Durante el siglo XVIII los borbones dictaron medidas para reformar la política económica y el sistema administrativo, hacendario y fiscal de la Nueva España, mismas que estuvieron vinculadas al pensamiento ilustrado. Destacó en ese periodo el gobierno del virrey Conde de Revillagigedo (1791-1794), quien emprendió obras públicas en la organización y saneamiento de la ciudad. Inició la limpieza de las calles y plazas, desazolvó las acequias, introdujo el alumbrado y el servicio diario de limpia; estableció una policía regular para la vigilancia, mandó abrir nuevas calles y empedrar otras; restauró los paseos y jardines, ordenó una reglamentación catastral, entre más medidas. Le preocupó el saneamiento de la sociedad, encontrar remedio a delitos como homicidio, robo, violencia y la vagancia, entre los más urgentes. Controlar al vulgo que cada vez crecía con funestas manifestaciones de desorden y malas costumbres.

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Ilustraciones: Dante Escalante

Para anteriores virreyes, una medida de erradicar de las calles, plazas, atrios y lugares oscuros de la ciudad a tanto vagabundo era hacer rondas por la noche. Que bajo su oscuridad hacía de todos los gatos pardos, y muchos vagos se mezclaban y mantenían a costillas de otros, con las sobras de comida, cigarrillos y chinguiritos arrebatados de las manos trabajadoras. Vagabundos aparecían en garitos, tabernas, pulquerías y vinaterías levantando desorden y, sobre todo, causando horror a muchas personas decentes de la ciudad por su manera de andar desnudos y sin aliño, o ropa rasgada y sucia.

Los vagabundos formaban parte del vulgo, a quien algunas autoridades lo veían como un monstruo de tantas especies cuantas son diversas las castas, agregándose a su número el de muchos españoles vulgarizados con la pobreza y ociosidad, raíces de que dimanan las viles costumbres, ignorancia y vicios irremediables en lo general. Ese vulgo estaba formado por criollos, mestizos, indígenas y las mezclas de todos éstos. La mayoría eran trabajadores domiciliarios, otros más formaban las filas de la milicia, algunos vendían en los mercados, si les iba bien, y los más tenían subempleos como aguadores, agricultores, jornaleros, zurradores, herreros, etcétera.

De manera que el paisaje de la ciudad de México era una constante confrontación de atuendos y harapos, de abundancia y miseria. Hacia 1750 ya había 84 templos, siete hospitales, nueve colegios, cerca de 50 mil criollos, alrededor de 40 mil mestizos, mulatos y negros. Además de sus moradores diariamente arribaban a ella hombres y mujeres del campo para buscar trabajo o bien unirse a las filas de los mendigos pedigüeños, o lo más inmediato: vagar por la ciudad. Estos problemas sociales fueron creciendo a la par con el dibujo urbano. Mientras que la mendicidad se soportaba y aun se permitía para dar limosna y, remediar en algo, culpas mundanas, el acecho del vago era repudiado, pues estaba considerado por gran parte de la sociedad como la semilla del vicio y del ocio que daba lugar a gran parte de los delitos sufridos durante el virreinato.

Ante la imagen nociva de los vagos, y dado que la noche era el escenario más entrañable para perderse, confundirse entre las sombras, realizar torpezas con mujeres solas o entradas en amores, se dispusieron varias ordenanzas para atrapar a los sospechosos de vagancia. Los encargados de hacer las rondas eran los alcaldes de cada cuartel de la ciudad, ellos se lanzaban tras la figura fugitiva y sombría de los que sospechaban eran vagos. Generalmente en la noche, casi después de las ocho, al caer el manto nocturno y ver “sin nada que hacer” a los jóvenes entre 14 y 35 años; los guardas del orden atrapaban al presunto vagabundo y lo llevaban a la Real Sala del Crimen para indagar su etnia, estado social, ocupación, motivo por el cual andaba a altas horas de la noche fuera de su hogar. Claro que no sólo vagaban por la noche, también a plena luz del día estaban en calles, plazas, calzadas, peleas de gallos, fiestas de toros y en las esquinas, domesticando su ociosidad, desempleo, falta de higiene y petición de mendrugos o algo para beber. Veamos el caso de Juan Ortiz. El chico español, soltero, de 18 años sin oficio a quien lo aprehendió el cabo Cristalinas en la puerta del Coliseo cerca de las ocho de la noche… anda pidiendo limosna quitándole el medio o real que otros hombres necesitados le dieran, pudiendo trabajar para mantenerse y no andar en cueros con sólo unos calzones de paño hechos pedazos y un pedazo de sábana con que está envuelto. La sola imagen del individuo da las características señaladas por la Reales Cédulas que perseguían a los vagabundos o carcomas de la Ciudad de los Palacios.

La constante relajación en que se mantenía el populacho obligó a establecer medidas para intentar controlarlos, castigarlos y terminar con sus bajos modales. La Novísima Recopilación precisa que se vigile a la plebe para no concurrir a cafés, botillerías, mesas de truco, tabernas, y otras diversiones permitidas sólo para quienes trabajan y para recreo de los que no abusan, arresto a quien pasean, ocupan las plazas y las esquinas.

De acuerdo con lo anterior, las pulquerías y vinaterías eran el nido del desorden y criminalidad; no debería permitirse que aumentara el número de éstas y deberían regirse por unas ordenanzas rigurosas.

Y esos escenarios nos dan cuenta de casos como el siguiente: José Angulo, español de 24 años, huérfano, originario de México y de oficio barretero. Lo prendió la ronda dentro de la vinatería de la esquina de Monserrat cuando entró a tomar medio real de aguardiente en compañía de otros amigos, solamente a él le tomaron como vago aunque demostró tener oficio en la calle de Arco de San Agustín en la casa de Gabriel Dávila, presentó a su maestro y manifestó ganar diariamente dos o tres reales. Después de una engorrosa acusatoria, el hombre se ofreció voluntario para ir a los bajeles de La Habana por cuatro años.

Hombres y mujeres que se entregaban a gozar de la vida en la capital frecuentando sitios de diversión y placer estaban medianamente “tolerados” si adquirían las bebidas con el sudor de su frente, acudían a la pulquería o taberna luego de haber cumplido con sus obligaciones, no así aquellos aficionados a la taberna con la pasión del juego, el acceso a los placeres prohibidos y entregados desaforadamente a las bebidas. Y como no se sabía quién tenía trabajo y quién era holgazán, se le arrestaba por la simple sospecha: de ir desnudo, verlo con frecuencia durante el día y tarde recorriendo las calles de la ciudad; por su manera de pararse en las esquinas, de no destocarse delante de la autoridad, entre otras manifestaciones consideradas por los vigilantes de las rondas.

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Igualmente el vigilante miró el actuar de las personas en las tabernas, quienes perdían la cordura en el momento de jugar cartas, juegos de azar, y perder lo que ganaban con las faenas, vendían sus prendas, capas, vestidos, artículos de ornato y otros empeños con tal de saldar deudas y regresar a lo mismo. Algunos vagos se codeaban con ellos para animarlos o recibir algún favor en caso de gloria. Los lugares “de vicio” abrían desde temprano, sobre todo las pulquerías, pero indudablemente la noche era preferida por el vulgo, y los guardas de pito vigilaban con celo. Como se usaban cortinas para esconder el interior de esos sitios, se prohibió su uso mediante un bando de 1789: Se prohibió bajo la pena de 25 pesos, el uso de cortinas en las vinaterías, por cuanto se ha conocido ser un albergue de las maldades que acarrea la embriaguez, como son la unión de hombres y mujeres, viciosos, vagos y holgazanes, juegos prohibidos y otros insultos escandalosos y perjudiciales a la República.

Las bebidas embriagantes, prohibidas durante el virreinato, fueron parte de la forma de vida cotidiana que se introdujo desde la Conquista, usando el alcohol y pulque conscientemente para mantener embrutecida a la población indígena y mestiza y explotarla justificadamente. Otros más consiguieron la entrada a través de la invitación de amigos, del robo y el empeño. Estos lugares considerados focos de infección y perdición fueron los menos visitados por los vagos de nuestro estudio (1789-1810), fueron otros parajes el escenario de sus venturas y calamidades.

Lo cierto es que en la ciudad de México el cuerpo de vigilancia con que contaba para arrestar a quienes irrumpieran el orden era raquítico, y a partir de 1808 los alcaldes de barrio y de cuartel redoblaron esfuerzos para aprehender no sólo a los vagabundos sino a los sospechosos de infidencia y subversión. Justo en ese año se fundó la Junta Extraordinaria de Seguridad y Buen Orden, con el organismo en marcha se quitó el conocimiento de todas las causas de infidencia a la Real Sala del Crimen. A partir de entonces los alcaldes arrestaron a los sospechosos de vagancia y sedición. En 1812 la Junta Extraordinaria fue suplantada por la Junta Militar, al frente de siete jefes del ejército y juntas provinciales.

 

En suma, el vagabundeo más aún que la mendicidad estaba rigurosamente mal visto en la Nueva España. Desde el siglo XVI la legislación española, trasladada a territorio novohispano, intentó imponer serias medidas para terminar con el ocio y la vagancia; forzó a dichos personajes a trabajar en las minas, los obrajes y las haciendas. Sin embargo, pese a los remedios establecidos durante los siglos XVI y XVII, el problema de la vagancia continuó en todo el territorio, más en la ciudad y, al decir de algunas autoridades: …aunque en todos tiempos he visto aplicado el celo de los señores virreyes, ministros de la Real Sala del Crimen y más justicias para el remedio de los males que han causado y causan, y extirpar tan mala semilla, parece, Señor Excelentísimo, que con la aplicación de los remedios, eludiéndolos esta mala gente, se aumenta y adelanta más cada día.

El grupo documental Criminal, del Archivo General de la Nación, nos da cuenta de los vagos que moraban la ciudad y las rondas y levas que se hacían para levantarlos de la calle, llevarlos a la Real Sala y de ahí definir el destino de los holgazanes. Después de revisar más de 400 casos se puede precisar que, dentro de las causas que originaron la vagancia en la ciudad de México están: la migración constante del campo a la ciudad en busca de sustento diario; las sequías, malas cosechas, el hambre, fueron factores decisivos para que tantos hombres estuviesen dedicados a vagabundear. Algunos muchachos, entre los 14 y los 21 años, preferían andar por las calles sin dedicarse a oficio, al arte de aprender en algún taller, sin disposición para cubrir necesidades de sus hogares. Cabe señalar que de los casos consultados muchos de los vagabundos eran hijos de madres solas. Y otros eran hijos de la Iglesia, niños expósitos y, en su caso, hijos de la calle.

La mayoría de vagabundos en la ciudad eran criollos, españoles, mestizos y otras castas. Una vez que eran aprehendidos y procesados por la Real Sala del Crimen, se disponía al vago ya fuera para servir al ejército o bien en las obras públicas, obrajes, panaderías o mandarlos a poblar las Californias. La edad de los vagos era justamente donde mayor provecho pudieron darle al trabajo: entre los 16 y 27 años. Sólo registramos a los hombres, pues parece que no existió la vagabunda, pues el único caso encontrado por sí mismo no dice nada.

La Real Orden de diciembre de 1779 señala el destino de los vagos para las armas durante ocho años. Los requisitos eran contar con edad entre los 16 y 37 cumplidos, tener estatura “alta”, robustez, salud y color no tan oscuro. Estaban fuera de este rango los indígenas que pagaban tributo. En 1781 sobresale la idea y orden para que todos los nobles que fueran detenidos por vagabundos y mal entretenidos tengan el destino para las armas en calidad de soldados distinguidos. Para los años de 1791 a 1810 no encontramos gente que tuviese esas características. Lo más cercano a ello fueron un par de casos donde los vagabundos en cuestión tenían caudales, eran reconocidos en su vecindario y, más aún, eran estudiantes distinguidos; el otro caso fue un forastero carmelita descalzo que por su condición eclesiástica tenía un trato preferencial.

Los expedientes de lo Criminal nos llevan a mirar el contorno de vagabundos envueltos en una frazada, o desnudos; con cabellos largos y barbas desarregladas, a veces con nombre propio y apellidos, otras con el apodo, o lo más cercano a su nombre de pila. Hijos de padres no conocidos o de madres solas que los llevaban consigo a cuestas. Definir su identidad resulta difícil. Al revisar a fondo sus características parece que son los mismos que participan en los carnavales, en las fiestas de las iglesias, pero que no gozan de prerrogativas y, al mismo tiempo, pueden ser los violadores, briagos y raterillos que aparecen en expedientes del mismo grupo documental, o que por lo menos se mezclan con ellos. A veces los vagos hablan por sí mismos, nos dan cuenta de sus acciones, pero en otras sólo se recupera el nombre, la edad aproximada, la etnia, la idea de oficio o la falta del mismo, lugar de origen y los motivos por los que llegó a la Real Sala del Crimen. Se perfila ya la categoría de carga social.

Aun con la falta de datos podemos deducir, a partir de sus palabras, de las del escribano, los testigos y las autoridades, así como de la mirada de los visitantes y moradores de la ciudad, que los vagos eran considerados lo más funesto de la vida pública pues se les hallaba en casi todas partes, “infestando” con su apariencia a las personas que poseían el don, es decir, a los buenos vecinos, a los trabajadores y a quienes gustaban de viajar en la ciudad.

Al tener arrestados a los vagos, éstos podían presentar tres testigos que los salvaran de enviarlos a trabajo forzado u otro destino, pero de no hacerlo eran remitidos a Barlovento, La Habana, Veracruz, Acapulco, Puebla, Filipinas, las Californias o bien a las obras públicas de la ciudad, donde la mano de obra era urgente y necesaria. Igualmente, se revisaba de manera general la salud del vago, por parte del barbero, y si éste lo consideraba sano, con buen semblante, robusto, entonces funcionaba para ingresar a las filas de la milicia en alguno de esos lugares.

 

Nidia Curiel Zárate
Historiadora e investigadora. Es profesora de la Universidad de la Tercera Edad, Cumbres.

 

2 comentarios en “Noche de rondas

  1. Excelente y profundo estudio del México virreinal y felicitación por tan excelso trabajo a la maestra Nidia Curiel Zárate.