Amanece en Colombia y más de la mitad del país aplaude la persistencia de un conflicto interno de más de medio siglo, una guerra que ha dejado más de 250.000 muertos y más de ocho millones de víctimas, el equivalente a la población de un país como Suiza. Más de la mitad de los colombianos festeja el rechazo a un acuerdo negociado durante cuatro años y avalado por, entre otros, las Naciones Unidas, el presidente Barack Obama, la OEA, expertos en negociaciones de paz de todo el mundo, el Papa Francisco, y la Corte Penal Internacional. Celebran la marcha hacia la selva y las montañas de miles de guerrilleros de las FARC que hasta hacía un par de horas se preparaban para dejar las armas e iniciar un proceso de reintegración.

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Todavía no es claro el alcance de lo sucedido. El resultado del plebiscito, en el que el voto por el No ganó por poco más de 50.000 votos, alrededor del 0.4% del voto total, deja a Colombia en un limbo. Actores de lado y lado, tal y como sucedió con el Brexit, no tienen idea de cómo seguir adelante. Muchos imaginan ingenuamente una renegociación perfecta e imposible. Otros nos lamentamos por ser optimistas, por creer que, por una vez, el país haría lo correcto (porque, sin importar lo que digan, sí había un camino correcto, un camino éticamente correcto).

Es difícil explicar los resultados. Podemos hallar causas y culpables en diversos niveles, y vale la pena hacerlo. Para ello, no obstante, hay que empezar por entender el plebiscito y la coyuntura política en el que se llevó a cabo.

Tras cerca de cuatro años de negociaciones públicas y desgaste político, el 24 de agosto de 2016, el Presidente Juan Manuel Santos presentó un acuerdo de alrededor de 297 páginas cuya aplicación, según una sentencia de la Corte Constitucional, estaba sujeta a la refrendación del mismo por medio de un plebiscito. La pregunta a la que debían responder los votantes era en apariencia sencilla: ¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera? Detrás se encontraba el texto completo de los acuerdos y varios problemas que la oposición, encabezada por el expresidente Álvaro Uribe Vélez y el Centro Democrático, su partido político, explotó hasta el día anterior a la votación.

Uribe, quien durante su gobierno ofreció a la guerrilla términos similares a los establecidos en el acuerdo final, se aferró a varios puntos de lo negociado para impulsar una campaña de desinformación en todo el país. No tengo el espacio para entrar en detalle en todos los puntos señalados por Uribe y el resto de la oposición. Baste decir que la mayoría de las quejas se centraron en la supuesta impunidad del acuerdo, una impunidad inexistente según la Corte Penal Internacional; en la participación en el Congreso de los cabecillas de las FARC y otros condenados por delitos atroces, una participación necesaria para garantizar la transición de las FARC de un movimiento armado a un partido político; en la reparación económica de las FARC, quienes a última hora anunciaron que revelarían sus bienes y los utilizarían para reparar a las víctimas; en la extralimitación constitucional de los acuerdos, lo cual algo de tiene cierto; en cómo este era el primer paso de la llegada del castrochavismo a Colombia, una noción ingenua que recuerda las peores bajezas políticas de la Guerra Fría; y, apoyados sobre un escándalo propiciado por el Ministerio de Educación, en la supuesta ideología de género que permeaba el acuerdo y que, según Uribe y otros miembros de la derecha y el conservatismo colombiano, amenazaba la idea de familia.

La oposición utilizó los anteriores puntos para movilizar a diferentes sectores de la población (como en Estados Unidos, el voto evangélico se ha convertido en un factor tristemente determinante). En departamentos como Antioquia, el bastión de Uribe y el departamento con el mayor número de víctimas del país, centenares de miles de personas acogieron los reparos del ex presidente. Allí, el No ganó por más de 400.000 votos, casi 14 puntos porcentuales. Algo similar sucedió en otros 12 departamentos de la región central, a pesar de que muchos de estos eran las bases de varias figuras claves del gobierno como el Ministro del Interior y de varios promotores de la campaña por el Sí. Entre tanto, el Sí, como lo muestra un análisis de Univisión, ganó en la mayoría de los departamentos y municipios que históricamente han sido más golpeados por la violencia (Chocó, Cauca, Nariño, Vaupés, Putumayo, Valle del Cauca, entre otros). En Bojayá, el pueblo donde las FARC cometieron la peor masacre de su historia, el Sí triunfó con casi el 95% de los votos. El Sí también ganó con relativa amplitud en Bogotá, donde prima el voto de opinión, y en la Costa Caribe, donde, sin embargo, hubo un alto nivel de abstencionismo debido a lluvias e inundaciones causadas por el huracán Matthew.

En definitiva, entonces, ¿cuáles son las causas de que, contra todo pronóstico —todas las encuestadoras daban como ganador al Sí— ganara el No? El abstencionismo en la Costa Atlántica, la región que en las elecciones presidenciales pasadas le dio la victoria a Santos, ciertamente tuvo algo que ver. Sin embargo, el abstencionismo, que en este caso fue de 62,57%, se mantuvo alrededor de los niveles históricos. (Esto, no obstante, no quita el hecho de que cerca de un 19% de los electores sea el responsable de una las mayores decisiones en la historia del país).

El gobierno de Santos ciertamente también debe cargar con parte de la responsabilidad. La campaña a favor del Sí se centró en una dicotomía entre paz y guerra que el Centro Democrático hábilmente supo burlar para cambiar el voto por el No de la guerra a la posibilidad de un mejor acuerdo. El gobierno no supo explicar adecuadamente los acuerdos y no encontró una manera efectiva de contrarrestar la retórica impulsada por la derecha. Uribe supo convertir el No en un grito por la inclusión cuando en realidad era todo lo contrario. En ese sentido, él y toda su cohorte también deben hacerse responsables de lo sucedido.

Más allá de las individualidades, el resultado del plebiscito, así como el del Brexit, refleja los limitantes y peligros de la democracia directa. Contrario a lo que afirman muchos analistas, no creo que lo sucedido sea un motivo para celebrar la democracia. De lo que afirman en entrevistas los votantes y los principales alfiles de la oposición se puede ver que en definitiva no fue una batalla de argumentos, sino de sentimientos. El plebiscito es prueba del poder de la desinformación, las mentiras y la falta de empatía de millones de colombianos. Esto así dado que todo parece indicar que en la mayoría de los casos fueron las pasiones o las creencias religiosas las que triunfaron sobre una discusión racional (basta ver los argumentos desinformados y nacidos de la ignorancia de personas como María Fernanda Cabal, congresista por el Centro Democrático, para darse cuenta de esto). En ese sentido, Santos se equivocó al dejar en manos de todos los votantes una paz que ya había sido aceptada por los electores a través de la elección de los representantes que desde un principio se habían comprometido a buscarla.

 

Santiago Wills
Escritor y periodista colombiano. Es colaborador de SoHo, The Atlantic, Etiqueta Negra y El Espectador, entre otros.

 

4 comentarios en “Colombia: un voto equivocado

  1. Siempre he sabido que Vox populi vox dei es una conseja errónea, pues los pueblos continuamente se equivocan. Esta es una de esas equivocaciones, muy lamentable, por cierto.

  2. Que pena que haya triunfado la desinformacion principalmente, ahora que viene? seguira la guerrilla? seguiran los muertos? que pena!

  3. No es la “mitad del pueblo de Colombia” quien rechazo el pacto de paz. Fue alrededor del 15% del electorado (lo cual si lo comparamos con el grueso de la población 47 millones, es una minoría) Los gobernantes y el mismo “pueblo” tienen que replantearse las condiciones en las que un referendo o plebiscito deberá ser considerado como “válido”. Existen muchos países (Hungría por ejemplo) donde estos instrumentos solo toman validez si el 50% del electorado participa. Y así evitar llamada “tiranía de la mayoría”.

  4. Honestamente me gustaria que se señalara la desinformación por la cual la facción a favor del NO resulto ganadora. Muchos articulos y analistas coinciden en que la principal baza del NO fue mostrar que las FARC negociaron para dejar exento de responsabilidades a sus socios en los carteles de las drogas y a dirigentes guerrilleros que se involucraron directamente en el tráfico, es sintomático que el voto del Si haya ganado (por margenes estrechos) en lugares donde la violencia del conflicto se asento con más fuerza. Error histórico o no se sabrá en poco tiempo, depende ahora de que las FARC sepan escuchar a esa mayoría (equivocada o no) que las rechaza pero que quiere una paz justa.

    Dice el dicho que una mala paz, es mejor a la mejor de las guerras… en Colombia piensan diferente al parecer.