A las tres de la tarde, la esquina de avenida Hidalgo y Eje Central se convirtió en un enjambre de fanáticos que esperaban ver y fotografiar la carroza que transportaba las cenizas del cantante y compositor Juan Gabriel. Los policías de tránsito no se daban abasto moviendo los brazos y soplando por su silbato. Algunos peatones dudaban si cruzar hacia Tacuba o mejor quedarse ahí para presenciar la despedida multitudinaria.

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Hasta esa esquina no llegaba la narración de lo que se transmitía en las pantallas colocadas en distintos puntos de la Alameda. Era como estar a ciegas. Nadie revisaba Twitter, Facebook o escuchaba el radio para saber en qué punto se encontraba el coche fúnebre. La expectación crecía cuando un helicóptero de la Secretaría de Seguridad Pública se acercaba o cuando uno de los drones que sobrevolaban Bellas Artes se quedaba en un punto fijo.

Media hora más tarde. Lluvia, sudor y lágrimas.

Frente al Palacio de Correos, el público se triplicó. Las filas se extendían hasta el segundo carril de avenida Hidalgo. Los autos seguían circulando sobre Eje Central. El público se cubría con paraguas, con capas de plástico de diez pesos o con los gorros de sus chamarras. Una madre cargaba en hombros a su hijo de diez años o menos: “No vienen, mamá. Y ya se me durmió una pierna”. Un señor le cuenta a su esposa por teléfono: “Esto es un desmadre. Las filas para entrar están muy largas. Yo me tuve que subir a un tope de metal para poder ver. Mientras prende la tele para que veas. En la noche te enseño el video. A ver si puedo grabar bien”.

El fotógrafo Ernesto Ramírez estaba en primera fila. Él también se desesperaba por no ver llegar a la carroza. Sin duda quería agregar a su álbum el momento en que las cenizas del Divo de Juárez entraran al Palacio de Bellas Artes. Pasaba el tiempo retratando a los seguidores del cantante. Sin espacio suficiente para girar su cuerpo, pegaba la cámara a sus ojos, enfocaba y hasta estar seguro de tener la mejor toma, disparaba.

En las ventanas del Sanborns, que alguna vez fue la casa de Ignacio Manuel Altamirano, los comensales tenían las manos ocupadas con sus celulares. En el Palacio de Correos, dos empleadas aprovechaban su hora de comida asomadas por una de las ventanas, con sus recipientes de comida colocados en fila sobre el pretil. Despertaron la envidia de todos los que estaban enfrente de ellas apropiándose de la calle.

Cada uno forzaba la punta de los pies según su resistencia. El cielo se despejó. Desde atrás llegó un grito: “Cierren sus paraguas. Ya no llueve. No sean envidiosos, nosotros también queremos ver”. Silbidos y más gritos hasta que todas las cabezas quedaron descubiertas.

La aparición de ambulancias, motocicletas y camionetas de la policía provocaban olas de entusiasmo. Las manos se alzaban apretando los teléfonos, listas para tomar fotos o grabar video.

De nuevo el helicóptero dando vueltas y acercándose demasiado al reloj del Palacio de Correos. Los espectadores saludaban al piloto o tomaban fotos del edificio porfirista con la aeronave a un lado.

El ánimo se vino abajo cuando los policías se interpusieron entre estos espectadores y formaron una valla a la altura de Cinco de Mayo. “¿No que iba a entrar por esta esquina?”. “Qué cabrones, uno está aquí esperando y no nos van a dejar ver”. Una de las asistentes abrió el puño de su mano derecha, para dejar volar los tres globos blancos que llevó al homenaje: “Vine porque quería despedirme. Sus canciones son mucho para mí. Como no voy a poder entrar, pensé que desde aquí podría decirle adiós”.

En ese tumulto nadie supo con certeza a qué hora se estacionó la carroza frente al palacio de mármol. Los policías que impedían el paso, se hicieron a un lado. Y dejaron que la gente corriera libremente.

A simple vista era imposible saber hasta dónde llegaban las filas de seguidores que se distribuyeron a lo largo de la Alameda. Los policías repetían: “siga avanzando, siga avanzando, la entrada es al final de la Alameda” (en la calle Doctor Mora). En ese instante no parecía exagerada la estimación de las autoridades: asistirían al menos 700 mil personas.

En Avenida Juárez, pocos minutos antes de las cinco de la tarde, las pantallas gigantes capturaron la atención de miles de personas. Uno de los hijos del cantautor, Iván Aguilera, acompañado por más familiares y por el secretario de Cultura, Rafael Tovar y de Teresa, colocó la urna en un atril, al pie de la escalera principal de Bellas Artes. En voz baja una señora dijo: “Mira, qué bonita su urna. Tiene a la Virgen”.

Las ganas de llorar se desbordaron en cuanto las primeras notas revelaron que el tenor Fernando de la Mora iba a interpretar “Amor eterno”. En Avenida Juárez, un coro de desconocidos cantaba: Tú eres la tristeza de mis ojos,/ que lloran en silencio por tu amor./ Me miro en el espejo y veo mi rostro/ el tiempo que he sufrido por tu adiós. Algunas manos se pasaban discretamente por los ojos. Hubo nudos en la garganta que no se deshicieron. Hubo lágrimas que cayeron sin pudor. Hubo voces que se quebraron.

Al pasar ese trago de tristeza, el homenaje en la calle cambió de tono. Se volvió festivo. César Ramírez, imitador del Divo de Juárez, interpretó “Caray” para el canal chileno FT Channel. Aplausos y estrofas a voz en cuello.

Frente al edificio de La Nacional, Rafael Acosta Ángeles, Juanito, saludaba a quienes lo reconocían por su pasado político y les entregaba una tarjeta de presentación con calendario del 2017 en el reverso: “Más de dos millones de gestiones. Qué alegre va Juanito… gobernando por la ciudad”. Aseguraba que no estaba aprovechando la ocasión para hacer proselitismo: “estoy triste como todo el pueblo de México. Cuando yo era muy joven conocí a Juan Gabriel en El Noa Noa. Y luego me tocó compartir con él varios eventos”. Después de su discurso, apretón de mano y selfie.

Madres, padres, hijos, empleados, estudiantes… las filas de admiradores seguían alargándose. Cada uno quería agradecer a Juan Gabriel que le haya obsequiado una canción para su historia. “Quiero que se echen ‘La farsante’”.

 

Kathya Millares
Editora.

 

3 comentarios en “Para Juan Gabriel:
Lluvia, sudor y lágrimas

  1. no cabe dude de que los ídolos populares siempre nos darán mas alegría que los politicos mal nacidos

  2. muy buen articulo, el que no ha estado en la Cd. de México le sera difícil entenderlo.
    Por mucho el mejor cantante de música popular mexicana, mis hijas de 5 y 6 años tristes, les toco escuchar a un grande.

  3. Desde luego que es muy buena crónica, pero no entiendo lo que dice Francisco Alcaraz, que a quien no ha estado en la Ciudad de México le será difícil entenderla. Bueno, yo la ha leído teniendo desplegado ante mi vista el plano de la ciudad y he seguido paso a paso lo que Kathya Millares cuenta. Y eso sin haber estado nunca en mi vida en esa ciudad, lo que podría haberme ayudado. Dicho sea de paso, es una lección más a aprender: las crónicas que cuentan cosas que pasan en lugares que nos son desconocidos, la mejor forma de leerlas es teniendo a la vista el mapa o el plano del lugar. Enhorabuena, Kathya.