Volúmen 8, número 6. 1977.

Con retraso de casi seis meses, acaba de aparecer el último número de Naturaleza. Se cumplen así nueve años desde la aparición del primer número de su antecesora, Física, con el que propiamente se inició la publicación. En un medio como el nuestro, donde la divulgación de la ciencia carece de tradición, los diecisiete números de Física y los ocho volúmenes de su nueva época, Naturaleza, hablan por sí mismos del esfuerzo continuo realizado por sus editores.

Premio a una carrera marginal.

En 1974 el premio Kalinga, otorgado por la UNESCO a personalidades distinguidas por su labor de divulgación científica, fue conferido a Luis Estrada por su trabajo al frente de Naturaleza y del Departamento de Ciencias de la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM. Para dar una idea de la importancia de este reconocimiento internacional, basta mencionar algunos nombres de quienes lo habían obtenido con anterioridad: Luis de Broglie (1952), Julián Huxley (1953), George Gamow (1956), Bertrand Russell (1957), Karl Von Frisch (1958), Jean Rostand (1959), Arthur C. Clark (1961), Fred Hoyle (1967), Konrad Lorenz (1969), etc. (La lista completa en Naturaleza, Vol. 6, núm. (1975).

Para que este mexicano haya dedicado gran parte de su trabajo a la divulgación de la ciencia, ha requerido de una visión muy propia del quehacer científico, teniendo que desarrollarla y sostenerla en contra de las posiciones ideológicas predominantes entre los científicos nacionales. Algo de ello se deja traslucir en las reflexiones que hace sobre la situación de la ciencia en México, en su análisis en torno de la obra de Don Manuel Sandoval Vallarta, publicado en el último número bajo el sugestivo subtítulo “cien enanos no hacen un gigante”(1)

“Lo primero que salta a la vista es la devaluación del ser científico, tanto en su capacidad de entrega como en cuanto a la entereza del ánimo que supone. Este valor de ser se ha ido sustituyendo por la consecución de una imagen sustentada en un curriculum vitae o en un aval personal o gremial. Para muchos no hay distinción entre ser científico y hacer ciencia, y prefieren lo último aprovechando que ello puede medirse con cualquiera de muchos patrones congruentes con el sistema al que uno esté afiliado. De esta manera, hay quienes se dedican simplemente a publicar artículos científicos, otros se dedican simplemente a publicar artículos científicos, otros se empeñan únicamente en aplicar la ciencia, algunos más se consagran a imprimir mensajes ideológicos en la ciencia, etc.”

De esta cita y de los que se hace mención en los notas 1 y 2, puede inferirse la marginalidad de su carrera, única en nuestro ambiente, que usando el calificativo utilizado por un antiguo miembro del comité editorial de Naturaleza, Jorge Barajas, sería calificada como de “cuarta categoría”, si se la juzgara con los criterios de valorización predominantes. En esto, la divulgación y la difusión de la ciencia no se encuentran solas; en un número anterior de Nexos (No. 3), en un muy apresurado análisis, han sido presentadas algunas otras actividades científicas (incluyendo las de docencia) igualmente demeritadas dentro del medio científico nacional.

Sin lugar a dudas, la parte medular de la cita transcrita líneas arriba, la distinción entre ser científico y hacedor de ciencia, no queda clara. Luis Estrada a lo largo de cada uno de sus artículos publicados en Naturaleza, ha tratado de ir dando claves para desentrañarla.(2) Sin embargo había que estar sustancialmente de acuerdo con él cuando comenta una de sus tesis: “Es cierto. La exposición de mi tesis `Quehacer científico: una oportunidad para ejercer la libertad’, publicada en el número anterior de Naturaleza, es poco clara y corre el riesgo de parecer una visión ociosa y romántica. Creo que las dificultades empiezan con la misma mención de la palabra libertad, pues con ella se quiere decir mucho”. (Naturaleza, vol. 7, núm. 2, 1976)

¿Ociosa y romántica? No, ambigüa parece ser el calificativo correcto. Aparentemente, dicha ambigüedad surge por la marcada inclinación hacia el aspecto subjetivo del quehacer científico que se nota en cada una de sus tesis. Quizás donde mayormente se pone de manifiesto tal ambigüedad es cuando trato de compaginar tal inclinación subjetivista con la actitud que debe de tener el científico ante la sociedad, problema al que indiscutiblemente tiene que referirse para analizar el valor de la divulgación científica.

Ambigüa o no, tal posición le ha permitido a Luis Estrada desarrollar una actitud personal plena de optimismo y tolerancia y una obra única en nuestro país. A partir de ella, las tareas de divulgación de la ciencia en México ya no pueden concebirse sin una gran dedicación y un alto nivel de competencia.

Los epígonos.

El desarrollo que Naturaleza ha tenido como órgano de difusión cultural no puede entenderse sin la influencia determinante que su director ha sabido imprimirle. Sin embargo, no para allí todo en Naturaleza; como una dualidad se nota cada vez más la presencia del resto del comité editorial, formado también por físicos, que en su tiempo (generaciones 58 o 60) fueron todos alumnos del director. Este homogéneo grupo, en un acercamiento superficial, se ha concentrado en desarrollar el mismo tipo de ideas que su maestro. En los artículos de algunos de ellos (los que aparecen en la sección denominada Opiniones), se pueden encontrar las mismas palabras, puntos de vista parecidos y relacionados, pero al mismo tiempo, ícuán distintos!

Si como dijimos, del lado del director encontramos aspiraciones totalizantes (recuérdese lo del ser-científico y el ejercicio de la libertad), en el otro suele capear el reduccionismo que restringe los problemas o visiones parciales que los obscurecen.(3) Si antes hemos hablado de tolerancia, en este otro caso topamos con la intransigencia. En fin, si allí encontramos un llamado a la discusión y el análisis serenos, aquí surgen los excesos verbales que impiden toda discusión.(4)

Ya no caben ambigüedades, éstas han sido superadas, lo que queda es una defensa descarnada de las propias posiciones. En este sentido, en Naturaleza puede encontrarse la más completa y articulada exposición de la ideología que está enraizada en los centros de decisión de los institutos científicos universitarios. Lectura imprescindible ésta, si se trata de echar luz sobre la sorda lucha en que están empeñados los universitarios de hoy en nuestro país.

¿Tremendismo aquí también?

Vueltos a leer los libros anteriores aparece la incertidumbre de si están cargadas de cierta injusticia sobre todo porque se basan únicamente en el análisis de la sección de comentarios, una de las cinco en que Naturaleza divide cada uno de sus números. Una relectura del artículo al que se refiere la nota 4 convence de no cambiar letra alguna de lo antes escrito. En todo caso habrá que instar al lector a no conformarse con lo aquí dicho, sino a ir y leer los artículos mencionados en las notas 3 y 4 y juzgar por él mismo la justeza o invalidez de los juicios aquí emitidos.

Las otras partes de la naturaleza.

“Noticias”, “En estos días”, “Comentarios”, “Artículos” y “Ademas” se llaman las cinco secciones de que consta cada número de Naturaleza.

“Noticias” y “En estos días”: destacan el tono impersonal con que están escritas los primeros y la serie de observaciones personales que incluye el autor de las segundas para comentar las noticias de que da cuenta. La mayoría de la información proviene de fuentes como los Servicios Británicos de Información, la agencia APN, etc. o las revistas norteamericanas que se dedican a la divulgación de la ciencia. Cinco artículos sobre Física ocho de ciencias biológicas y diez distribuidos entre otros temas constituyen la totalidad de los artículos publicados durante el año de 1977.

En el último número, dedicado a Don Manuel Sandoval Vallarta, Jorge Flores suda tinta (más de las cuatro quintas partes del total de lo escrito) para demostrar algo que aparentemente debe costar menos esfuerzo: Francia tiene una sólida tradición científica desde hace siglos, mientras que México carece de ella. Para convencernos remueve la Biographycal Encyclopedia of Science and Technology de Isacc Asimov, se remonta al siglo pasado para recordarnos nuestro infortunio con el Vanadio, y termina contándonos sus correrías por París. Todo, para concluir que “la ciencia en México no ha brincado al umbral de la cultura (?) y el pueblo sigue considerándose ajeno a él”. Ya hacia el final le dedica un cacho a D. Manuel, por “luchar bravamente por establecer un lugar para la ciencia en las tradiciones de nuestro país”. El autor finaliza dedicándole un emocionado y sincero (¿por autobiográfico?) elogio al seminario que Sandoval Vallarta dirigió durante tantos años: “sirvió como único remanso científico, como único foro académico de alto nivel”.

Es indudable que Flores se mueve mejor en otros terrenos que en el de los homenajes. Recordemos tan solo aquí su magnífico “Dos historias del siglo XX” (Naturaleza, vol. 6, núm. 6) así como los que en el volumen de 1977 ha venido publicando en colaboración con Fernando Bróder, con el título de “Juegos para padres e hijos”.

El siguiente artículo, escrito por Alfonso Mondragón, es una muy completa revisión de la obra de Manuel Sandoval Vallarta acerca de la radiación cósmica. La información que ahí se presenta es muy completa y permite ubicar la figura señera del homenajeado en una dimensión correcta. Por si solo, este artículo de Naturaleza habla más y con mayor profundidad que todo lo que al respecto publicó “Ciencia y Desarrollo” en su número 14. En el artículo de Luis Estrada, del que incluso antes se ha transcrito alguna cita textual, se contrasta con la de la época actual la situación que le tocó vivir a D. Manuel. En un momento dado, el autor, con desánimo, se pregunta si ya no tiene sentido esta manera de vivir, hoy en día, cuando escasea la gente verdaderamente dedicada a la ciencia.

Por último, Fernando del Río escribe un artículo sobre la medición. Don Manuel Sandoval fue miembro del Comité International des Poids et Mesures, lo cual le da pié al autor para presentar su trabajo como “un pequeño homenaje a su memoria”. El estilo empleado recuerda bastante el de los libros para maestros del nivel medio, a los que este artículo serviría bastante para motivar sus exposiciones sobre el tema. Cabe preguntarse si sucede lo mismo con el público usual de Naturaleza.

Naturaleza y ciencia y desarrollo.

De un año acá, Naturaleza parece estar pasando por problemas de orden financiero. Primero, aumentó su precio de diez o veinticinco pesos y seguidamente disminuyó la calidad del papel en que era impreso. Todo esto a pesar de seguir contando con el patrocinio del Fondo de Fomento Educativo y la Academia de la Investigación Científica, y además de publicarse en colaboración con el Departamento de Ciencias de la Dirección General de Difusión Cultural de la UNAM.

El retraso del último número de Naturaleza permite hacer una comparación de esta revista con el órgano informativo del CONACYT, Ciencia y Desarrollo. El lector puede comparar las versiones de ambas publicaciones respecto a tres temas. Del primero ya se ha hablado el homenaje a Manuel Sandoval Vallarta. El segundo es el de los premios de la Academia de la Integración Científica de 1977 y el tercero es sobre el Premio Nobel del mismo año.

Notas

1. A lo que se puede añadir el siguiente párrafo tomado también del mismo artículo “Reflexiones en torno a un físico mexicano”:

La siguiente apreciación es la de la incultura científica del científico. Este se ha limitado prácticamente a llenar los canales de comunicación técnica establecidos por las agrupaciones profesionales de científicos. Fuera de esto casi no contribuye en nada. Son raros los ejemplos de quienes han publicado libros u otros escritos destinados a presentar un panorama de conocimiento científico en alguna de sus perspectivas más amplias. Más aun, estas raras publicaciones no están exentas de ejemplos de lo trivial, lo anacrónico y lo improvisado.

2. Léanse, por ejemplo, el párrafo final de la página 211 del número 5 de Naturaleza, correspondiente al Volumen 7 de 1976, en el que se habla del para qué de la ciencia y la necesidad de la divulgación científica; así como los dos últimos párrafos de la página 21 del numero 1 del volúmen 7(1976), que discute la oportunidad que brinda la ciencia para ejercer la libertad.

3. Por ejemplo, ante el problema planteado por la crisis económica, que ha llevado al borde de la quiebra a los sistemas nacionales de educación, cultura y ciencia. En lo concerniente a esta última, se le da un énfasis desmesurado al papel que en todo ello ha jugado la personalidad tropical del director del CONACYT. Así también, el complejo problema del máximo centro docente (de ciencia) que hay en México, la Facultad de Ciencias de la UNAM se reduce a su contexto político: todo se debe al activismo en el medio científico. Como un ejemplo, tómese el artículo que con este nombre aparece en el volumen 7, numero 5 del año 1976 de Naturaleza.

4. véase por ejemplo “El dilema de Prometeo”, en Naturaleza, Vol. 8, No. 4(1977) en el que el autor se dedica a decidir quién es buen o mal profesor, quién investiga o no, quién sí hace o no ha dejado de hacer divulgación de la ciencia, sin dar pista de en qué basa tales asertos.

Si en Ciencia y Desarrollo se encuentran mayores recursos (buenas fotos, trabajo de reporteros especializadas) el balance se inclina hacia Naturaleza donde, aunque se habla de los mismos temas, hay mayor precisión y profundidad. Parecería un triunfo de la tesis de Naturaleza, que pregona con insistencia que la divulgación de la ciencia la deben hacer los mismos científicos. El público al que van dirigidas ambas revistas es el mismo, pretenda lo que pretenda la revista oficial, que aspira a tener un sector de lectores más amplio. ¿Estamos ante algo insólito en México: no ya la existencia de un órgano de difusión de la ciencia, sino de una verdadera competencia entre dos (ídos!) revistas dedicadas a ella? Desde ahora cabe conjeturar que la experiencia y solidez de una -pienso-, la harán estar por encima de los cromos y el oportunismo de la otra.