas) golpeadas a su vez por el avance del neolatifundismo y las explotaciones capitalistas en el campo. “En esta combinación (de proletarios agrícolas y campesinos tradicionales despojados) tienden a ascender aún en las formas de invasiones de tierra, los métodos de lucha más cercanos al proletariado y en consecuencia las posibilidades de su alianza más directa con el proletariado industrial”. Los marcos institucionales políticos e ideológicos de los “regímenes revolucionarios” mexicanos, tienden a exhibir cada vez más notoriamente su fragilidad frente a estos problemas no pueden resistir a la ofensiva de los sectores imperialistas y cada vez podrán contener menos las nuevas luchas de las clases trabajadoras que esa ofensiva procrea, por un lado, y necesita neutralizar por el otro.

En su conjunto, el cuadro que Gilly perfila es el de una profunda transición histórica. Su texto, como puede imaginarse, es mucho más rico en matices de lo que indica este resumen apresurado; su debilidad desde luego no es el esquematismo. Quizá lo sea, en cambio, en su trazo programático el pronóstico militante y normativo del modo como las fuerzas del proletariado debieron comportarse -o se comportarán- en el futuro próximo para consolidar un frente revolucionario, los problemas que deberán resolver y la forma en que deberán hacerlo a partir de sus limitaciones actuales. 

En suma la línea teórica y metodológica de Coyoacán, parece infinitamente más dúctil y fértil en el análisis que en el pronóstico.