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Describiendo de la manera más breve posible el impulso filosófico que acometió a David Hume (el hombre nacido en Edimburgo), puedo expresar aquí lo siguiente: las razones están de adorno, lo mismo que los hechos y la experiencia. Lo único que poseemos los humanos para conocer es una tremenda fe animal, una necesidad bestial de creer en lo que decimos. Aun así la vida sigue (quizás la frase más triste que haya expresado el ser humano a lo largo de su historia: la vida sigue). Sais-tu si nous sommes encore loin de la mer? (¿Sabes si nos encontramos aún lejos del mar?) es el título de un poemario de Claude Roy; pero también es la pregunta que nace de esa fe animal que nos empuja a continuar y a inventar razones con las cuales empedrar nuestro camino. Esperamos a Godot y nos preguntamos si aún nos hallamos lejos del mar, lejos de la justicia, la verdad o del regazo de nuestra madre: la muerte.

Y con respecto a la maravillosa mente humana que se estudia a sí misma para escupir respuestas, pues ni siquiera sabemos dónde está. No en el cerebro, por cierto. ¿Estamos aún lejos de saber dónde vive y duerme la mente? Gilbert Ryle en El concepto de mente dice que la susodicha no tiene propiamente un lugar único y que se encuentra lo mismo en el tablero de ajedrez, en el escritorio del estudioso o en una cancha de futbol. A mí tal cosa me parece evidente y señalar la cabeza con el dedo índice cuando se refiere uno a “la mente” es señal de locura o al menos de anacronismo filosófico. Pero yo soy escritor, no filósofo, y estoy metido en el negocio de las palabras. La realidad puede fallar, pero no las palabras. ¿No es esto también evidente? De la realidad tenemos noticias relativas y ambiguas, por más ciencia y estadística que pongamos en ella. Unos ven un México acabado y otros opinan lo contrario, por ejemplo. En cambio, las palabras están ahí y construyen mundos y llanuras por las que caminar o hundirse. Esto último, “hundirse”, es más exacto, según mi recurrente punto de vista. Hace unos cuantos días he vuelto a ver el filme de Billy Wilder, Sunset Boulevard, la historia de una vieja estrella del cine mudo que no se acostumbra al aciago pasar de los años, ni a la llegada del cine sonoro a escena. En el momento cumbre de la exaltación de sus frustraciones, Gloria Swanson (que interpreta a Norma Desmond) dice que las palabras han formado una soga para arruinar el cine. Y arruinarla a ella. Entonces me he imaginado a Gloria Swanson ahorcada en su lujosa mansión de Sunset Boulevard: mas ahorcada por una soga de palabras.

Las palabras están ahí para anudarlas al cuello y colgarse; lo que se anida detrás de ellas es la fe animal con que uno se conduce. Tanta seguridad en los argumentos, en el buen juicio, en nuestras descripciones de la realidad o de los acontecimientos presentes. Tras toda esa retahíla de divagantes razones se oculta una absoluta necesidad de que esas razones sean verdaderas y nos digan algo de las cosas. Oramos para creer en lo que decimos. Algunos escritores tenemos conciencia de que esa fe existe y por ello podemos fabricar sogas con las palabras. F. Scott Fitzgerald desconfiaba del cine —aunque se aprovechó de él— porque sospechaba que acabaría con los escritores. La misma desconfianza que décadas más adelante asaltó a George Orwell. El totalitarismo que procuraba la censura y el agravio a la libertad de expresión en la época posterior a la Segunda Guerra Mundial fue blanco de los ataques de Orwell, pero también era notoria su intuición de que a los escritores nos quedaba ya muy poco tiempo de vida.

En 1946 Orwell escribió: “Cualquier escritor o periodista que quiera conservar su integridad se ve frustrado por la deriva general de la sociedad. Tiene en contra la concentración de la prensa en las manos de unos pocos magnates; la tenaza del monopolio de la radio y las películas; la reticencia del público a gastar dinero en libros lo cual obliga a casi todos los escritores a ganarse la vida con trabajos periodísticos. Todo en nuestra época conspira para convertir al escritor en un funcionario de bajo rango”. Las primeras emisiones en televisión tuvieron lugar en Inglaterra durante los años treinta, pero los temores de Orwell tomaron forma y han llegado fortalecidos a nuestro tiempo. Y, sin embargo, yo no me quejaría: ser un escritor, aun de bajo rango, tiene un privilegio extraordinario: las palabras no necesitan a lo real. Pueden andar y labrar sin él. Nacen de la experiencia, pero de inmediato se marchan y extravían. De la misma manera que la mente no está en el cerebro, la escritura construye mundo y no tiene su domicilio en lo real (“Mundo”, según H.G. Gadamer en Verdad y método, se entiende como “el suelo común, un suelo no hollado por nadie y sin embargo reconocido por todos”). Así que esa sociedad a la deriva que atormentaba a Orwell a mí me da lo mismo; no obstante mis constantes críticas a la incapacidad política y al desmedido lucro financiero. La fe animal en nuestras palabras es en lo único en que podemos confiar —regla de oro del escepticismo—. Yo estoy seguro de que nuestro país está destruido, pero habrá alguien que, acaso, me deseará convencer de que no es así y expondrá argumentos y datos duros (como llaman de manera algo cómica al conteo de manzanas). Yo no respondería: me quedaría callado y le daría la razón tal como se asiente con paciencia y cierta piedad a las palabras del misionero que predica. Pero si, a mis ojos, se trata de un hombre honrado, asceta, sin ambiciones de poder, sabio y mesurado creeré verdaderamente en sus palabras y me atreveré a preguntarle: “¿Sabe usted si aún nos encontramos lejos del mar?”.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

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Un comentario en “Lejos del mar

  1. Señor Guillermo Fanadelli,

    Hace varios años en un pueblecito de la mixteca poblana tuve la oportunidad de leer en alguna sala de algún familiar la revista “Energia” o algo así y su sección “Toques”, me acuerdo mucho de un título que se llamaba, “Whisky, Punk y David Hume” donde nos comparte que es de las pocas cosas que aprecia de aquella isla infame descrito en sus textos. Ojalá, que algún día si fuera tan amable me pudiera decir donde conseguir ese texto. Tengo una extraña fascinación por esa isla y la forma en como la describió. Escribir es tan sanador, y su transcendencia está mas allá de lo que dimencione el escritor. Llega a lugares y a personas que no sabían que eran los punks, o el tal David Hume o la isla mas triste e interesante que uno quiso conocer. Muchos saludos Sr. Guillermo, siempre se aprecia mucho un texto como este en la soledad de un sábado de gloria.