Publicamos un texto incluido en A mí, señoras mías, me parece. Treinta y un relatos del palacio de Fontainebleau (Acantilado). En los relatos que integran el libro Delay repara en la historia del palacio de Fontainebleau desde Francisco I a Enrique IV de Francia.

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Como yo fui a buen paso al Louvre para conocer a tan gran señor, de frente por Clouet, de perfil por Tiziano, doy fe de que es verdad lo que nos cuenta su hermana Margarita, y que nunca lo hubo más hermoso ni con más donaire que él en este reino. Si sigo más adelante en mi paseo, hasta Chantilly por ejemplo, donde lo encuentro sentado a su mesa de trabajo con sus consejeros (entre los que saludo al bibliotecario, a la izquierda, y al monito que está encima de la mesa), y hasta los Uffizi de Florencia, donde posa a caballo, reconozco en él ese mismo aire alegre y decidido a desempeñar su papel con ropajes galoneados, recamados, y cubiertos de pedrería. «Yo tengo la potestad de hacer un noble —está diciendo—, sólo Dios la tiene de hacer un gran artista», y cerrando nuevamente los labios, sonríe, imitando los labios cerrados de su cuadro favorito: ¡le gusta tanto la Monna Lisa que la tiene colgada en sus aposentos, en las salas de Baños! Pero sonreír en un retrato oficial es además una incongruencia. Con esa sonrisa permite adivinar su pensamiento. Mi rey no es tan buen político como rico aficionado al arte. En tratándose de belleza, él no se engaña. Una barba color castaño hace resaltar el rostro, corrigiendo las facciones demasiado alargadas y la gran nariz de los Valois. El arco de las cejas está bien tensado, y la mirada parte como una flecha y desde muy alto porque tan gran señor es de estatura poco común, una especie de gigante de sus buenos dos metros. ¡Calculad, señoras mías, por la anchura de hombros que la moda acentúa, la envergadura de los brazos de aquel hombre a quien tanto gustaba abrazar! Y no tanto a aquella pobre reina Claudia a la que de milagro recordamos ahora, porque dio nombre a una ciruela rival de la mirabel, como a las jóvenes damas de honor que le siguen a todas partes. O a otras, que no son de la Corte, y a las que va a buscar a su tocador, aunque para llegar a él tenga que pasar por un monasterio donde no dejará de rezar.

 

Florence Delay
Escritora, actriz y traductora. Publicó Riche et légere y Œillet sur le sable.

Traducción del francés de Caridad Martínez.

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