A la memoria de Javier Negrete Rementería

Los odiosos rankings de la OCDE parecieran insinuar que todo el planeta —o al menos todos los países miembros del organismo— debieran aspirara a ser Escandinavia; nada más lejano y humillante para nosotros en el México de hoy en día. Con todo, no hay que olvidar que un hermoso día de verano de 2011, Noruega padeció un nuevo récord de paroxismo homicida por cuenta de un solo perpetrador, al segar con atentados explosivos en Oslo y a punta de pistola automática en la isla de Utoya, un total de 77 vidas. La literatura moderna ha abordado en múltiples ocasiones la irrupción del mal gratuito, de la violencia infligida por seres incompletos que por momentos nos tientan con su patetismo. A Sangre Fría de Truman Capote, las novelísticas de Dostoievski y Joseph Conrad condensan abordajes magistrales reacios a sucumbir a las ilusiones que podamos hacernos de la naturaleza humana. Sin embargo en nuestro tiempo hay un consenso casi obligatorio a pensar que el mal y su manifestación en violencia súbita e impredecible es en el fondo una mera cuestión de arreglos sociales: el mal sucede —de acuerdo al consenso políticamente correcto— como un producto de múltiples injusticias, de la ignorancia y la inequidad. La educación y la igualdad de oportunidades le desactivará. Arrastramos como una obligación ese optimismo implícito que, heredado de la ilustración, coexiste en disonancia cognitiva con el oscuro mood de nuestra época, teñida por el terrorismo, el ciclo de guerra sin fin en el Medio Oriente o la guerra al narcotráfico en nuestro país: hitos de violencia inaudita en desproporción total al modelo estándar del arreglo social, mismo que pareciera confundir lo normativo con lo explicativo: la ausencia de algo que no se alcanza como causalidad de lo que ocurre.

Frente a esto aunque las religiones organizadas ya dieron de sí se comprende en perspectiva su enfoque del mal como un problema casi ontológico de la condición humana. Es un dato de la existencia de nuestra especie que le acompañará siempre porque somos inacabados y arrastramos un desequilibrio íntimo que lo mismo nos ha dado toda  clase de logros que toda clase de pesadillas. No hay dimensión de lo humano que el mal no toque en algún punto. En la sola capacidad de imaginar y simbolizar que caracteriza a nuestra especie, el mal asecha al tiempo que sin imaginación y símbolos no seríamos más que una nada gloriosa variedad de primates. Las religiones entienden que para librarnos del mal, por nosotros mismos, tendríamos que renunciar a nuestra propia condición: dejar de ser lo que somos. Y en eso justamente es en lo que piensan los transhumanistas tecnológos que sueñan con un futuro posthumano, sea por la vía de la inteligencia artificial o la de la ingeniería genética. Claro, la fatalidad religiosa, al menos en su vertiente cristiana, ofrecía una ilusión suprema: no nos salvaremos por nosotros mismos pero hay caminos de redención para ser salvados. Hoy en día la segunda parte de la historia (la salvación por seres invisibles) es difícilmente creíble, pero la primera parte ha sido totalmente desdeñada por la modernidad que se define a sí misma al llamar a los individuos a tomar en sus manos su propio destino. Los momentos icónicos de esa definición lo ejemplifican las dos revoluciones modernas por excelencia: la norteamericana y la francesa.

 En la mejor tradición de Durkheim, René Girard (1923-2015) sospechó que detrás de todo orden social subyace una cimentación mítico-religiosa y, con Lévi Strauss, comparte la idea de que el mito fue un fenómeno preverbal del que partió todo mecanismos de representación y simbolización y con ello la capacidad para conceptualizar y el lenguaje mismo. Pero Girard intuyó algo más allá. Lo religioso mantiene una capacidad para instaurar y reinstaurar un orden social que no tiene ningún otro mecanismo humano consciente, al mismo tiempo que lo religioso mistifica ese proceso; es decir, lo evoca y lo invoca más no lo comprende. Desde la comprensión del fenómeno religioso podemos vislumbrar algo fundamental de la condición social humana y cómo lidió con la violencia antes de engendrar instituciones. Pero esa comprensión no sólo arroja luz sobre el pasado: dice mucho sobre los mecanismos de deseo y violencia del presente que, a su vez, éste ya no puede resolverlos o darles una solución apelando al pensamiento mítico.

René Girard, quien falleciera el pasado 4 de noviembre en su hogar en Stanford, California, fue uno de los más grandes pensadores heterodoxos de nuestro tiempo cuyos estudios superiores y carrera académica tuvieron lugar en el circuito de las universidades norteamericanas. Con un doctorado en historia medieval incursionó primero en la crítica literaria,1 trasladando posteriormente su atención a la mitología, la antropología y la etnografía, para cristalizar, en 1972, con su opus magnum La Violence et le Sacré, misma que ha sido traducida a 15 idiomas, le valió el Grand Prix de Philosophie de la Academia Francesa y dio lugar a que Le Monde proclamara, sin tapujos, al año de 1972, como un hito en la historia de las humanidades. No es hipérbole; a partir de entonces su pensamiento ha influido un rango vasto de disciplinas: la teoría literaria, los estudios clásicos, la antropología la filosofía, la psicología, la teoría de sistemas, economía, ciencia política, estudios religiosos e, incluso, musicológicos. No sólo por hacer su carrera desde las universidades de Estados Unidos sino incluso por rasgos biográficos de significancia no menor que se abordarán más adelante, Girard pudo resistir el clima intelectual imperante entre sus contrapartes en Francia, devotos del marxismo, el psicoanálisis, el estructuralismo, y el posestructuralismo (posmodernismo) contra cuyos principales exponentes —comenzando por el mismísimo Lévi Strauss— polemizó de manera feroz y brillante.2

Al igual que Lévi Strauss, Girard descifra en el mito estructuras comunes, pero mientras el primero las considera el resultado de operaciones puramente mentales  que obedecen a ciertas invariantes —un juego para alumbrar oposiciones, binarismos o isomorfismos como precondición del pensamiento conceptual— el segundo ve en el mito religioso el testimonio adulterado de una crisis de violencia que realmente sucede en comunidades sin instituciones y que involucra a la totalidad de cada uno de sus integrantes y sus representaciones. Se trata de la violencia irradiada a todo el cuerpo social en el que se disuelven todas las diferencias básicas (padres e hijos, lo animal y lo humano, los muertos y los vivos, lo del cielo y lo de la tierra) catapultando a todos contra todos en distintas formas de violencia individual y colectiva. Lo monstruoso es algo común al mito en las religiones primitivas porque, literalmente, encarna la fusión en un solo ente de lo que debiera mantenerse por separado, siendo un síntoma de que las identidades comienzan a oscilar sin control.

Todos los mitos fundacionales hablan de un momento inicial de caos que, para Girard, es el de violencia paroxística desatada cuando todas las diferencias básicas del imaginario social han colapsado. Pero hay un punto en que la atención del colectivo inmerso en la violencia recíproca voltea hacia lo que todavía mantiene un rasgo conspicuo que le distingue de todos los demás —cualquiera que sea éste. Hacia ese punto focal se dirige ahora toda la violencia del colectivo, execrándolo, atribuyéndole las peores de las transgresiones. Se trata de la víctima propiciatoria (chivo expiatorio) a la que se inmola en un acto de violencia y sangre. Sin embargo esa víctima adquiere un carácter dual que sólo en el mito se puede lograr por ser una fusión de contrarios lógicamente excluyentes: se le execra y señala para asesinarla, pero también se le ensalza pues, después del acto climático, del sacrificio, se restaura el orden y con él las distinciones que hacen viable a todo el sistema de representaciones del orden social. Lo anterior pareciera no sólo ser propio de las religiones primitivas: el mismo Jesucristo de los evangelios dice de sí que es un signo de contradicción. Así  los mitos básicamente nos hablan de una crisis de violencia omnipresente en la comunidad de la que todos son cómplices y temen, al mismo tiempo, padecerla y ejercerla; crisis que se resuelve por un linchamiento, por un acto  de violencia  colectiva, climática y focal en el que la crisis se consume y agota. Los ritos recrean ese proceso de crisis, restauración y nacimiento de un orden cultural estable en el que es posible el conflicto sin el asesinato.

El mecanismo clave de la violencia humana es lo que René Girard denomina “deseo mimético” esto es, imitar el deseo de los otros, lo que conduce a los mismos objetos del deseo y con ello a la inevitable disputa. Mientras que el psicoanálisis ve en el deseo una mera pulsión biológica contenida o reprimida por el orden cultural (lo de reprimida es una veta que los posmodernistas explotarán ad nauseam) en tanto que la psicología evolutiva ve en la agresión resabios del proceso de selección natural que se abre paso en el orden cultural, René Girard entiende que el objeto del deseo tiene un prestigio, un aura: es un símbolo en ciernes y eso no es del orden natural sino de la coexistencia específicamente humana. Como ha demostrado los estudios de campo de zoólogos y etólogos, las manadas de lobos obedecen a rígidas estructuras y jerarquías y se castiga al integrante de la manada que las intenta transgredir; pero lo que no se genera en la manada de lobos es simbolización alguna o presimbolización. Así en Girard, mientras más se socializa la imitación más se incrementa la convergencia sobre los mismos objetivos, se intensifica  el aura de los mismos y con ellos las posibilidades de violencia socializada. La convergencia de los deseos genera la crisis pero esa misma convergencia puede restaurarla con el sacrificio de la víctima propiciatoria que da lugar al mito fundacional.  El deseo humano podrá ser en principio pulsión animal pero elevada al cuadrado porque el objeto de deseo tiene un prestigio social en la medida en que los demás también lo codician. Desde esa perspectiva Girard entiende lo infernal que fue en los orígenes de la humanidad el no depender sólo del instinto que catapulta la agresión pero que también la inhibe o desactiva antes de ser cataclísmica para el grupo. La violencia humana no cuenta con esos inhibidores: de ahí el sacrificio del chivo expiatorio, el mito, el rito y la fundación religiosa de los colectivos humanos que así pudieron sobrevivir a sus propios infiernos. Fue la selección cultural que sucedió a la selección natural, sólo que aquí los grupos humanos que sobrevivieron son los que se reconstruyen sobre el mito y el rito: los dos parámetros de lo religioso.

Girard deplora particularmente la fanfarronería posmodernista con toda y su oscura jerigonza autorreferencial que ha permeado el lenguaje de los estudios sociales, culturales, etnográficos y de género no sólo en Francia sino en la mismas universidades estadounidenses, por no hablar de las de América Latina, porque es una fusión de 1) lo que denomina un “nihilismo cognitivo” que postula que el conocimiento positivo de la condición humana es imposible; que sólo hay interpretaciones arbitrarias y que la supuesta validez que alcance alguna sólo encubre relaciones de poder y dominación y 2) por hacer suya la agenda romántica de la transgresión en la que se da por bueno que los deseos transgresores son realmente (esos sí) los deseos de uno (el héroe romántico da por hecho su individuación). Esto lo desarrolló particularmente en su demoledora respuesta al “Anti-Edipo de Deleuze y Guattari,3 quienes, parisinos al fin y al cabo, jugaron con hacer intercambiables las nociones de transgresión y revolución. Resulta fácil ese juego cuando atrás de uno hay seguridades preestablecidas, del mismo modo que uno sospecha que, detrás de cada anarco que arroja un cóctel Molotov, hay alguien que le mantiene y que, por acatar normas y estructuras, se vuelve el objeto del más profundo desprecio del transgresor mantenido, quien se arroga el performance rebelde.

Las víctimas propiciatorias no han sido cosa meramente del pasado remoto. La revolución francesa en la etapa del terror y la continuación de dicha etapa en la revolución bolchevique4 mostraron hasta qué punto degeneraron en linchamientos cada vez más impredecibles e intensos. Durante la histeria estalinista se entró en un proceso de continua renovación de chivos expiatorios, pero sin exorcizar a Estado y sociedad de su dinámica violenta. Los pogromos de fin de siècle y el holocausto perpetrado por los nazis ilustran de una manera aún más contundente cómo se vuelve a restituir en plena modernidad a víctimas propiciatorias que ahora tiene un rostro colectivo, pero que al mismo tiempo ya no es posible sacralizar después de su inmolación para así lograr una conciliación duradera. En la era moderna en vez de mitos que restauran la paz tenemos lo que Girard llama “textos de persecución” y que es lo que nosotros conocemos como ideologías. Bien lo dijera Camus con sarcástica concisión: las ideologías son, básicamente, discursos que postulan que “alguien debe morir”.

Y es que el deseo mimético, altamente socializado, no es sólo una propiedad del capitalismo que lo explota hasta sus últimas consecuencias. Es una propiedad de la modernidad como tal en la que se pierden continuamente identidades, valores y significados por ese flujo de cambio continuo que es el gran mecanismo de indiferenciación. Por algo Marshall Berman tomó para caracterizarla la frase del manifiesto comunista “Todo lo Sólido se Desvanece en el Aire”, frase que celebra más que  condena, del mismo modo que Marx y Engels celebraban una violencia partera de la historia sin comprender realmente de qué estaban hablando.5 El problema, desde luego, es que la modernidad no puede retornar al mito como tampoco parece tener capacidad que instaure uno nuevo que la salve de sí misma.

René Girard nació un 25 de diciembre. No deja de llamar la atención su visión en particular del cristianismo en su contexto de la interpretación del mito y de la fundación religiosa del orden social. Bajo su perspectiva lo que distingue al cristianismo de las religiones primitivas es que en la narrativa de la pasión, por primera vez, se establece la total inocencia de la víctima propiciatoria —algo que ya se prefiguraba, en el antiguo testamento, desde el libro de Job; personaje sin culpa alguna y objeto de todas las desgracias. El Nuevo Testamento pareciera ser una inverosímil condensación de mitos y religiones mistéricas de Egipto, Asia Menor, Babilonia y Persia, pero con una diferencia: al mito de la culpabilidad de la víctima se le cuestiona desde la propia narrativa. La culpa es colectiva y no hay duda de ello. Esa capacidad crítica del proceso mismo que lleva al sacrificio es nueva. Introduce una tensión desconocida en cualquier otra fundación mítica. Quizás por ello Marcel Gauchet ha llamado al cristianismo “La religión de la salida de la religión”:6 la que a su pesar engendró la modernidad y la secularización que comenzó como crítica religiosa (La reforma protestante) hasta autonomizar dicha crítica y adoptar un lenguaje propiamente político.

René Girard además nació en Aviñón, ciudad que fue residencia de siete papas en el siglo XIV (entre ellos Juan XXII y Benedicto XIII). Es irresistible apelar al simbolismo aquí y ver en él a un hijo de la vieja y profunda Francia enfrentado al discurso de los intelectuales de París, sus coqueteos con la revolución y con la última de las transgresiones —cualquiera que sea lo que eso signifique.  Desde esa raíz vindica los viejos métodos del humanismo, la crítica literaria, la exégesis y la hermenéutica para adquirir un conocimiento positivo del hombre sin necesidad de someterse a la emulación servil de las ciencias duras que hoy impera como paradigma de las ciencias sociales y que, el pensamiento económico, ilustra de forma particularmente patética. Por momentos pareciera que hizo suya —pero de una manera programática— la famosa frase de Charles Maurras “Soy católico y soy ateo”. Eso lo llevó a una lectura distinta del rito y del sacrificio, a no descartarlos como monumentos a la irracionalidad pero tampoco a tomarles la palabra: a verlos como una derivación de acontecimientos reales que dicen muchísimo de la realidad social de nuestra especie.

Girard entendió que el mito hace justamente eso, mistificar, pero el error garrafal ha sido desestimar su significado. La tragedia de una religión como el catolicismo y del cristianismo en general fue no sólo olvidar la crítica a la acusación de culpabilidad del chivo expiatorio sumándose en más de una ocasión como parte acusadora (antisemitismo, homofobia) sino arrastrar una narrativa cada vez menos creíble, empero, sólidamente sustentada en los principios básicos de la existencia social. Lo paradójico es que al abjurar de ambas cosas por igual —pareciera decirnos René Girard— tenemos hoy una cultura occidental contemporánea no más esclarecida sino más lejana que nunca de una cabal comprensión de sí misma, pese a la industriosa construcción de todo el instrumental crítico que la diferencia de otras sociedades en los últimos 400 años. Quizás lo que faltaba era una síntesis dialéctica (sí, dialéctica) entre tradición religiosa y pensamiento crítico que trascendiera a ambos. Por momentos, René Girard logró ese imposible.

 

Rodrigo Negrete
Economista, estadístico y ensayista

[Errata: en mi escrito original publicado el jueves 11 de noviembre en el blog  había puesto como fecha del deceso de René Girard el 7 de noviembre, que en realidad, es cuando apareció publicado el obituario en el blog de The Economist.  El 7 de noviembre es una fecha cargada de simbolismo por ser aniversario de la revolución bolchevique. Sin embargo un lector señala que la fecha fue, en realidad, el 4 de noviembre. Releyendo la nota [René Girard, a French-born thinker on faith, culture and war]  ésta dice: “died this week at his home”. Me disculpo por precipitarme hacia lo simbólico de la fecha].


1 Mensonge romantique et vérite romanesque (1961) y Dostoïevski: du doublé à l´ unité (1963).

2 Ver la colección de ensayos “Literatura, mímesis, y antropología”, Gedisa, Barcelona, 1984.

3 Op. Cit. ver el ensayo con el sugestivo título: “El delirio como sistema”.

4 No deja ser interesante que en ambas revoluciones —en el caso de la francesa en particular después de la ejecución de María Antonieta y en el caso de la bolchevique, de toda la familia real— el ciclo de terror en vez de frenarse realmente comienza a partir de esas ejecuciones climáticas. Exactamente lo inverso de lo que sucede en una sociedad prepolítica.

5 El poeta británico Robert Conquest —quien fuera el primero en occidente en realizar indagación archivística y recolectar testimonios sobre el terror bolchevique y la colectivización forzosa formuló lo que ahora se conoce como la primera ley de Conquest para los historiadores: se es inevitablemente reaccionario cuando uno sabe de lo que está hablando. Dictum con dedicatoria al historiador marxista E.H. Carr.

6 Marcel Gauchet, “El Desencantamiento del Mundo: un historia política de la religión” Ed. Trotta/Universidad de Granada, 2005 (la primera edición francesa es de 1985).

 

7 comentarios en “René Girard o la crítica a la ceguera moderna frente al mal

    • Tienes razón Alfonso. Ya verifiqué e incorporé la Errata en el texto. Gracias por la observación.

  1. El autor del artículo, parece pasar por alto, el que Girard es ante todo, un pensador Católico, que en una etapa, abandonó por entero su fé, y a los 35 años, volvió de lleno a la misma.
    Si esto lo hubiese considerado el articulista, habría entendido con mayor claridad y con menos recursos retóricos lo siguiente:
    1.- El Dios Cristiano, un Hombre real, históricamente ubicable y reconocible, enseña que el deseo mimético y su gestión mediante la ejecución de inocentes es perversidad.
    La víctima, que es al mismo tiempo DIOS, y que por lo tanto no es un culpable como en la sacralización de lo falso, sino que es de origen, inocente, muriendo y RESUSITANDO, es el UNICO referente, que puede ser no solo evocado sino invocado para realmente superar la condición humana de la esclavitud violenta. Para Girard, y me parece que esto no lo entendió el articulista, Si hay un ser real, no mítico, que hace posible por su sacrificio voluntariamente aceptado, la posibilidad del restablecimiento del orden, querido y diseñado por Dios.
    Es evidente que el autor no entendió o no leyó a Girard; cuando afirma que las religiones organizadas, ya dieron de si :_ la Propuesta de Girard, corre por el carril contrario de manera palmaria, y es el buscar el referente mimético en Dios, en un Dios vivo, y no en las soluciones chatas obscuras y siempre cortas, de las propuestas ideológicas humanas, Para Girard desde luego el Cristo de la Iglesia, por supuesto NO HA DADO DE SI.
    El autor se queda cortísimo pues solo habla de un restablecimiento de “una normalidad” que derive del tracender de la tradición religiosa y el pensamiento crítico y que se obtenga químicamente puro, un razonamiento tracendente; Girard nuna propuso eso, en todo caso esta es la postura del autor del artículo. no la propuesta de René Girard que es muy otra, La imitación de Cristo mismo, que por lo demás nunca será real y verdadera y útil, si no se hace desde un riguroso punto de vista crítico.
    2.- Después de Cristo, desde el punto de vista cultural y sociológico, los trucos de chivo expiatorio para “pacificar” a las sociedades, ya no funcionan mas.
    La Ilustración, fue y es en su actualización ideológica ( Marxismo, Nazismo, Freudismo, Nihilismo, Gnosticismo y demás desperdicios intelectuales y prácticos) un gran salto hacia atrás en la historia de la humanidad, al querer negar la existencia de Dios, Crean un ente; el Estado, y una pseudociencia; la razón pura, como los nuevos dioses que deben ser sacralizados adorados y que en si mismos ofrecen lo que nunca han logrado, reducir la violencia mimética; por el contrario, Los hijos bastardos de la madre Ilustración, lo han exacerbado todo.

    3.- Haber entendido a Girard, sería haber entendido la proyección de la lógica de su pensamiento y que se resume en un solo y simple argumento; O mas Cristo, o mas Guerra Punto.
    Girard al repasar el Libro del Apocalipsis de lo que da cuenta en su libro, Battling to the End, reflexiona sobre la guerra en la modernidad y la guerra que viene, y en esta, desde luego, no es Dios quién castigará a los hombres sino que serán estos los que se destruirán entre ellos mismos SI NO ASUMEN UN MODELO DE HUMILDAD Y SANTIDAD DE CRISTO, a quién siguiendo a Girard, debemos imitar.
    El deseo mimético, esto no lo alcanza a entender el articulista y por lo tanto, no lo puede exponer es decir no da el salto al que lo convoca Girard, es reconocer, que el deseo mimético no es malo si imitamos a Cristo y a los que con el se identifican, , esto mas la voluntad de no doblegarse a los falsos ídolos; El Estado El Mercado, Transigir con el sacrificio de los inocentes, todo esto da esperanza al ser humano, una Esperanza Real, Inteligente, Razonable y alcanzable,

    Nota; El Padre Capuchino Raniero Cantalamesa en sus predicaciones de adviento de 2014 para la Casa Pontificia, en la que participó por supuesto, el papa Francisco, pasó a explicar el significado de la Cruz y el sacrificio de Cristo para reconstruir la paz entre los hombres recurriendo para ello en las ideas del filósofo y antropólogo católico francés René Girard.

    • Antes de lanzar tus tiradas de catecismo y afirmar que el autor no ha leído a Girard, debiste haberte tomado la molestia de leer la introducción que hacer Girard en “Veo a Satán caer como el relámpago” (Anagrama, Barcelona, 1999). En verdad debiste leer eso en vez de lanzarte al ruedo como kamikaze.

      • Yo leo libros, no prólogos.- Voy directamente al autor; no a lo que opinan los de mi querencia sobre un tema.-

        • A ver si entendí bien, criticas al autor porque según tú no ha leído a Girard y ahora tu reconoces que no has leído un texto relevante de Girard. No sólo eres incoherente, sino que por añadidura eres un pedante incoherente.. .
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