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Este relato, presentado por primera vez en español, es un juego de espejos en donde el gran autor británico confronta la amistad y la deslealtad, la creación literaria y el plagio

Habrán oído hablar de mi amigo, el alguna vez celebrado novelista Jocelyn Tarbet, aunque sospecho que su memoria está comenzando a desvanecerse. El tiempo puede ser despiadado con la reputación. En su mente probablemente lo asociarán con un escándalo medio olvidado, y con la deshonra. Seguramente nunca habían oído hablar de mí, el alguna vez desconocido novelista Parker Sparrow, hasta que mi nombre se asoció públicamente con el mío. Para unos pocos nuestros nombres continúan fuertemente atados, como los dos extremos de un subibaja. Su auge coincidió con, aunque no causó, mi declive. Luego su caída supuso mi triunfo mundano. No niego que no hubiera delito. Robé una vida, y no tengo intención de devolverla. Pueden considerar estas escasas páginas como una confesión.

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Ilustraciones: Raquel Moreno

Para contar la historia completa debo remontarme cuarenta años a un tiempo en que nuestras vidas se traslaparon feliz y completamente, y parecían destinadas a correr de forma paralela hacia un futuro compartido. Estudiamos en la misma universidad, hicimos la misma carrera —literatura inglesa— publicamos nuestros primeros cuentos en revistas estudiantiles con nombres como “El cuchillo en tu ojo” (¿pero qué son esos nombres?). Éramos ambiciosos. Queríamos ser escritores, escritores famosos, incluso grandes escritores. Nos íbamos de vacaciones juntos y leíamos nuestros cuentos, hacíamos comentarios despiadadamente honestos, nos acostábamos con las novias del otro y, en un par de ocasiones, intentamos tener una aventura homoerótica. Hoy soy calvo y gordo, pero en aquel entonces tenía el pelo rizado y era delgado. Me gustaba pensar que me parecía a Shelley. Jocelyn era alto, rubio, musculoso, con una mandíbula bien definida, la viva imagen del Übermensch nazi. Pero no tenía gusto alguno por la política. Nuestra aventura fue simple postura bohemia. Pensábamos que nos hacía parecer personas fascinantes. Lo cierto es que la mera imagen de nuestros penes nos repelía. Hacíamos muy poco al o con el del otro, pero nos gustaba hacerle creer a la gente que hacíamos mucho más.

Nada de esto se entrometió con nuestra amistad literaria. Creo que en ese entonces no éramos propiamente competitivos. Pero, mirando atrás, diría que inicialmente era yo el que llevaba la delantera. Fui el primero en publicar en una verdadera revista literaria para adultos —The North London Review. Al final de nuestra carrera universitaria yo me gradué con honores, mientras que Jocelyn obtuvo un título de segunda categoría. Decidimos que ese tipo de cosas eran irrelevantes, y así resultaron ser. Nos mudamos a Londres y rentamos sendos cuartos que estaban a tan sólo unas cuadras de distancia, en Brixton. Publiqué mi segundo cuento, así que fue un alivio cuando él publicó su primero. Seguimos viéndonos muy seguido, nos emborrachábamos, leíamos los textos del otro, y empezamos a movernos en los mismos agradablemente oprimidos círculos literarios. Incluso empezamos a publicar reseñas para la respetable prensa nacional más o menos al mismo tiempo.

Esos dos años posteriores a la universidad fueron el culmen de nuestra fraternal juventud. Estábamos creciendo rápidamente. Ambos estábamos trabajando en nuestras primeras novelas, y las dos tenían mucho en común: sexo, caos, un toque de apocalipsis, algo de violencia, algo de desesperanza a la moda y mucho humor sobre todo lo que puede salir mal entre un hombre y una mujer jóvenes. Éramos felices. Nada se interponía en nuestro camino.

Luego pasaron dos cosas. Sin contarme nada, Jocelyn escribió un guión de TV. Ese tipo de cosas, pensaba entonces, estaban muy por debajo de nosotros. Nosotros adorábamos en el templo de la literatura. La televisión era mero entretenimiento, basura para las masas. El guión fue producido de inmediato, fue protagonizado por dos actores famosos, mostraba pasión por una buena causa —la indigencia o el desempleo— que nunca le oí mencionar a Jocelyn. Fue todo un suceso; hablaron de él, se volvió notable. Su primera novela venía con un velo de anticipación. Nada de eso hubiera importado de no ser por el hecho de que, al mismo tiempo, conocí a Abarella, una rosa inglesa, rolliza, generosa, calmada, una chica graciosa que hoy día sigue siendo mi esposa. Había tenido una docena de amantes antes, pero ninguna después de Arabella. Me daba todo lo que necesitaba en términos de sexo, amistad, aventura y novedad. En sí misma, una pasión así no era suficiente para entrometerse entre Jocelyn y yo, o entre mis ambiciones y yo. Lejos de eso. La naturaleza de Arabella era copiosa, sin celos, lo aceptaba todo, y Jocelyn le cayó bien desde el principio.

Lo que cambió fue que tuvimos un hijo, un niño llamado Matt, en cuyo primer cumpleaños Arabella y yo nos casamos. Mi cuarto de Brixton no podía acomodarnos durante mucho tiempo más. Nos mudamos más al sur, dentro de los distritos postales del suroeste de Londres, primero al SW12, luego al SW17. Desde ahí uno llegaba a Charing Cross mediante un trayecto de veinte minutos en tren, que antes requería de una caminata de veinticinco minutos por los suburbios. Mi escritura no podía mantenernos. Conseguí un trabajo de medio tiempo como maestro en un colegio de la zona. Arabella se embarazó de nuevo —le encantaba estar embarazada. Mi trabajo en el colegio se volvió de tiempo completo justo cuando publiqué mi primera novela. Hubo elogios; hubo una leve condena. Seis meses después apareció la primera novela de Jocelyn —fue un éxito inmediato. Aunque no se vendió mucho más que la mía (en aquellos años las ventas apenas importaban), su nombre empezó a sonar. Había hambre de una nueva voz y Jocelyn Tarbet cantaba más dulcemente de lo que yo jamás he podido.

Su apariencia y su estatura (nazi es injusto —digamos Bruce Chatwin con el ceño de Mick Jagger), sus interesantes e intercambiables novias, el destartalado M.G.A. deportivo que conducía, alimentaban su reputación. ¿Le tenía envidia? No lo creo. Estaba enamorado de tres personas —mis hijos me parecían seres divinos. Todo lo que decían o hacían me fascinaba, y Arabella continuaba fascinándome también. Pronto volvió a embarazarse y nos mudamos al norte, a Nottingham. Entre las clases y las responsabilidades familiares tardé cinco años en escribir mi segunda novela. Hubo elogios, un poco más que la última vez; hubo condena, un poco menos que la última vez. Nadie salvo yo se acordaba de la última vez.

Para entonces Jocelyn estaba publicando su tercera novela. La primera ya se había convertido en película, protagonizada por Julie Christie. Se había divorciado, tenía una casa antigua en Notting Hill, lo entrevistaban mucho en la televisión, le tomaban muchas fotografías para revistas de estilo de vida. Decía cosas hilarantes y mordaces sobre el primer ministro. Se estaba convirtiendo en el vocero de nuestra generación. Pero aquí está lo más sorprendente: nuestra amistad no flaqueó. Ciertamente se volvió más intermitente. Estábamos ocupados en nuestros propios reinos. Teníamos que revisar nuestras agendas con mucha anticipación para poder vernos. Ocasionalmente él viajaba para visitarme a mí y a mi familia. (Cuando nació nuestro cuarto hijo nos movimos todavía más al norte, a Durham.) Pero por lo general era yo el que viajaba al sur para visitarlo a él y a su segunda esposa, Joliet. Vivían en una amplia casa estilo victoriano en Hampstead, muy cerca del campo.

La mayor parte del tiempo bebíamos y hablábamos y caminábamos por el campo. Si hubieran estado escuchando, no hubieran oído nada que les sugiriera que él era la estrella y que mis aspiraciones literarias se estaban desvaneciendo. Él asumía que mis opiniones eran tan importantes como las suyas; nunca era condescendiente. Incluso se acordaba del cumpleaños de mis hijos. Siempre me alojaba en el mejor cuarto de huéspedes. Joliet era muy agradable. Jocelyn invitaba a más amigos, todos parecían ser alegres y simpáticos. Hacía grandes comilonas. Él y yo éramos, como solíamos decir, “familia”.

Pero, por supuesto, había diferencias que ninguno de los dos podía ignorar. Mi casa de Durham era suficientemente acogedora, pero estaba tomada por los niños, abarrotada, y era fría en invierno. Las sillas y los tapetes habían sido destrozados por un perro y dos gatos. La cocina siempre estaba llena de ropa sucia porque ahí es donde estaba la lavadora. Estaba llena de muebles de madera anaranjada que nunca teníamos tiempo de pintar o reemplazar. Rara vez había más de una botella de vino en la casa. Los niños eran divertidos pero también caóticos y ruidosos. Vivíamos con mi modesto sueldo y con el trabajo de medio tiempo de enfermera de Arabella. No teníamos ahorros, pocos lujos. En mi casa era difícil encontrar un lugar para leer un libro. O para encontrar un libro.

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Así que era toda una vacación para los sentidos caer un fin de semana en casa de Jocelyn y Joliet. La vasta biblioteca, las mesillas con las novedades editoriales del mes, la amplitud de los pisos oscuros de roble encerado, las pinturas, los tapetes, el piano, las partituras para violín en el atril, las toallas apiladas en mi habitación, su increíble regadera, el silencio adulto que se extendía por la casa, la sensación de orden y brillo que sólo una muchacha de planta puede otorgar. Había un jardín con un sauce antiguo, una terraza de arenisca mohosa, un jardín amplio y paredes altas. Y, más allá de todo eso, el lugar estaba impregnado de un espíritu de apertura, curiosidad, tolerancia y un gusto para la comedia. ¿Cómo podía mantenerme alejado de todo esto?

Supongo que debería de reconocer la hebra de un sentimiento oscuro, una pequeña melodía de inquietud que nunca quise aceptar. Honestamente no me molestaba tanto. Había escrito cuatro novelas en quince años —un logro heroico dada mi carga de trabajo académico y mis deberes de padre y la falta de espacio. Los cuatro libros estaban descontinuados. Ya no tenía editor. Siempre le mandaba una copia de lo último que había escrito a mi amigo, acompañada de una cálida dedicatoria. Él me lo agradecía pero nunca me comentaba nada. Estoy bastante seguro que después de nuestros días de Brixton jamás leyó una palabra mía. Él también me mandó copias de sus primeras novelas —nueve contra mis cuatro. Le mandé largas y elogiosas cartas de las primeras dos o tres, luego decidí por el bien de nuestra amistad responderle de la misma forma. Dejamos de hablar o escribir sobre nuestros libros —y eso parecía estar bien.

 

Así que de pronto estamos en plena madurez, como a los cincuenta años. Jocelyn era un tesoro nacional y yo, bueno, no es correcto pensar en términos de fracaso. Todos mis hijos habían pasado o estaban pasando por la universidad, yo aún podía jugar un partido decente de tenis, mi matrimonio, después de un par de rechinidos y gruñidos y dos crisis explosivas, se estaba sosteniendo, y los rumores decían que me iban a dar plaza de tiempo completo en un año. También estaba escribiendo mi quinta novela —aunque eso no estaba marchando increíblemente bien.

Y ahora llego al núcleo de esta historia, la inclinación crucial del subibaja. Estábamos a principios de julio y yo me iba de Durham a Hampstead, como solía hacerlo justo después de acabar de calificar trabajos. Como siempre, me encontraba en un estado de placentero agotamiento. Pero esta no era la visita de siempre. Al día siguiente Jocelyn y Joliet viajarían a Orvieto por una semana y yo iba a cuidar la casa —darle de comer al gato, regar las plantas y usar el espacio y el silencio para trabajar en las divagantes cincuenta y ocho páginas de mi novela. 

Cuando llegué Jocelyn estaba fuera haciendo unos recados y Joliet me dio la bienvenida. Era especialista en cristalografía con rayos X en el Colegio Imperial, una mujer hermosa y elegante con una voz cálida, suave y de modales íntimos. Nos sentamos a beber té en el jardín, intercambiando novedades. Y de pronto, tras una pausa y un gesto introductorio, como si hubiera planeado el momento, me contó que el trabajo de Jocelyn no iba muy bien. Había terminado el borrador final de una novela y estaba deprimido. No cumplía con sus expectativas, ya que se suponía que sería una obra importante. Se sentía miserable. No creía poderlo mejorar; ni que se atrevería a destruirlo. Ella fue la que había sugerido que se tomaran una pequeña vacación para caminar los blancos y polvosos senderos de Orvieto. Necesitaba descansar y tomar distancia de sus páginas. Mientras estábamos sentados a la sombra del enorme sauce, me dijo que Jocelyn se sentía abatido. Se había ofrecido para leer la novela, pero él se había negado —lo que parecía razonable, ya que ella no era una persona de letras.

Cuando terminó, con la intención de animarla, dije: “Estoy seguro de que la puede rescatar si logra tomar un poco de distancia”.

Partieron a la mañana siguiente. Le di de comer al gato, me hice un segundo café, luego desplegué mis páginas en el escritorio del cuarto de invitados. La enorme e inmaculada casa estaba en silencio. Pero mis pensamientos seguían regresando a la historia de Joliet. Me resultaba tan extraño pensar que mi siempre exitoso amigo estuviera atravesando una crisis de confianza. El hecho me interesaba; incluso me alegraba un poco. Una hora después, sin haber tomado alguna decisión específica, deambulé hasta el estudio de Jocelyn. Cerrado. Con el mismo espíritu abierto fui hasta la recámara principal. Recordé, de nuestros días de Brixton, dónde solía esconder la marihuana. No me tomó mucho tiempo encontrar la llave al fondo del cajón de los calcetines.

No ve van a creer esto, pero no tenía ningún plan. Sólo quería ver.

Sobre el escritorio zumbaba una enorme y antigua máquina de escribir eléctrica —había olvidado apagarla. Él era uno de los muchos opositores al procesador de texto que aún existían en el mundo literario. El manuscrito estaba justo ahí, en una nítida pila rectangular, seiscientas páginas —largo, pero no vasto. El título era El tumulto y abajo, con lápiz, decía “quinto borrador”, seguido por la fecha de la semana anterior.

Me senté en la silla de mi viejo amigo y comencé a leer. Dos horas después, como inmerso en una especie de sueño, tomé un descanso, salí al jardín por diez minutos y decidí que debía seguir con mi miserable intento de novela. En lugar de eso me encontré de vuelta en el escritorio de Jocelyn. Dudé un instante y luego me senté. Leí todo el día, hice una pausa para cenar, seguí leyendo hasta tarde, me levanté temprano y terminé a la hora del almuerzo.

Era magnífica. Su mejor obra por mucho. Mejor que cualquier novela contemporánea que recuerde haber leído. Si digo que era tolstoniana en su ambición, también era modernista, proustiana, y joyceana en su ejecución. Tenía momentos de júbilo y de terrible aflicción. Su prosa era más hermosa que nunca. Era de otro mundo; nos mostraba Londres; nos mostraba el siglo XX. Las representaciones de los cinco personajes principales me abrumaban por su autenticidad, por su inteligencia. Sentía como si los conociera de toda la vida. A veces me parecían tan cercanos, tan reales. El final —que se extendía durante cincuenta páginas— era sinfónico en su lento despliegue, grandioso, triste, sencillo, honesto, y yo estaba bañado en lágrimas. No sólo por el periplo de los personajes sino también por su majestuosa concepción, por su entendimiento del amor y el remordimiento y el destino y por su tierna comprensión de la fragilidad de la naturaleza humana.

Me levanté del escritorio. Distraído, observé un tordo maltrecho saltando de un lado a otro del jardín en busca de un gusano. No estoy diciendo esto para defenderme pero, otra vez, no tenía nada planeado. Sólo experimentaba el brillo de una extraordinaria experiencia de lectura, una forma de profunda gratitud propia de todo aquel que ama la literatura.

Dije que no tenía ningún plan, pero sabía lo que iba a hacer a continuación. Simplemente hice lo que otros sólo hubieran pensado. Me moví como un zombi, tomando distancia de mis propias acciones. También me dije que sólo estaba tomando precauciones, que probablemente nada de lo que haría tendría consecuencias. Esta formulación era un colchón, una protección vital. Mirando hacia atrás, me pregunto si fui espoleado por las falsificaciones de Lee Israel, o por el “Pierre Menard” de Borges, o el “Si una noche de invierno un viajero” de Calvino. O por algún episodio de una novela que había leído el año pasado, La información, de Martin Amis. Sé de buena fuente que el propio Amis sacó ese episodio de una noche de tragos con otro novelista, el que tiene nombre escocés y carácter inglés (la memoria me falla). Escuché que ambos amigos suelen entretenerse elucubrando todas las maneras en que un escritor podría arruinar la vida de otro. Pero esto era diferente. Puede sonar improbable, dado lo que sucedió después, pero esa mañana no tenía intención alguna de causarle daño a Jocelyn. Pensaba sólo en mí. Tenía ambiciones.

Llevé las páginas a la cocina y las metí en una bolsa de plástico. Atravesé Londres en taxi hasta llegar a una oscura calle donde sabía que había un negocio de fotocopiado. Volví a la casa y coloqué el original en el escritorio de Jocelyn, cerré con llave el estudio, limpié mis huellas de la llave y la regresé al cajón de los calcetines.

De regreso en el cuarto de invitados saqué de mi portafolio uno de mis cuadernos de notas vacíos —siempre me los regalan en Navidad— y me puse a trabajar, a trabajar en serio. Empecé a escribir extensas notas para la novela que acababa de leer. Feché la primera entrada dos años atrás. Me desviaba deliberadamente de la trama varias veces, perseguía ideas irrelevantes, pero al final regresaba a la línea central de la historia. Escribí como loco durante tres días, llenando dos cuadernos de notas, esbozando escenas. Encontré nombres nuevos para los personajes, alteré aspectos de su pasado, de su entorno, detalles de sus rostros. Pensé sustituir Londres por Nueva York. Luego me di cuenta que sería incapaz de darle vida a cualquier otra ciudad de la misma manera que Jocelyn lo había hecho, así que regresé a Londres. Trabajé muy duro y comencé a creer que estaba siendo verdaderamente creativo. Después de todo, esta iba a ser mi novela tanto como suya.

Durante el resto de mi estancia escribí los primeros tres capítulos. Pocas horas antes de que Jocelyn y Joliet regresaran, les dejé a una nota diciendo que había tenido que volver al norte porque tenía una junta con el comité de la escuela. Podrán pensar que estaba siendo cobarde, que era incapaz de confrontar al hombre al que le estaba robando. Pero no era así. Quería irme para seguir trabajando. Ya tenía veinte mil palabras y estaba desesperado por seguir adelante.

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De regreso en casa le dije a Arabella, con toda sinceridad, que mis vacaciones habían sido todo un éxito. Estaba metido en algo importante. Quería pasar las vacaciones de verano desarrollándolo. Trabajé el resto de julio. A mediados de agosto imprimí mi primer borrador y arrojé las fotocopias a una hoguera que hice en el jardín. Hice una serie masiva de correcciones en las páginas, las incorporé, y a principios de septiembre el nuevo borrador estaba listo. Seamos sinceros, aún era la novela de Jocelyn. Había algunos pasajes brillantes que dejé casi intactos. Pero había suficiente escritura mía para permitirme una sensación de orgullosa paternidad. Había espolvoreado las páginas con el polvo de mi identidad. Incluso había puesto una referencia a mi primera novela, uno de los personajes es visto leyéndola en una playa.

Mi editor, en uno de esos recortes salvajes de la llamada “lista media”, me había “dejado ir” con “profunda lástima”. Estaba libre de obligaciones contractuales. En lugar de autopublicarme en internet, decidí irme con una de esas antiguas editoriales en las que el autor paga su edición llamada Gorgeous Books. Fue un proceso desalentadoramente rápido. En una semana tuve en mis manos una primera copia de La danza que ella rechazó. La portada era morada con letras floridas en repujado dorado, y las páginas estaban ligeramente perfumadas. Dediqué un ejemplar y se lo mandé por correo certificado a mi querido amigo. Sabía que nunca la iba a leer.

Logré hacer todo esto antes de regresar a dar clases en septiembre. En el otoño, durante mi tiempo libre, le mandé el libro a mis amigos, a las librerías, a los periódicos, asegurándome siempre de anexar una pequeña y esperanzadora nota. Le di copias a tiendas de segunda mano con la esperanza de tener una humilde circulación. Dejé caer algunos ejemplares en librerías de segunda mano. Me enteré por correo electrónico que Jocelyn había puesto El tumulto en el cajón y que ahora estaba trabajando en algo nuevo. Sabía que no me quedaba otra cosa más que esperar —y esperar.

 

Pasaron dos años. Hice mis visitas habituales a Hampstead, donde evitamos, como siempre, hablar sobre nuestro trabajo. Durante ese periodo ninguna persona, aparte de mi esposa, dijo nada sobre La danza que ella rechazó. Arabella se lo tomó muy a pecho, se indignó, después se puso furiosa porque la novela fuera ignorada. Me dijo que mi amigo el famoso debería estar haciendo algo para ayudarme. Calmado, le dije que el no pedirle nada era una cuestión de orgullo. En mis viajes a Londres distribuí más ejemplares de La danza que ella rechazó en librerías de viejo. Cuando llegó la Navidad había casi cuatrocientas copias esparcidas por el mundo.

Tres años separaron la aparición de La danza que ella rechazó y de El tumulto. Como había anticipado, sus amigos le habían dicho a Jocelyn que había escrito su mejor obra y que debía publicarla. Cuando lo hizo, la prensa, como también había anticipado, estaba hecha un dulce corifeo envuelto en éxtasis. Me contuve en caso de que el proceso que había puesto en marcha encontrara su propio momento. Pero dado que nadie había leído mi versión perfumada, no iba a suceder nada. Me vi obligado a darle un empujón al asunto. Le envíe mi creación, en un sobre liso, a un ácido y chismoso crítico del Evening Standard de Londres. Mi nota anónima decía, en letra Courier de dieciséis puntos, “¿Le recuerda esta obra a alguna novela altamente exitosa publicada el mes pasado?”.

Podrán imaginarse buena parte del resto. Era la historia perfecta. Una tormenta salvaje atravesó mi hogar y el de Jocelyn. Los ingredientes eran inmejorables. Un villano miserable, un héroe silencioso. Un tesoro nacional derrocado de su pedestal, sus dedos deshonestos hasta el fondo de la caja registradora, un viejo amigo pasando por una mala racha, traicionado, pasajes enteros plagiados, la concepción completa robada, también los personajes, ninguna explicación plausible del hombre culpable, cuyos amigos ahora comprendían su temor a publicar, decenas de miles de copias de El tumulto removidas de las librerías y convertidas en pulpa. ¿Y el viejo amigo? Noblemente se negaba a condenarlo, indispuesto para entrevistas —y por supuesto, la revelación de un genio, el mejor libro en años, un clásico moderno, un hombre gentil amado por sus alumnos y sus colegas, abandonado por su editor, sus libros fuera de circulación. Luego una lucha encarnizada para conseguir los derechos, todos los derechos, todo su fondo editorial hasta Baile, agentes y subastas involucradas, derechos de cine y gente del medio artístico involucrada. Luego los premios —Booker, Whitbread, Medici, Critics Circle, en un largo y ruidoso banquete. Copias de la primera edición de Gorgeous vendiéndose en cinco mil libras en AbeBooks. Luego, cuando el polvo se disipó, y con mi libro aún “volando” de las estanterías, artículos reflexivos sobre la naturaleza de la cleptomanía literaria, la extraña compulsión de querer ser descubierto, los actos de autodestrucción artística al final de la madurez.

En correos electrónicos y llamadas con Jocelyn, me hacía el que no pasaba nada. Sonaba ofendido sin tener que decirlo, ansioso por alejarme, al menos por el momento. Cuando me dijo cuán perplejo estaba me aclaré la garganta, hice una pausa, y le recordé la copia que le había mandado. ¿De qué otra forma podría haber sucedido? Finalmente concedí una entrevista a una revista de California. Se convirtió en la versión autorizada, y fue recogida por el resto de la prensa. Le permití a los periodistas tener acceso a mis cuadernos, a mis notas de rechazo y a mis cartas, a copias de las notas esperanzadoras que mandaba junto con mis libros. Fue testigo de mis abrumadoras circunstancias; conoció a mi alegre y encantadora mujer y a mis amigables hijos. Escribió sobre mi dedicación a la noble causa de mi arte, sobre mi silenciosa renuencia a criticar a un viejo amigo, sobre las indignantes condiciones de la autopublicación, que padecí sin quejarme, sobre el redescubrimiento de una obra brillante, comparable al fenómeno de John Williams. Por cortesía de The American Weekly, me convertí en un santo.

En mi vida privada todo siguió de manera más o menos previsible. Eventualmente compramos una gran casa antigua ubicada a la orilla de un pueblo a tres millas de Durham. Un majestuoso río atraviesa el terreno. En mi cumpleaños número sesenta, dos nietos fueron parte de la celebración. El año anterior había aceptado la investidura de caballero. Sigo siendo un santo, un santo increíblemente rico, y estoy cerca de convertirme en un tesoro nacional. A mi sexta novela no le fue tan bien con los críticos, aunque las ventas fueron rowlinescas. Creo que podría dejar de escribir. Creo que a nadie le importaría.

¿Y Jocelyn? También predecible. Nadie en el mundo editorial se le acerca; tampoco los lectores. Vendió su casa, se mudó a Brixton, nuestro antiguo territorio donde, según él, de todas formas se siente más cómodo. Tiene un taller nocturno de escritura creativa en Lewisham. Me da gusto saber que Joliet se quedó con él. Y no hay conflicto entre nosotros. Seguimos siendo cercanos. Lo he perdonado por completo. Nos visita seguido y siempre se queda en el mejor cuarto de huéspedes, el que da al río, donde le gusta pescar trucha y remar durante kilómetros. A veces Joliet viene con él. Se llevan bien con nuestros antiguos amigos de la universidad, que son amables y tolerantes. A menudo cocina para todos. Creo que agradece que yo haya dejado de lado cualquier atisbo de reclamo de que bien pudo haberse asomado a esa edición púrpura y perfumada.

A veces, en la noche, cuando él y yo estamos sentados frente al fuego (es una chimenea grande), bebiendo y recordando este curioso episodio, este desastre, me vuelve a contar su propia teoría, que ha venido refinando con los años. Nuestras vidas, dice, siempre estuvieron entrelazadas. Hablamos sobre los mismo miles de veces, leímos los mismos libros, vivimos y compartimos tanto, y de alguna curiosa manera nuestros pensamientos, nuestra imaginación, se fusionó a tal grado que acabamos por escribir la misma novela, más o menos.

Atravieso la habitación con una botella bastante decente de Pomerol para rellenar su copa. Es sólo una teoría, le digo, pero es una teoría bien intencionada, una idea encantadora que celebra la esencia misma de nuestra larga e inquebrantable amistad. Somos familia.

Levantamos nuestras copas.

¡Salud!

 

Ian McEwan
Escritor. Entre sus libros destacan Ámsterdam, Expiación y La ley del menor.

Traducción de César Blanco.

©Ian McEwan 2016

Publicado por primera vez en The New Yorker en marzo de 2016

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