José Luis Martínez (selección, introducciones y notas), El mundo antiguo. Seis tomos: I, Mesopotamia / Egipto / India, 291 p.; II, Grecia, 458 p.; III, Hebreos y cristianos / Roma, 481 p.; IV, China / Japón, 373 p.; V, Persia / Islam, 305 p.; VI, América antigua, nahuas/mayas/quechuas/ otras culturas, 448 p.; Secretaría de Educación Pública, México, 1976.


La invención de los clásicos como “la galería ejemplar propuesta por siempre a las hazañas de la cultura” (Alfonso Reyes) se atribuye a Aulo Gelio y a los eruditos del Mouseion de Alejandría. Algunos autores griegos que vivieron antes de Alejandro Magno son promovidos al rango de modelos: representan el bien, la belleza, la verdad. Los valores morales: la imitación y estudio de sus obras permiten al ser humano aspirar a la plenitud.

Dueños de tierras y mares, los romanos se esfuerzan por asimilar la cultura griega, se vanaglorian de ser epígonos. Su originalidad es involuntaria y se basa en condiciones históricas enteramente nuevas. La antigua Paideia que correspondió a una cultura más o menos de dominio público, se transforma en Humanitas, instrumento para la formación de una élite que regirá el “mundo” con normas “universales” y de otra —subsidiaria, libre del trabajo manual gracias a los esclavos— que hará filosofía y literatura como adorno del estado.

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Algunos nuevos ricos se aplican en el aprendizaje y escriben obras comparables a las griegas. Roma al fin tiene lo que faltaba: sus propios clásicos. Al partirse en dos el imperio “eterno” prueba ser tan efímero como los demás. El latín permanece como lengua de Europa, el griego se refugia en Bizancio. Desde allí y desde Alejandría penetra en el mundo árabe. Roma sucumbe al doble asalto de cristianos y bárbaros. Los Padres de la Iglesia expropian el corpus clásico para unirlo a su religión de Oriente. Crean así lo que se conoce como cultura occidental.

En la Edad Media las letras paganas —Humanitatis, a diferencia de las Divinitatis— se refugian en los monasterios. El griego desaparece de Europa; sus textos sólo existen en traducción latina. “Culto” es sinónimo de “preservador”. El sentimiento de inferioridad que estremeció a los alejandrinos se ahonda en el clero medieval: la edad de oro está en el pasado. Puede recuperarse si se avanza hacia atrás. Se hacen “reader’s digest” para culturizar a los reyes bárbaros y a los señores feudales. Se funda la universidad bajo la omnipotencia del pasado. Aristóteles y Platón constituyen la otra Escritura Sagrada en que han de encontrarse argumentos para la discusión, base de la escolástica. Como la fe, el corpus clásico es Quod ubique, quod semper, quod ad omnibus. “Todos”, por supuesto, son los pocos aislados del duro mundo en que hay faenas manuales y conflicto; poseen cultura —en el sentido preantropológico y centrado en la biblioteca—, instrumento de prestigio y poder que separa a quien la tiene de quien carece de ella.

Mediante un pontífice, que era uno de los títulos imperiales, Roma sigue rigiendo a Europa. La imitación de los clásicos propios y expropiados es un dogma. Bajo esta sombra —yugo y desafío— prosperan las letras europeas como un tejido de referencias que alude siempre a un mismo saber, un sistema de valores explícitos que unifican el conocimiento.

Cuando la burguesía llama a las puertas del mundo feudal viene en su auxilio la caída de Constantinopla (Bizancio) en manos turcas: los eruditos orientales se refugian en Europa y llevan consigo las letras griegas. El redescubrimiento prepara el materialismo de los siglos futuros, permite ver la humanidad de los clásicos, opuesta al teocentrismo y liberadora de los dogmas, que sin embargo se injerta en la conciencia cristiana. Se establece y se difunde mediante la imprenta la idea del “hombre universal” que aspira a la perfección y armonía griega, renace a la gloria pasada, conquista nuevas tierras, coloniza lo desconocido con sus descubrimientos científicos.

La Reforma escinde nuevamente a Europa. Lutero declara al libre examen de la Biblia la única regla de fe y hace de su traducción el monumento fundador de la lengua alemana. Para unir lo que dividen las creencias religiosas funciona más que nunca el estudio de los clásicos. Su dominio perdurará hasta por lo menos 1914. El monopolio ya está herido de muerte por el discurso de la ciencia. Además se tiene la certeza de que nuevos clásicos pueden hacerse con la materia de las lenguas modernas. Montaigne se propone a sí mismo como objeto de estudio. Cervantes elige a sus personajes no en Esquilo ni en Plutarco sino en su pueblo. Descartes rechaza la vieja cultura. Pascal dice que “ellos”, los clásicos, eran los “nuevos”, los habitantes de la infancia humana; “nosotros” los del siglo XVII somos los “antiguos”. Los términos se invierten; la edad de oro se desliza del pasado al futuro: se adquiere el orgullo de vivir en un mundo nuevo y dinámico que “ellos” no sospecharon. Sin duda Sófocles, como dramaturgo, es irrefutable pero no conoció el reloj mecánico.

Perrault abre la querella de los modernos contra los antiguos: son inferiores porque su ciencia estaba menos adelantada. Los Enciclopedistas, aun imbuidos de cultura clásica, ven en el iluminismo la mayoría de edad de la especie humana —todo lo anterior ha sido infancia, confusa adolescencia errante— y creen que el conocimiento la librará de sus servidumbres e iniquidades. Rousseau discrepa; el progreso intelectual no determina el progreso de la humanidad.

Desde entonces las relaciones con los clásicos se hacen ambiguas. A pesar del vestuario romano que observó Marx en la Revolución francesa, uno de sus hijos, Condorcet, la alinea del lado de los modernos en su pleito con los antiguos cuando escribe su Bosquejo de los progresos del espíritu humano. Progreso: “caminar hacia adelante”. Podría añadirse: sin mirar hacia atrás.

El romanticismo, que es el liberalismo en el arte (Víctor Hugo), milita contra todo lo que se oponga a la expansión individual, a la búsqueda de la experiencia propia. El clasicismo —que de algún modo implica un grado de renuncia al individualismo— se asocia a la opresión monárquica. Byron, Musset, Rimbaud pudieron haber dicho: el humanismo es un despotismo. Qué pueden enseñarnos los “primitivos” si no conocieron la máquina de vapor, las calles iluminadas a gas, el telégrafo, la fotografía, el ferrocarril.

Los clásicos nuevamente se refugian en la institución que por su arquitectura y denominaciones —claustro, seminario— recuerda a otros santuarios de la cultura en épocas de tinieblas. Los hijos de los pobres ya estudian cosas más inmediatamente prácticas. Pero de Marx y Engels a Sigmund Freud, la élite que pasa por la universidad domina el código de los clásicos como repertorio entrañable. Los dos primeros no niegan esta cultura: la superan asimilándola, integrándola a la ciencia humana de la economía política. Pero esto no se verá claro hasta mucho más tarde cuando salgan a la luz sus escritos inéditos o dispersos.

Mientras tanto el nuevo saber se difunde, los periódicos crean otro público que ve la tradición como prejuicio y obstáculo y exige al arte la novedad del producto industrial. No demanda ya a los escritores modular con otros tonos ecos de Virgilio, sino basarse en personajes, ideas, costumbres, aspiraciones y temores del mundo transfigurado por la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas, barco que avanza aceleradamente hacia un progreso indefinido e irrefrenable.

Atenas y Roma siguen tras las instituciones, las nuevas deidades del comercio y la banca opuestas a los dioses antropomórficos de la antigüedad clásica (Marx). Los grandes edificios se erigen según modelos grecorromanos. Lo más visible es el concepto de imperium. Por ahora lo ejerce Inglaterra. Las ediciones de clásicos en Oxford coexisten con los horrores coloniales, los barrios obreros, el trabajo esclavo de los niños; con todo aquello que involuntariamente subsidia a quien dedica su vida a restaurar en su integridad textual un epigrama de Arquíloco o una oda horaciana.

El avance científico desacraliza a Grecia y Roma. El eurocentrismo recibe un golpe cuando la filología descubre en el sánscrito el origen de todas las lenguas del Viejo Mundo. El estudio y disfrute de los clásicos requiere nuevamente de una justificación extraliteraria. Su utilidad, interviene Matthew Arnold, es humanizar a sociedades que el progreso está deshumanizando. Cuando se propaguen los valores clásicos —inteligencia, justicia, tolerancia, continuidad— el ser humano llegará a la perfección y desaparecerán las diferencias sociales. La cultura humanística es la búsqueda de un orden que no esté expuesto al vértigo de los cambios ni pueda ser demolido por la anarquía. El arte, añade William Morris, es lo opuesto a la enajenación y expresa la dicha humana en el trabajo. Y para John Ruskin los clásicos deben estar al alcance de todos, son su patrimonio y su herencia: pero nadie podrá disfrutarlos mientras no cambien las condiciones de vida: la belleza sólo es posible donde reinen la solidaridad y la justicia.

Este intento de hacer que renazca el Renacimiento en plena expansión colonial e industrial y cuando impera un positivismo en esencia antitradicionalista, no llega muy lejos. Porque como trofeo decorativo los clásicos confieren respetabilidad a las nuevas romas, sin proponérselo legitiman su dominio sobre las regiones no-blancas del mundo. Ellos son los civilizados, tienen la cultura, en nombre del progreso deben imponerse a quienes (en la racionalización colonialista) no la tienen o bien —chinos, hindúes, mayas, aztecas— la tuvieron en el pasado y ahora viven en la ignominia. Para fortuna de esta ideología Goethe ha dicho que las antigüedades extraeuropeas no serán nunca sino curiosidades.

A fines de siglo Edmond de Goncourt se mofa: “¡Los clásicos! ¡Qué farsa! Nadie ha leído a los clásicos.” Más seria es la condena de Tolstoi contra todo arte que no esté al servicio de las mayores urgencias humanas y su maldición contra un progreso que hace incomparable la vida del uno por ciento de la humanidad, a cambio de que el noventa y nueve por ciento restante viva en la esclavitud y muera en las fábricas.

La especialización, ya ubicua en el novecientos, milita contra el concepto de las humanidades cuyo fin es formar a la persona como tal. Todavía en vísperas de 1914 Ezra Pound puede formular “el pensamiento de lo que Norteamérica sería si los clásicos tuvieran más circulación.” Después de las matanzas de Verdun los clásicos ven menguado su Olimpo. Leerlos ¿humaniza, civiliza, edifica? ¿Cómo es posible entonces que la Europa sustentada en esos fundamentos teóricos llegue a extremos de inhumanidad desconocidos en las épocas bárbaras? La producción en masa de la muerte apenas comienza: las grandes carnicerías de combatientes en 14-18 palidecen ante Hiroshima y Nagasaki y ante el exterminio de casi todo el proletariado judío que no puede escapar a tiempo de los países invadidos de la Europa oriental.

El psicoanálisis aún descansa en mitos griegos; Ulysses está lleno de clasicismo. Pero gestos como los de Tristan Tzara y Marcel Duchamp establecen la tradición de la antitradición. El premio que se daba antes a la obediencia a las reglas pasa a recompensar la audacia y “el desarreglo de todos los sentidos”. El dios salvaje desecra el templo de las musas. Las reglas de Praxíteles son ineficaces para medir la belleza de una escultura azteca o una máscara africana. La antropología dinamita las pretensiones de superioridad europea. En el terreno común del fascismo se encuentran Marinetti, que convocó al arrasamiento de los museos y proclamó más hermoso un automóvil que la estatuaria griega, y Pound que volvió a la tradición para renovarla (Make it new) y quiso enlazar a Propercio con Li Po.

Producto de las rivalidades entre esa burguesía que en su mayor auge manipuló a los clásicos como justificación de plantaciones y factorías, la guerra redujo considerablemente el aura y la “eternidad” de sus valores. Expulsados, encontraron un nicho en la Unión Soviética. Trotsky resolvió “no enviarlos a los archivos sino recomendar su lectura a los obreros”, “tomar posesión oficialmente de los elementos más importantes de la cultura antigua”. En el pensamiento socialista no parece haber discordia acerca de que el arte puede y debe ser disfrutado por otras clases distintas de aquellas que lo produjeron. Mao Tse-Tung dijo: “Debemos constituirnos en herederos de cuanto hay de precioso en nuestro pasado”. Pero la línea recta de nuestras simplificaciones se rompe si se recuerda que luego se lanzó contra Confucio y casi todos los clásicos chinos y occidentales. Queda en pie la famosa cita de Marx: “Pero la dificultad no está en entender que el arte y el epos griego están ligados a ciertas formas del desarrollo social. La dificultad está representada por el hecho de que ellos (los clásicos) siguen suscitando en nosotros un goce estético y constituyen, en cierto aspecto, una norma y un modelo inalcanzable”.

El peor daño lo infiere el país que dio a sus emperadores un título romano (Káiser = Caesar). Hombres que pueden citar en sus originales a Eurípides y Cicerón, un minuto después envían a las cámaras de gas a miles de seres humanos, o practican con ellos experimentos atroces y luego redactan su informe técnico en latín.

Sartre aún puede adaptar tragedias griegas, ver en ellas situaciones presentes. La revolución del libro de bolsillo —que en sus tiempos preinflacionarios ofrece un tomo por el precio de un paquete de cigarros— lleva a Lao Tsé, los Upanishads, Esquilo y Tito Livio al supermercado y la estación ferroviaria. Por vez primera en la historia los clásicos están literalmente “al alcance de todos” (los que han tenido el privilegio de la instrucción necesaria para leerlos). Antígona en televisión alcanza en una sola noche un público mayor del que la contempló en los veinticinco siglos anteriores. Empastados en piel o con ilustraciones a color, los clásicos también figuran como adornos. Y para no ahogarse en el océano de los medios masivos necesitan salvavidas en forma de notas al pie. George Steiner —a quien debemos En el castillo de Barbazul, un esclarecedor análisis de estos problemas— observa que el código en otro tiempo familiar es lengua muerta en la era del posalfabetismo o subalfabetismo en que la palabra se retira ante los alfabetos electrónicos y los lenguajes de la ciencia.

En aquellos países donde aumenta el nivel de vida (antes del fin de la prosperidad: 1973) crece también el descontento. Los hijos del bienestar lo encuentran amargo y le escupen a la cara. Entre el mobiliario que se desea arrojar por la ventana figuran los clásicos. Los decibeles del rock ahogan el discurso de Tucídides. Bajo el resplandor grisáceo del televisor que trasmite en vivo los crímenes de Vietnam se apaga la lámpara de los filósofos griegos.

Un adolescente abandona la clase sobre Tácito. No le encuentra pertinencia (relevance) respecto a los problemas inmediatos. ¿Podemos decirle que nadie ha descrito como Tácito la dictadura, la corrupción, la represión? ¿Cómo deliberar con quien objeta que todos estos libros sacros no son universales ni eternos: aseguran la cohesión social para la explotación de clase, justifican el dominio de unos otros, permiten que reaparezca la barbarie en forma de genocidios y torturas tecnológicamente amplificadas? ¿Escuchará el argumento de que la insuficiencia de su alcance no es un mal intrínseco de esta cultura? ¿Creerá en la esperanza de un humanismo socialista, ya no burgués ni tecnocrático, que se propone “conservar toda la riqueza del desarrollo anterior”?

Queda el recurso de las citas. Podemos alegar que si la literatura es un producto social, una creación de la práctica humana que nos da la experiencia de la humanidad acumulada en el transcurso de su desarrollo histórico, y permanece y conserva su valor estético una vez muerta la época que la condiciona y la ideología que la determina, entonces es válido para ella lo que Jean Chesneaux ha dicho de la historia en una obra reciente (¿Hacemos tabla rasa del pasado?): “Una sociedad tendrá siempre necesidad de definir su pasado, tendrá siempre necesidad de su pasado para definir su futuro…”

Mientras la discusión continúa, El mundo antiguo, la obra admirable de José Luis Martínez, aparecida en los finales cataclísmicos del sexenio pasado, es un trabajo que no existe en ningún otro idioma y menos como empresa de una sola persona. Hay, claro está, excelentes antologías parciales pero hasta donde sabemos no se halla ninguna que cubra todas las literaturas de El mundo antiguo. Tampoco nadie en ninguna parte ha traducido por sí mismo todo el teatro griego, como el Padre Garibay, o a casi todos los grandes poetas latinos como Rubén Bonifaz Nuño.

Hace treinta años André Malraux descubrió que era posible para la humanidad examinar las artes plásticas hechas en todas las épocas y en todos los países, hacer un estudio comparativo de cuanto producto de la mano humana ha perdurado. Este museo imaginario que reproducciones y transparencias permiten montar en casa (de quien pueda pagarlo), da la oportunidad de saber más de lo que antes se supo acerca del desarrollo plástico y su significado para el desenvolvimiento de nuestra especie. Los seis tomos (2356 páginas) de El mundo antiguo parecen inspirados por la aplicación a otro campo de la misma idea constituyen, por así decirlo, la biblioteca imaginaria, biblioteca sin muros y portátil.

Grecia y Roma, dos civilizaciones entre otras, ocupan apenas tomo y medio. El sexto comprueba que la cultura no empezó en América con la llegada de los europeos y es una vindicación más de la herencia negada, el saber reprimido. Martínez supera y pone al día las ediciones de clásicos hechas en los veintes por Vasconcelos. En la introducción afirma que su propósito fue reunir un primer repertorio para aproximarnos al patrimonio de los pueblos que llamamos cultura escrita; ofrecer las fuentes de donde surgieron ideas, mitos y ficciones acerca de lo sagrado, la naturaleza y la historia; los textos que no ayuden a entender por qué somos lo que somos y pensamos lo que pensamos, qué han pensado pueblos remotos y cuáles nociones o imágenes compartimos con ellos. Martínez se propuso darnos las voces de la belleza, el amor, el terror, el heroísmo, la grandeza, el júbilo; las expresiones de la pasión, la utopía, la sabiduría, el sentido de la existencia humana; expresiones que, entre diferencias y semejanzas, muestran la unidad y variedad de la cultura y nos entregan la enseñanza del pasado: nuestra civilización resulta de la acumulación selectiva de las culturas que se han ido sucediendo desde épocas remotas. Aun el anhelo de destruir el orden existente se basa en nociones heredadas de la tradición cultural.

Prólogos y notas introductorias son un modelo de síntesis y claridad. Como Martínez no se apartó nunca del propósito de informar y aclarar, junto a las páginas antiguas hay estudios actuales que dan idea del trasfondo histórico y también muestras de la forma gráfica asumida por la escritura en cada civilización.

La lectura de los seis volúmenes, lejos de ser abrumadora, es una experiencia fascinante. Porque uno difícilmente podía conocer más del diez por ciento de lo que figura en El mundo antiguo, y sin esta obra hubiera habido regiones enteras de la expresión escrita a las que uno no se hubiese asomado jamas. No hay lector que no se asombre ante lo que la imaginación humana ha podido hacer con unos cuantos signos y de canales abiertos entre culturas que solemos representarnos como islas. Para citar dos ejemplos, un escriba egipcio prefigura el Non Omnis Moriar de Horacio; un cuento de la antigua China y una leyenda de los hitchiti norteamericanos hablan de un pueblo submarino.

Hace mucho la antropología destruyó la ideología colonialista que hablaba de pueblos atrasados y primitivos. El examen de los textos literarios comprueba una vez más aquella falacia: los mitos aztecas no son menos complejos ni menos poéticos que los griegos; dos mujeres, Murasaki Shibuki y Sei Shoganon escriben en el Japón del año mil novelas absolutamente modernas; en la Europa cristiana del siglo XIV será difícil encontrar un pensamiento comparable al de Ibn Jaldún. Es una lástima que Martínez no haya incluido al menos unas muestras de la poesía y la narrativa producidas por los pueblos negros del África.

2500 años antes de Cristo el Poema de Gilgamesh inicia la literatura. Mitos sumerios son también los de la creación de Elki (Adán), el diluvio, la torre de Babel; así como el intento de establecer en el código de Hammunrabi “el derecho que aniquila a los malvados y defiende al pobre contra la exacción”. Los egipcios nos dan algunos de los iniciales cantos de amor y el primer cuento, “historia del náufrago”. En el Panchatranta hindú está el origen de la ficción occidental. Y en esta literatura libran un duelo el erotismo con la negociación del mundo para escapar del dolor.

En sí mismo el segundo tomo de El mundo antiguo constituye la mejor antología de la literatura y el pensamiento griegos disponible en lengua española. Su riqueza impide cualquier intento descriptivo. Ante ella la selección bíblica del tomo tercero es singularmente pobre, y la debilita aun más la exclusión de Isaías, uno de los tres grandes poetas de la Biblia, y el haber elegido el texto de la moderna Biblia de Jerusalén y no la versión de Reina y Valera que, hecha en el mejor momento del idioma, es uno de los tesoros ignorados de la lengua española, en peligro de muerte por las constantes y destructivas simplificaciones. Pero ésta y todas las objeciones que desde fuera pudiéramos ponerle a El mundo antiguo (como la desaparición del brevísimo Odi et amo de Catulo) se vuelven singularmente mezquinas ante la magnitud de la tarea cumplida, más propia de varios equipos investigadores que de un autor individual.

La parte romana es excelente. Aquí el compilador no tuvo necesidad, como en tantas otras partes de su libro, de retraducir textos ingleses y franceses; abundan las traducciones españolas y, al igual de lo que ocurre con los griegos, muchas de ellas son mexicanas.

Habituados a que por herencia de conquista la única cultura sea para nosotros la judeogrecorromana, es un placer y una lección descubrir a grandes rasgos universos culturales de los que teníamos ideas muy fragmentarias —unos cuantos poemas de Omar Khayam o de Tu Fu— en los espléndidos tomos cuarto (Persia/Islam) y quinto (China/Japón). Al término de la obra una amplia bibliografía directa e indirecta permite al lector proseguir en el campo que haya despertado su atención.

El último tomo reúne con una amplitud que constituye su novedad la aportación de la América precolombina a la literatura mundial. No se limita a aztecas, mayas, quechuas: muestra también las obras de los demás pueblos del norte, el centro y el sur de los esquimales a los araucanos y guaraníes. Martínez abre puertas a territorios antes frecuentados sólo por especialistas.

Al cabo de muchos meses pasados en la lectura de El mundo antiguo uno siente una deuda de gratitud con José Luis Martínez. Y se pregunta si esta obra habrá alcanzado la circulación que merece; si diez mil ejemplares de cada tomo no son poquísimos comparados con los que hace medio siglo lanzó Vasconcelos a un México infinitamente menos populoso que el actual; si no habría que poner una colección de El mundo antiguo en cada biblioteca escolar y hacerlo libro de lectura en todos los cursos de literatura universal.

El mundo antiguo no cancela: reabre la discusión sobre los clásicos. Pero a la pregunta de qué hacemos con ellos, Martínez da por lo pronto una respuesta —leerlos— previa a cualquier controversia ulterior.

 

José Emilio Pacheco
Escritor, poeta y traductor. Entre sus libros: Las batallas en el desierto, El principio del placer y Tarde o temprano. Poemas 1958-2000.

 

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