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En la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, dedicada este año a la ciudad de México, será presentado el libro de dos de los más destacados cronistas de esta urbe: Rafael Pérez Gay y Héctor de Mauleón. Ofrecemos una selección de crónicas incluidas en Ciudad, sueño y memoria (Gobierno del Distrito Federal—ediciones cal y arena), acompañadas con imágenes del archivo fotográfico de Carlos Villasana Suverza.


En 1834, un viajero inglés recorrió las calles de la Ciudad de México y tuvo la misma impresión que Bernal Díaz del Castillo había tenido tres siglos antes: sintió que estaba atravesando un sueño.

Aquel viajero inglés se llamaba Charles Latrobe. Fue él quien impuso a la capital el título que la acompaña desde entonces —y que muchos atribuyen, equivocadamente, a Alexander von Humboldt—: La Ciudad de los Palacios.

Después de recorrer lo que entonces llamaban “las casas grandes de la ciudad”, de contemplar una veintena de palacios señoriales construidos con rojo tezontle y pesada cantera; de maravillarse con el atrevido alarde de los patios, los arcos, los balcones, las escalinatas de insólita belleza, Latrobe acuñó el término Ciudad de los Palacios en una de las cartas recopiladas en el libro The Rambler in Mexico, hoy prácticamente desconocido.

Nadie le dijo que aquellos edificios que lo habían maravillado, y que en 1834, el año de su viaje, no tenían más de medio siglo de vida, habían sido imaginados, creados, proyectados, por un solo hombre: el arquitecto de moda a fines del XVIII, el artífice que imprimió su propio sello en las casas más importantes de la urbe, y creó lo que podría llamarse el estilo de la ciudad: el código arquitectónico que embelleció como nunca antes a la excelsa Ciudad de México.

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La Casa de los Condes de Heras y Soto, ubicada en la esquina de las antiguas calles de Manrique y La Canoa, conocidas como “de las carreras”, ya que según la tradición desde ese punto los españoles emprendieron la huida durante la batalla de la Noche Triste. Hoy corresponden a las calles de República de Chile y Donceles respectivamente. En la actualidad el edificio alberga al Archivo Histórico del Distrito Federal.

En menos de veinticinco años, Guerrero y Torres construyó el Palacio de Iturbide, en la calle de Madero; el de los condes de San Mateo de Calimaya, sede actual del Museo de la Ciudad de México; el caserón suntuoso de los marqueses de San Mateo de Valparaíso, en Isabel la Católica y Venustiano Carranza, y las espléndidas casas gemelas del Mayorazgo de Guerrero, en la esquina de Moneda y Correo Mayor.

Parece demasiado, pero Francisco de Guerrero y Torres tuvo tiempo para diseñar y construir el Templo de la Enseñanza, esa maravilla afiligranada de la calle de Donceles, y para levantar la sublime Capilla del Pocito, una obra única y genial de la arquitectura novohispana.

A este arquitecto se le han llegado a atribuir también la Casa de los Condes de Heras Soto (esquina de Chile y Donceles) e incluso el regio palacete que en la actual Madero se hizo construir el rico minero don José de la Borda.

Qué cosa más inquietante: un arquitecto trama soluciones aplaudidas durante los dos siglos siguientes, mientras afuera pasan carrozas con mujeres descotadas y pelucas blancas.

Del hombre que construyó el rostro visible de la ciudad no queda, sin embargo, un solo retrato. En un documento del Ayuntamiento se le describe “de cuerpo regular, trigueño, ojos azules y con una cicatriz junto a la barba”. Un contemporáneo suyo, José Antonio Alzate, lo definió como un hombre de “mucho tren y demás ínfulas”.

Según la versión de Alzate, el célebre arquitecto se había convertido en un pedante. Lo cual no es extraño: solicitado por nobles, obispos, hacendados, mineros y órdenes religiosas, Guerrero y Torres debió poseer una personalidad soberbia y altanera, como la que imprimía en sus obras.

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Casa de los Condes de Santiago y Calimaya, hoy Museo de la Ciudad de México. Edificado entre 1779 y 1781 por el arquitecto barroco Francisco Guerrero y Torres, se ubica en la esquina formada por las antiguas calles de la Plaza de Jesús y Parque del Conde, hoy Pino Suárez y República del Salvador respectivamente.

El investigador Joaquín Bérchez asegura que este arquitecto, miembro de una generación de criollos ilustrados en la que, además de Alzate, militaron José Ignacio Bartolache y Joaquín Velázquez de León, inventó alguna vez una máquina para apagar incendios, y formó parte del grupo de estudiosos que fijó la latitud y longitud de la Ciudad de México.

Guerrero y Torres aprendió los secretos de la arquitectura en el estudio de Lorenzo Rodríguez, el hombre que arrancó el barroco de los retablos de las iglesias y lo llevó a las calles. En los últimos años de su vida conquistó el título más alto con que podía soñar un arquitecto de su tiempo: Maestro Mayor del Palacio Real. Al poner su repertorio al servicio de las construcciones civiles más señaladas de la urbe, sintetizó los sueños, los gustos, las expectativas de un país, de una sociedad.

Charles Latrobe recorrió mucho tiempo después los edificios que Guerrero y Torres había proyectado, y se creyó inmerso en un sueño. Ese sueño sigue latiendo en la ciudad.

 

Héctor de Mauleón

 

6 comentarios en “La Ciudad de los Palacios

  1. Ha de ser regio este libro y como soy un libropata me es necesario conseguirlo para poder disfrutarlo, ¿dónde lo consigo?

  2. Gracias don Héctor, cada artículo y programa de “el foco” devela una ciudad increíble.

  3. Todo loque escribe Don Héctor de Mauleón es fascinante para mí, me lleva a tiempo y lugar de la narración…lo disfruto mucho…

  4. Saludos Héctor y como siempre gracias, quisiera saber que esta pasando con la casa de Pedro Romero de Terreros, que en el abandono total, ojala pudieras comentarnos algo.

  5. Ha de ser un libro muy interesante y seguramente se consigue en Librería Porrúa, en estas librerías tienen muchos libros acerca de la Ciudad de México