El 9 de febrero de 2014 se celebraron las bodas de oro de la presentación de los Beatles en América. El Ángeles Convention Center se vistió de gala. Los músicos premiados con el Grammy les rindieron tributo. En pantalla se vio a Ed Sullivan recibir a Ringo y a Paul en el mismo Estudio 50 donde hace 50 años incendiaron los hormonas de quinceañeras frenéticas. Los dos sobrevivientes evocaron a sus compañeros muertos. Fotos gigantes de los Fab Four en Let it be, su disco final, iluminaron el escenario. La nostalgia invadió a los sesenteros que los mitificaron. En aquel tiempo la gente se dividía en dos grupos: la chaviza y la momiza. La chaviza estaba en la onda, llevaba el pelo largo, pantalones acampanados o minifaldas, tarareaba rocanrol y se iniciaba en el alcohol, el sexo y la droga. La momiza no entendía. Estaba fuera de onda. Hoy aquellos jóvenes abuelean y no entienden. Se han vuelto la momiza. Otra chaviza, con blogs, Twitter, iPad, selfies, Whatsapp, Facebook y qué sé yo qué más regentea el antro.

Cuando se abuelea, se tiende a sólo recordar. Dos líneas de Rilke resuenan: “Esta es la nostalgia: habitar en la onda/ y no tener patria en el tiempo”. Uno quisiera que la onda se extendiera y nuestro tiempo se dilatara; pero no. Difícil aceptar que muchos jóvenes de hoy desconocen a John Lennon, apenas han oído de George Harrison, ignoran a Ringo Starr, y saben que Paul McCartney es ese ex galán restirado que cantó a dúo con Michael Jackson y fue invitado a tocar en la Casa Blanca para congresistas trajeados y políticos gangsteriles. Big deal! Mientras Paul los entretenía, las bombas seguían cayendo en Afganistán y Medio Oriente desde drones manejados en Las Vegas como si se tratara de videojuegos. ¿Dónde quedaron las flores en el pelo, el Peace & Love y la V de la victoria? Tras sus espejuelos amarillos, la mirada interrogante de Lennon brillaba más viva que la de los vivos. ¿Se habría prestado para estos homenajes fresas, con estrellas domesticadas por el Sistema? ¿Tocaría para el presidente de Estados Unidos sin hacer una de sus bromas de mal gusto político? Queda la duda. Quizás Lennon se fue a tiempo. Across the Universe. Su ausencia fue la presencia más contundente en el homenaje. Vuelven las líneas de Mario Santiago Papasquiaro:

Su saliva aún gotea de los micrófonos ardientes
Las tortillas de plástico (grabadas por millones)
mascan una & otra vez
el hígado inagotable
la clara necesidad de euforia
que bombeaba en sus canciones. 

Su voz rasposa, gangosa, todavía araña. Odiando su propio rock and roll: “Yes I’m lonely/ Wanna die/ If I ain’t dead already/ Girl you know the reason why”. Y tal vez esa enigmática muchacha que no extraña demasiado, familiarizada con el roce de una mano de terciopelo, como una lagartija en la ventana, sabe por qué murió el roquero. So quickly gone! Al final, a pesar del talento artístico, algo faltó en el homenaje de los Grammies a los Beatles. Una de las televidentes que nos acompañaba frente al monitor comentó: “Todo está muy bien. Sólo falta el dolor”. They only lack the pain. John Lennon sigue doliendo.

 

Utilizo el concepto de Raymond Williams: structures of feeling, “estructuras de sentimiento”, que equivalen a formaciones socioculturales y percepciones compartidas por una generación. La era de los Beatles, así, ha resistido 50 años. Tres fechas marcan la escalada de la banda inglesa: la aparición explosiva del 9 de febrero de 1964, el inesperado 10 de abril de 1970, cuando McCartney anunció públicamente el rompimiento del grupo, y el fatídico 8 de diciembre de 1980, cuando Lennon cayó fulminado de cinco balazos frente al edificio Dakota, en Nueva York. El sueño se acabó. Lo demás es mito y durará mientras duren quienes crearon el mito. Para los nacidos después de 1980 son una aventura musical arqueológica, un grupo gigante que sus padres —casi abuelos— adoran con pasión, una pasión que respetan y a veces emulan, pero que no entienden bien del todo. El año que muere festeja medio siglo de Beatlemanía. Anuncia, también, su evanescencia.

 

La revista Rolling Stone publicó, en 2011, una guía para seguir cada una de las rolas que componen los 13 long plays de los Fab Four. Gracias a YouTube se pueden escuchar los discos completos. He acometido tamaña empresa a la par de ir leyendo la revista. La evolución de los jóvenes de copete relamido hasta convertirse en adultos de melena indomable resulta lo más sobresaliente. Sin embargo, es preciso admitir que las rolas de los primeros siete discos no dejan de ser melodías adolescentes, baladas armoniosas de amor enmielado, ritmos acelerados y cantos rabiosos. Digámoslo de una vez: “Love Me Do”, “I Wanna Hold Your Hand” o “Help” ya no escandalizan a nadie. Los clásicos de McCartney —“Michelle” o “Yesterday”— son el equivalente a “Stangers in the Night” o “New York” de Frank Sinatra, por ejemplo. Se escuchan con simpatía porque su melodía hace más tolerable la soledad en los elevadores.

 

El viaje a Oriente en 1967, las fiestas de LSD de Timothy Leary —y, para las mujeres, la aprobación de la píldora anticonceptiva— fueron catalizadores seminales del cambio generacional en los sesenta. Examínense las personalidad, la apariencia y la música del cuarteto de Liverpool —y sus compañeras—, antes y después del ácido lisérgico y del viaje a India, para entender la revolución que ocurrió. Occidente nunca fue lo mismo, ni en colores, ni en sexualidad, ni en búsquedas espirituales. Lo mejor de los Beatles surge a partir de Sargent Pepper y las subsiguientes grabaciones en estudio: Magical Mystery Tour, el Álbum Blanco, Abbey Road y Let It Be. Ahí residen los mejores gruñidos y lamentos de Lennon: “Lucy en el cielo de diamantes”, “Un día en la vida”, “La morsa”, “Julia”, “Yer Blues”, “Come Together”, “I Want You”, “A través del universo”; la inolvidable guitarra que llora de Harrison, acompasada por Eric Clapton; la mejor línea de Ringo Starr: “I’ve got blisters on my fingers” al final de “Helter Skelter”, y “Hey Jude” o “Let It Be”, de McCartney, como grandioso finale para el cuarteto: Dejémoslos ser: como mito o como lo que cada quien quiera para sí.

 

Me resisto a pensar que los Beatles volverán a ser los Beat-less (o los Escarabajos) y que pasarán de la histeria a la historia y al olvido, como me resisto a pensar (de manera egoísta y absurda) que nuestra generación pasará a la historia y al olvido. Pero es la ley: las estructuras de sentimiento de una generación conviven, desplazan y sepultan a las estructuras de sentimiento de otra generación. Queda un remanso trilce (triste y dulce), como el de Vallejo, que sirve de escudo para el destiempo que llega:

Tengo fe en ser fuerte.
Dame, aire manco, dame ir
golpeándome de ceros a la izquierda.
Y tú, sueño, dame tu diamante implacable,
tu tiempo de deshora.

Y el diamante de la aguja de aquel tocadiscos Telefunken (que ya no existe), donde de joven escuchaba los discos de 33 de los Beatles, sigue vibrando en mi mente, implacable.

Arturo Dávila
Director del programa del Departamento de Lenguas Extranjeras en Laney College, Oakland. Recibió su doctorado en la Universidad de California, Berkeley.

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