“Porfirio Díaz muere en el exilio en París —Gobernante de México por 30 años muere calladamente en el modesto apartamento en que vivía NO FRIENDS AT BEDSIDE—. Esposa, hijo y nuera sus únicos acompañantes” (The New York Times, 3 de julio de 1915). Díaz había muerto en París la tarde del 2 de julio y los diarios del mundo hacían eco de la noticia, la cual robaba espacio a los reportes de guerra en Europa, Rusia y México. No era sólo que había muerto otro caudillo tropical, era que se les moría una era y, entre el polvo y humo del derrumbe, la prensa mundial, con nostalgia, por momentos vislumbraba el porte de esa estabilidad señorial, de esa apostura de “para siempre” tan de los retratos del emperador austrohúngaro Francisco José o de Otto von Bismarck o de la reina Victoria… o de Porfirio Díaz. Y el hueserío de todos éstos fue objeto de culto y discusión en las respectivas historiografías, así como las reliquias en las historias de santos y parroquias.

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Por una semana The New York Times dio pormenor del destino de los huesos del viejo dictador, del final solitario, del entierro en la iglesia de Saint-Honoré l’Eylau (tiempo después los restos fueron llevados al cementerio de Montparnasse). Parece ser que el viejo ex aliado de Juárez, con la mortaja, volvió a sus tiempos de ex seminarista, pedía confesión y, dice Martín Luis Guzmán, recibió “la bendición apostólica”. Con el paso de los días la prensa estadunidense reportó los intentos de repatriación de los restos de Díaz —vía Estados Unidos—. Circuló en los periódicos un telegrama de Victoriano Huerta que pedía la repatriación del cadáver de Don Porfirio: “Díaz cometió errores, por supuesto, pero el bien que hizo le ha ganado ser clasificado de gran hombre, de genio… El pueblo mexicano debe regresar sus restos a descansar en tierra natal”. The Washington Post no dijo menos: “su recuerdo será venerado por todo México y se le erigirán memoriales en todas las ciudades que él ayudó a florecer y ser prósperas”. En Barcelona La Vanguardia publicó el largo obituario de José Esgofet que concluía: “‘¿Y á eso le llamaban la libertad? —pensaría el caudillo en sus últimos momentos—. Pues antes de que eso llegue me voy’. Y se fue, se murió en el momento más oportuno. De Méjico había huido por no ver; del mundo se marcha por no oír. Era un hombre extraordinario, cuya vida está llena de aciertos… no vino la muerte á sorprenderle: él acertó á morirse”. ¡Hasta la muerte fue en él un acierto!

Eso para el mundo. Para México, Díaz hubiera acertado más si se hubiera gusanado a tiempo: después de hacer algo de lo grande que hizo, pero antes de hacer nada más. Suena a despropósito, pero era así: para el mundo Díaz tenía aura de estadista, el único mexicano que alcanzó tal fama en el siglo XIX. Simple ignorancia de la prensa internacional, sin duda, pero no porque sea menos la de la historia patria que aprendimos en la escuela. Díaz tenía tal reputación no obstante la mala prensa mexicana o las ácidas críticas publicadas por el influyente Muckraker journalism de Estados Unidos —J. K. Turner, por ejemplo—. Porque para 1915 a la figura de Díaz, como a la de la reina Victoria o a la del emperador Francisco José, se adhería un entendimiento sobre el tiempo y la historia: el culto al progreso y el orden después de décadas de guerras, la nostalgia por un periodo de estabilidad mundial, de ferrocarriles y comercio internacional, de tratados de paz y equilibrio de poder, de mano dura pero sensible, de devoción, pero también de miedo a la democracia. Y Díaz más personaba todo aquello porque era visto como un Bismarck, sí, pero en la jungla —la admiración a Díaz tenía mucho de racismo (Díaz: lo que los tropicales pueden dar at their best, lo que se merecen)—. Pero la muerte de Díaz en 1915 hacía más memorable la era que se sabía perdida, esa que más brillaba en la oscuridad de las trincheras europeas, las revoluciones en México, Portugal o Rusia, la debacle del viejo imperio otomano, la caída del imperio austrohúngaro y la violencia obrera en las grandes ciudades. Sin embargo, de nostalgia, me temo, vive la reputación de próceres menos tropicales; para fines del siglo XX, Antonio Cánovas del Castillo o Porfirio Díaz ya eran olvido del mundo, en tanto que el emperador Francisco José, el ingrato hermano de Maximiliano, la nostalgia lo hace parecer más grande cada día.

La prensa internacional que cubrió la muerte de Don Porfirio mal predijo la manera en que Díaz sería recordado en México. Nada de monumentos ni dulces recuerdos, antes bien, a cada tanto resurge la controversia de los huesos del dictador, ésos que, ajenos y calmos, se pudren en Montparnasse. Y sigue siendo un lugar común afirmar que Díaz es ora el héroe incomprendido ora el antihéroe esencial de la historia patria. Ha habido y habrá torcida para ambos bandos. Un duelo de sombras, creo. Díaz, en verdad, ya tiene su lugar en la historiografía, ya impuso en la posteridad lo que cualquier gran personaje histórico puede esperar, a saber, de todo, y en constante recalibrar, menos indiferencia.

Cualquiera que ha examinado a Díaz y su era desde la investigación seria no ha conocido ni el odio ni el amor absolutos y ha dejado escrito esto: “sí pero no, no pero sí”. Alrededor de Díaz, en la buena y vasta historiografía, todo es discusión, duda, ambigüedad. Por descontado que no es de libros de texto, estadunidenses o mexicanos, que hablo cuando digo que no es necesaria la calavera para tener a Díaz en el lugar que le corresponde en la historia nacional. Ya lo tiene, sólo hay que releer, en cada nuevo presente, los muy distintos puntos de vista de Ricardo García Granados, Francisco I. Madero, Francisco Bulnes, Andrés Molina Enríquez, José C. Valadés, Daniel Cosío Villegas, Luis González, Friedrich Katz o Enrique Krauze, entre otros muchos. Ahí están ya los colores para pintar al Díaz que requiere nuestro presente.

Díaz no cuenta aún con una biografía más o menos definitiva (ojo: es sólo mi opinión), pero si se trata de sentir, de hacer sentir el peso de Díaz y lo que él significa en el presente, creo que tenemos lo necesario en la buena historiografía del porfiriato. Algunos historiadores de Díaz y su era fueron porfiristas de bandera desplegada, otro fue antiporfirista en armas, la mayoría quería odiarlo y al estudiar al viejo y su régimen no le levantaron monumento —la buena historia comienza a respirar en los archivos y su certificado de asfixia es el monumento—. La historiografía ha revelado lo más cercano que tiene la historia nacional a un juicio historiográfico que, cuando riguroso, siempre mezcla admiración y repulsión, moral y pragmatismo, respeto y condena. Ante Hidalgo o Iturbide, simples trasuntos, no escasearon pasiones que los hicieran héroes o antihéroes. También con Díaz, pero el personaje y su obra se impusieron a las pasiones en lo mejor de la historiografía de una u otra tendencia; los buenos historiadores que lo amaban no dejaron de señalar errores, crímenes; los empeñados en odiarlo, dejaron volúmenes de evidencias de su forjar Estado y nación.

Eso sí, Díaz era bueno para maicear intelectuales y no es de sorprender las muchas biografías laudatorias de publicistas a sueldo, como la de J. Godoy o la del editor catalán Santiago Ballescà, a quien el régimen encargó las grandes publicaciones oficiales. Entre 1880 y 1915 se publicaron más de 250 libros dedicados a Díaz, en español, en francés, en inglés o en alemán, la gran mayoría laudatorios. Pero Díaz no podía, ni falta que hacía, maicear y controlar su imagen en el mundo.

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A partir de 1908 empiezan a surgir balances del hombre y su obra. Antes de los dos primeros estudios importantes de Díaz y su régimen —el de Ricardo García Granados (Historia de México desde la restauración de la república en 1867 hasta la caída de Porfirio Díaz, primera edición de 1918), y el de Francisco Bulnes (El verdadero Díaz y la Revolución, 1920)— se publicaron los más influyentes cierres de caja del porfiriato: La sucesión presidencial en 1910 (1908) de Francisco I. Madero y Los grandes problemas nacionales (1909) de Andrés Molina Enríquez; el primero, un libro que, queriéndose antiporfirista, resultó ser el primer reconocimiento desapasionado del hombre y su obra. El reclamo básico de Madero ante Díaz eran las últimas reelecciones, la incapacidad de compartir el poder en un juego electoral más abierto. El de Molina Enríquez fue un libro que sin ambages afirmó lo funcional que había sido el porfirismo, añadiendo, porfiristamente, lo que a su entender debería seguir: un pueblo, una nación y un Estado mestizos. Para principios de la década de 1940 José C. Valadés, un periodista e historiador de sólidas credenciales revolucionarias, publica la primera seria, muy seria, historia del régimen de Díaz (El Porfirismo: historia de un régimen, 1941-48). Se trata de una impresionante investigación que denuncia matanzas y represiones pero también resalta el crecimiento económico, la estabilidad, la astucia política de Porfirio Díaz, las verdaderas opciones a las que Díaz se enfrentó.

Por su parte, don Daniel Cosío Villegas y su equipo alrededor de la Historia moderna de México dedicaron varios tomos al porfiriato. Don Daniel llamó al periodo, no sin asco, el “necesariato” y después de varios volúmenes no le quedó más que confesar su ambivalencia ante el régimen. No ocultó su admiración a Lerdo de Tejada o a José María Iglesias, al menos por el apego a la legalidad, pero a punto y seguido escribió: “sin embargo, el gran delito del que finalmente se le acusaba [a Lerdo] era no haber mantenido la paz que tanto ansiaba el país”. Para Cosío Villegas el golpe de Díaz en 1876 significó que “por la primera vez en los diez años de la república restaurada, una revuelta había triunfado, por la primera vez, también, había caído un gobierno legítimo”. Y, dice Cosío, si bien Díaz no aceptó la constitucionalidad que le ofrecía Iglesias, “Lerdo e Iglesias también son anticonstitucionales. Iglesias había prescindido del título de presidente de la república al abandonar México”. Y así por varios tomos. Para fines del siglo XX, Enrique Krauze caía en los mismos tonos matizados de Don Daniel y en Krauze el “místico de la autoridad”, Díaz, resulta ser el estratega que hace mucho bien y mucho mal al país. En fin, la historiografía, la buena, nos lega esta imagen: ante Díaz, ¡precaución!, no se deje al alcance de los niños, trátese con cuidado, tiene tanto de terrible como de admirable. En fin, se trata de nuestro único personaje, importante, no ignorable, de historia de carne y hueso. ¿Por qué?

Porque Díaz apersona las certezas, también las dudas, los ideales, también el pragmatismo, que aún nos tocan en el siglo XXI: democracia, desigualdad, paz/justicia y la posibilidad de virtud personal en la política. Y en casi todo esto, la buena historia nos dice, Don Porfirio cuenta y no queda más que re-conocerlo, esto es, volverlo a conocer.

 

La ironía no tiene límites: el antihéroe indiscutible de décadas de libros de texto producidos por un régimen antidemocrático fue Porfirio Díaz y por antidemocrático, por reelegirse, por mentir, por mantener a balazos un orden afrancesado en contra del verdadero pueblo democrático. Pero el héroe impoluto de esos libros de texto era Benito Juárez, como decía Bulnes, el intransigente, el héroe de la guerra contra el imperio pero incapaz en la reconciliación, como Sebastián Lerdo de Tejada, del que, decía Valadés, no sabía ni superar ni perdonar a sus enemigos. Pero Díaz era un Juárez más adecuado a los tiempos, capaz de tranzar y reconciliar. Era tan oaxaqueño como Don Benito —de hecho, nunca pudo ganar la presidencia a balazos hasta que la muerte de Don Benito hizo posible que los aguerridos y armados serranos de Oaxaca le otorgaran su apoyo, y desde Tuxtepec Díaz conquistó el poder en 1876—. Díaz era tan héroe militar o más que Juárez contra el mariscal francés Achille Bazaine —el cobarde por excelencia en la historia francesa por su papel en la guerra franco-prusiana (1870-71), el mismo que acusó a Díaz de faltar a su promesa de unirse a las tropas imperiales (un pícaro en la guerra, así era Díaz)—. Más ironía: la heroicidad de Juárez que repetían los libros de texto de la Secretaría de Educación Pública había sido patrocinada por Porfirio Díaz y Vicente Riva Palacio. Pero de democrático poco, Díaz o Juárez. Díaz, pues, villano, por antidemocrático.

Sin embargo, al analizar con cuidado al hombre y su régimen los historiadores, los buenos, algunos liberales y demócratas, otros no tanto, encontraron tres cosas que no disculpaban al personaje pero que lo hacían mucho más huidizo al juicio moral. Primero, que el régimen fue militantemente una política no democrática de reconciliación. Se mataron enemigos, pero sobre todo se logró la reconciliación, no democrática, incluso en contra de las leyes de Reforma y de la Constitución, con todo tipo de grupos y facciones, con la iglesia, con Estados Unidos, con Francia. Ninguno de los historiadores clásicos del régimen deja de reconocer que por medios no democráticos se llegó a la reconciliación que México no había conocido a lo largo de su vida independiente, pero para algunos eran medios sucios para llegar a fines buenos, incluso democráticos; para otros, eran porquerías que destruían la pequeñita semilla liberal-democrática que había plantado la república restaurada y que esclavizaban a México al estallido violento, tarde o temprano.

Segundo, los historiadores constatan que Díaz mantuvo siempre la aspiración democrática, sosteniendo elecciones a todos los niveles por 30 años, incluyendo un cambio en el Ejecutivo —amañado y horrible— en 1880. Valadés decía que las elecciones porfirianas no eran un ejercicio democrático sino una importante consulta política. Madero, como Limantour en el exilio, sostenía que si tan sólo Díaz se hubiera ido en 1906 su heroicidad hubiera estado a salvo. Finalmente, las historias revelan que la democracia como tal, en México o en el mundo, hasta bien entrado el siglo XX, no había sido más que variaciones de la versión porfiriana: un ideal y un terror que había que controlar; esto es, democracia: ideal, peligro.

Díaz fue contemporáneo de la lucha por la democracia en Estados Unidos que hasta antes de la guerra civil, con esclavitud y fraude generalizado en el norte, difícilmente podía ser más que ese ideal peligroso. La cruzada populista en la década de 1890 y la de T. D. Roosevelt en contra del poder económico en las instituciones estadunidenses eran la aspiración democrática que justamente en las elecciones de 1876 fue derrotada por el miedo intrínseco a toda consideración de la democracia en el siglo XIX. Lo que hoy reconocemos como democracia electoral fue pospuesta en Estados Unidos hasta la década de 1960 a través del convenio de 1877 que hizo posible que Estados Unidos no se embarcara en otra guerra civil, aunque ello significara un porfirismo regional, en el sur, y otro local en el norte (Chicago, Boston). El ideal/peligro de la democracia explican que Roosevelt intentara una difícil reelección y dijera de Díaz “es el más grande hombre de Estado hoy vivo y ha hecho por su país lo que ningún otro hombre vivo ha hecho por ningún otro país, y esta es la prueba suprema del valor del sentido de Estado (statemanship)”. 

Díaz también fue contemporáneo de las complicadas, y limitadas, reformas electorales de Gladstone y Disraeli en el Reino Unido que hasta entonces había mantenido un régimen no de igualdad democrática sino de reparto de privilegios en la aceptada y deseada desigualdad. Disraeli lo decía en las discusiones que a fines del siglo XIX produjeron la primera gran ciudadanización de los súbditos británicos: “No vivimos, sin embargo —y confío que nunca será el destino de este país vivir—, bajo una democracia”. También Díaz llegó al poder al mismo tiempo que la Restauración española con su régimen de turnos pacíficos entre partidos, comandado por muchos años por Cánovas del Castillo (un Don Porfirio español o al revés, Porfirio un Cánovas mexicano). Es decir, Don Porfirio se revela a los historiadores no como un ejemplo de porquería para el mundo, sino como un ejemplo del mundo porquería en México. De ahí que la relectura de la historiografía clásica revele un Díaz a veces necesario otras abusivo, a ratos indispensable, a ratos simplemente como lo que había, en México o en el mundo.

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Fue la paz, más que la democracia o que la represión à la Franco o à la Stalin, la que mantuvo al régimen y sirvió de principal moneda de cambio en el mercado político, no sólo en el porfiriato sino en la Gilded Age norteamericana, en la España canoviana, en la Tercera República francesa o en la Argentina seudodemocrática de fines del siglo XIX. Y ante esa paz la historiografía no pudo más que matizarla.

La frase “pax porfiriana” es más mito por lo que el latinazgo quería denunciar (falsedad), que por lo inexistente que fue. Es decir, es más mito creer que entre 1870 y 1920 la paz eterna kantiana fuera, uno, posible y, dos, apreciada, es más mito que el hecho de que la pax porfiriana no fue una pacificación sin precedente en la historia del México independiente. Para 1884 Porfirio Díaz quería decir paz, y de eso no había duda, no porque hubiera paz, no, sino porque lo que se entendía por paz tenía visos de existencia. La paz interna no significaba la no represión, dura, de maleantes, enemigos o periodistas —cinco, dice Bulnes, que pagaron con su vida—. La paz significaba limpiar de cuatreros los caminos, evitar rebeliones y ejercitar la violencia dura y selectiva contra los yaquis o mayas o ahí donde se ofreciera. Cualquier historia regional del periodo entre 1870 y 1910 revela que el campo era endémicamente violento y que a partir de 1880, de alguna manera, pueblos, ciudades y caminos se pacificaron. Incluso las historias de la guerra de castas o de los yaquis hablan de que con Díaz se pacificaron muchas regiones antes en guerra. La explicación es siempre la violencia de Don Porfirio. El problema es que violencia siempre hubo y nunca antes se pacificaron. Lo que los historiadores empiezan a ver en esas historias regionales es que la horrorosa democracia porfiriana formaba clientelismo, repartía paz, dineros y palos, y lograba una o dos décadas de paz; siempre sin poder desarmar a los enemigos, siempre un “mientras tanto”. Decía Bulnes que Díaz intentó desarmar a los serranos de todas partes, pero no pudo y dejó 300 mil hombres armados por todo el territorio, frente a los 22 mil soldados del ejército regular y los dos mil rurales. La paz porfiriana para los porfirianos y antiporfirianos del momento, no fue un engaño; fue una endeble negociación cuya durabilidad la hacía más deseable pero no menos vulnerable. Don Porfirio, pues, aparece como una difícil paz que permitió la inversión hasta entonces desconocida en ferrocarriles, comercio internacional, desarrollo urbano, inclusive crecimiento demográfico, datos que no pasan desapercibidos al ojo del historiador.

Pero además, como mostró Cosío Villegas, Díaz resultó ser un hábil estratega internacional en tiempos difíciles para una nación que había sufrido medio siglo de invasiones y ataques imperiales de todo jaez. Resulta que Díaz estuvo al borde de la guerra contra Estados Unidos y Guatemala en varias ocasiones, pero supo mantener el balance más o menos honroso. No hay historia en que Díaz no aparezca en escena como un simple guerrillero astuto y ambicioso, de relativa baja estirpe (ex seminarista, sabía leer y escribir, sabía latín), un guerrillero que recibe de los juaristas de Juchitán, en una caja, o en una mula, el cuerpo de su hermano Félix, con signos de tortura y mutilado —los muy delicados juchitecos se ensañaron con él sólo porque les había quemado el pueblo y lazado y arrastrado al santo patrón del pueblo—. Una escena después, Díaz ya ha pactado con los asesinos de su hermano (1876). Para el segundo acto, el personaje se ha “afrancesado” con su última esposa, hija de la elite mexicana, y empieza a ser un actor a todo color en el drama de la historiografía mexicana: un militar que sabe mantener la calma y parsimonia para dejar salir al barón de Magnus de la ciudad de México para servir en la defensa de Maximiliano en el sumario juicio de Querétaro; un militar que intenta, cual caudillo decimonónico, derrotar a Juárez, para luego usurpar la legalidad ante Iglesias —que, decía Valadés, no sabía que la gente vivía “aconstitucionalmente”—. Para el final de la obra, Díaz también es el estratega que está en Brownsville, Texas, en 1876 comprando armas y negociando el apoyo texano, o negociando en Washington, a través de hábiles asesores, para calmar los impulsos imperiales de la admiración Hayes, y luego aparece recibiendo en la ciudad de México, cual gran señor y en santa paz, al ex oficial de las tropas invasoras norteamericanas, al ex presidente Ulysses Grant, al tiempo que controla las reivindicaciones territoriales de Justo Rufino Barrios en Guatemala sin ir a la guerra. Cuando el telón cae, la figura de Díaz es la de un adusto viejo vestido de militar, símbolo de gobierno, Estado y nación, cargado de las condecoraciones de urbe et orbi. Todo esto ¿fue una farsa o un gran drama? Hay para caer en ambos calificativos.

En el exilio, Don Porfirio recibió entusiastas ofertas para radicarse, de Alfonso XIII en España, del káiser alemán, de la república francesa; permaneció en París. Era un reconocido sobreviviente de la cochina paz que el mundo había mantenido entre la guerra franco-prusiana (1871) y la Primera Guerra Mundial. Aunque fuera un mito su pobreza en el exilio —bastantes amigos y buenos y ricos había hecho en 30 años de poder—, la historiografía no puede concluir que fue un ostentoso, un caudillo tropical vendido a los gringos o a los franceses. Decía Valadés que el porfiriato en efecto fue una fiebre de contratos a extranjeros (sobre todo mineros y ferrocarrileros), pero que no había otra opción. Y Bulnes sostenía lo que la historiografía más reciente ha comprobado: que las compañías ferrocarrileras estadunidenses perdieron más de lo que ganaron. Díaz, pues, con su pax se impuso en la historia como uno de los generales de la paz que el mundo añoraba en el París de su muerte, el de 1915.

 

Porfirio Díaz no ha logrado entrar en ninguna historia como un gran maestro de la redistribución y la justicia social. Pero ésa, en México, es una historia casi sin escenas, casi sin personajes. Su política de tierras favoreció la concentración en ciertas partes (el norte) y pospuso día a día los problemas de tierras con negociaciones de un mes o de una década, aplicando a discreción las leyes de Reforma, o con la amenaza de la represión o con los asesinatos entre caciques locales en las regiones donde la tierra había estado en disputa desde la Colonia. Lo que la historiografía más reciente revela es algo que la historiografía clásica ve pero no acierta a nombrar: la debilidad de Díaz, eso es lo que lo llevaba a negociar, no la virtud cívica.

Su política de educación creó cuadros de maestros y universitarios cuya importancia nunca superó los confines de las principales zonas urbanas. Pero la ciudad de México volvió a ser una gran ciudad letrada, como no había sido desde el siglo XVIII. El ejercicio de la justicia era discrecional pero existente, una amplia burocracia judicial hacía las de amortiguador de conflictos sociales, siempre discrecionalmente. Valían más los acuerdos personales entre grupos locales y nacionales que la ley y la justicia. Esto revela la mejor historiografía: un Díaz cual duro pero austero rey medieval al que todas las facciones recurrían en última instancia. La edad, las fallas de memoria, fue el principal enemigo de ese sistema diseñado para regir al país como un rancho de varias familias pero que, por su propio éxito en estabilidad y desarrollo, estaba creando una política de masas.

La historiografía también denuncia el afrancesamiento de Díaz y su régimen. En realidad eso quiere decir dos cosas, las dos reales y bien documentadas: la modernización y el acatrinamiento. Lo primero, cultural o económicamente, es siempre un beso envenenado en la historia, no importa si lo que se moderniza es el sur rural de Estados Unidos o Cataluña, Turquía o Japón, siempre produce el mismo relato: la defensa de algo auténtico y real, de alguna manera bueno y comunitario, y el rechazo de lo falso, industrial, cosmopolita, usurero, francés, americano, occidental. El traído y llevado afrancesamiento, lo he repetido hasta el cansancio, no era un querer ser francés, sino moderno, y el porfiriato no lo logró —como decía Turner— pero para 1910 el país era más moderno que nunca antes. Nada que hacer. Si Díaz hubiera instituido la democracia y el Estado de bienestar, digamos, de un país europeo del siglo XX, de cualquier forma hubiéramos tenido el pleito por el afrancesamiento. El acatrinamiento, eso sí que la historiografía no se lo ha perdonado, y no es de perdonar; antes bien, es de tomar lección: cuidado, andamos por las mismas.

A partir de la década de 1890, por la edad o por su dependencia en los nuevos cuadros tecnócratas que el porfiriato mismo había creado, Don Porfirio dejó caer el comando de la cultura nacional, e incluso de la política, en manos de catrines insensibles a lo vernáculo, a lo local, aunque él siguiera negociando con rancheros, arrieros, indígenas y catrines de toda ralea. El costo del acatrinamiento está al centro del estilo y la naturaleza de las reivindicaciones de la Revolución o está en la sangre, saqueos y revanchas de la lucha armada. Los hermanos de armas de Don Porfirio, los sucios líderes locales que sirvieron de intermediarios políticos, se fueron muriendo y con el régimen acatrinado Díaz comenzó a enviar catrines de ciudad a gobernar estados cual hacendados en ausencia. Siguió la guerra.

Ante este Díaz la historiografía no escatima crítica porque Díaz, en efecto, creyó que ese país podía ser más moderno pero inmune a los cambios de las sociedades modernas que poco a poco iban inventando lo que rigió en el mundo a partir de 1930, el Estado distribuidor. Pero el juicio moral no termina ahí: con todo y su acatrinamiento, bajo el régimen de Díaz se sintetizó la versión más acabada y duradera del nacionalismo liberal mexicano, ése que sirvió, o que aún sirve, si sirve, de conciencia popular nacional. Ninguna historia pasa por desapercibido que eso de lo que hemos vivido —mestizaje, indigenismo, maicear intelectuales, promover a la nación en el mundo, la mexicanidad misma— son de estirpe porfiriana. En otra parte lo he dicho: la retahíla aquella del mestizaje, el indigenismo, el estatismo, la mexicanidad, la reescritura de la historia… esas y más piezas del nacionalismo mexicano, para 1940 sufrieron una metamorfosis; pasaron de metáforas con mayor o menor peso cultural, estético e histórico a metáforas de un Estado de bienestar, amplio, corrupto, corporativista y más o menos en funciones.

 

“¿De qué hilo cuelga la buena fama de Porfirio Díaz entre los norteamericanos?”, se preguntaba J. K. Turner, uno de los más influyentes críticos de Díaz, “del único hecho de que ha destruido a su país…, y lo ha preparado para que caiga fácilmente en poder del extranjero. Porfirio Díaz cede a los norteamericanos las tierras de México y les permite que esclavicen a su pueblo; por esto es, para aquéllos, el más grande estadista de la época, héroe de las Américas y constructor de México”. Por mucho tiempo, este Barbarous Mexico (1910) fue punto de referencia para entender al personaje: un Díaz malévolo, cruel, poderosísimo y, sobre todo, vendido a los Estados Unidos. Todo lo cual, como siempre en lo que tiene que ver con Díaz, “sí y no”. Porque lo cierto es que la vida de Díaz no se presta a ser pintada con brocha tan gorda. Independientemente de la grandiosidad del personaje, su vida fue realmente una saga de novela; Díaz es de esos que hubieran podido decir de cierto: “yo que tantos hombres he sido”. Y no porque en las cajas y cajas de cartas, fotografías y documentos no se puedan encontrar telegramas, sí, de esos de “mátalos en caliente”, sino porque también se encuentran millones de solicitudes de trabajo y ayuda, cartas de agradecimiento de ilustres catrines o de la gente más humilde —entre las posesiones de casas de vecindad, en testamentos y demandas judiciales, me he encontrado el registro “foto autografiada de Don Porfirio” y cada hacienda tenía un óleo del dictador. La vida, las pasiones, del personaje Díaz no dan para entregar un villano o un héroe de caricatura.

En las historias de Valadés, Cosío Villegas, Friedrich Katz, Krauze o en el estudio que más ha podido reparar en la vida personal y familiar de Díaz —El exilio (1993) de Carlos Tello Díaz— se revela un ser austero, astuto, pérfido, hombre de familia que añoraba la vida humilde oaxaqueña y que vivía con parsimonia su cárcel de estatidad. Quizá mañana una gran biografía del personaje nos revelará que era un millonario enriquecido por todo tipo de contratos, que además de masón era católico de misa diaria en privado, que era un mujeriego de cuidado y un, no sé, como Madero, espiritista o dado al culto satánico. Aun así, ¿sería menos compleja, menos enigmática, la imagen de ese personaje que nunca se levantó una estatua, que partió al exilio, antes de los balazos en serio, por miedo a la intervención norteamericana, que permaneció en la nostalgia de una generación de mexicanos —en la música popular o en las películas como México de mis recuerdos (1943) o Yo bailé con Don Porfirio (1942)—? Qué se le va a hacer, nada más tentador que hacerlo un Stalin o un Santa Anna, pero el personaje nomás no se deja.

 

Dicen que Don Porfirio, agonizante, llamaba a su madre o a su hermana o a su primera esposa. Vamos, como cualquier abuelo. Lo que asombra es que evocar —desde el París de la Primera Guerra Mundial, con México en revolución— sus valles de Oaxaca de antes del ferrocarril, la electricidad y el telégrafo era como añorar el mundo de tres glaciaciones atrás. La buena historia no ha podido más que dibujar la complejidad de este personaje entre glaciaciones históricas.

Díaz siempre dijo que la historia lo juzgaría. Lo ha juzgado. El veredicto: de inocente nada; ¿culpable?, ¡seguro!, pero… (léase la historia). Cualquier tirano, o cualquier santo, si inteligentes, pediría lo mismo de Clío. ¿Y qué hay de sus huesos? Ésos sólo le daban reuma; si Montparnasse o Oaxaca… tanto da. Ojalá descansaran en “tierra bruta, donde los trille el ganado”, reposo que el dictador hubiera apreciado.

 

Mauricio Tenorio Trillo
Historiador. Su libro más reciente es Culturas y memoria: Manual para ser historiador.

 

4 comentarios en “V. Ni héroe ni villano

  1. Que buen artículo. Aunque dentro del ni fu no fa, es la tendencia historiográfica de ahora. La Pax profiriana, la mejor parte.

  2. El régimen porfirista como gobierno dictatorial y resultado de la estabilidad de la élite, solo trajo para la mayoría de la población pobreza, discriminación y abandono, si existió un tiempo de heroísmo en el pasado de Diaz -¿de cuantos mexicanos anónimos estaríamos hablando, en este caso? ,su , actuación como Presidente borra al héroe y destaca al tirano y opresor. Buen artículo, saludos al autor.

  3. Diaz fue un dictador disfrazado de presidente elegido constitucionalmente, persiguió a la prensa opositora, a los pocos que se atrevían a levantar su voz en contra, su régimen profundizó la desigualdad social por 30 años, envió a trabajos forzados y muerte a indígenas que reclamaron sus derechos, y enriqueció a sus aliados. Es decir como presidente no es muy distinto de Peña Nieto, o Salinas de Gortari, o Felipe Calderón. Me parece sospechoso “rescatar su figura”, ya que sin duda es la derecha política la que lo hace (Krauze, Garner). No me digan que la filiación política no incide en el trabajo del historiador. Bajo esta óptica en 100 años algún historiador “rescatara” la figura de Salinas de Gortari, y la de EPN, y la de todos los políticos que están destrozando a México