En una página de la novela La muerte de un apicultor (Nórdica Libros, 2006), el ficticio autorpersonaje —cuyos diarios dispersos y rotos, ordenados por un narrador que se despide pronto, constituyen la narración misma— se define vacío. Es la única cosa que se puede decir de su Yo, inconsistente o hasta inexistente. Inclusive su olor, casi el único de sus atributos y, de cualquier manera, el menos incorpóreo, parece disolverse o por lo menos cambiar, al punto de volverlo súbitamente un extraño, incluso para su perro. El Yo es una totalidad cambiante, no una abeja sino un enjambre; decir “yo mismo,  yo mismo —escribe Lars Lennant Westin, el protagonista de la novela que lleva el mismo nombre del autor— me parece de alguna manera un sinsentido”. Uno de esos callejones sin salida de la lengua que, al aventurarnos en ellos, se pierde o se falsea la vida. Tema capital de la literatura europea desde hace más de un siglo, familiar particularmente para la gran literatura nórdica: el Yo de Perr Gynt, que carece de centro al igual que una cebolla, el de Jens Peter Jacobsen que nunca llega a aferrarse a sí mismo, la pluralidad desconectada de pulsiones, sentimientos  y neurosis del noruego Knut Hamsun o del sueco August Strindberg.

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Ilustración: Ricardo Figueroa

Lars Gustafsson conoce bien esta Odisea moderna del Yo que se descubre Nadie. Narrador y poeta, se ocupó a fondo de matemáticas y filosofía, materias que también impartió durante veinte años en Austin, Texas. En otra novela, el Yo narrador —que mira las cosas, el áspero e intenso paisaje escandinavo— se imagina, o mejor dicho, se siente como si nunca hubiese nacido. Más allá de cualquier juego lingüístico-filosófico manifiesto, Gustafsson es un gran poeta al evocar, con encanto áspero e inquietante, una realidad y una naturaleza como si no fuesen vistas por la mirada de un hombre, que las circunda de sentido y calidez, sino puestas en una desnudez absoluta. Árboles en el viento, nieve, en la que la vida humana ausente es solamente una huella azul que empalidece; incluso si hay un ojo que observa las cosas, la oscuridad que se anida en la profundidad de su pupila “no es más que la oscuridad misma del universo, entre las galaxias”. Es en los ojos, dice el verso de un poema suyo, “donde comienza a oscurecerse”. Acaso el ojo negro de la lagartija es más objetivo y ve otra cosa.

Pero este escritor esencial, que en un poema suyo atrapa al somormujo que se arroja al agua preguntándose cómo el pájaro distingue el espejo del lago y el del cielo mientras desaparece de uno para dirigirse hacia el otro, es un lector omnívoro experto en los más variados campos del saber. Un autor incansablemente prolífico, que va de la narrativa a la ensayística y a la lírica y al que se le deben más de cien obras, aparte de sus trabajos periodísticos, conferencias y sus actividades como profesor.

Un espléndido ensayo de Enrico Tiozzo sobre Gustafsson se intitula La poética del arqueólogo, e ilustra su profunda excavación en las realidades más diversas para llegar al núcleo esencial de una historia, a la epifanía de un destino, de una sociedad o de una época. Un escritor —la imagen, reportada y comentada por Tiozzo, es de otro escritor sueco, Peer Wästerg— que parece entenderse de inmediato, pero que siempre reserva nuevas sorpresas y nuevos aspectos que cambian su fisonomía, como un archipiélago que visto desde lo alto y reproducido en el mapa geográfico tiene un perfil preciso y definido, pero visto de cerca revela nuevos lineamientos, hondonadas, rocas sumergidas, fractales que minimizan el conjunto, detalles que modifican el todo. La variedad de sus temas es inagotable.

Escribió novela policiaca, como El decano (Akal, 2010) o Den amerikanska flickans söndagar (Los domingos de la muchacha americana). Expresó la representación de conflictos político-sociales y esa representación inolvidable de paisajes, de bosques en los que el crepúsculo cae como un incendio. Manifestó la fuerza del amor cuya mirada devuelve a la vida aquello que yacía escondido o dormido, un respiro que abraza la innumerable variedad del cosmos “desde las moléculas hasta los frescos de Miguel Ángel”.

En su narrativa existe, sobre todo —tema principal de todo escritor—, el tiempo, su correr, su suspensión, su retorno. La narrativa de Gustafsson a veces parece color sepia como las antiguas fotografías cuyas imágenes —en una de sus obras maestras, Mannen på den blå (El hombre en la bicicleta azul), publicada por editorial italiana Iperborea en 2015— se desvinculan de cierta manera de la inmovilidad del pasado entumecido para entrar en otro tiempo, en el presente de la narración que es el eterno presente de la vida y del narrar, en el cual, como en el pensamiento, el antes y el después, los vivos y los muertos, el amor que inicia y el que termina, se encuentran, se entretejen, se entremezclan, dialogan, se separan, como invitados a una gran soirée del tiempo.

Nunca se terminaría de citar, comentar y evocar las muchas obras de Gustafsson. Pero esta comedia humana y cósmica es narrada con ligereza, con esa levedad que distingue, a menudo, a la gran —y también trágica y oscura— literatura nórdica —esa literatura a menudo nacida en una provincia remota que ha sido uno de los más sensibles observatorios de la crisis de la civilización europea y que Iperborea, casa editorial también de Gustafsson, tiene el gran mérito de dar a conocer orgánica, progresiva y globalmente a los lectores italianos, enriqueciéndolos con una experiencia sin la cual resulta imposible entender el mundo y nuestra historia. Incluso si es verdad, como escribe Gustafsson, que no sabemos más de lo que sabe una ameba en un pequeño charco de agua estancada.

 

Claudio Magris
Escritor. Ha publicado: El Danubio, Otro mar, Conjeturas sobre un sable y El infinito viajar, entre otros libros.

Traducción de María Teresa Meneses.

Texto tomado de Il Corriere della Sera, domingo 3 de abril de 2016.