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El cuento “Definitivamente el último acto de Corista”, la gran escritora texana Patricia Highsmith (1921-1995) lo escribió en primera persona. Lo cual es muy elocuente, porque el texto narra con la voz de la protagonista, una elefanta de circo, lastimada y vieja, la manera en que la gente se acerca a ella para mirar lo que hace, arrojarle objetos o comida, reírse y en ocasiones golpearla. Corista nos relata de manera escueta, clara y directa, lo que ha sido su vida en esta cárcel de concreto donde ahora está, y que es la única morada que conoce. No hay tristeza en sus palabras, mucho menos melodrama; sino absoluta y resignada incomprensión. En lo que nos cuenta Corista hay lo que el escritor inglés Duncan Falowell atribuyó alguna vez a la propia Patricia Highsmith: “dolor, vulnerabilidad y voluntad de acero”. Corista se pregunta al final, poco antes de su tímida rebelión, evocando a su único amigo, quien fuera su cuidador durante treinta años: “De no ser por Steve, ¿qué me han dado los hombres? Ni siquiera hierba para posar sobre ella los pies. Ni siquiera la compañía de otro ser como yo”.

Se ha dicho mucho acerca de la desagradable personalidad de Patricia Highsmith, sobre todo a partir de estudios biográficos como A Beautiful Shadow (Bloomsbury, 2003) en la que Andrew Wilson literalmente agota los documentos testimoniales y de archivo. Ahí se menciona que era innecesariamente cruel y grosera con la gente, que al final de su vida olía feo y bebía prácticamente todos los días hasta la ebriedad. La rescata un poco una de sus amantes, la escritora de novela rosa M.E. Kerr, en una biografía alternativa, cuando describe a Highsmith “como un verdadero caballero”, pero la remata agregando “mujeriego y adulador”. A pesar de lo fea (física y moralmente) que acabó siendo al final de su vida, Highsmith siempre tuvo, por decirlo de algún modo, suerte con las mujeres. Su sino, sin embargo, fue la soledad. Alguna vez declaró: “Mi imaginación funciona mejor si no me veo obligada a hablar con la gente”. El cuento de Corista, la elefanta, me hace pensar de principio a fin en Patricia Highsmith. La veo a ella, como un animal acorralado, poseedor de un poder brutal, que no se decide a usar en contra de esos seres incomprensibles que la rodean, se ríen, le arrojan improperios, la adulan. Quizá por ello, para dar rienda suelta a sus fantasías y burlar a una sociedad que no le parecía coherente, inventó personajes elegantes, sofisticados, afectados, geniales como Tom Ripley y Charley Bruno. Un terapeuta diagnosticó que Highsmith padecía una especie de “autismo funcional” que la hacía mantenerse al margen de la sociedad e ir en contra de las leyes moralmente aceptables. Puesto así, al amparo de la ciencia psicológica es fácil explicar (de una manera lógica y civil) su lesbianismo y su absoluta falta de tacto al momento de hacer declaraciones políticamente incorrectas y expresar libremente sus prejuicios. Por ejemplo, en desacuerdo con las feministas lesbianas de izquierda demostraba abiertamente su simpatía por Margaret Thatcher, y llamaba a Estados Unidos el “segundo decadente imperio romano” cuando explicaba por qué había preferido vivir en Europa. Qué podría ser más provocador para el sector femenino que la colección Cuentos misóginos, donde se exhibe y ridiculiza a la mujer moderna (“la coqueta”, “la fértil”, “la dama perfecta”, “la novelista de novela rosa”). Quizá en el momento de la verdad, a la hora de tratar de comprender lo que una persona es, la teoría psicológica no sea suficiente. Prefiero repetir las palabras del ensayista Frank Rich cuando afirma que Patricia Highsmith hizo “una vida de trabajo al margen del mainstream norteamericano y se inventó a sí misma desde la otredad”. Era una mujer vitalísima, que gustaba de observar a la gente y se veía constantemente seducida por sus actitudes, y no le importaba ser antipática si eso implicaba no traicionar su modo de entender las cosas del mundo. Era lesbiana porque prefería a las mujeres en la cama (lo llegó a declarar), pero le fascinaban los hombres, de hecho le gustaban más que las mujeres, excepto en la cama (también lo dijo). De la misma manera que Patricia Highsmith, la rebelde, era una ciudadana incapaz de cometer un delito menor, como trasgredir una norma de tránsito, su sombra ficticia, Tom Ripley, no tenía ningún escrúpulo en deshacerse de aquello que estorbara su camino. Las claves de la personalidad de Patricia Highsmith, incluido un indiscutible talento para seducir a las personas y urdir tramas contundentes y vivas, siempre en busca del crimen perfecto, pero siempre repletas de giros para esquivar los embates de la vida imperfecta, no están en su vida, sino en su obra. Hay que excluir aquí su único libro autobiográfico (El precio de la sal, novela firmada originalmente con el pseudónimo de Claire Morgan), sobre el amor entre dos lesbianas (que acaba, por cierto, cosa rara en la obra de Highsmith, con final feliz). Está claro que lo de Highsmith era la ficción; ese era su hábitat.

Cuando publicó su libro Crímenes bestiales (1975) donde está el cuento de Corista, la elefanta, Highsmith estaba en plenitud de sus facultades escriturales. Tenía 54 años de edad y 25 años atrás, en 1951, Alfred Hitchcock había llevado al cine Extraños en un tren (1950), su primera novela (y a juicio de Joyce Carol Oates nunca superada en el corpus de su obra), con guión ni más ni menos que de Raymond Chandler. Así que ya era la escritora famosa. Además del oficio y el talento con que están armados esos cuentos, hay en Crímenes bestiales una singular mirada cómplice con el mundo animal en contrapunto con una crítica feroz a la estupidez y degradación moral que caracteriza a los seres humanos. Cada cuento trata de un crimen en el que se ven involucrados animales (un camello, un perro, una cucaracha, una rata que le come la nariz a un bebé…), pero no es la imposible maldad de esos seres irracionales la que lleva las cosas al límite, sino la estulticia y mezquindad de los hombres. Esa simpatía animal de Highsmith me hizo recordar el momento en que a Meursault, el personaje de El extranjero de Albert Camus, lo conmueve más la muerte del perro del vecino que la de su propia madre; elemento clave en el juicio que lo condena a la decapitación pública “en nombre del pueblo francés”. La de Highsmith es una empatía sincera similar a la de Meursault.

Patricia Highsmith murió en 1995, hace 20 años, y la editorial Anagrama relanza toda su obra en ediciones económicas de bolsillo. Es un buen momento para releer esos fantásticos Crímenes bestiales, la dostoievskiana historia de Extraños en un tren (el tormento interior de la culpa) y las andanzas del rey del embuste: Tom Ripley. Admiro con devoción esas obras de Patricia Highsmith, la persona horrible que respondió a Duncan Falowell, cuando éste le preguntó sobre el amor: “es una especie de locura”, dijo tímidamente Highsmith. Él insistió entonces: ¿y lo ha experimentado? “Sí”, respondió ella, “hace como nueve años, mientras estaba de viaje por Alemania”. Luego Falowell le preguntó ¿qué es el miedo? Y ella dijo tan sólo: “agua”, y después de un momento agregó, “agua profunda en la que tienes que nadar”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.

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