Para quienes vivíamos en La Habana a mediados de los ochenta fue, primero, una sorpresa, y luego algo rutinario, leer crónicas de Gabriel García Márquez en Juventud Rebelde y ver al escritor, junto a los gobernantes del país, en cuanto acto público tuviese lugar. Todas las novelas del Nobel colombiano estaban a la venta en librerías y los lanzamientos de algunas de ellas, como El amor en los tiempos del cólera (1985), eran ceremonias de Estado, a las que asistían vicepresidentes, ministros y embajadores. Algo rutinario que, sin embargo, no dejaba de ser extraño si se recuerda que buena parte de la literatura latinoamericana de entonces era inaccesible o estaba vetada en la isla y que los propios escritores cubanos de mayor reconocimiento oficial (Alejo Carpentier o Nicolás Guillén, por ejemplo) jamás llegaron a tener una relación tan íntima con el poder.

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El trato privilegiado que recibió García Márquez, en La Habana, durante los años posteriores a la concesión del Premio Nobel en 1982, fue un asunto de Estado, racionalmente diseñado y conducido por Fidel Castro. Lo que los gobernantes cubanos buscaban era un célebre testigo de las hazañas de David, que contara al mundo la resistencia de la isla contra el imperio. Lo que Gabo buscaba, más allá de la autenticidad de sus afectos, era ayudar a Cuba a reintegrarse a Iberoamérica en un momento de transición a la democracia y derrumbe del campo socialista. Entre mediados de los ochenta y mediados de los noventa, García Márquez se involucró intensamente en una negociación diplomática, que incluyó a la España de Felipe González, la Venezuela de Carlos Andrés Pérez, el México de Carlos Salinas de Gortari, la Colombia de César Gaviria y los Estados Unidos de Bill Clinton, encaminada a facilitar, junto con dicha reintegración, un entendimiento con Washington.

El proyecto, como hoy sabemos, fue rechazado por Fidel Castro y Cuba entró, en 1996, en un largo periodo aislacionista y regresivo del que comienza a salir, trabajosamente, en los tres últimos años. El clímax de aquella empresa fue la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano y la Escuela Internacional de San Antonio de los Baños, dos instituciones que Gabo creó y defendió como parte del regreso de Cuba a la comunidad iberoamericana, en la coyuntura del desplome del socialismo real en Europa del Este. El punto más bajo de la amistad llegó en 2003, cuando el gobierno cubano fusiló a tres emigrantes y arrestó a 75 opositores pacíficos, a los que condenó a largas penas de presidio. Entonces García Márquez intentó mantenerse al margen, pero fue obligado a hablar, tras una declaración de Susan Sontag en la Feria del Libro de Bogotá, que cuestionaba su silencio.

En mensaje al periódico colombiano El Tiempo (29/4/03), Gabo respondió a Sontag, no con una defensa de las acciones del gobierno cubano, sino con una exculpación de sí mismo: “no podría calcular la cantidad de presos, disidentes y conspiradores que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o a emigrar” y, en cuanto a la pena muerte, “estoy en contra de ella en cualquier lugar, motivo o circunstancia”. Las declaraciones no gustaron en La Habana y, ante la presión oficial, el autor de El general en su laberinto (1989) se limitó a enviar una escueta nota al diario mexicano La Jornada en la que aseguraba que sus amigos cubanos estaban convencidos de que la reacción internacional contra los fusilamientos y los arrestos sería utilizada para justificar una invasión de Estados Unidos contra la isla. Luego de aquel episodio, se hizo perceptible una distancia entre García Márquez y Cuba.

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Desde principios de los noventa, mucho antes de que le fuera diagnosticado el cáncer linfático, Gabriel García Márquez proyectó escribir sus memorias, en tres volúmenes. El primero contaría su infancia, adolescencia y juventud, entre Aracataca, Barranquilla y Bogotá, su temprana entrega al periodismo y la literatura, hasta la escritura de La hojarasca (1955) y la propuesta de matrimonio a Mercedes Bacha. El segundo narraría la vida de García Márquez y su familia en los años del boom de la novela latinoamericana y la revolución cubana, sus residencias en Nueva York, París, Barcelona y el D.F., hasta la aparición de Cien años de soledad (1967). El tercero relataría la historia de su amistad con varios presidentes y estadistas de Occidente (Omar Torrijos, Fidel Castro, Felipe González, César Gaviria, Bill Clinton…), con los que había establecido una relación que, más allá del afecto o el embrujo, consideraba políticamente útil.

De los tres volúmenes, García Márquez llegó a terminar y publicar sólo el primero, Vivir para contarla (2002). Alguna vez, en una visita que le hice a su casa del Pedregal con nuestro entrañable amigo Lichi Diego, le pregunté por qué el tercero de aquellos volúmenes estaría exclusivamente dedicado a sus amistades políticas. Aquella manera de proyectar sus memorias daba la impresión de colocar en el centro de su vida, después de las grandes novelas de los sesenta y setenta y, sobre todo, después del Premio Nobel en 1982, una relación privilegiada con el poder. No recuerdo, textualmente, la respuesta de Gabo, pero la idea que me transmitió era la misma que le había leído en entrevistas y declaraciones, desde los ochenta: la fama era, según él, una responsabilidad política que se ponía a prueba en la mediación de diversos conflictos. Uno de esos conflictos era, a su entender, el que enfrentaba a Estados Unidos y Cuba y apartaba a la isla de la comunidad iberoamericana.

El autor de Crónica de una muerte anunciada (1981) estaba dispuesto a desempeñar esa responsabilidad, no a la manera de un intelectual comprometido a lo Sartre o de un intelectual orgánico a lo Gramsci —dos opciones hacia las que siempre gravitaron otros grandes escritores del boom, como Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes—, sino como único sabía hacerlo, que era por medio de un diálogo íntimo con los titulares del poder. El tema ha sido explorado por algunos autores, como Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli en Gabo y Fidel. El paisaje de una amistad (2006), Gerald Martin en su biografía Gabriel García Márquez: A Life (2010) y Enrique Krauze en su ensayo “A la sombra del patriarca” (2009). Estos textos nos persuaden de que el vínculo con Fidel Castro formaba parte de un patrón que lo rebasaba y que tenía que ver con una manera de entender la realidad latinoamericana y practicar las amistades políticas.

Llama poderosamente la atención, en la biografía de Gabriel García Márquez, el bajo perfil de su militancia política en la izquierda latinoamericana entre los años cincuenta y ochenta y su débil identificación ideológica con alguna modalidad de socialismo. A diferencia de otros grandes escritores de la región, como Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, que siempre acompañaron sus posicionamientos públicos con lecturas marxistas, existencialistas o liberales, García Márquez estableció desde muy temprano una relación poco intelectual con el mundo de la política. Una revisión de sus textos periodísticos sobre la revolución cubana, por ejemplo, arroja que el mayor interés del escritor colombiano tenía que ver con el viraje que la experiencia de la isla había dado a la relación con Estados Unidos. El significado político de Cuba, para García Márquez, aun en la dimensión internacional más complicada, como podía ser la de las intervenciones militares en guerras civiles africanas, narradas en el reportaje sobre Angola, Operación Carlota (1977), no tenía que ver, propiamente, con el marxismo o el socialismo sino, estrictamente, con la confrontación nacionalista de la hegemonía mundial de Estados Unidos.

Para un escritor colombiano, formado en los años que siguieron al asesinato del candidato liberal a la presidencia de Colombia, Jorge Eliecer Gaitán, en 1948, y que sufrió el autoritarismo de los gobiernos conservadores y de las dictaduras de Gustavo Rojas Pinilla y la Junta Militar, durante toda la década del 50, el triunfo de la revolución cubana tuvo que ser un suceso esperanzador. Cuando Prensa Latina, la agencia periodística cubana fundada por el marxista argentino Jorge Ricardo Masetti, lo contrata como corresponsal, García Márquez no es un intelectual comunista, pero sí es un escritor nacionalista, que rechaza la estrategia autoritaria del anticomunismo que las elites y los ejércitos de la región, respaldados por Estados Unidos, introducen, sobre todo, en la zona del Caribe y Centroamérica.

Desde Nueva York, García Márquez observa la polarización que el fenómeno cubano produce en Estados Unidos y la agresividad con que la derecha macarthista reacciona a las primeras leyes revolucionarias (Reforma Agraria, Campaña de Alfabetización, rebaja de alquileres…), antes de las expropiaciones de compañías norteamericanas en el verano de 1960. Como muchos intelectuales de la izquierda de Nueva York, desde los veteranos liberales Waldo Frank, Carleton Beals y C. Wright Mills hasta los jóvenes beats Allen Ginsberg, Leroi Jones y Robert Bly, y como la mayoría de los escritores de la izquierda latinoamericana, García Márquez se opone a la hostilización de la revolución cubana desde Estados Unidos porque piensa que Washington está repitiendo con Cuba el mismo de error que con la Guatemala de Jacobo Arbenz, en 1954, cuando la CIA organizó un golpe de Estado contra un presidente democráticamente electo.

Aunque la solidaridad de García Márquez con la revolución cubana fue evidente, durante los sesenta, su presencia en los medios cubanos o su proyección como ideólogo de la izquierda revolucionaria latinoamericana fue menor, por ejemplo, que la de Fuentes o Vargas Llosa. Fuentes publicó en Lunes de Revolución (1959-61), el primer suplemento literario de la Cuba socialista, dirigido por Guillermo Cabrera Infante, tres ensayos contundentes, que son, de algún modo, un preludio de Calibán (1971), el panfleto donde Roberto Fernández Retamar lo atacara ferozmente 10 años después:  “América Latina y Estados Unidos”, “Los intelectuales mexicanos y la Revolución Cubana” y “Prometeo desencadenado: la moral norteamericana a través de Moby Dick”. Vargas Llosa fue miembro del Consejo de Redacción de la revista Casa de las Américas entre 1966 y 1971, cuando renunció tras el arresto del poeta Heberto Padilla y su esposa, la también poeta Belkis Cuza Malé, y como ensayista ha expuesto claramente su evolución ideológica, desde un juvenil socialismo democrático hasta un liberalismo neoclásico, como el que defiende desde los ochenta.

El escritor cubano Reinaldo Arenas, uno de los primeros en reseñar, deslumbrado, Cien años de soledad en La Habana, sostenía en su ensayo “Los dichosos 60”, recientemente rescatado por Enrico Mario Santí y Nivia Montenegro en Libro de Arenas. Prosa dispersa (Conaculta/DGE, 2013), que el mejor momento de García Márquez como escritor había sido aquel, cuando como “un periodista escurridizo le había sacado el cuerpo a Prensa Latina y escribía febrilmente en un apartamento de la ciudad de México”. La grandeza de Cien años de soledad, una novela que, según Arenas, refundía en una “épica alucinante” elementos de Borges, Carpentier y Faulkner, aunque sin el “misterio” o lo “aterrante” de este último, tenía que ver con el hecho de que había sido escrita en el momento de mayor compromiso de su autor con la libertad y la creación. Un compromiso que Arenas, víctima de la homofobia, la represión y el escarnio, vio trocado en complicidad con el poder de la isla en las décadas siguientes.

Fue justamente tras la ruptura de buena parte de la intelectualidad latinoamericana con La Habana, a raíz del encarcelamiento de Padilla, que García Márquez, quien se mantuvo al lado de Fidel Castro, comenzó a tener mayor visibilidad en la isla. Aún así, durante los setenta, cuando estuvo inmerso en la escritura de dos de sus mayores obras, El otoño del patriarca (1975) y Crónica de una muerte anunciada, la identificación de García Márquez con otros procesos de la izquierda latinoamericana como el Chile de Salvador Allende, al que dedicó el libro Chile, el golpe y los gringos (1974), con Omar Torrijos y su lucha por el control del Canal de Panamá, cuyo acuerdo con James Carter, en 1977, siguió de cerca, o con la revolución sandinista, a la que también dedicó un libro, Viva Sandino (1982), ocupa más espacio en sus escritos periodísticos que la relación con Cuba.

Basta revisar la obra periodística de García Márquez, reunida en Notas de prensa. 1961-1984 (1990) o en Por la libre (1999), para constatar que Chile, El Salvador, Nicaragua, Panamá y, por supuesto, Colombia, son temas más relevantes que Cuba. La Habana es, en aquellas crónicas para El Espectador de Bogotá, la ciudad de Graham Greene y Ernest Hemingway, no la de Fidel, ni siquiera la de Carpentier o Guillén. Ninguna relación de Gabo con algún escritor cubano es comparable a su vínculo con Pablo Neruda en Chile o con Juan Rulfo y Carlos Fuentes en México, sin contar, desde luego, a sus amigos escritores colombianos. Por supuesto que García Márquez escribió crónicas en las que expuso su amistad con Castro, como el panegírico “El Fidel que yo conozco”, o artículos de identificación con el gobierno cubano, como el que dedicó a la repatriación del niño balsero Elián González, pero Cuba pesa relativamente poco en el repertorio periodístico de Gabo, si estudiamos esa presencia a la luz de su relación personal con la isla.

La razón de este contraste podría estar en el rechazo que Gabriel García Márquez sintió siempre por el socialismo real de la URSS y Europa del Este, los principales aliados internacionales de Fidel Castro entre 1960 y 1992. Hay críticas de Gabo a la Unión Soviética desde 1959, como cuando decía en una famosa crónica que en la URSS “las cosas no estaban hechas a la medida humana”, por no hablar de sus juicios severos sobre la burocracia en Europa del Este, en De viaje por los países socialistas (1978), o su terrible retrato del “callejón sin salida” que impuso el régimen de Jaruzelski en “Polonia: verdades que duelen” (1981), en El País, o sus advertencias contra cualquier invasión de la Unión Soviética contra los países de Europa del Este, como la de 1968 contra Checoslovaquia o, antes, la de 1956 contra Hungría, porque ofrecería pretextos para una intervención militar de Estados Unidos en Centroamérica y el Caribe.

No hubo fascinación comunista en García Márquez, a pesar de su gran amistad con Neruda, como tampoco hubo mayor guevarismo, si lo comparamos, por ejemplo, con Julio Cortázar, Mario Benedetti, Eduardo Galeano y otros escritores latinoamericanos de su generación. Valdría la pena preguntarnos, entonces, qué socialismo fue el suyo y la respuesta tal vez haya que encontrarla en su amistad con Felipe González o François Mitterand, con Belisario Betancourt o César Gaviria o en aquel pasaje del discurso ante la Academia sueca en el que pedía a los europeos que permitieran a los latinoamericanos construir, a su manera, un Estado de bienestar como el que habían alcanzado los países nórdicos. Un socialismo, en suma, más parecido a cualquier socialdemocracia que al comunismo cubano, pero en la mente de un amigo de Fidel que había jurado no cuestionar a Cuba para “no regalar armas al enemigo”.

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Se dice con frecuencia que Gabriel García Márquez, a diferencia de muchos de sus contemporáneos del boom, no fue un intelectual público o un hombre de ideas. Sus múltiples intervenciones en debates o conflictos políticos —las dictaduras latinoamericanas, el socialismo en Chile, la guerra civil en Centroamérica, las revoluciones de Cuba y Nicaragua, las invasiones de Panamá y Granada, las burocracias de Europa del Este, la guerrilla y el narcotráfico en Colombia, la liberación de escritores disidentes y presos políticos cubanos, Kissinger y Reagan, Carter y Clinton, Mitterand y González, Castro y Torrijos— deberían hacernos reconsiderar ese juicio. Lo que distingue a García Márquez, entre sus contemporáneos, es un modo de expresión de esos posicionamientos que, más que al ensayo o al artículo de opinión, recurrió a la crónica y a un género que tendría que ver, en todo caso, con la diplomacia y no con la literatura o el periodismo: la amistad y la mediación.

Podría argumentarse que esa manera de practicar una política intelectual remite a la sociabilidad tradicional de América Latina. Una sociabilidad ligada, desde el siglo XIX, a las clientelas de los caudillos y que comparte la lógica de relaciones que predomina en los patriarcados y las mafias. Pero ese argumento corre el riesgo de caer muy fácilmente en la hipocresía, ya que toda política, incluso la democrática, como ha sugerido Diego Gambetta, tiene un componente mafioso, que se articula en torno al principio de la “protección privada” de una casta o una clase, una familia o un Estado. No es imposible, sin embargo, leer en la obra de García Márquez una fantasía de América Latina como lugar de inverosimilitudes, capaz de generar mixturas de infiernos y paraísos, sueños y pesadillas, utopías y dictaduras, que se basa en el relativismo y la ambivalencia.

Reinaldo Arenas captó muy bien esa ambivalencia en su temprana reseña “Cien años de soledad en la ciudad de los espejismos”, escrita en La Habana totalitaria de los sesenta. La mayor limitación de la poética de la historia latinoamericana de García Márquez era su sentido “bíblico” o, específicamente, “apocalíptico”. García Márquez localizaba la utopía en el pasado y la debacle en el futuro, entendiendo la historia como “un engranaje de repeticiones irreparables o una rueda giratoria que hubiera seguido dando vueltas hasta la eternidad, de no haber sido por el desgaste progresivo del eje”. Un apocalipsis que, sin embargo, parece un “magnífico divertimento”, que con frecuencia “pierde el tono trascendental, oscuro y conmovedor que son exclusivos de la tragedia”. García Márquez, según Arenas, evitaba mirar de frente el sentido trágico de la historia latinoamericana.

Hay ideas e imágenes en la literatura de Gabriel García Márquez que nos ayudan a entender su política de la amistad. Ideas e imágenes sobre la historia de América Latina que, como en los mayores escritores de la región, esbozan un entramado poético y político. No creo que haya mejor texto donde explorar esa idea de la historia que el discurso en Estocolmo, en 1982, en la ceremonia del Nobel. Allí Gabo expone una visión del devenir latinoamericano, marcada por lo insólito o lo asombroso, por la sorpresa que el latinoamericano depara siempre al europeo, verificable en los cronistas de Indias, en los viajeros ilustrados, románticos o positivistas y en los grandes novelistas occidentales que, alguna vez, se asomaron a esta parte del mundo: Conrad y Faulkner, Hemingway o Greene. A pesar de su nacionalismo, los referentes narrativos de García Márquez fueron ésos y no los que podrían provenir de las ideologías anticoloniales y postcoloniales que reclama la izquierda latinoamericana.

Es cierto que García Márquez terminaba aquel discurso en Estocolmo en tono utópico, contradiciendo el final de su gran novela, es decir, pidiendo “una segunda oportunidad sobre la tierra para las estirpes condenadas a cien años de soledad”. Pero durante todo el discurso había retratado a América Latina como ese lugar donde lo imposible se hace real, donde lo mismo tenían lugar dictaduras pintorescas como las de Santa Anna o García Moreno en el siglo XIX, que golpes de Estado como el que derrocó a Allende en Chile, regímenes neofascistas como los del Cono Sur o etnocidios como el de El Salvador. La idea de una tradición autoritaria y caudillista, en América Latina, que compartieron críticamente Octavio Paz, Mario Vargas Llosa y casi todos los escritores del boom, era el eje de aquel discurso y no es difícil encontrarla, tampoco, en obras de Gabo como El otoño del patriarca y El general en su laberinto.

La diferencia estaba en que García Márquez entendía esa tradición no tanto como una herencia negativa, que podía y debía ser conjurada por las transiciones democráticas y los Estados de derecho, sino como un gen que codificaba la cultura política de la región desde los tiempos de la conquista y la independencia y que, en sus propias palabras, “condenaba” a toda la estirpe latinoamericana. Ese gen autoritario se manifestaba tanto en la derecha como en la izquierda y Fidel Castro y Hugo Chávez no eran ajenos al mismo. Hay rasgos autoritarios en las descripciones que Gabo hizo del líder cubano en El olor de la guayaba (1982), la famosa conversación con Plinio Apuleyo Mendoza, en el propio texto “El Fidel que yo conozco” y, sobre todo, en el artículo “El enigma de los dos Chávez” (1999), que escribió para la revista Cambio de Colombia, en el que no descarta que el presidente venezolano sea un “ilusionista, que podría pasar a la historia como un déspota más”. Pero Castro, más que Chávez, era el patriarca de esa estirpe condenada que, a pesar de su incólume apuesta por el despotismo, siempre merecería una segunda oportunidad en la historia.

Que García Márquez no se haya sumado a la corriente intelectual chavista o bolivariana, que no se moviera dentro del circuito del Foro Social de Porto Alegre o de las izquierdas movilizadas por los gobiernos afiliados al ALBA, tiene que ver con ese distanciamiento de La Habana que se percibe al final de su vida. No es extraño que uno de los proyectos que más resueltamente impulsó García Márquez en la última década, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en Cartagena, haya sido un foro donde, no con frecuencia, se escuchan críticas a las restricciones a la libertad de información y expresión en Cuba y a la persistencia, en esa isla del Caribe, de una concepción Estadocéntrica de la esfera pública y los medios de comunicación, que postula, bajo el pretexto del combate a la hegemonía de los grandes consorcios mediáticos occidentales, el control gubernamental de la prensa.

La ubicación de Gabriel García Márquez en las corrientes más sólidas de la izquierda latinoamericana, en el último medio siglo, ha sido más borrosa de lo que esa misma izquierda está dispuesta a reconocer. Gabo no fue comunista, ni populista, ni chavista, pero tampoco fue un socialista democrático, como muchos de sus contemporáneos, si bien sus simpatías por la desmovilización de las guerrillas y las transiciones a la democracia en toda América Latina, entre los ochenta y los noventa, fueron evidentes. García Márquez apoyó esas transiciones democráticas en todos los países latinoamericanos, menos en Cuba. ¿Por qué? Por ese patriarcal código de amistad con Fidel Castro, desde luego, pero también por su memoria y su percepción del Caribe como una zona históricamente explotada por Estados Unidos.

El silencio de García Márquez sobre la falta de democracia en Cuba, que le denunciara Susan Sontag, parecerá a unos reprobable, a otros justificable y a otros más manipulable. Estos últimos, los que manipulan ese silencio desde cualquier punto de la geografía política, intentarán identificar al escritor colombiano con una ideología y un sistema totalitario que nunca compartió plenamente. Es preciso releer la biografía de García Márquez con la turbulenta historia de América Latina, en el siglo XX, como telón de fondo. Es en esa historia, que arranca con revoluciones y termina con democracias, donde habría que encontrar el origen de su elocuencia literaria y su silencio político, de sus extraños afectos y sus grandes temores.

 

Rafael Rojas
Historiador y ensayista. Profesor e investigador del CIDE. Su libro más reciente es El estante vacío. Literatura y política en Cuba.

 

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