Donald Trump fue, si acaso, el único beneficiario del encuentro relámpago con Enrique Peña Nieto. La visita no fue una victoria diplomática para el presidente mexicano, como afirman algunas vocecillas, más bien fue un poderoso reflector que arrojó una luz asesina sobre sus debilidades y las de su gobierno. Al término de la visita de Trump, Peña Nieto hizo una declaración inocua a propósito del compromiso del gobierno con la protección de los mexicanos en el exterior; y Trump se limitó a frases vacías de que los mexicanos somos un gran pueblo que tenemos grandes líderes, pero… Desde luego y como era previsible, no cambió un centímetro ni su discurso ni su actitud hacia nosotros; y, dada la reacción que provocó aquí su presencia en Los Pinos, la conclusión es que sólo contribuyó a profundizar la brecha que separa al presidente de la República de la opinión pública.

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El episodio no tiene precedentes. Un presidente en funciones, invita y recibe a uno de los aspirantes a ocupar la Casa Blanca, no se sabe muy bien para qué. Peor todavía, el político invitado ha hecho de la denuncia de los migrantes mexicanos el tema central de la movilización de sus simpatizantes a los que en actos masivos insta a repetir a coro la promesa/consigna:“Build the wall!”,(“Construye el muro”) frase que los más enardecidos completan con el grito: “Kill them all” (“Mátalos a todos”). A su regreso a Estados Unidos, Trump nos trató de idiotas. En Phoenix, Arizona reiteró su compromiso con la construcción del muro entre México y Estados Unidos, que ha sido la principal promesa de su campaña.

Estamos frente a un yerro que ha resultado carísimo para el prestigio del presidente mexicano. Entre los problemas de la estrategia que condujo a la invitación al candidato Donald Trump su carácter intervencionista no es un dato menor. El gobierno de México pretende influir en la campaña electoral de Estados Unidos, y no es ni la primera ni la única vez que lo ha hecho. En Ottawa, en el mes de junio, durante una conferencia de prensa el presidente Obama manifestó su malestar con Enrique Peña Nieto, cuando éste se lanzó contra el populismo en alusión a Trump, no porque quisiera defender al republicano, sino porque le pareció inconveniente que en una cumbre de jefes de Estado uno de ellos calificara al candidato estadunidense. Creo que por esa razón defendió el populismo y dijo que él era un populista, para callar a Peña Nieto. Las elecciones en Estados Unidos, y en todas partes, siguen siendo un asunto nacional. ¿Qué pasaría si Obama invitara a Andrés Manuel López Obrador a la Casa Blanca?

El episodio Trump en México no tiene comparación. Sólo si forzamos algunos datos nos puede ser útil para entender al gobierno actual y la condición en que nos encontramos. Por ejemplo, en marzo de 1947 el presidente de Estados Unidos, Harry S.Truman viajó a México. La visita fue su iniciativa, al igual que la invitación que le hizo al presidente Alemán a Washington. México estaba en un buen momento. La alianza política que había concluido con Estados Unidos había estabilizado la relación bilateral, la guerra había impulsado el proceso de industrialización, la elección presidencial de 1946 había transcurrido sin grandes tropiezos. No obstante, el clima internacional era crecientemente adverso, y la contigüidad territorial de México con Estados Unidos había adquirido un significado distinto, mucho más amenazante que en el pasado, porque las asimetrías que separaban a los dos países vecinos se habían modificado cuantitativa y cualitativamente. En 1947 México tenía 21 millones de habitantes, Estados Unidos 160 millones; el ejército mexicano contaba con 50 mil efectivos, el estadunidense tenía más de un millón y la bomba nuclear. Frente a la superpotencia industrial en que se convirtió Estados Unidos con el esfuerzo de la guerra, México seguía siendo un país fundamentalmente agrícola.

Harry Truman vino a México a saludar a Miguel Alemán, que no había sido el candidato presidencial favorito de la embajada de Estados Unidos que apoyaba casi abiertamente a Ezequiel Padilla. El presidente estadunidense quiso probar que los asuntos de Estado nada tenían que ver con las simpatías personales, pero la entrada del 3 de marzo de 1947 de su diario relata que al llegar a México, Alemán le cayó bien “a la primera”.

El Departamento de Estado quiso hacer de esta visita un acto de relaciones públicas; buscaba que los presidentes se conocieran. Nada más. La reunión no tenía agenda y al inicio Truman había declarado a la prensa que venía a disfrutar de la proverbial hospitalidad mexicana. Se dijo explícitamente, que los presidentes no hablarían ni de política internacional ni de asuntos pendientes entre los dos países. Truman venía, según la revista Time, de vacaciones.

 El presidente mexicano no lo veía así. Alemán consideró que estaba ante la gran oportunidad de su mandato. Un encuentro personal con el presidente de una de las potencias vencedoras de la guerra, cuando en medio de una gran incertidumbre se discutían las reglas del nuevo orden internacional, era la posibilidad de que México hiciera valer su apoyo al esfuerzo de los aliados contra el nazismo y obtuviera los recursos que necesitaba para sostener la transformación económica del país. Así que, asesorado por su brillantísimo secretario de Hacienda Ramón Beteta, decidió convertir el encuentro en un gran acontecimiento que sería el punto de partida de una nueva relación bilateral, menos conflictiva, pero también más equilibrada, en la que México sería tratado como un aliado, como un socio y no como un país tributario.

Con ese propósito el gobierno alemanista diseñó una estrategia precisa: organizó una recepción faraónica y un programa apretadísimo de actividades que llevó a Truman a lo largo de dos días y medio, de Chapultepec a Los Pinos, de la calle Fundición al Estadio, y de ahí al Paricutín y a Teotihuacán. A petición del Departamento de Estado no se incluyó una verdadera sesión de trabajo. La visita se desarrolló como una gran fiesta en la que participaron miles de niños, artistas folklóricos, empresarios, intelectuales, diplomáticos, el arzobispo de la Ciudad de México, sindicatos obreros y agrarios. Fue tal su magnificencia que Truman no pudo negarse a la entrevista fuera de programa que propuso Alemán en la que éste pasó revista a todo lo que necesitaba el país para sostener el crecimiento económico. El presidente estadunidense tampoco se atrevió a rechazar la factura que le pasó Alemán cuando le recordó todo lo que México había hecho para contribuir a la defensa del sudoeste de Estados Unidos. Al día siguiente, Truman respondió a Alemán: “Podemos responder a sus necesidades con nuestros recursos”,

El presidente estadunidense quedó abrumado por las muchas amabilidades y gestos de amistad de los mexicanos. Cada acto de masas, cada recepción oficial, el entusiasmo de las multitudes en el zócalo, los saludos de miles de personas en la calle, porras y aplausos lo comprometieron     con la atención a las demandas mexicanas. Si ésta no se materializó como él hubiera deseado fue porque los funcionarios y congresistas en Estados Unidos impusieron una serie de condiciones que eran inaceptables para el México de entonces, por ejemplo, modificar la ley de profesiones o la de inversiones extranjeras.

La visita de Truman fue un éxito de la diplomacia mexicana, pues, pese a la enorme distancia que separaba a México de la emergente superpotencia, el presidente Alemán logró un tour de force que obligó al visitante a replantearse los términos del encuentro y de la relación bitaleral de acuerdo con la propuesta mexicana. No obstante, el momento culminante de la visita fue el homenaje que hizo el presidente Truman a los Niños héroes, cuando sorpresivamente se detuvo ante el monumento a ellos dedicado (todavía en construcción) para depositar una corona mortuoria. El gesto conmovió profundamente a los mexicanos que se sintieron reivindicados por lo que interpretaron como un acto de solidaridad. Sin embargo, la entrada del 4 de marzo de 1947 del diario de Truman matiza esa impresión. Narra la historia de los héroes adolescentes, luego describe la ceremonia cargada de simbolismo y de emoción, enriquecida con la referencia a las lágrimas de los asistentes, pero remata con una frase lapidaria: “Se la buscaron”, y eso que Truman vino en son de amigo.

La experiencia del presidente Alemán fue única. Ni antes ni después un presidente mexicano le habló a su contraparte estadunidense de manera tan clara ni directa como él lo hizo. Para ello se preparó cuidadosamente, asesorado muy de cerca por Ramón Beteta, tenía bien armados sus argumentos, sus objetivos eran claros. Igualmente precisa fue su estrategia. De ahí el éxito del encuentro,pues aun cuando los problemas de la relación bilateral no se resolvieron, el presidente Alemán se vio internamente fortalecido por el encuentro. Su figura y su autoridad crecieron porque los mexicanos vieron cómo su presidente trataba de igual a igual al presidente de Estados Unidos. Truman quedó tan impresionado que hizo grandes esfuerzos por asegurar que el presidente Alemán tuviera una recepción más o menos comparable en Washington, donde fue recibido en abril en la Casa Blanca y en una reunión conjunta del Congreso.

Unas horas después de su encuentro con Enrique Peña Nieto, Donald Trump pronunció un discurso en Phoenix, Arizona, en el que en medio de los rugidos de sus simpatizantes prometió que desde su primer día en la Casa Blanca empezaría la construcción de un muro “físico, alto, impenetrable, poderoso, hermosísimo” en la frontera sur. También dijo que los mexicanos pagaríamos el 100% de esa construcción, aunque todavía no lo supiéramos. Esta frase dicha después de su conversación con el mandatario mexicano, es más reveladora de su opinión del presidente Peña Nieto que ninguna otra declaración. Sólo le faltó decir, como Truman, que con este presidente nuestro “se la ganaron”.