Con carcajadas un grupo de presos del penal de Santa Martha aprendió a sobrellevar su encierro

Hay que ir a trece iglesias. Trece. El número es importante. Pero es más importante que en cada una de ellas busques que haya una imagen de san Judas Tadeo. Si la hay es a él a quien debes pedirle permiso. Cuando te lo dé, ve hacia las piletas de agua bendita y roba un poquito. Así en cada iglesia. Cuando vuelvas a tu casa, vacía el agua en una olla. Entonces saca las balas. Dos, tres, siete. Una. Las que vayas a usar. Hay que hervirlas en agua bendita, hervirlas hasta que se pongan rojas. No van a explotar porque la pólvora está mojada. Ya que hiervan un buen rato las sacas y las dejas secar. Que se sequen bien. Esas balas no van a fallar porque ya están curadas y las balas curadas siempre le atinan. Aunque nada más hieran al cabrón, lo van a herir bien. Balas curadas ¿entiendes? No fallan.

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Ilustraciones: Patricio Betteo

Quien me cuenta esto lo está haciendo desde el interior de una caja. Eso me parece este lugar. Una caja raída, de paredes tristes y base polvorienta. La caja no tiene tapa pues arriba va el cielo. El azul del cielo que pinta con un poquito de luz el interior de esta bóveda sulfurosa de aspecto deprimente. La caja es en realidad el patio de confinamiento, ubicado muy cerca de las celdas de castigo, al interior de la Penitenciaría de la Ciudad de México. Quien me capacita en curado de balas se apellida Roca, un asesino a quien la vocación incluso le alcanzó hace algunos años para acabar, presuntamente, con la vida de sus padres.

A la peni también se le conoce simplemente como Santa Martha. Pero para quienes están aquí dentro la peni es la cana. Santa Martha es La Cana. ¿Nunca habías estado adentro de la cana? Nunca Roca. No, ps con razón te ves bien interesado y bien tranquilo: a ti estos —y por “estos” Roca se refiere a los otros internos recluidos en la misma zona que él— no te han de morder.

Me ha invitado a la cana Luis Gómez, maestro y orientador especializado quien también ha traído hasta aquí al equipo de documentalistas que está consignando en video la forma en que estos presos, obsesionados todos por el espeso tránsito del tiempo, se liberan un par de horas cada día gracias a la práctica de una disciplina fascinante llamada Yoga de la Risa. Este es el quinto día de actividades de los veintiuno que Luis ha solicitado a las autoridades del penal para llevar a cabo el proyecto y nos encontramos aquí, dedicando la mañana a atestiguar cómo un grupo de individuos muy, pero muy rudos, se reúne a jugar, correr y meditar. También a diluir un poco la tristeza, porque hay que decir que la tristeza líquida también se puede meter en las lágrimas de un criminal que sabe que vivirá dentro de esta caja por muchos, muchos años más. Y es que aquí nadie tiene espacio para presumir inocencia y, peor, nadie tiene la certeza de poder confiar en alguien. La soledad es una capa de silencio muy grueso para el criminal impío que sabe que cometió un error.

Y para el que no lo sabe, también.

Yoga de la Risa. Un chance para salir riendo de todas las desgracias así sea por un rato. Esta mañana nos colocamos en corrillo alrededor de Luis para iniciar los ejercicios. Oye, se me olvidó decirte: cuando nada más quieras usar una bala o dos y no tengas agua bendita tienes que cruzarlas. Con una punta filosa debes marcar una cruz en la base de tus balas. Tampoco fallan. Sí Roca, sí. No fallan. Ok. 

Creada en la India a fines de los años noventa del siglo pasado por Madan Kataria, un médico especializado en los poderes sanadores de la risa “no racional” o “no cognitiva”, la Yoga de la Risa es una disciplina que establece como punto de arranque la posibilidad de liberar el cuerpo de toxinas mediante la oxigenación natural que produce en el organismo carcajearse. De los parques de Mumbai a las clínicas de medio mundo esta clase de yoga ayuda a fortalecer los vínculos y a generar empatía con los semejantes. El objetivo del documental es consignar qué pasa con violadores, secuestradores, sicarios y asesinos de toda índole cuando se les otorga la oportunidad de reír de esta forma.

Desde 2009 Luis lleva ya mucho camino recorrido por el interior de las cárceles de la ciudad. Dos años como voluntario y contratado después por el Sistema Penitenciario local, la vocación de este promotor de la risa es mostrar a criminales un boleto invisible que los sitúe, así sea por un rato, fuera del penal. Lo único que tienen que hacer es atender las instrucciones y dejarse llevar. Luis ha hecho reír a delincuentes e inocentes en todas las cárceles de la ciudad, además de un par de Centros Penitenciarios en Venezuela, uno en Manzanillo, las Islas Marías y la famosísima El Altiplano, conocida más como Almoloya.

Veintiún días. Reunidos en círculo, presos y hombres libres nos disponemos pues a reír. Luis dirige una breve sesión de calentamiento tras la cual inician propiamente lo que yo subconscientemente llamo “los trabajos de la risa”. Hay que caminar por todo el espacio de la caja balbuceando mientras se sonríe palabras ininteligibles. El cuerpo contrahecho, los brazos balanceándose de un lado a otro, me encuentro cara a cara con una multitud de rostros que, para mí, hasta este momento lo único que están haciendo es echar desmadre. Nada mal, pero tampoco nada curativo. Aún.

Luis señala a un recluso: le pide que improvise un rápido movimiento corporal de cualquier tipo al que deberá añadir al final una acción cualquiera que otro preso deberá replicar cuando le toque turno, sumando a ella un detalle de creatividad física propia, tras lo cual el movimiento resultante deberá ser “lanzado” a otro participante, quien a su vez deberá añadir meneos nuevos y así sucesivamente. Sorprende observar cómo cambia el rostro de estos hombres duros. Aunque casi ninguno manifieste talento coreográfico, el hecho es que el juego los divierte, y la magia de la relajación comienza a surtir sus efectos. Luis pide que algún participante se separe del círculo y corra alrededor tocando el hombro de los compañeros al tiempo que los bautiza como “patos”. Pato, pato, pato, la corretiza inicia cuando alguien se convierte en “ganso” y debe ganar nuevamente su lugar dentro del círculo corriendo en sentido contrario a su adversario. Risas. Relajación. Más ejercicios. Relajación. Cada etapa de la sesión esta mañana y las que restan por venir concluirá siempre con una señal que con los días se convertirá en mantra para todos quienes participamos en la yoga risueña: Luis vocifera “jojo-jajaja” al tiempo que palmea enérgicamente. Jojojajaja y es momento de cambiar actividad. El duende oculto tras cada ejercicio en el Yoga de la Risa es el movimiento. Los aplausos, el desplazamiento y las risas son en realidad provechosas sesiones de respiración y estímulo al diafragma, núcleo distensor del organismo, según la teoría de la risa.

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Resulta curiosamente paradójico constatar que la del estrés es en realidad la liberación que efectivamente van consiguiendo los reclusos conforme pasan los días. Transcurren, y algún cambio es palpable. Días uno, dos, cinco, siete. “Soy libre” acostumbran gritar los presos tras indicación de Luis al término de cada sesión.

Octavo día. Roca se pasea por entre los compañeros que la condena le ha puesto enfrente por los próximos muchos años y conversa con soltura. México es un valle, afirma. Para que el esmog se saliera habría que quitar un cerro.      

—Sí, pero no manches —le respondo— quitar un cerro está muy cabrón.

—Con la cantidad suficiente de explosivos no. Acuérdate que el pedo es construir. Destruir se hace en chinga.

Día diez. Antes de la sesión, Roca platica con otro interno al que me ha dado por identificar como el Castor Furioso. Regordete y dueño de un par de prominentes dientes delanteros, no sé por haber cometido qué crimen se encuentra él aquí. Dicen que mató a alguien. Y lo violó. Y lo mutiló. En ese orden. Aquí dentro el Castor Furioso se comporta apaciblemente. Participa activamente de todos los juegos. Hace alegre pareja en varios de ellos con Roca. Al final, sudorosos, los dos se palmean las espaldas amigablemente. Roca sonríe mientras me confiesa que Castor y él son amigos desde hace tiempo. Se conocieron en otra prisión, y quiso el destino volverlos a reunir aquí. Al salir del patio de reclusión, miro cómo es que se quedan sentados. Uno frente al otro, sonríen, conversando.

Día quince. ¿Qué habrá después de la muerte?

En lo que los presos se reúnen para la sesión de yoga, Roca mira un segundo el azul del cielo. Me responde que cree que en el futuro la vida se va a poder alargar por millones y millones de años.

—Pero hasta el universo entero va a morir un día.

—Yo creo que para entonces la tecnología habrá trascendido eso y la vida humana va a seguir.

Jojo-jajaja. Pinche Roca, tú no te quieres morir, se carcajea un preso al que acusan de haber derribado un helicóptero de la Policía Federal.

Es el día dieciocho y Luis se siente motivado. Casi al término de la actividad, su pareja, psicóloga que le ha acompañado en varias de las sesiones, comparte avances. Las pruebas que aplica muestran que la actitud de los presos cambia tras las sesiones. Veintiún días de actividad relacionada con esta clase de yoga quizá sean pocos en libertad, pero representan un mundo de oportunidades tras las rejas. Hoy un convicto por asesinato múltiple ha dicho al término de los ejercicios que siente chido cada vez que ve entrar a Luis y a quienes le acompañan al patio enrejado que por los próximos cuarenta y dos años formará parte de su casa.

El lugar que yo veo como una caja, respira.

Día diecinueve. Al término de cada sesión Luis pide a los participantes que se sienten en círculo sobre el piso de la caja. Hay que cerrar los ojos y escuchar un poco de música suave. Al final solicita que alguien voluntariamente comparta cómo se siente. Un interno con el que he conversado sólo de manera ocasional comparte que lo único que quiere decir es gracias.

Día veinte. Luis y su pareja llevan huaraches con salsa roja y verde a los presos. Roca dice que están bien buenos. Su sonrisa delata al insomne que quién sabe cuándo probó por última vez un buen huarache con queso. Uno de ellos saca algunos billetes y envía por refrescos. Yo no como ni bebo, pero todo hoy aquí está bien bueno.

Día veintiuno. La sesión de hoy consiste prácticamente en lo mismo, pero como dice la canción, no es igual. Se filman las últimas imágenes, se llevan a cabo las últimas pruebas. Adiós. Regresen un día, no nos dejen aquí tan abandonados. Abrazos. Gracias Luis, sí regresas un día ¿verdad? Por supuesto.

Sale. Nos vemos luego.

La mirada de Roca se pulveriza, ruedan sus guijarros mientras nos alejamos.

Camino a la salida me da por pensar que en el encierro le queda la risa que aprendió durante este tiempo para tratar de mitigarlos.

 

Eduardo Limón
Periodista.

 

2 comentarios en “La mirada de Roca

  1. Wow. Este texto me ha dejado conmovida por muchas razones. Primero, porque tuve la fortuna de conocer a Luis hace algunos años en un entrenamiento de Teatro y tuve la oportunidad de ir alguna vez a un Centro Penitenciario, esa fue la primera vez que entré a uno y justo lo que más me impresionó es lo que se expresa muy bien en el texto…esa manera tan poderosa de hacer que un lugar y unas personas se puedan quitar subreputación de encima y sólo se permitan reir. Recuerdo que cuando entraba todo mundo saludaba a Luis como cuando saludas a tus vecinos y hasta lo vacilaban. Si, ocirre una transformación, algo bueno pasa ahí cuando ríen. Felicito mucho el trabajo y los esfuerzos de todos los que hacen y logran ver esta linda intervención.

  2. Gran artículo. Sensible y de mover fibras emocionales. Además con esa mezcla de sentimientos de sentir la risa con la melancolía.