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Edward O. Wilson: Sociobiology: The New Synthesis. Cambridge, Mass., Harvad University Press, 1975.

Orígenes de la sociobiología

Tras los descubrimientos de Pavlov y el auge psicoanalítico, el estudio del comportamiento había sido monopolizado por los conductistas. Para ellos, la conducta era un simple mecanismo de estímulos y respuestas que el sistema nervioso se limitaba a recibir y ordenar. Para cambiar una pauta de comportamiento sólo había que modificar el conjunto de estímulos que la disparaban. Pero nada en la visión skinneriana explicaba por qué un determinado fenómeno es un estímulo y otro no, por qué un estímulo se percibe como premio y otro como castigo; nada en la respuesta dependía del medio. Fueron los etólogos quienes rompieron este esquema conceptual deficiente y el monopolio de la escuela de Skinner.

Desde la post-guerra Konrad Lorenz y Niko Tinbergen plantearon la necesidad de investigar «las bases biológicas» del comportamiento. Específicamente, Lorenz estudió el comportamiento agresivo entre los gansos. Aislando de sus progenitores a individuos recién nacidos en su ambiente natural, el llamado «experimento de privación» comprobó que la agresión animal no es una respuesta condicionada por el ambiente, sino que sigue patrones heredados, desencadenados por los «mecanismos innatos». Este descubrimiento fue trascendente: tampoco la agresión humana debía verse como un patrón innato e inevitable. La idea de la perfectibilidad del hombre perdió un terreno irrecuperable frente al nuevo pesimismo biológico.

Un discípulo inglés de Lorenz, Desmond Morris esbozó los primeros intentos de aplicación de la teoría etológica al estudio de la evolución humana en su libro El mono desnudo, cuyas simplificaciones especulativas vinieron a exacerbar la resistencia a aceptar ciertas derivaciones de la teoría evolutiva en relación al hombre.

Otro discípulo de Lorenz, Leyhausen, más preocupado por «la ecología del comportamiento innato», advirtió con tono profético de los peligros políticos que entrañaban la explosión demográfica. Había descubierto que entre los felinos, la densidad de población estaba directamente correlacionada con la acentuación de los sistemas de dominación y de jerarquización. ¿Qué duda podía caber de que sucedía lo mismo entre los hombres y de que, por tanto, la democracia estaba amenazada por el crecimiento desmesurado de la población?

Entre los biólogos surgieron pronto críticas maduras y racionales a los libros de los jóvenes etólogos. Se dijo que extrapolaban indebidamente; se señalaron lagunas en su información, y se llegó al consenso de que sus modelos eran demasiado burdos.

Simultáneamente, tanto la fisiología psicológica como la genética, acumulaban volúmenes crecientes de información obtenida en experimentos. Por su parte, las ciencias sociales aceleraban su ritmo de desarrollo y sistematizaban la investigación.

La sociobiología: surge ahora como rama nueva de la biología que pretende sintetizar los hallazgos recientes sobre el problema del comportamiento social, incluyendo el humano. La primera difusión masiva de los postulados sociobiológicos fue realizada en 1975 por Edward Wilson, zoólogo de la Universidad de Harvard, en su voluminoso libro titulado Sociobiología: la nueva síntesis. A partir de entonces, esta disciplina ha rebasado los muros de Harvard, donde se originó, y ha dado lugar a una de las polémicas científicas más acaloradas de los últimos años.

La sociobiología: fundamentos teóricos

Definida por Wilson como «el estudio sistemático de las bases biológicas de toda la conducta social», la sociobiología se sustenta en la afirmación de que la investigación empírica de los problemas básicos del comportamiento social ha progresado a tal punto que se puede hacer un inventario de métodos y logros para descartar -en todos los campos afines- las proposiciones que no concuerden con lo probado por otras disciplinas. Se podría llegar así a una síntesis de lo conocido.

Aunque casi todos los datos que presenta Wilson se refieren al comportamiento social de otros animales, la nueva síntesis biológica pretende incorporar a las ciencias sociales, dedicadas exclusivamente al estudio del hombre: «Una de las funciones de la sociobiología es reformular las bases de las ciencias sociales para integrarlas a la Síntesis Darwinista Moderna.» Así, para Wilson, las humanidades y las ciencias sociales sólo son «ramas especializadas de la biología de una especie de primates». La historia es un mero «protocolo de investigación». La antropología y la sociología podrían, biologizadas, sintetizarse para constituir la sociobiología del hombre. Con ese enfoque podría estudiarse objetivamente no sólo la evolución biológica del homo sapiens, sino también su evolución social, su actual organización social, económica, política y su «cultura» (lenguaje, arte, religión y filosofía).

El nuevo modelo al que tendrán que incorporarse los científicos sociales, según las previsiones de Wilson, es el biograma. Definido como el conjunto de peculiaridades y posibilidades (los «parámetros biológicos») del comportamiento de la especie bajo estudio, el biograma está condicionado tanto por factores innatos (genéticos), como por la ecología de la especie en cuestión.

Para los etólogos el humano se caracteriza por su inteligencia superior, cuyo desarrollo esta en relación directa con su volumen cerebral. Se distingue también por su capacidad para desarrollar y acumular cultura, por su extraordinaria inclinación a cooperar y por «flexibilidad» de su comportamiento, dentro de los límites de la determinación genética.

Aunque la cultura humana («su detalle etnográfico») está «cuasiprescrita (underprescribed) genéticamente», sus fundamentos biogramáticos están dados en el gene. En «el experimento de privación» los seres humanos que partieran de cero crearían -en un periodo apropiado de tiempo- no solo un lenguaje y una organización análogas a las nuestras, sino toda una cultura con las extravagancias y aberraciones de la nuestra.

El método en la sociobiología

Wilson emprende la crítica de las diversas posiciones teóricas dominantes en los campos que quiere incorporar a la sociobiología. En apariencia siente un desprecio tan profundo por algunos de los enfoques (el psicoanálisis y el materialismo dialéctico) que no se considera obligado a mencionarlos. Hace en cambio una crítica seria, implacable, del conductismo y del estructuralismo. Los conductistas sólo pueden explicar la mecánica superficial del comportamiento porque su concepción les impide profundizar en las determinantes genéticas y ecológicas de los estímulos y las respuestas. Por su parte, el estructuralismo antropológico (el de los psicolingüistas, por ejemplo) es sencillamente un método ateórico en la medida que no propone hipótesis comprobables. Ambos caen además en la «advocación acientífica», o sea la consagración de explicaciones unilaterales. Es esta última deficiencia metodológica generalizada, nos dice Wilson, la que ha obstaculizado el desarrollo de la ciencia en general. Habitualmente los investigadores proponen una tesis única y proceden a buscar toda la información que pueda apoyarla, ignorando las observaciones que la tesis no explica y las que contradicen abiertamente la proposición original. Según Wilson esto tiene la desventaja de formar escuelas o grupos de investigadores comprometidos con la defensa o enseñanza de una idea -idea que obstaculiza el proceso de comprobación y reformulación de nuevas hipótesis-. Una vez identificado el problema a investigar el procedimiento verdaderamente científico consiste en proponer una amplia gama de hipótesis antagónicas preferiblemente irreconciliables entre sí y formuladas en términos cuantitativos o al menos claramente cualitativos. Así planteada, la investigación podrá, tras las observaciones pertinentes, calibrar fácilmente cuál de las hipótesis se conforma mejor a la información experimental y precisar los problemas que quedan sin resolver.

Tanto las críticas como las proposiciones metodológicas de Wilson resultan saludables a la reflexión teórica en las ciencias sociales. También son, al menos en parte cuestionables. Por ejemplo, según lo que sabemos de la historia de la ciencia (Thomas Kuhn: La estructura las revoluciones científicas), la formación de escuelas es probablemente necesaria para la exploración sistemática de campos problemáticos específicos.

Un ejemplo de análisis sociobiológico

Wilson propone un método analítico que ejemplifica con el problema de la evolución y el cambio social humano durante las épocas arqueológicas mejor documentadas (de diez mil años a nuestra era).

Empieza por admitir que nuestra época se caracteriza por su evolución cultural, fenotípica por definición, aunque basada en una evolución biológica de varios millones de años. Hace poco más de diez mil años, el descubrimiento de la agricultura (atribuible a la conjunción de la incrementada inteligencia del hombre y algún elemento de azar) permitió la formación de poblaciones cada vez más densas. Al propiciar un patrón de asentamiento más cerrado, la nueva economía agrícola amplificó las «redes de contacto social» lo que a su vez debió haber redundado en un aumento de los avances técnicos. Unas cuantas de estas innovaciones tecnológicas (el riego por ejemplo) fueron suficientes para volver irreversibles el proceso evolutivo.

Una vez desencadenado ese proceso, nos dice Wilson, la «innovación cultural» se transforma en su propio motor; adquiere por «retroalimentación positiva» la cualidad de factor «autocatalítico» de cambio adicional desarrollándose así una creciente capacidad y disponibilidad para el aprendizaje.

Para Wilson otro factor de indudable influencia sobre el cambio social posterior y la evolución mental más rápida de los últimos diez mil años debió ser la guerra. Presumiblemente el aumento de la población llevó a un aumento de fricción entre grupos y consecuentemente a la guerra, en la que hay un fuerte elemento de «territorialidad», establecimiento y defensa de un espacio propio. En la lucha contra otros grupos beligerantes, solo las técnicas más eficaces de agresión o la capacidad para impedir los ataques podían dar la ventaja a un grupo específico de modo que la victoria y la sobrevivencia implicaban una superioridad mental o cultural. La guerra misma, al fomentar una reproducción más amplia de los genes victoriosos selecciona en favor de los grupos superiores en inventiva y organización.

El guerrear llegó a adquirir un valor positivo en sí fue una especie de «gozo biológico»: algunos de los rasgos más «nobles» del hombre (su cooperatividad, altruismo, valor y patriotismo) evolucionaron como productos genéticos de la guerra.

La guerra que implica genocidio -en sentido literal- y la genoabsorción han dirigido la evolución no solo biológica sino también social del hombre. Al mismo tiempo que la práctica habitual de cada nuevo arte exigido por la guerra reforzaba el intelecto, las necesidades mismas del belicismo llevaron a la valoración del liderazgo eficiente y a una mayor complejidad en la organización social.

Todos los mecanismos mencionados actuaron probablemente en conjunto y con complejos efectos de interacción mutua. De manera que el modelo más realista para concebir el fenómeno de la evolución social nos dice Wilson, es «multifactorial y y cibernético… con un alto grado de conductividad el con el otro… Una vez que se hubo llegado a cierto grado de organización los factores y controles del cambio vinieron a depender cada vez menos de los factores biológicos y ecológicos y cada vez más de las formas de organización interna de la sociedad… La evolución social había adquirido su propio motor».

La complejidad misma de este proceso y el peso diferencial de los diversos factores, de acuerdo a circunstancias ecológicas distintas podrían fácilmente explicar las variaciones culturales. Pero para analizar el fenómeno de las variaciones grupales Wilson recurre además a las diferencias en performance (actuación) y achievement (logros) entre individuos en el interior de las poblaciones, diferencias cuyo origen no parece preocuparlo puesto que «se dan en todas las especies». Tales diferencias podrían consolidar en el interior de una población las características de un tipo genético superior, homogeneizando al grupo y al mismo tiempo diferenciándolo de otros.

Además, estas diferencias entre individuos podrían estar en el origen de la organización en clases y castas sociales que el hombre comparte con muchos animales sociales. Definidas en términos de los papeles (roles) apropiados para cada una, estas clases son una forma de organizar la obtención y distribución de recursos. En el interior de las clases competimos por los recursos asignados a cada papel, desempeñando el nuestro lo mejor que podemos. Los individuos intentan cambiar de clase desempeñando papeles diferentes de los asignados a la suya y, a veces, las clases mismas entran en conflicto. En algunos momentos tales conflictos han determinado cambios sociales importantes.

Puede entonces preguntarse si existe una predisposición genética para la formación de clases y para que un individuo entre en una clase específica. La respuesta de Wilson es ambigua. En la medida que las clases sociales del hombre son análogas a las clases entre los insectos, señala, es claro que están biológicamente determinadas. Se ha demostrado además que si el status social superior dependiera de un solo gene éste se concentraría, rápidamente en un grupo de población. Pero la superioridad social sería en todo caso poligénica y los varios genes de que estaría compuesta podrían estar negativamente correlacionados entre sí. Además «el cambio social es demasiado rápido» en relación al cambio genético y «depende muchas veces de factores aleatorios»; los cambios sociales propician una revoltura constante de las pozas genéticas, lo que, obviamente impide la solidificación de estratos.

Un apunte para la crítica

Muchas de las proposiciones de Wilson y muchos elementos de su modelo de evolución social son estimulantes. Como él mismo confiesa, ha tomado algunos de ellos de las ciencias sociales limitándose a integrarlos en la visión sociobiológica. Los conceptos provenientes de la ecología o de la genética pocas veces son dogmáticos y parecen especialmente pertinentes para explicar problemas de tipo demográfico. Las ciencias sociales se han beneficiado antes de la aplicación ingeniosa de modelos tomados de las ciencias naturales. El Estudio de la historia de Arnold Toynbee, probablemente la mejor síntesis histórica del siglo XX, se inspiró en las ideas entonces incipientes, sobre el papel de los estímulos en el comportamiento humano. Algunas de las preocupaciones sociobiológicas por la ecología social podrían servirnos para profundizar en las causas objetivas -externas- de fenómenos sociales tradicionalmente atribuidos al voluntarismo trascendente de héroes o villanos individuales o colectivos. Específicamente el modelo multifactorial de la evolución social tiene la flexibilidad necesaria para dar cuenta del descubrimiento más importante de las ciencias sociales en los últimos siglos: la variedad de la cultura humana y de sus formas de evolución.

Pero, pese a su flexibilidad, inherente a una concepción que toma en cuenta factores múltiples, Wilson atribuye una importancia cardinal a los aspectos tecnológicos (en la agricultura y la guerra), por lo que no deja de parecer reduccionista y estrecho. Factores más difíciles de medir, como el impacto de las «ideas aglutinantes», quedan relegados a un lugar muy subordinado. Esto obliga a suponer que se subestiman facultades como la imaginación que, no por ser específicas del hombre y su «biograma», tienen menos importancia. Sin duda los factores tiene un peso definitivo, pero no se puede reducir el dios de los hebreos a una proyección ecológica de un pueblo nómada ganadero porque eso no explica el impacto aglutinante de esa idea -en cuanto cosmogonía compartida y sacramentada- sobre la historia hebrea y sobre su heredera, la historia occidental. Alfred North Whitehead ha demostrado el efecto encauzador de las grandes ideas religiosas en la cultura occidental. Cabe preguntar si este otro tipo de factores no ha tenido mayor impacto del que Wilson les asigna en la evolución de diversos pueblos.

La sociobiología misma no puede escapar al relativismo cultural de que se vale para hacer este tipo de reducciones ecologicistas de los dioses ajenos. Así como el dios de un pueblo pastoril sólo podía ser un pastor también era inevitable que la ciencia norteamericana del siglo XX atribuyera el desarrollo cultural a los factores tecnológicos. En suma Wilson no logra replantear las bases de las ciencias sociales para integrarlas a la síntesis neodarwinista, porque carece de suficiente información para dar el paso de la sociobiología de otras especies a la del hombre y porque tal paso es conceptualmente más difícil de lo que sospecha.

La proposición de que a través de la guerra se han dado históricamente la selección y la propagación de los grupos humanos superiores replantea abiertamente, aunque en una forma más refinada la posición del darwinismo social de fines del siglo pasado. Pero «la rápida rotación de los nombres de las tribus en un Atlas histórico de Europa y Medio Oriente» no puede apoyar semejante afirmación. Y esta es la información histórica y social en que Wilson confiesa haberse apoyado: un atlas histórico de Europa y Medio Oriente.

Hay, ademas del problema de información uno más grave de falta de concordancia entre los lineamientos teóricos propuestos y los problemas específicos de las ciencias sociales. Si pudiésemos reconstruir, aun en términos generales, los procesos sociales en periodos de una duración significativa en términos genéticos valdría la pena aplicar a su estudio algunos de los conceptos desarrollados por la genética. Pero si, como afirma Wilson, por una parte el cambio social o cultural (vocablos que usa indistintamente) es un reflejo demasiado rápido y dependiente de fenómenos aleatorios para poderlo explicar en términos genéticos y por la otra «la evolución social adquirió su propio motor» en una etapa histórica bastante anterior a la que actualmente preocupa a la mayor parte de los científicos sociales, resulta lícito pensar que la obligación de éstos sigue siendo estudiar ese motor característico del cambio social, así como la forma en que inciden sobre su funcionamiento diversos factores aleatorios.

Por lo que hace al problema metodológico, no cabe la menor duda de que en muchos casos las ciencias sociales se han caracterizado por una falta de consistencia teórica y de rigor analítico y conceptual. Es en parte esa carencia que permite que aventureros provenientes de disciplinas más rigurosos se crean autorizados para incursionar en ellas. Sin embargo, la magnitud del problema de las ciencias sociales es muy superior a la que pueden concebir los biólogos. La cantidad de «parámetros» y dimensiones que habría que incluir en el «biograma» humano para que tuviese sentido, quizás se acerque al infinito. En este sentido hay una honda inadecuación entre la aspiración cientificista de la sociobiología y las posibilidades reales del método de investigación en las ciencias sociales.

Finalmente, no es posible dejar de mencionar el problema ideológico que plantea el postulado sociobiológico de la determinación genética del comportamiento. Tal hecho puede desembocar equivocadamente en la afirmación de la inutilidad de procurar cambios sociales en virtud de limitaciones genéticas. La sociobiología entraña junto con las aportaciones esclarecedoras de ciertos aspectos de la conducta social el riesgo de una ideología que exonere a la estructura económica de su responsabilidad por los problemas sociales. Sin embargo la posición de Wilson a este respecto no es tan sencilla como parece. Aunque muchos rasgos del ser humano (temperamento, inteligencia, habilidad psicomotora, etc.) estén determinados genéticamente la teoría sociobiológica concede una influencia fundamental al medio ambiente cuando habla de «la ecología» del comportamiento. La verdad más modesta que propone la teoría es que el hombre no es capaz de modificar totalmente su propia naturaleza a través de manipulaciones bien intencionadas del ambiente inmediato.

Pero es evidente que, aunque no tengo conciencia de ello la sociobiología como sistema es parte de un ambiente cultural más amplio con una jerarquía de valores específicos. La esperanza sociobiológica de que los modelos cibernéticos puedan darnos la verdad científica de los problemas sociales es en sí resultado de una concepción cibernética de la realidad.