Tuve que esperar más de medio siglo para disipar una de mis dudas más recurrentes. Esta duda puede resumirse así: ¿En verdad me gusta lo que me gusta? No pasa inadvertido para mí que tal pregunta parecerá ridícula en más de un sentido, y sé también que tal y como la he planteado es imposible responderla por medio de un relato o un argumento. Y no obstante la dificultad propia del caso me arriesgaré a asentir y a responderme que sí: lo que me gusta me gusta en verdad. A los lectores de filosofía no les quedará más remedio que creerme o comenzar una especulación interminable, pues el lenguaje no nos ayuda mucho en este caso, dado que en esencia se trata de una experiencia subjetiva e inexpresable de la que sólo podemos hablar de segunda mano. Quiero decir que yo no soy capaz de comprobar o de probar si es verdad que lo que me gusta me gusta. Pero tienen cierta obligación moral de creerme. No hay más remedio.

Hace todavía pocos años me causaba remordimiento abandonar la lectura de un libro si no había leído al menos la mitad de sus páginas. Mi capacidad de sacrificio resultaba admirable y una vez que decidía cesar la lectura era porque estaba convencido de que no tenía ningún sentido avanzar porque allí dentro no había nada para mí. Seguir leyendo significaría ir contra lo que soy o contra la idea que tengo de lo que soy. Engañarse con respecto al gusto es relativamente sencillo si uno carece de él. Basta convencerse de que es conveniente gustar de algo y acostumbrarse a ello. Creo que así sucede con la afición al alcohol o al cigarro. La primera experiencia es por lo general repulsiva y cuesta esfuerzo y tiempo acostumbrarse a los sabores antes de que uno pueda en verdad disfrutarlos. Si yo les digo que hace veinte años bebo alcohol y no termina de gustarme se reirán de mí y con razón. Los efectos que causa el vino me son muy apreciables y me cuesta trabajo pensar que soy apto para seguir con vida si dejara de beber vino. Sin embargo no disfruto el sabor de las diversas bebidas alcohólicas, a excepción quizás de algunos vinos blancos y del rompope, el cual no bebo desde hace treinta años. “No se ama la causa, sino los efectos” es una frase sin mucho sentido, pero en este caso ayuda a explicarme: si bien no existe efecto sin causa, como rezaba Santo Tomás de Aquino, podemos separar en la mente el licor de sus estragos o buenos efectos.

Hoy es distinto: mi gusto se impone sobre mis prejuicios y mis nociones de lo que debe ser correcto. Una de las ventajas de conocerse a sí mismo es que el autoengaño deja de pesar en las elecciones literarias. Si a esto le sumo el desprecio que me causa en general el prejuicio social y sus concepciones de lo que significa la belleza, me considero entonces un ser indefenso ante las enfermedades estéticas. Me gusta lo que me gusta y me basta leer veinte páginas para saber si un libro dejará alguna clase de huella en mí.

Cuando leí El discurso filosófico de la modernidad, asunto que me llevó cerca de tres años, me percaté de que el discurso narrativo de Habermas me desagradaba. Dudo mucho que una magnífica y solvente traducción hubiera transformado las palabras rudas, intrincadas y crípticas de Habermas en un hecho de claridad y belleza capaz de cautivarme. En cambio Crítica de la razón cínica, de Peter Sloterdijk, pese a su visible desorden y su batidillo de ocurrencias e ideas digresivas tenía en sí una fuerza intrínseca que me seducía y me empujaba a seguir leyendo. Del mismo modo podría invertir algunos años releyendo la obra de Eugenio Trías, mientras que a Slavoj Žižek no le dedicaría más de unos minutos. No voy a explicarme, puesto que el motivo de este escrito es dar señales o constancia de un gusto que ya no se pregunta y ha dejado de dudar. Qué tranquilidad me otorga este cinismo en los últimos lustros de mi vida. Creo que por primera vez comienzo a gustar de la literatura como un vicio sagrado o un placer imposible de ocultar. Ahora es cuando podría decirle a la crítica literaria: ¡Ya no te necesito! (como el famoso relato de Arthur Miller en que un niño le dice o le espeta a su malhadada madre judía: Ya no te necesito). Es obvio que la buena crítica seguirá leyéndose y dando frutos, pero en mi caso ésta debe contener la voz íntima, que no canónica, de un sabio literario. Cito de memoria, probablemente mal, el pasaje de una novela de Ricardo Piglia donde se dice que no hay nada más triste que imaginarse a Jorge Luis Borges leyendo a Roberto Arlt. Es una apreciación de certeza indudable, y no obstante yo disfruto mucho leyendo a Arlt, algo que me resulta muy difícil de llevar a cabo en el caso de algunos libros de César Aira. En verdad sufro y los abandono a toda prisa. Sin dar más vueltas a este artículo diré que lo que me gusta es lo que me gusta y no tengo tiempo de vida suficiente para poner algo tan importante en duda.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

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4 comentarios en “Ya no te necesito

  1. Sin la solvencia literaria de Fadanelli digo que yo me tardé menos en determinar que lo que me gusta me gusta y lo que no no. La lista de libros que he abandonado es mucho más extensa que la de aquellos que he disfrutado (además estoy seguro que la adoración a autores que para mi son insufribles es efecto de un snobismo también insoportable). Igual desde hace tiempo, sin postular que tengo mayor solvencia etílica que Guillermo, me di cuenta que del licor me gusta el efecto tanto como la causa. En fin, cada lector (y bebedor) es un mundo sin necesidad de justificación.

  2. “me gusta lo que me gusta”
    Leer por diversión obliga a desechar lo que no gusta.
    Lo aceptemos, o no, bebemos por los sabores y efectos; lo hago diariamente desde joven, hace 60 años y … No se me ha hecho vicio.

  3. Tomar vino y leer de los dos me gusta la causa y el efecto y al pasar los años se van haciendo necesarios, sin amarlos y sin sentir remordimientos, quizá como cómplices.