“Me he atrevido a escribir estas páginas no porque mi persona sea la actriz que se va a mover en este escenario; las he escrito deseando contribuir al desarrollo de la actividad de la biología en México durante el pasado siglo XX…”. Así inicia casi un siglo de historia personal, entrelazada con la historia de la ciencia en México, recuperada gracias a la centenaria cactóloga Helia Bravo Hollis (30 de septiembre de 1901-26 de septiembre de 2001) en sus Memorias de una vida y una profesión.

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En un país en el que las autobiografías de generales son muchísimo más comunes que las que corresponden a científicos, cabría preguntarse el porqué son contados quienes deciden compartir su vida dentro y fuera del laboratorio —o de lo que sea que aplique: sea un barco oceanográfico o el cubículo de investigación— con el resto del mundo: ¿exceso de modestia? ¿Falta de tiempo e interés, ya que lo que en verdad los sigue desvelando es qué significan las observaciones o mediciones más recientes del proyecto bajo su dirección? ¿Imposibilidad de hallar una editorial que decida publicarla? ¿Ausencia casi total de lectores interesados en lo que sea que haga un investigador mexicano? ¿Dificultad para escribir un texto no científico, tras décadas de seguir la Guía de Autores de los journals de su especialidad?…

Es cierto que escuchar que el Dr. X publicó sus Ocho mil kilómetros en campaña oceanográfica puede ser interpretado por algunos de sus colegas como algo peor que un simple exceso de vanidad: un síntoma de que ha hecho a un lado el trabajo “serio”. No está de más tener en cuenta, además, que el tiempo dedicado a este divertimiento, en detrimento del que se requiere para preparar los próximos papers, podría ocasionar una disminución en el estatus que realmente importa, para muchos, ante el resto de los colegas: el estatus que da el ser Investigador Nivel II o III en el SNI —a menos que su categoría sea vitalicia, que es el caso de Investigador Nacional Emérito—. No menos cierto es que, aunque una vez escritas, el camino más sencillo es publicar las memorias en la editorial de la universidad de la que se forma parte, ésta es también —con escasas excepciones— la ruta más rápida para que, irónicamente, queden para siempre olvidadas en una bodega, o rematadas como saldos en la próxima feria del libro (tal vez, consciente de ello, el biólogo Arturo Gómez Pompa subió su autobiografía a internet: www.reservaeleden.org/agp). Y no se descarta, por supuesto, dado que no puede exigírsele a una vaca sagrada de las biotecnologías o de los modelos teóricos de circulación oceánica que su estilo narrativo haga de su libro un “Confieso que he vivido (en el laboratorio)”, y sus anécdotas sean de lectura tan amena como las decenas o cientos de páginas que conforman su currículo.

Sean las que fueren las causas, entre los científicos mexicanos no hay una tradición de dejar constancia escrita de su vida y obra, para curiosidad, morbo o enseñanza del lector interesado. Si queremos leer autobiografías de científicos, podemos contagiarnos con “El tío Tungsteno” (Uncle Tungsten. Memories of a Chemical Boyhood) de la estrecha relación con la química de quien ya adulto decidiría no casarse con ella y convertirse en el neurólogo Oliver Sacks, autor de clásicos como El hombre que confundió a su esposa con un sombrero. Podemos carcajearnos con las extravagancias y enterarnos, por cortesía de su colega Ralph Leighton, de la lucha de Richard Feynman (Premio Nobel de Física) por aprender cómo abrir cajas fuertes, mientras trabajaba en el Proyecto Manhattan, en ¿Está usted de broma, Sr. Feynman? (Surely you’re joking, Mr. Feynman). Podemos estar o no de acuerdo con Eric R. Kandel (Premio Nobel de Medicina) en sus razones para defender el psicoanálisis freudiano y en qué tanto debe indirectamente a éste, y más directamente a sus años de experimentos con el gasterópodo Aplysia, el desarrollo de una teoría para comprender cómo funciona la memoria humana. Podemos estar en desacuerdo con los juicios políticamente incorrectos de James D. Watson sobre Rosalind Franklin —cuyas radiografías ayudaron a determinar que la estructura del ADN es helicoidal— y sobre Rachel Carson —cuya “Primavera silenciosa” marcó el fin del uso del DDT, con lo que, de acuerdo con Watson y muchos otros científicos, se condenó a muerte por paludismo a millones de personas—. Podemos reflexionar sobre ese instante de epifanía que transformó a Craig Venter de un joven irresponsable a un cruzado en la carrera por decodificar el genoma humano en A Life Decoded. Podemos aventurarnos con Roy Chapman Andrews en su búsqueda, no del Arca Perdida —si bien este arqueólogo sirvió de inspiración para su par fílmico de látigo y sombrero— sino de fósiles de dinosaurios en el desierto de Gobi… Y, como prueba de que uno no necesita la edad mínima requerida para aspirar a Investigador Emérito (65 años) para escribir su autobiografía, podemos observar el comportamiento de los bonobos con la mirada prestada de Robert M. Sapolsky en sus Memorias de primate, publicadas a sus 44 años. No podemos olvidar a Carl Djerassi, inventor de la píldora anticonceptiva en los laboratorios Syntex de la ciudad de México, lo que narra en La píldora, los chimpancés pigmeos y el caballo de Degas. Lo que no podemos es saber, con una simple visita a la biblioteca pública y en sus propias palabras, qué es lo que hay de trascendente en la biografía de la enorme mayoría de los científicos mexicanos contemporáneos.

 

En palabras de otros… Más allá de las semblanzas redactadas al estilo de las estampitas de Ediciones Sun Rise de venta en la papelería de la esquina, o de las biografías de unas cuantas páginas hechas por encargo por algún directivo universitario cuando el investigador en cuestión recibe algún homenaje o reconocimiento, el panorama no mejora cuando se trata de biografías de científicos mexicanos, escritas por alguien más —periodista, colega, amigo o familiar—, que el lector ajeno a los círculos universitarios quiera leer por voluntad propia, y no porque tenga que entregar la tarea escolar de “diez geólogos mexicanos famosos que aún vivan” (“¿pueden ser sólo cinco, maestra?”). Y cuando la biografía existe y está bien escrita y es de lectura placentera… sólo se consigue en la librería de la universidad (¿un ejemplo? La biografía del Monsiváis de la biología en México: el octogenario Juan Luis Cifuentes Lemus; alguien dijo alguna vez que Cousteau era “el Cifuentes francés”).

Mientras que científicos mexicanos y editoriales se ponen de acuerdo, nos da tiempo de leer la biografía más completa sobre Einstein, debida a Walter Isaacson: un mamotreto debido de tamaño similar a cada uno de los libros cuatro a siete de la saga de Harry Potter en su versión original de pasta dura. Incluso editoriales especializadas en publicaciones científicas como Springer cuentan con textos como Ornithology, Evolution and Phylosophy, la biografía de Ernst Mayr —“el más grande biólogo evolucionista desde Charles Darwin”—, escrita por Jürgen Haffer, cuyo rigor no los convierte en remedios para el sueño.

 

Y en versión resumida… y simplificada. Quien es uno de los científicos más reconocidos por todo el mundo —ha aparecido incluso en episodios de Los Simpson y La Teoría del Big Bang, Stephen Hawking, publicó en septiembre de 2013 My Brief History: su opúsculo autobiográfico de 144 páginas con fotografías. En la reseña que Robert P. Crease escribió para Nature sobre la obra, el filósofo en su papel de crítico nos advierte: “Puedes sentir algo parecido a un alma detrás del relato desapasionado de Hawking, pero, como un agujero negro, su existencia tiene que deducirse a partir de indicios externos”.

No miente Crease al advertirnos que el libro de Hawking está exento de todo artificio literario que lo convierta en favorito de editoriales como Anagrama para traducir su obra completa —no es un Oliver Sacks—, pero sería injusto que nos quedásemos con la impresión de que Hawking se limita a registrar cronológicamente y como autómata un hecho tras otro.

Ya es dato de trivia que uno de los best sellers más recientes de la divulgación científica —con millones de ejemplares vendidos en decenas de idiomas— es Breve historia del tiempo de Stephen Hawking. Consciente de que un número indeterminado de lectores interesados en el origen y la naturaleza del espacio-tiempo habían abandonado el libro al llegar al capítulo dos (hay peores casos: de El camino a la realidad, escrito por Roger Penrose, con quien Hawking comparte la paternidad de libros y teoremas sobre la física de los agujeros negros, se dice que los lectores que han comprendido enteramente sus más de mil páginas, con ejercicios para hacer en casa, cabrían en un auto compacto), Hawking escribió Historia del tiempo ilustrada. “Incluso si sólo mira las imágenes y sus textos, podrá tener una idea de qué se trata”, nos señala el cosmólogo. Al parecer, y haciendo caso omiso de lo que algunos científicos (el propio Penrose incluido) consideran como tarea imposible cuando de divulgación se trata, aún era posible simplificar un poco más el tema, por lo que con ayuda de Leonard Mlodinow decidió publicar Brevísima historia del tiempo. Lo que sigue —si es que sigue algo— es preparar una “Historia mínima del tiempo”, acompañada de la autobiografía de Hawking, en cómics.

Y es a través de los cómics que algunos lectores se han topado con la biografía de algunos científicos. Si bien aún no han sido consideradas entre “Los mejores libros del siglo XX” por la revista Time —como sí ocurrió con Watchmen, de Alan Moore— ni han ganado un Pulitzer —como Maus de Art Spiegelman—, algunas, como Radioactive: Marie and Pierre Curie, A Tale of Love and Fallout, de Lauren Redniss, brillan con luz propia —esto no es una licencia pseudopoética: sus páginas tienen tinta fosforescente—. Y hay autores, como Jim Ottaviani, que han hallado en la biografía de científicos en cómics (Feynman, Primates: The Fearless Science of Jane Goodall, Dian Fossey, and Biruté Galdikas) su razón de ser.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía de la Universidad de Guadalajara. Es autor de El teorema del Patito Feo. Encuentros entre la ciencia y los cuentos de hadas. Recientemente fue galardonado con el Premio Estatal de Ciencia de Jalisco 2014.

 

4 comentarios en “Científicos, en sus propias palabras

  1. Me gusta su escrito. Solo una observacion, el DDT y otros plaguicidas organoclorados continuan usandose en paises en desarrollo. Hay soluciones, como los bioplaguicidas, tanto para la agricultura como para la salud publica. Saludos

  2. El discurso justificador del cientifico por medio del cual hace énfasis en la utilidad de sus investigaciones no lo hace en si un estudio acerca de la historia de la ciencia, por lo que continuar ese vicio historiográfico por medio del estudio de personajes nos hace alejarnos del estudio de los saberes que condujeron a dicho personaje a realizar sus investigaciones. En fin parece que este articulo le sigue dando pie al científico para seguir usando su especialidad en otros ámbitos del conocimiento como si estos le dieran la autoridad para escribir historia.

    • A mi me pareció una lectura muy agradable. Hecha, no con el ánimo de justificar al científico en papel de historiador, sino de explorar y preguntar por los motivos del científico-creador, que pueden convertirse en fuentes de inspiración para otros y que al final son parte de la propia experiencia creativa.

  3. En lugar de andar propagando falacias fantasiosas, los científicos deberían ponerse a hacer un examen de conciencia y preguntarse cuanta ha sido su responsabilidad respecto a muchos de nuestros problemas actuales. Ahí están los efectos deletéreos de tanta patraña que nos han vendido como la panacea del progreso humano. Otra vergonzosa historia es la del gran número de científicos de renombre internacional retrayéndose de conclusiones y pidiendo disculpas a la comunidad científica después de haber modificado o inventado resultados (si ha eso se le puede llamar resultados), víctimas de los terroristas del capital y las presiones impuestas por la filosofía “o publicas o bye bye”.
    Mi opinión acerca del tema es que no habría necesidad de que un científico se ponga a divulgar la ciencia y lo que la rodea, si todos los niños y adolescentes tuvieran acceso a una educación de calidad, a bibliotecas y mediatecas accesibles en cada barrio con material actualizado y diverso, etc.
    PD: Soy un científico mexicano