Estimado Jesús Ortega Martínez:

Le agradezco su comentario a mi escrito sobre el vaciamiento de la democracia mexicana. Lo lee usted como una receta del desaliento. No sé si lo sea pero dudo que el propósito de la crítica sea excitar el optimismo.

04-vaciamiento

El título que le ha dado a su comentario es revelador: cree usted que, frente a mi ensayo, es necesario salir en defensa del sistema de partidos y del reformismo. Le confieso que no me reconozco en el retrato que me ha hecho: enemigo de los partidos y promotor de la ruptura. ¿Puede leerse mi apunte de esa manera? Francamente dudo que pueda haber una interpretación tan flexible que pudiera ubicarme como ilusionado con la abolición de los mediadores y la instauración de un adoratorio a la personalidad de un caudillo. Tampoco creo que pueda ubicárseme como un radical que quiere el estallido para empezar desde cero. Lo que pretendo advertir es otra cosa: la perversión de la democracia mexicana y la responsabilidad que en ella tienen nuestros partidos. En esa degeneración pueden verse dos tiempos: uno lento, a partir de 1997, durante el cual los partidos fracasaron en la fundación de una política fundada en los equilibrios y la legalidad; y uno acelerado, a partir del gobierno de Peña Nieto en donde las coincidencias con el proyecto reformista llevaron a la desatención de las responsabilidades opositoras. Digo equilibrio porque creo que los extremos del antagonismo y el consenso son vicios de una democracia liberal.

Dice usted que el Partido de la Revolución Democrática ha sido, en tiempos recientes, un agente de crítica. Discrepo. Si el PRD hubiera mantenido con el gobierno federal el tono polémico que sostiene cotidianamente con Morena y su amo, se habría sostenido esa responsabilidad. No lo he escuchado en los últimos tres años. La obsesión del PRD ha sido distanciarse de su antiguo candidato y ello ha implicado el abandono de sus deberes de contraste frente al gobierno federal. Su reacción frente a la corrupción priista ha sido extraordinariamente tímida, casi cómplice. Nadie defendió con tanto empeño al presidente tras el escándalo de conflicto de interés que representa la casa de su esposa como quien fuera coordinador de los diputados perredistas. Fue él —no el presidente del PRI— quien declaró que las revelaciones periodísticas eran “¡un intento por desestabilizar al gobierno mexicano!” No lo molesten; son cuestiones personales, dijo. Francamente no puede tomarse en serio el compromiso del PRD contra la corrupción.

No simplifica usted mi argumento, lo falsea. Es absurdo sugerir que critico el acuerdo y que, en realidad, deseo la agudización de las contradicciones. Lanza usted contra mí, dardos de otra polémica. No cuestiono la aparición de las coincidencias. Denuncio sus costos. ¿Hay algún indicio de que quisiera yo desaparecer a los partidos políticos? Lo que cuestiono es su colusión, su complicidad, la degeneración de un sistema competitivo en cártel. Lo que hay que desmontar es el proceso de mimetización de todos los partidos con las prácticas del antiguo partido hegemónico. Aquí no me refiero simplemente al proceso reciente y visible de coincidencias bajo el Pacto por México. Me refiero a la adopción de buena parte de los vicios autocráticos y corruptos del PRI: su clientelismo, su apoyo a las peores estructuras corporativas, el empleo de los recursos públicos para beneficio de sus dirigentes, su opacidad. ¿Podría usted sostener que el partido que su grupo ha dirigido desde hace lustros está, realmente, libre de estos vicios? ¿No sería saludable un miligramo de autocrítica frente al descrédito de los partidos? ¿De veras cree usted que denunciar el mimetismo de esa izquierda es respaldar una vía autoritaria?

Agradezco sinceramente su comentario y su reflexión. Aprecio que se haya detenido en mi apunte para exponer su idea de la circunstancia mexicana. Lamentablemente, creo que su defensa de los partidos y del reformismo son el refrito de otra discusión. No abogo, ni remotamente, por el estallido ni por la quema de los partidos en la pira de un caudillo. Creo simplemente que la democracia que hemos construido se está quedando hueca: si los partidos son las piezas fundamentales de la competencia, deben asumir la complejidad de su tarea.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez

 

4 comentarios en “Respuesta a Jesús Ortega

  1. Brillante exposición. Sin duda, la percepción que en particular tienen el Sr. Ortega y su fracción es equidistante de lo que una democracia liberal representa. Su argumento es endeble (Jesús Ortega), ya que al llamarlo radical, no percibe que un factor fundamental en las democracias son los pesos/contrapesos. Ellos permiten que la colusión y el fraude generalizado en el que se mimetizan no se perpetren. Sin embargo, los incentivos negativos (impunidad, falta de transparencia, ausencia de rendición de cuentas y corrupción) generan vicios sistémicos que hacen de los partidos y nuestra transición (sí, todavía) a la democracia un sueño incipiente. Finalmente, si yo fuese él, pensaría un ciento de veces una crítica hacia usted, ya que siendo tan limitado, al menos hubiese pedido ayuda para criticarle … “sin duda con el fin de exaltar su optimismo”. Fue elocuente y elegante. Felicidades!

  2. El señor Ortega juega al bombero pirómano, con sus argumentos proporciona más elementos que lo lapidan a él y a su partido, sí, su partido, porque en eso se han convertido los partidos políticos en México, cotos de poder tomados por mercenarios, lo que los mantiene muy alejados de su razón de ser. Como buenos mercenarios se suman a las causas que más les conviene, sembrando el desánimo y la desesperanza de quién en ellos creyeron, son estos corsarios de la política quienes han debilitado nuestra incipiente democracia. Claro que todo es relativo, las cosas se ven de manera muy distinta según donde nos encontremos ubicados.

  3. El PRD ha buscado presentarse como una izquierda moderada y constructiva, a la usanza de los partidos socialdemócratas europeos. Pero apunta bien Silva-Herzog: esa fachada la han construido Jesús Ortega y compañía, a base de un malentendido antagonismo con López Obrador y sus feligreses, olvidando el papel fundamental de la oposición de cuestionar el gobierno en turno. La defensa que hizo Aureoles de Peña Nieto no fue un hecho aislado, sino el símbolo último de la sumisión –y colusión– del PRD con el gobierno federal. Ortega, sin voluntad para hacer una reflexión sobre la colusión de su partido con el PRI, pretende ahora presentar la actitud del PRD como un resultado natural de la democratización del estado mexicano y, por ende, interpreta las críticas a su corriente como críticas a la democracia; el argumento raya en lo ridículo.

  4. El señor Jesús Ortega Martínez ha hecho de la política el más grande un negocio de su vida, mucho de su carácter mercenario lo heredó de su ex patrón Rafael Aguilar Talamantes, por eso a nadie debe sorprender que su partido, el PRD de los chuchos, sea un aliado más del sistema priista, como en su momento lo fue el desaparecido Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (PFCRN). Lástima que Agustín Basave Benítez se haya prestado al juego engatusador de los chuchos, y digo lástima porque su imagen era distinta. El ex priista y ex colosista seguirá, a pie juntillas, la línea gobiernista que mucho poder y dinero ha dado a los dueños del perredismo. Ni por casualidad haría una propuesta en el Congreso para revertir la miscelánea fiscal que junto con el PRI aprobó la camarilla de Silvano Aureoles, conocido en San Lázaro como “PRIlvano”.