En Un armiño en Chernopol, de Gregor von Rezzori, un personaje adulto le pide a una niña: “Yo no espero que lo apruebes, sólo espero que lo entiendas”. Y el escritor de la obra, Rezzori, nacido en la Bucovina, antigua provincia del imperio austrohúngaro, además de resaltar esta cita, le dice a Claudio Magris, al final de una conversación que tuvieron en 1990: “El compromiso moral para un escritor no es otro que la autoridad de expresarse a sí mismo y no ponerse al servicio de ninguna causa”. ¿Quién aprobaría —me pregunto yo— una posición moral semejante? No sé, me imagino que algunos escritores, artistas, anacoretas o escépticos. ¿O apátridas? Es posible. Al mismo Rezzori podía considerársele un tránsfuga de las fronteras, tanto físicas como morales. Vivía la desintegración de su propio yo como un observador resignado, y mantenía la certeza de que a pesar de encarnar en tantas personas, él, Rezzori, debía considerarse un ser real y único que transitaba a lo largo de la vida. Aquí sus palabras: “¿Quién era yo? Eso lo sabía muy bien. Conocía cada una de las escamas del pasado que conformaban mi yo. (Lo sabía como sólo puede saberlo un escritor que ha consagrado su vida a escribir.) Un impecable observador de su ombligo. Portaba conmigo todas y cada una de mis imágenes, y me pesaban”. No me parece una mala estrategia —¿o es un acto involuntario?— mirarse el ombligo cuando el peso de las tribulaciones lo acosan a uno: echar un vistazo en esa huella digital del origen y concentrarse en el uno que es uno. De Rezzori sólo haré una observación, y a tientas: fue un escritor mal comprendido, admirado y despreciado y habitante de una fama inhóspita: “muerto moral por asfixia”, decía de sí. Al menos tuvo la capacidad de concebir la vida como un accidente y una broma que podía soportarse: “Todos piensan que a mí no se me puede tomar en serio”. Diletante en apariencia, contador de historias, mujeriego, lector de Dostoievski y Knut Hamsun, el escritor nacido en la Bucovina, ya muerto y con su ombligo de regreso al cosmos, Rezzori es hoy más apreciado y comprendido por sus lectores; y menos juzgado a la ligera. De cualquier forma no creo que ello, si viviera, le tomara cuidado. En algún momento de la vida uno se desentiende de esas tonterías de ser comprendido, apreciado o bien ponderado.

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Ilustración: Aldo Jarillo

Otro escritor nacido en una geografía cosmopolita y compleja, Constantinopla (o Estambul, etcétera…), cinco años después que Rezzori, fue Albert Caraco. En Breviario del caos escribe un comentario, amargo como todos los suyos, en el que concibe a las ciudades como escuelas de la muerte, cada una convertida “en el cruce del rumor y el hedor”. Pobladas de edificios e inmundicia. Caraco detestaba la fecundidad de los miserables, su deseo crítico y compulsivo de procrear: “En adelante les convendrá obstruir las fuentes de vida y comprender que no hay otro vicio en este bajo mundo que el de ser pobre, ya que todo pobre se vuelve un criminal a partir del momento en que, al crear un pobre, le entrega una nueva prenda a la miseria”. ¿Es repulsivo su comentario? ¿Valdría la pena repudiarlo por ello? De ningún modo; me imagino que pobres, ricos y el delgado gentío que existe entre ellos, lo han pensado alguna vez plenos de convicción. Y que nadie tire la primera piedra, pues tanta hipocresía crearía una nueva y estorbosa cadena de montañas. Vuelve Caraco a la guerra y al final de su breviario escribe: “¡Dichosos incluso aquellos que prefieren la lujuria a la fecundidad! Pues ahora los Onanistas y Sodomitas son menos culpables que los padres y las madres de familia, porque los primeros se destruirán a sí mismos y los segundos destruirán al mundo, a fuerza de multiplicar las bocas inútiles”. Albert Caraco provenía de una familia rica, pero ello no adelgaza la rabiosa puntería con que acertaba a la escupidera. Se suicidó a los 52 años, si las cuentas me salen bien. A él no le cuadraban las cuentas de su tiempo —que sigue siendo el nuestro—, y ello a pesar de su fortuna y raigambre: http://albert-caraco.blogspot.mx/p/la-societe.html

He llegado a preguntarme si sería posible fundar una buena estrategia política desde el odio y la desconfianza. Reemplazar el análisis, la utopía del ciudadano consciente, las lastimeras estadísticas —casi siempre consecuencia de la ignorancia— por un odio profundo hacia los demás, un odio que se explaye sólo en formas de bienestar, no en muerte. Considerar que los humanos somos pócimas de veneno a punto de derramarse, sanguijuelas, mucosidad en el aire, y una vez ciertos de ello andarse con cuidado, dar paso a la cautela y al miedo y, por lo tanto, al suicidio o a la buena convivencia. “¿Por qué no se matan?”. Podría ser este un eficaz lema de campaña política, inspirado en la realidad más brusca y sin comillas. ¿Un disparate? En todo caso no mayor a los que han formado a nuestra bella sociedad. El escritor noruego, Knut Hamsun, recuerda en su novela Por senderos que la maleza oculta los ataques que inspiraron sus escritos durante la ocupación alemana. Como ustedes saben, se le acusaba de ser colaboracionista nazi y traidor a la patria. Pero él no se arrepintió —como tampoco Rezzori, ni Caraco— de sus singularidades y escribió en la obra citada: “Y no era incorrecto lo que escribía. No era incorrecto cuando lo escribía. Yo y lo que escribía éramos correctos”. No me atrevería a afirmar lo contrario: la moral de un escritor sirve a su propia causa y si está bien expresada y hace temblar a quien la escribe entonces será difícil encontrarle fisuras; es como una piedra metamórfica, si te cae en la cabeza no sólo te descalabra: o te despierta o te entierra.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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