Este cuento, hasta ahora inédito en español, es la aproximación del gran novelista británico a la sacudida política que vive Europa en el siglo XXI, y que está lanzando al abismo del éxodo a miles de refugiados cada año

I

Estaba sentado en el vestíbulo del hotel tomando té negro. (Esto era en Munich.) Una mujer enfundada en unos brillantes pantalones morados estaba reclinada sobre las teclas del piano de cola del rincón, su interpretación de “Rapsodia húngara” (muy adornada y llena de florituras) era por el momento incapaz de ahogar los aullidos provenientes del bar que estaba más allá de los elevadores. Era la época del Oktoberfest y la ciudad era anfitriona de seis millones de visitantes, y por lo tanto quintuplicaba su población —visitantes provenientes de Bavaria, y de toda Alemania y de todo el mundo. También esperaba otros viajeros, un contingente mucho más pequeño, visitantes que deseaban quedarse y quedarse de forma definitiva; ellos venían de lo que alguna vez fue conocido como la Media Luna Fértil.

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Ilustraciones: Izak Peón

“Vamos a ver si podemos aclarar esto”, decía un hombre de negocios itinerante con tono desolador, inclinado sobre su teléfono dos mesas más allá, con portapapeles, block de notas y una enorme laptop. Hablaba en el único idioma que puedo entender —inglés— y su acento provenía de las regiones del norte, de las ciudades norteñas (Hull, Leeds, Grimsby). “Debí haber llamado hace dos semanas. Tres. Está bien, hace un mes. Pero eso no tiene que ver con el problema actual, ¿o sí? Créeme, lo único que me ha contenido es la posibilidad de tener que… Escucha. ¿Me estás escuchando? Necesitamos resolver la cláusula de indemnización. La cláusula 4C”. Suspiró. “¿Por lo menos tienes los papeles a la mano? Honestamente, no sé cómo puedes resolver las cosas. Soy un hombre ocupado y estoy acostumbrado a tratar con gente que tiene una mínima idea de lo que está haciendo. ¿Me estás escuchando? ¿Me estás escuchando?”.

El fotógrafo llegó y un minuto después nos dirigimos a la calle. Había un torrente de oktoberfesters, la mujeres con vestidos dirndl ajustados a la cintura y blusas ligeras y atrevidas, los hombres con pantalones cortos de gamuza o de piel con encajes, chaquetas ajustadas, adornadas con medallas e insignias, y alegres sombreritos con plumas, listones y escarapelas. Bernhardt montó su tripié y su sombrilla reflectora sobre el pavimento, y yo me preparé para entrar en el típico estado de trance letárgico —olvidando que en esta parte de Eurasia, al menos por ahora, no se hablaban trivialidades. Pero primero dije: “¿Qué es lo que hacen exactamente en este festejo?”.

“¿En la feria?”. Bernhardt sonrió con un toque de escepticismo cariñoso. “Se bebe mucho. Se come mucho. Y se canta. Y se baila —si es que se le puede llamar así—, sobre las mesas”.

“¿Todos en bola? ¿Amontonados?”.

“La palabra es schunkeln. Se entrelazan con los brazos y se mecen mientras cantan. De un lado a otro. Miles de gentes”.

Schunkeln es el infinitivo, ¿correcto? ¿Cómo se escribe?”.

“Te lo anoto. Sí, es el infinitivo”.

Nuestra sesión empezó. De espaldas grandes y sin afeitar, pero también delicadamente apuesto, Bernhardt era germano-iraní (su familia había llegado a mediados de los cincuenta); también era muy rápido y educado y, por supuesto, grácil y fluido.

“La semana pasada vine en tren desde Salzburgo”, dijo mientras empezaba a guardar todo. “Había ochocientos refugiados en el tren”.

“Ochocientos. ¿Y qué aspecto tenían?”.

“Muy cansados. Y hambrientos. Y sucios. Algunos iban con niños, otros con viejos. Todos quieren venir a este país porque tienen familia y amigos aquí. Alemania está tratando de recibirlos, trata de ser amable, pero… Tomé muchas fotografías. Si quieres te puedo pasar algunas”.

“Por favor. Te lo agradecería”.

Y me acordé de esa imagen que apareció en las primeras planas unos días atrás. Quince o veinte refugiados descendiendo en una estación de tren alemana y siendo recibidos con aplausos por algunos ciudadanos solidarios; en la imagen algunos de los recién llegados sonreían, otros reían, y otros más simplemente respiraban profundo y caminaban erguidos. Parecía como si finalmente algo les hubiera sido restituido.

Le di la mano a Bernhardt y le dije: “Complicado ser amable. Cuando estuve en Berlín la policía cerró un cruce en el Tiergarten. Luego pasaron unas motos y una caravana. Era el canciller austriaco. Faymann. Vino a una pequeña cumbre con Merkel. Unas horas después estaban anunciando el cierre de la frontera”.

“Los números. La escala”.

“Y antier estaba en Salzburgo y no había trenes a Munich. Todos cancelados. Tuvimos que venir en coche”.

“¿Hubo que esperar mucho en la frontera?”.

“Sólo si ibas por la autopista. Eso fue lo que nos dijo el chofer. Tomó rutas alternas”. Dudé un instante. “En el tren en el que ibas a Munich…”.

Sentí el impulso de preguntarle a Bernhardt si en algún momento sintió la necesidad de deslindarse de los ochocientos. No le pregunté, pero podía y debía haberlo hecho.

Bernhardt dijo: “Sabes, no van a dejar de venir. Pagan mucho dinero y arriesgan sus vidas cruzando el mar, y luego tienen que atravesar Europa a pie. Caminan por Europa. Un puñado de policías y un poco de alambre de púas no los van a mantener del otro lado. Y hay millones más de donde ellos provienen. Esto va a seguir así por años. Y no van a dejar de llegar”.

01-oktober-02

 

Era la una cincuenta. Tenía cuarenta minutos. (La gira promocional de mi libro estaba acabando y no era un día muy ocupado.) Estaba esperando sentado en la barra de acero del bar. Cuando Bernhardt me preguntó cómo la estaba llevando después de tres semanas de gira por Europa, le dije que bastante bien, aunque tenía insomnio crónico. Lo que era cierto. Y, de hecho, Bernhardt, para ser más sincero contigo, me siento inexplicablemente ansioso, casi al punto de la formicación (que el diccionario define como “la sensación de tener insectos trepando por la piel”); va y viene… El hogar estaba a seis mil kilómetros de distancia, y seis horas atrás; muy pronto, sería muy razonable, seguramente, regresar una vez más a mi cuarto y ver si hay alguna noticia fresca de ese barrio. Por el momento miré con desconfianza mi teléfono; en la bandeja de entrada había más de mil ochocientos mensajes sin leer pero, hasta donde llegaba a ver, no había noticias de mi esposa o de los niños.

El heroicamente metódico canti-nero se encauzó hacia mí. Le pedí una cerveza.

“Sin alcohol. ¿Tiene de esas?”.

“Tengo con uno por ciento de alcohol”.

Ambos teníamos que gritar.

“Uno por ciento”.

“El alcohol está en todas partes. Incluso una manzana tiene uno por ciento de alcohol”.

Me encogí de hombros. “Está bien”.

La cerveza que los oktoberfesters tomaban en pintas tenía trece grados, o el doble de fuerza; esto era, en todo caso, lo que afirmaba un joven Thomas Wolfe quien, después de un par de jarras, se ganó una nariz rota, cuatro heridas en la cabeza y una hemorragia cerebral durante una riña delirante, que él empezó, en algún puesto de feria lodoso —pero eso fue en 1928. Estos sujetos fiesteros de trajes adornados llevaban bebiendo en el bar desde las nueve de la mañana. Los vi y los oí en el desayuno antes de salir hacia Theresienwiese, si es que acaso llegaron a partir. Los vi y los escuché la noche anterior, también; en ese punto estaban o bien gesticulando y gritando con voces inhumanamente altas, o bien miraban al piso en rígida penitencia, con ojos hinchados y tristes. En ese momento, como ahora, el cantinero los atendía a todos con indiferencia, haciendo su trabajo con una neutralidad practicada.

Llevaba un libro: las Cartas a Véra del esposo de Véra, Vladimir Nabokov. Pero las voces a mi alrededor eran irritantemente estridentes —podía concentrarme en lo que leía, más o menos, pero no podía extraer ningún placer de la lectura. Así que me llevé mi trago al vestíbulo, donde la pianista, después de un descanso, había regresado. El hombre de negocios seguía hablando por teléfono; al igual que antes, estábamos a dos mesas de distancia, espalda con espalda. Ocasionalmente escuchaba sus arrebatos. (“¿Tienes algún método en la oficina donde trabajas? ¿Lo tienes?”.) Pero ahora estaba pasando las páginas despacio y agradecido, escuchando esa otra voz, la de V.N.: divertida, elástica, llena de energía. Las cartas arrancaban en 1923; dos años antes le había enviado a su madre un poema corto, una prueba de que “mi estado de ánimo es tan radiante como siempre. Si vivo hasta los cien, mi espíritu seguirá caminando en pantaloncillos cortos”.

A principios de enero de 1924, Vladimir (un año más viejo que el siglo) estaba en Praga, ayudando a su madre y a sus dos hermanas menores a instalarse en su humilde y helado departamento nuevo. (“Dios mío, eso se llama tener agallas. ¿Sabes cómo se escribe?”.) Estos antiguos boyardos ahora estaban desplazados, removidos de su cultura nativa —y no tenían “nada de dinero”. (“¿5C? No. Obviamente. 4C. 4C, por el amor de Dios”.) El propio Vladimir, al igual que su futura esposa, la jüdin Véra Slonim, se habían establecido en Berlín, junto a casi medio millón de fugitivos rusos de 1917. Y en Berlín permanecerían ambos, terca y alegremente. Su único hijo, Dimitri, nació ahí en 1934. Las Leyes de Nuremberg fueron aprobadas en septiembre de 1935, y empezaron a aplicarse y expandirse después de las Olimpiadas de Berlín de 1936; pero no fue sino hasta 1937 que los Nabokov salieron pitando a Francia, tras una lucha (aparentemente sin fin) con las visas y los permisos de salida y los pasaportes Nansen.

“Apuesto a que no. Está bien, tengo una idea. Por qué no agarras un avión y les dices eso aquí, en Alemania. Con tu llamada estrategia. Se van a reír hasta expulsarte de este pueblo. Porque sucede que aquí entienden una o dos cosas sobre eficiencia. A diferencia de otros. Y por eso son el centro neurálgico de Europa. Porque saben manejar el ABC y el dos más dos”.

 

Dejé el libro a un lado y por un breve instante me puse a pensar en Angela (con una “g” dura) —Angela Merkel. Me la presentó Tony Blair en 2007 (un apretón de manos y un intercambio de saludos), cuando apenas llevaba dos años de su primer periodo (y cuando yo estuve entrando y saliendo del séquito del primer ministro durante varias semanas). El último piso de la titánica nueva Cancillería, las bebidas desplegadas en la mesa, los (aún inmaculados) ceniceros, la sonrisa amable y concreta de Angela. La Cancillería era doce veces más grande que la Casa Blanca —donde también escolté a Blair, una o dos semanas después, pero en donde no tuve más que uno o dos instantes de contacto visual con el presidente Bush cuando ambos emergieron de la Sala de Situaciones. (Era la época del aumento de tropas en Irak.)

Merkel, criada en Alemania del Este en los primeros días de la Guerra Fría… Hasta ahora ha habido varias docenas de mujeres cabezas de Estado, y por entonces creía que ella fue quizá la primera capaz de gobernar como una mujer. En los meses de verano de 2015 se convirtió ante los ojos del mundo en el brutal auditor de la República Griega (y en el conciliador político de su soberanía, en nombre de la rectitud fiscal); para finales de septiembre la llamaban Mutti Merkel por abrir las puertas tanto como pudo a las multitudes de desposeídos.

Esto es hasta cierto punto válido para cualquier comunidad de la Tierra, pero el poeta nacional dijo que sus alemanes, con esfuerzo agónico, eran impresionantes individualmente (cuán balanceados, cuán reflexivos, cuán sardónicos), y desesperadamente decepcionantes en plural, en grupos, en cuadros, en ligas, en bloques. Y aun así (por el momento) son los alemanes quienes establecen un ejemplo progresivo, futurista incluso, para Europa y el planeta entero (por el momento), como sistema y como pueblo.

Con la crisis de los refugiados de 2015 la canciller Merkel (comúnmente referida como “la que decide”) dijo que Europa estaba a punto de enfrentar “una prueba histórica”.

 

“¿Me puedes hacer caso? ¿Me puedes hacer caso?”.

Como una lavadora, el hombre de negocios había pasado a un ciclo más silencioso. Todavía tenso, todavía encorvado, pero reducido a un murmullo agrio. El turno de la pianista aparentemente estaba a punto de terminar y yo mismo estaba gesticulando ante el teléfono, respondiendo preguntas suplementarias a un joven con el que había conversado en Frankfurt que estaba trabajando un perfil sobre mí. Los fisgones y aquellos que se dedican al robo de identidad podían estar tentados a acercarse, pero el vestíbulo seguía estando más o menos vacío.

“1949”, dije, “en Oxford. No, Gales no —eso fue después. Sí, adelante. ¿Por qué nos fuimos a América? Porque… suena complicado, pero es una historia ordinaria. En 2010 mi madre, Hilary, murió. Tenía ochenta y dos. Mi suegra, la madre de mi esposa, Elena, también tenía ochenta y dos. Así que por eso nos mudamos a Nueva York”. Sí, y Elena terminó un exilio voluntario en Londres que había durado veintisiete años, regresando a donde había nacido y crecido (Greenwich Village). “¿Ahora nosotros? No. Brooklyn. Desde 2011. Te vuelves demasiado viejo para Manhattan”. Pasamos a la última pregunta. “¿Este viaje? Seis países”. Y diez ciudades. “Oh, definitivamente. Y estoy leyendo todo lo que encuentro sobre el asunto, y todo el mundo no habla de otra cosa. Bueno, sólo me reuní con literatos, ningún político, ningún experto. Pero desde luego que tengo impresiones”.

Nuestra llamada se entorpeció. El hombre de negocios seguía con su susurro amenazador: “¿Sabes a quién me recuerdas? A las hordas de vagos que están entrando a este país mientras hablamos. Tú, tú ni siquiera puedes valerte por ti mismo, ¿o sí? No tienes remedio”.

 

Una joven recepcionista de rasgos angulosos se acercó y me entregó un sobre manila. Eran las fotografías de Bernhardt. Al verlas sentí que el ritmo de mi ansiedad se aceleraba. Fui al restaurante y las desplegué sobre la mesa.

Los europeos con los que hablas te ofrecen distintas soluciones y puntos de vista, pero lo que subyace es la sensación de estar a punto de encontrarse con algo, algo bastante desconocido pero al mismo tiempo familiar desde cierta distancia. Una entidad acumulándose en las fronteras, una entidad a la que apoyan y a la que incluso reciben emocionados y con buena voluntad, pero que parece amorfa, indiferenciada, casi insensata —como una fuerza de la naturaleza.

Y parecía que la cámara de Bernhardt se hubiese impuesto el reto de individualizarla, porque aquí tenía ante mi una gelère en blanco y negro de figuras y rostros encantadora e inmediatamente reconocibles, bostezando, frunciendo el ceño, sonriendo, llorando, en poses exhaustas, de gesto estoico y, por supuesto, de incertidumbre y preocupación extrema.

Cuando los ves en las estaciones de tren, están configurados en filas estrechas o pequeños nudos, siempre en movimiento, su mirada y su paso siempre hacia adelante (sin perder la atención, sin nada que atender). Pero dos días antes había visto en Salzburgo a setenta u ochenta de ellos alineados en una esquina, predominantemente jóvenes, muy jóvenes, en ropas adolescentes de corte internacional: gorras de beisbol, rompevientos luminosos, lentes oscuros. Pronto se estarían acercando a la frontera alemana (apenas a unos kilómetros) —¿y después qué? El suyo era un viaje con cuadros y gráficas y actualizaciones (esos celulares) pero sin destino.  Estaba amaneciendo en Austria y los edificios relucían tímidamente bajo la lluvia. Y no podías dejar de pensar ¿cómo se verá y se sentirá todo esto dentro de unas semanas —después del Oktoberfest?

A las cuatro de la tarde, como estaba programado, llegó mi penúltimo entrevistador, una académica, que empezó por recordarme un dato histórico destacado. Estaba en su madurez, así que eso no formaba parte de su memoria personal, pero sí de la de su madre. Entre los años 1945 y 1947 hubo diez millones de indigentes suplicantes en la periferia de lo que alguna vez fue el Reich, todos ellos deportados (entre espasmos de mayor o menor violencia, con al menos medio millón de muertos en el camino) de Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Rumania. Y todos eran alemanes.

“¿Así que su madre recuerda eso?”.

“Bueno, ella estaba en la estación. Tendría siete u ocho años. Recuerda los vagones congelados. Era Navidad”.

01-oktober-03

 

Me había ausentado setenta y cinco minutos, y el hombre de negocios aún estaba a la mitad de la conversación. Para entonces, su teléfono estaba conectado al cargador, y el cable, corto, conectado a un enchufe a nivel del suelo, hacía que se tuviera que agachar incluso más —doblado hacia adelante, con su barbilla a una pulgada de la pequeña mesa del bar.

“Sigue así y acabarás sin un techo sobre tu cabeza. Acabarás en la calle y te lo mereces. Se te está cayendo el teatrito. Y no me sorprende. Maldita sea la gente como tú. Me enferman, de verdad. Profesionalmente hablando”.

La pianista se había marchado pero otros ruidos estaban tomando las riendas —una aspiradora tamaño industrial, un camión acelerando y resoplando en la entrada. Regresé a mi libro. Agosto de 1924, Vladimir estaba en Checoslovaquia otra vez, vacacionando con su madre en Dobrichovice. El hotel era caro y estaban compartiendo un cuarto (grande) dividido en dos por un armario blanco. Pronto regresarían a Berlín, donde Véra…

De pronto todo el ruido ambiental desapareció, y el hombre de negocios estaba diciendo, “¿Sabes con quién estás hablando? ¿Lo sabes? Soy Geoffrey. Geoffrey Vane. Geoff. Así es. Me conoces. Y sabes cómo soy… Correcto, mi paciencia está acabándose. Felicidades. O como dicen ustedes, súper… Bien. Ahora ve por tu puta Mac y revisa tus putos correos. ¿Me entiendes? ¿Me estás entendiendo? Ve a los mensajes del puto encargado. El encargado de la obra. Ya sabes, ese pinche sudaca —Feron. El pinche Roddy Feron. ¿Lo tienes? Ahora abre el puto archivo adjunto. ¿Listo? Correcto —la pinche cláusula 4C”.

La regularmente intensificada pronunciación de la palabra “puta”. En este punto, me dejé caer lentamente en la silla de enfrente para poderlo mirar bien —el halo clerical que le daba el espeso cabello gris, la cabeza, aún desesperada y resueltamente inclinada, la laptop, el cuaderno de notas.

“Es la puta indemnización. ¿Me entiendes? Ahora dilo. 4C. ¿Cuadra o no cuadra con la cláusula B6 de Tulkinghorn? Bueno, demos gracias al Señor por los pequeños favores. Ahora regresa a la puta 4C. Y dale puto OK. ¿OK? OK”. Agregó, especialmente amenazador: “Y pobre de ti si tenemos que hacer esto de nuevo. ¿Entendiste eso, chingada madre? Dulces sueños. Sí, salud”.

Y ahora, con inoportuna simetría, el hombre de negocios se movió también al asiento que tenía enfrente, aunque lo hizo suavemente y sin dejar de agacharse; con su regordeta mano derecha parecía estarse limpiando la rosada frente perlada de sudor, el labio superior pálido y húmedo. Nuestras miradas se encontraron inexorablemente, y me enfocó.

“¿Entiende usted inglés?”.

“¿…Que si entiendo inglés? Mmm, sí”, dije.

“Ah”.

Y también lo hablo. Gran Bretaña ya no tiene un imperio, salvo el imperio de las palabras —no el imperio estatal, sólo la lengua imperial. Todo el mundo sabe inglés. Los refugiados saben inglés, un poco. Eso explica parcialmente por qué quieren ir al Reino Unido y a Éire, porque todos ahí hablan inglés. Y por eso quieren ir a Alemania: los refugiados no hablan alemán, pero todos los alemanes hablan inglés —la mucama castaña que estaba limpiando las cortinas sabe inglés, el botones de cabello arenoso sabe inglés.

“Usted es inglés”, anunció con reacia admiración.

Me oí a mí mismo decir: “Londres, nacido y criado”. No era del todo cierto, pero este no era el momento para extenderme sobre mi niñez —con mi madre apenas un poco mayor que yo— en los países del reino, circa 1950, o para rememorar en voz alta aquella década en el sur de Gales, dichosa en general, cuando la familia aún estaba unida. Pero, medio siglo después, sí, era de Londres. Dijo: “Lo sé por su manera de hablar… Eso estuvo difícil”.

“La llamada”.

“La llamada. Sabe, para ser honesto hay gente que no tiene idea de nada. Tienes que empezar de cero. Cada vez —cada vez”.

“Apuesto a que sí”. Brevemente me imaginé a un gerente joven, desplomado sobre su desordenada estación de trabajo en una bodega o en la sala de algún aeropuerto, desanudándose la corbata mientras apretaba su teléfono contra su cara enrojecida.

“Mire eso”, dijo el hombre de negocios, dirigiéndose al televisor —al eternamente mudo televisor. En su pantalla plana media docena de guardias uniformados estaban aventando sándwiches (envueltos en papel celofán) dentro de una especie de recinto cerrado, y los que estaban adentro parecían pelearse por ellos —era imposible evadir la imagen mental de la hora de la comida en el zoológico. “Increíble”, dijo con ensimismamiento contenido, mientras hacía algunos cálculos en su libreta amarilla. “Increíble la distancia que la gente está dispuesta a recorrer para recibir una limosna, ¿o no?”.

El “¿o no?” era retórico: esa perogrullada no requería una respuesta. En Cracovia y Varsovia (recordaba mientras el hombre de negocios se zambullía en sus columnas de números) todo el mundo decía que Polonia debía quedar exenta: el único país homogéneo de Europa Central, la única monocultura, la Polonia de ojos azules pensaba que quedaría exenta porque “el Estado no da beneficios”. Escuché esto de un traductor tan cosmopolita que podía citar extensamente no sólo a Tennyson sino a Robert Browning; y en respuesta yo asentí y regresé a mi enorme comida. Pero cuando me dejaron en el hotel (y me detuve en la plaza que da a la antigua prótesis que es el Palacio de Cultura de Stalin) moví lentamente la cabeza. Alguien que ha atravesado a pie el Hinukush no vendría a Polonia por una dieta de sándwiches de tiendita.

“¿Dónde estamos? ¿Qué país es ese?”. Hablaba del país donde los viajeros de piel oscura estaban siendo revolcados y esparcidos por cañones de agua (seguidos de gas lacrimógeno y gas pimienta).

“Parece Hungría”, dije.

“Ese tipo de ahí sabe lo que hace”. Hizo una pausa mientras cerraba sus ojos y sus labios blancos parecían hacer cálculos mentales. “¿Cómo se llama?”.

“Orbán”.

“Sí. Orbán. Deberíamos estar haciendo lo mismo en Calais. Es el único idioma que entienden”.

Oh, no señor, el idioma que entienden es mucho más duro que eso. El lenguaje que entienden consiste en bombas de barril y gas nervioso y las cimitarras de los incandescentes teístas. Ese es el lenguaje del que están huyendo; les habla sólo de miedo y ausencia de futuro. “Merkel. Merkel debería arrancar una hoja del libro de Orbán. Merkel debería imitar a Orbán. Mire. ¿Lo ve?”, dijo.

Se refería al video subido evidentemente por el Estado Islámico —un camión explotando en cámara lenta, tres prisioneros en overoles naranjas arrodillándose en una duna, combatientes paseando en camionetas en todas direcciones”.

“Y luego está esto”. Alcanzó algún climático gran total en su cuaderno, lo subrayó tres veces y lo circuló antes de aventar la pluma a un lado. “Yihadismo”.

“Puede ser complicado”, dije.

“Complicado… espere un momento”, dijo, con un gesto de duda. “Tonto de mí. No consideré el factor del doce por ciento. Deme un minuto”.

Quizá un mejor nombre para ellos, señor, sería takfiristas. La acusación de takfir (la acusación mortal de herejía) es casi tan vieja como el islam, pero en su uso actual takfiristas, señor Vane, es un término altamente despectivo y tiene que ver con los musulmanes que presumen de matar a otros musulmanes. Y a estos takfiristas, mi querido Geoffrey, no les importa ni les importará cuando los musulmanes europeos sufran, porque su política aquí es la misma que la de Lenin durante la guerra civil rusa: “Cuanto peor, mejor”. ¿Será fantasioso, Geoffrey, sugerir que esta lección se deriva de las brujas que aparecen en Macbeth  —“Lo justo es sucio y lo sucio es justo”?

Complicado. Ese es el eufemismo del año”.

De pronto se dio cuenta de que estaba buscando inconscientemente su teléfono. Inhaló con resignación y dijo: “¿Sabe con lo que no puedo? Con las repeticiones. Las cosas suceden una y otra vez. Y simplemente no lo entienden. No aquella, oh, no. No ella”.

¿Ella? Me enderecé en mi asiento.

“Dígame algo. ¿Por qué todos están viniendo ahora? Hablan de desesperanza. Desesperanza, dicen. Pero no pudieron haberse desesperado todos en la misma semana. ¿Por qué vienen todos al mismo tiempo? Explíqueme eso”.

Me enderecé y dije: “Eso es lo que he estado tratando de averiguar. Aparentemente, se abrió una ruta segura. A través de los Balcanes. Todos están en contacto entre ellos y luego apareció en Facebook”.

Se quedó en blanco, o se replegó por un momento, luego regresó. “Les voy a dar su maldito Facebook. Les voy a dar sus malditos Balcanes… Han convertido sus propios países en… en un infierno para ser honesto, y ahora vienen aquí. E incluso si no empiezan a matarnos a todos, van a querer imponer sus propias costumbres, ¿o no? Halal, ¿o no? Mezquitas. Uh, Sharia. Matrimonios arreglados —con primas de diez años. Sí, bueno, tendrán que adaptarse, y rápido. Tendrán que ser inteligentes y bajar la cabeza y alinearse. Socialmente. En las cuestiones de género y demás”.

Cerró su computadora y miró su superficie por un momento.

“Sabe, tengo que llamarla otra vez”. Y de pronto hubo una momentánea timidez en su sonrisa cuando levantó la mirada y dijo: “Es mi mamá”.

 

Tuve que hacer un esfuerzo para disimular el tamaño de mi sorpresa…  Fuera de contexto (el hotel empresarial, el traje ejecutivo, los zapatos ortopédicos de diseño, como Crocs de terciopelo) su insípido y redondo rostro flanqueado por mechones grises parecía que estaría mejor, o al menos más contento, en un parque durante una tarde de verano; ese rostro podría haber pertenecido a cualquiera, a un concejal, a un vendedor de periódicos, a un coronel retirado, a un vicario. Busqué con un gesto mi cigarrillo electrónico y le di una calada.

“Tiene ochenta y uno”.

“Ah, bueno”, dije después de un momento. “Mi suegra tiene ochenta y seis”. Y verá usted, señor, es una larga historia, pero ella fue la razón por la cual nos fuimos de Inglaterra; y nunca nos arrepentimos. El proceso fue completamente natural para Elena y, en lo que a mí respecta, había restos de un amor filial tras la muerte de Hilary Bardwell, y no tenía a dónde ir. “La esposa de mi madre. Cinco años mayor que la suya”.

“¿Sí? Y cuál es su estado, ¿eh? Es capaz de retener una idea por más de dos minutos? O ya se deschabetó como la mía. Quiero decir, cuando ya se te fue el coco, le pregunto ¿qué sentido tiene seguir?”.

Gesticulé hacia el instrumento que aún sostenía en su mano y dije: “Tengo una duda, qué fue todo eso, y qué tiene que ver con esto”.

Se reclinó hacia atrás y refunfuñó: “Lanzarote”. Hundiéndose más, se acarició el cuello retorcido. “Verá, para su cumpleaños ochenta le compré un hermoso tiempo compartido en Lanzarote. Una pequeña y hermosa casa para vacacionar. La criada la revisa todas las mañanas. Jardinero. Un buen lugar para dejarla en invierno. Terraza con vista a la bahía. Y ahora necesita renovar el seguro. Eso es todo. El contenido del seguro. No debió tomar más de un minuto”.

“Bueno. A veces les resulta difícil…”.

“Sabe, tengo cuatro hermanos. Todos más jóvenes. Y todos la tratan como una leprosa. No quieren saber nada de ella. Es cierto que los viejos te desquician —no cabe duda de ello. Pero hay que apechugar, ¿o no? Y los cuatro no se le acercan. ¿Puede creerlo? No se pueden acercar a su pinche madre. Perdone el lenguaje. Bien pues, ellos no cuentan con mis recursos, lo admito. Así que respóndame esto. ¿Dónde estaría ella sin su primogénito?”.

“Maldición. Necesito hacer mi maleta”, dije, mientras echaba un vistazo a mi reloj.

“Oh. ¿Viaje largo?”.

“Al aeropuerto. Mañana temprano. Creo que sería buena idea hacerlo ahora para poder dormir un poco más”.

“Yo aún estaré uno o tres días más. De descanso. Igual voy al gimnasio. Además está ese restaurante del que he oído mucho justo en la esquina. ¿A dónde viaja?”.

“A casa. Me dio gusto hablar con usted”.

II

Encendí mi computadora mientras amontonaba y aplastaba varias cosas en la maleta. Todavía no tenía noticias de mi esposa (ni de ninguno de mis hijos). Sí, bueno, sucedía lo mismo con Nabokov; también pasó por eso. “¿No te parece que nuestra correspondencia es un poco… unidireccional?”. Y, en mi caso, resultaba curioso, porque cuando estaba fuera como ahora nunca me preocupaba por mi otra vida, mi vida de siempre, donde todo estaba casi siempre inmóvil, fijo, tenazmente en su lugar.

Por lo demás me sentía bien, incluso bastante orgulloso de mi vigor (la salud, después de todo, intacta) y boyante, y estimulado, y generalmente orgulloso y feliz; el tour había despertado la ansiedad pero incluso esa ansiedad, debo decirlo, no era desagradable, porque la reconocía como el tipo de ansiedad que pide ser escrita. Sin embargo, por momentos me cuestionaba seriamente la existencia de la casa de Brooklyn, con sus tres presencias femeninas (esposa, hijas) y cuestionaba seriamente la existencia de mis dos hijos y mi otra hija, todos mayores, en Londres —y de mis dos nietos. ¿Será que ellos, alguno de ellos, sigue ahí?

 

“Buenos días, este es su servicio de despertador… Buenos días, este es su servicio de despertador… Buenos días, este es su…”.

Era temprano y tenía una última cita. Una entrevista de radio con un periodista llamado Konrad Purper; tuvo lugar en lo que llaman el centro de negocios, con sus asientos giratorios y sus alfombras tejidas. Cuando terminamos, Konrad y yo seguimos hablando en el vestíbulo hasta que mi anfitriona apareció veloz y preocupada. Habían pasado muchos chaperones, muchos ayudantes y escoltas —Alisz, Agata, Heidi, Marguerite, Ana, Hannah, Sophie.

“¡No hay taxis!”, dijo Sophie. “¡No se pueden acercar porque hay demasiada gente!”.

Por lo general estoy muy lejos de ser un tranquilo viajero trasatlántico. Pero en ese momento sentí que mi reloj se movía a su ritmo normal; el tiempo no se estaba acelerando, ni se estaba calentando. ¿Qué era lo peor que podía suceder? No mucho. “¿Entonces qué hacemos?”, dije.

“Caminar”.

“Al aeropuerto”.

“No. Lo siento, no estoy siendo clara. A la estación de trenes. Podemos llegar al aeropuerto desde ahí”.

“Ah, y la estación está cerca, ¿no?”.

“A cinco minutos”, dijo Konrad. “Y cada diez minutos hay un tren que va al Aeropuerto Internacional de Munich”.

Sophie y yo empezamos a jalar nuestras maletas con rueditas, y quizá casualmente Konrad empezó a empujar su bicicleta, y los tres empezamos a rolar, a veces por el asfalto sin coches, como deferencia al desfile de los parranderos disfrazados que venían hacia nosotros. Este estrecho paso, Landwehrstrasse, con sus negociaciones entre Oriente y Occidente —un estudio erótico, un restaurante turco, un Deutsche Bank, un masaje tailandés tradicional, una agencia Daimler-Benz, un mercado oriental…

Salimos al espacio abierto de la Karlsplatz donde las modelos de extremidades torneadas hacían cola o paseaban en proporciones bíblicas —muchas de las mujeres, que llevaban ya dos semanas, usaban con decadencia la despreciada alternativa “Barbie” (un corpiño de punto grueso y un vestido mucho más corto que mostraba las medias blancas justo arriba de la rodilla).  ¿Qué tal habrá estado la feria? Según Thomas Wolfe había tiovivos, y una enloquecida profusión de puestos de salchichas y bueyes enteros girando en rosticeros. La gente comía y bebía bajo carpas en las que cabían seiscientas personas, incluso setecientas, incluso ochocientas. Si estabas en la mitad de una de ellas, escribió Wolfe, Alemania parecía ser “un enorme vientre”. Meciéndose, cantando. Los alemanes en masa, objetivamente ridículos y finalmente libres de toda ironía.

Sophie fue a hablar con un policía que estaba recostado en un coche estacionado. Konrad esperó. Ella se volteó y me dijo: “¡Lo que sucede es que ni siquiera puedes llegar a pie!”.

Durante muchos años viví en Notting Hill y pasé por muchos carnavales (en los viejos tiempos, generalmente acompañado de mis hijos); conocí los cordones, los controles policiacos, los caminos cerrados (para el acceso de ambulancias), el pánico y las estampidas. Una vez estuve en una multitud que me hizo entender que puedes encontrarte con la muerte como consecuencia del exceso de vida. Sí, había afinidades: el carnaval era como el Oktoberfest pero la carne de allá era café y la de aquí es rosa. Cientos de miles de scouts con gran espíritu de camaradería, cientos de miles de lecheras festivas en sus mejores galas de domingo.

“La única manera de llegar es por el metro. Una parada”.

De pronto estábamos mirando la escalinata de piedra rosa. Un mes antes, en Brooklyn, mientras me ayudaba a empacar, Elena subrayó que mi maleta tamaño familiar no estaba “suficientemente llena”. Bueno, ciertamente ahora se sentía lo suficientemente pesada, con su sedimento de regalos (chocolates típicos) y material de lectura y otras cosas como el portafolios de Bernhardt, en su rígido sobre marrón. Cargando esa pesada cosa por el metro pensaba —lo puedo lograr, pero no me va a gustar hacerlo. Sin embargo, una vez más, Konrad, después de haber asegurado a un poste su bicicleta, estaba silencioso a nuestro lado, su cabello oscuro, bajo y fornido, y calmado, y mi maleta ahora colgaba tranquilamente de su mano.

En Hauptbahnhof la multitud estaba distribuida en delgadas líneas de refugiados de piel y ropa oscura, sus ojos embrujados y resueltos, su paso plomizo pero firme, arrastrando carritos y carriolas llenas de cosas, y niños. Luego vino una imagen extraña y después una aún más extraña.

Primero, una madre de cierta edad, una abuela probablemente, alta, vestida con una rígida abaya de color negro, su cara parcialmente cubierta por un velo mirando hacia delante. Luego, una mujer joven, con la tez similar, quizá la nieta de un Gastarbeiter1 turco, vestida con jeans y chaqueta blancos y ajustados —y con un trasero estupendo, prominente e imposible de ignorar. Durante medio minuto, sin darse cuenta, ambas mujeres caminaron al mismo ritmo, alejándose de nosotros: el deslizamiento de la estructura negra, las enormes e hinchadas esferas blancas.

Cuando nos señaló nuestra plataforma, Konrad se despidió, después de muchos agradecimientos y alabanzas de nuestra parte. Me voltee hacia Sophie. “Las dos mujeres —¿las viste?”.

“Por supuesto”.

“Bueno. Ella no se cohíbe, ¿o sí? Se veía tan alegre. Moviendo sus brazos. ¿Y vestida así? No está tratando de ocultarlo”.

“No”.

“Quiero decir que no le da pena”.

“No”, dijo Sophie. “Le gusta”.

01-oktober-04

 

Los Nabokov fueron refugiados. Tres veces. De adolescentes huyeron voluntariamente de la Revolución de Octubre; a su salida, Véra Slonim pasó por una matanza en Ucrania que incluyó decenas de miles de ejecuciones. Eso fue en 1919. Huyeron de los bolcheviques, jinetes del terror y el hambre y, vía Crimea, Grecia e Inglaterra, buscaron asilo en Berlín. Luego estuvieron en Francia, hasta que los alemanes los siguieron hasta ahí; luego se embarcaron de última hora hacia Nueva York, en 1940, tan sólo unas semanas antes de la llegada de la Wehrmacht. (En su siguiente travesía hacia el oeste, el barco en el que viajaron, el Champlain, fue torpedeado y hundido.) El padre de V.N. (llamado también Vladimir Nabokov), el hombre de Estado liberal, fue asesinado por un fascista de la Guardia Blanca en Berlín (1922). En esa misma ciudad, su hermano Sergei fue arrestado en 1943 (por homosexual) y vuelto a arrestar otra vez al año siguiente (por sedicioso); murió en un campo de concentración cerca de Hamburgo, en enero de 1945. Esa fue su Europa; y regresaron a ella, con estilo y para bien, en 1959.

Sí, y también conocí a Véra. Pasé casi todo un día con ella, en 1983, en el aún centro de Europa, el hotel Palace en Montreux, Suiza (donde habían vivido desde 1961); descansamos sólo para que comiera con su hijo, el increíblemente alto Dimitri, a quien vería otra vez. Véra era una belleza de piel dorada, cautivadora y simpática; podría ser abrumadoramente feroz en los temas delicados, pero en realidad nunca me asusté, porque pensé que sus ojos siempre tenían una luz de humor ocasional.

Vladimir murió en 1977, a los setenta y ocho. Véra murió en 1991, a los ochenta y nueve. Y Dimitri murió en 2012, a los setenta y siete.

No tuvo hijos. Y ahora sus cenizas (marcando el fin de su linaje genético) están depositadas junto a las de sus padres en el cementerio de Montreux.

 

Llegué al aeropuerto con media hora de anticipación. Y ahí en la terminal, bañado en la acuosa luz de la mañana, detrás de la pequeña muralla de su equipaje (una pequeña maleta color plomo, una valija bronceada con múltiples cierres y bolsillos), mirando maliciosamente su teléfono, estaba Geoffrey el hombre de negocios. Lo saludé y dije: “¿Por qué está aquí? Pensé que se la iba a tomar con calma unos días”.

“Quién, ¿yo? ¿Yo? Ojalá tuviera tanta suerte. Nah. Su puto bungaló se quemó ayer en la noche. Eléctrico. Siempre es la instalación eléctrica. Se quemó hasta las putas cenizas”.

“¿De verdad? Ella no estaba ahí, ¿o sí?”.

“¿Ella? No, dormía como un cachorro en Sheffield, muchas gracias. Es este tonto el que tiene que ir al puto Lanzarote. Para ver si tenemos algo asegurado. O si tenemos seguro en absoluto”.

“¿Es difícil llegar a Lanzarote?”

Su cara se encogió sagazmente. “¿Sabe usted lo que hay que hacer cuando sucede algo así? ¿Cuando estás un poco abandonado? Vas a la raíz del problema, a lo más profundo”. Y entonces pegó con su zapato en el suelo sin hacer ruido alguno. “Ahí es donde están las oficinas. Debajo. Vas hasta lo más recóndito y merodeas y tratas de sacar el mayor provecho de la situación”.

“Está bien. Buena suerte”.

“Oh, estaré bien. Es sólo dinero”.

Así que tuve tiempo para tomar mucho café y muchos deliciosos y engordadores croissants en el lounge. Poco después, nuevo y recién salido del hangar, el avión de Lufthansa despegó a la hora prevista. Rápidamente empecé a retacarme de buena comida y vinos selectos antes de disfrutar de Alien (de Ridley Scott) y de la secuela (James Cameron). Aterricé puntualmente. Los futuros inmigrantes e incluso aquellos que buscan asilo generalmente tiene que esperar dos años, pero después de dos horas en el inhóspito ambiente de Migración, me permitieron ingresar a América.

III

A lo que había regresado, con escalofríos, casi trémulo, seguía ahí, Elena y las hijas —que iban y venían a su antojo, que deambulaban audazmente por Manhattan, donde su abuela (ahora me lo confirmaban) seguía instalada en la casa de lujo que, claramente, seguía confundiendo con un hotel.

Cuán sólida era esta otra existencia. Cuán avanzada, cuán evolucionada, con sus aparatos, sus máquinas, todas ellas parecían funcionar. Cuán firmemente sujeta a la tierra, con su acero y su concreto, estaba la casa de cinco pisos en Strong Place.

 

Mi ansiedad estaba profundamente asentada en capas duraderas porque se remonta hasta antes de haber nacido. Asumiendo este trabajo mental, realizado casi siempre en la oscuridad. En América estaba en casa, la nación de los inmigrantes, que se extiende de un brillante mar a otro, y no podía dormir. “La noche siempre es un gigante”, escribió el campeón del insomnio Nabokov en Cosas transparentes, “pero esta es especialmente terrible”. Tenía otro libro en mi mesita de noche, un breve y elegante estudio del historiador Mark Mazower llamado Continente negro, y a veces me llevaba ese libro a la otra habitación durante una hora, antes de regresar derrotado.

Cuando cerré los ojos me vi confrontado por las visiones de siempre —un campo de batalla abstracto o una feria desmantelada al anochecer, flores monocromáticas, figuras recortadas de papel blanco. Los pensamientos y las imágenes bordeando alentadoramente hacia el absurdo. Pero no —mi mente estaba en una velocidad muy baja para que el control remoto de la inconciencia…

Y muchos futuros posibles se alineaban y peleaban para nacer. Y, finalmente, alguno de ellos se volvía estruendosamente más cristalino que el resto.

Y estaban viniendo hacia aquí, los refugiados, al ojo de una convergencia geohistórica —ellos y su éxodo por un lado y, del otro, Al Qaeda y Al Shabaab y Boko Haram y los talibanes y el Estado Islámico e ISIS.

E incluso ahora parecía como si una fuerza tectónica hubiera tomado control de Europa y, usando sus uñas, la hubiera levantado y sacudido, políticamente hablando, provocando una avalancha sobre las viejas ilusiones, sobre los viejos sueños de pureza y crueldad.

Y esa fuerza se haría más fuerte, mucho más fuerte, inmediata e irreversiblemente, tras la primera incidencia de takfir. Y luego Europa —esa confederación hoy sabidamente frágil— afrontaría, de hecho, su “prueba histórica”.

Y lo que podrían traer ellos, los refugiados, será insignificante cuando se confronte con lo que ya está ahí, en las naciones que los albergan, las esporas y los lodazales de lo que ya estaba ahí… Continente negro no es un libro sobre África; el subtítulo del libro de Mazower es “la Europa del siglo XXI”.

 

Martin Amis
Autor, entre otros libros, de Dinero, La flecha del tiempo y Zona de interés.

Traducción de César Blanco.


1 Trabajadores de diversas nacionalidades que fueron contratados durante la década de los sesenta por la República Federal de Alemania (N. del t.)