Anoche se llevó a cabo el primero de tres debates que sostendrán Hillary Clinton y Donald Trump previo a la elección presidencial del 8 de noviembre. El debate, que algunos estimaban verían decenas de millones de estadunidenses —sin contar a todos aquellos que, en el resto del mundo, también estaban poniendo atención—, sería, según analistas, el momento decisivo de la campaña: los encuestadores daban empate técnico entre Clinton y Trump, por lo que una victoria podría asegurar el camino a la Casa Blanca.

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En retrospectiva, es difícil decir qué se podía esperar del debate. Por un lado estaba Hillary Clinton, parte de una dinastía política que, junto con la familia Bush, ha engendrado a tres de los últimos cuatro presidentes de Estados Unidos. Clinton es el arquetipo de los políticos estadunidenses: educación en escuela de Ivy League, enfoque en políticas públicas por encima de oratoria, y alguien que ha transitado por el Congreso y el ejecutivo federal. Su mensaje es tan cuidado que tanto en Twitter como para video tiene a decenas de personas encargadas de perfeccionar hasta el mínimo detalle y levantar estudios de mercado sobre qué funciona mejor. En resumen: es lo que Estados Unidos entiende por un candidato a la presidencia de su país.

Pero, justo por eso es que su campaña no ha levantado. Una gran parte de los estadunidenses —así como de los británicos, los franceses, los húngaros, por nombrar algunos— está cansada de las élites gobernantes, de los cuadros que se reproducen y que dejan poco o nulo espacio para los outsiders. A esto hay que sumarle que su paso por los distintos puestos de gobierno no ha sido del todo afortunado: se le han cuestionado varias cosas, entre ellas el uso de un correo electrónico privado para cuestiones gubernamentales, lo cual pudo haber comprometido la seguridad nacional de Estados Unidos. Es por estos factores —entre tantos— que Clinton es la candidata presidencial con más números negativos en la historia del Partido Demócrata.

En el podio contiguo estaba el candidato más extraño que hemos visto en siglos: Donald Trump. De él se han escrito páginas y páginas dentro de esta revista (aquí, aquí y aquí hay tres ejemplos), y es fácil pasar horas o hasta días hablando de por qué no está calificado para ser presidente de Estados Unidos. Trump, cuya principal característica es mentir (acá hay un buen análisis interactivo de The New York Times sobre todas las mentiras que dijo entre el 15 y el 21 de septiembre), ha resultado inmune, hasta ahora, a los ataques que le han intentado propinar en los debates de su propio partido. Puede mentir, puede insultar y puede no tener el más mínimo conocimiento de cómo funciona la política. Incluso puede ser pésimo empresario —se ha declarado en bancarrota varias veces— pero a una parte considerable del electorado eso le tiene sin cuidado. Están tan hartos de la política tradicional que están dispuestos a rociarse con gasolina y dejar que Trump les acerque la lumbre.

La pregunta, entonces, era qué tan mal podían salir las cosas: la candidata que menos confianza inspira y un hombre cuyo gran atractivo es su similitud con El Guasón de Heath Ledger. El resultado fue el esperado: Clinton y Trump estuvieron conforme a guión. El problema es lo que eso implica.

Clinton aportó datos, un discurso preparado y memorizado e intentó mantener la calma frente a Trump. No se desvió mucho de su estrategia, y cuando Trump la retó a discutir —retar es un decir; más bien, cuando le gritó lo suficiente para que no le quedara de otra que rebajarse al nivel— no se enganchó, o al menos no del todo. En algunas ocasiones funcionó, como cuando citó a Michelle Obama para decir “when they go low we go high”, pero en otras el efecto fue el contrario: en particular cuando Trump la empezó a apabullar con preguntas sobre los tratados internacionales de Estados Unidos, en particular el TPP. (Sobre este tema se puede leer más aquí.) Clinton no respondía porque Trump no la dejaba, y lo que Trump decía no era cierto, eran apreciaciones personales —que el TLC era el peor tratado que había firmado Estados Unidos en su historia, por ejemplo—. Pero Clinton no tuvo oportunidad de responder. O de hacerse escuchar. Los gritos de Trump eran demasiado fuertes. Su respuesta fueron sonrisas sardónicas cuando hablaba Trump, lo cual pudo ser contraproducente. Es lo que sucedió con Al Gore y George Bush en el 2000, cuando Gore hizo varios gestos de burla mientras Bush hablaba y terminó perdiendo el debate en la percepción pública, y a la larga la presidencia.

Trump, del otro lado, abrió sus intervenciones pintando a México como el villano de la película, como el socio comercial que ha estafado a su país en las últimas dos décadas. En menos de 10 minutos ya había mencionado a México por lo menos cinco veces. Clinton lo sacó de quicio un par de veces, en particular cuando le pegó en el talón de Aquiles: le dijo que no había hecho públicas sus declaraciones de impuestos porque tal vez Trump no es tan rico como presume. También lo molestó con algo tan pequeño pero revelador como decirle “Donald” en lugar de “Mr. Trump”. Ese par de detalles lo hicieron enojarse más que de costumbre. La duda que permanece es de qué sirvieron: parte del atractivo de Trump es su mecha corta. Por lo demás, Trump se mantuvo en su mensaje de siempre.

Pero, ¿cuál mensaje? La idea de que todo en el país está mal. Que el crimen sube, que los migrantes son los responsables, que la economía está en el hoyo. Aunque las estadísticas no lo apoyen, su estrategia es la de machacar las opiniones lo suficiente hasta que parezcan hechos. De manera preocupante, ha funcionado hasta ahora con los republicanos.

El problema no es que los mensajes de Clinton y Trump estuvieran en polos opuestos —lo cual es normal en una elección—; el problema es que estaban en planos distintos. Mientras Clinton presentaba datos y buscaba discutir policy, Trump repetía falsedades irrebatibles en tan poco tiempo. Clinton cayó durante unos minutos en un ciclo que la perjudicó: repetirle varias veces que lo que decía era falso. Incluso Lester Holt, el moderador, que estuvo callado durante gran parte de la noche, le tuvo que decir a Trump que las cosas que repetía no eran ciertas. ¿Qué hizo Trump? Discutir con el moderador también. Aunque le dijeran que sus palabras eran mentiras, Trump se negaba a aceptarlo. Discutir con alguien así, frente a millones de personas, no se puede: el punto básico de una discusión es el intercambio, o, como dice la RAE, “alegar razones”.

A la hora de calificar el debate, es imposible decir quién se lo llevó. Si usáramos estándares tradicionales, como están haciendo los medios estadunidenses —y los pocos mexicanos que llevan el debate en portada—, ganó Clinton y por mucho. Se mostró como alguien capacitada para decidir en nombre del país más poderoso del mundo.

Pero esa escala de calificación no se puede usar en 2016 porque su oponente no cabe dentro de los parámetros. Seguramente Clinton convenció a los ya convencidos de que es la mejor opción, y de que elegir a Trump sería desastroso. Tal vez convenció a algunos que pensaban no ir a votar el 8 de noviembre de que su voto es necesario. Pero es difícil pensar que haya logrado más: la gente que va a votar por Trump lo va a hacer por que es lo opuesto a Clinton y porque ha demostrado que no le interesa seguir el camino que debe seguir un presidente estadunidense. A ellos no se les puede convencer.

 A los indecisos, o aquellos que votarán por otro candidato —también compiten en esta elección Jill Stein del Partido Verde y Gary Johnson del Partido Libertario—, es difícil que el contraste los haga acercarse a Clinton. Muchos de ellos están dispuestos a irse con alguien más porque Bernie Sanders, su candidato en la interna demócrata, no ganó y lo ven como una víctima del sistema político amañado que no deja que los ciudadanos tengan voz. A otros tantos no les convence ninguna de las dos propuestas, así sea una equivalencia por demás falsa la que hacen al comparar a Clinton con Trump.

Y muchos sólo quieren un reset político, así implique que tengan que reconstruir el país desde las cenizas. Mejor empezar desde cero que seguir como están ahora.

Lo que nos mostró el debate presidencial de ayer es que la elección seguirá siendo reñida hasta el final, y que Trump tiene posibilidades de ganar, y las tiene porque no lo entendemos. Seguimos usando nuestras categorías tradicionales para intentar entender el entusiasmo —entiéndase, odio— que levanta entre sus votantes. Seguimos tratando de encasillarlo como el candidato republicano en una elección presidencial, cuando en realidad es un candidato que se encontró con una base y la está explotando, pero no es en realidad el candidato de un partido. Es un espejo de sus votantes: cada quién ve lo que quiere en él y contra eso no hay solución.

Trump es un hombre que está moviendo lo peor de Estados Unidos, y lo está haciendo de forma tan brutal y tan efectiva que nadie ha sabido reaccionar.

Hoy y en los próximos días, muchos analistas hablarán de la efectividad de Clinton, de lo que logró en el debate. De cómo mostró retórica presidencial, de cómo venció a Trump y por mucho. Pero eso nunca sucedió. Clinton no ganó el debate porque el debate no fue tal. Nunca hubo una disputa verdadera. Hubo dos candidatos que ocuparon el mismo escenario pero nunca el mismo espacio: Trump exacerbó el odio y Clinton apeló a la razón. La razón la entendemos, el odio no. Y, a 42 días de la elección, eso debe preocuparnos.

Esteban Illades

 

7 comentarios en “¿Quién ganó el debate presidencial de Estados Unidos?

  1. Buena interpretación, solo un comentario, Clinton debio arriesgar una definición sobre la política económica y sobre la renegociacion de ese tratado en particular, me refiero al de México. No lo hizo. Hay una razon, en el fondo Trump no esta mintiendo hay grandes áreas en EU que están devastadas por esos tratados comerciales. Y eso no lo puede negar Clinton. Por lo que toca a la migración, se hablo poco porque Clinton tampoco lo puede resolver.

    En efecto, el problema es que Trump representa y es el espejo de la mitad de la población de EU y es tonto negar ese hecho. Creo que el problema independientemente de las declaraciones poco politicas de Trump es economico y eso si pone de puntas a mas de cuatro,. Esto es populismo y obviamente tiene sus razones. Este discurso no es gratuito, los Tratados apenas benefician al 20% de la población de ambos países, aquella que esta conectada con el comercio exterior. El gobierno de una nacion no se reduce al comercio exterior o si. Que pasa con el mercado interno.

    Conclusion no se puede convencer con mas de lo mismo, ni tampoco se van a solucionar la enorme desigualdad y concentración de la riqueza que generan esas politicas. Si Inglaterra decidio el Brexit, Estados Unidos también puede decidir lo mismo. Nos guste o no son países democráticos.

  2. Lo que si es un hecho, si gana Trump, Estados Unidos es mas pobre de lo que pensábamos y los sectores medios están bastante mas proletarizados, de lo que los medios y la politica institucional inventan. Esto se traduce les guste o no en Populismo y del que saca mas ronchas.

  3. Creo que se está reeditando el fenómeno fox sin embargo no le va a dar para ganar por que la acumulación de odios también ópera en contra de trump Clinton sólo debe mantenerse y ganara por una ventaja de 5 a 8 puntos al tiempo

  4. Ya sabes, querido Esteban, que suelo coincidir con tus análisis. No esta vez. Por desgracia, hay que decir: “al tiempo” y las elecciones no son mañana . Pero yo creo que al tiempo ganará Clinton. Porque el mundo está alrevesado, pero no tanto. ¿Una apuesta?

  5. Para mover lo peor de Estados Unidos o de cualquier otro país se necesitan mentiras, gritos, ruido, provocación y mucho “show”, esto me trae a la cabeza esos “talk shows” que son el pan nuestro para mucha gente que la vida y la cabeza no les da para más …….. y si haciendo números estas personas son la mayoría puede verdaderamente surgir un us-extit…..

  6. Otros elementos de análisis que complementan el de Esteban. Clinton tenía la siguiente pregunta que guió su desempeño en este debate: ¿Que imagen debo proyectar para detener mi caída en las encuestas y al mismo tiempo evidenciar lo malo de Trump? No hay que olvidar que el hecho de ser la primera candidata mujer tiene retos que hay que analizar en otros contextos, el de género y percepción pública. En este sentido el desempeño de Hillary fue el adecuado. Pero esta es una carrera larga, no se agota con un solo debate. Es obvio que Trump buscará mayor confrontación en los siguientes debates, ya amenazó con el tema de Mónica. En este nuevo contexto sería sorpresa si Hillary no se pone mas agresiva y muestra un rostro femenino que tenga estilo pero al mismo tiempo fuerza para contener y vencer el bullying del cual será objeto. No hacerlo implicaría una percepción que tampoco lo podría hacer con otros líderes en otros países que tienen ese estilo. Este segundo rostro que mostraría Hillary, de ser exitoso, dejaría definitivamente a Trump en la lona y conseguiría los votos de muchos de los indecisos que precisamente perciben en ella la clásica debilidad femenina para enfrentar retos fuertes.

  7. Lo peor que nos han enseñado tanto el Brexit como la campaña política de EU, es que si el pueblo se harta lo suficiente de sus sistema de gobierno puede llegar a estos extremos de ensalzar y apoyar a candidatos y propuestas que, lejos de mejorar nuestra vida, nos van a llevar a un inexorable colapso de lo que conocemos como economía occidental. No hay en si una revolución o golpe de Estado, pero los resultados serán tan catastróficos y negativos como si la hubiera. América despierta!!! Porque si construir de las cenizas creen que les será fácil o rápido…con el odio que han sembrado en propios y ajenos y cerrando sus fronteras al comercio y a la gente, no sé cómo creen que lo van a lograr.