Los países de Centroamérica son los más violentos del mundo: sus tasas de homicidios oscilan entre 40 y 90 por cada 100 mil habitantes. Durante el último medio siglo, Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador no han sufrido más que guerras, revoluciones, golpes de Estado, terremotos, huracanes, problemas que en vez de resolverse se han venido agravando. A resultas de una endeble economía basada en las remesas, con la paz y la democracia la migración creció, la inseguridad se disparó, la zona se degradó. La violencia se volvió un problema cultural.

Joaquín Villalobos aborda en este ensayo el proceso autodestructivo de la región y la amenaza inminente que la simbiosis criminal mexicano-centroamericana representa para nuestro país.

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Centroamérica es la región del continente más poblada y al mismo tiempo la más pobre, la que tiene más gente sufriendo desnutrición, la más amenazada y vulnerable a los desastres naturales, la más inestable políticamente, la que tiene más armas por habitante y la que expulsa más personas. Sus países han sido conocidos como “repúblicas bananeras”, famosos por sus brutales dictaduras y sus voraces oligarcas. Esta región que en los ochenta fue centro de confrontación de la Guerra Fría, se ha convertido ahora en la más violenta, no sólo del continente, sino del mundo. En un poco más de medio siglo los centroamericanos han sufrido 12 golpes de Estado, una revolución, cuatro guerras, un genocidio, una invasión estadunidense, 18 huracanes y tormentas tropicales y ocho terremotos. A los 320 mil1 muertos por las guerras de los ochenta, se han sumado en los últimos 14 años más de 180 mil homicidios por la delincuencia. Con la llegada de la paz y la democracia, sus economías han empezado a basarse en la exportación de personas y en la recepción de remesas y esto ha generado más refugiados que los ocasionados por las guerras y los desastres naturales. La exportación de personas es un negocio que en 20 años ha dejado más de 124 mil millones de dólares a los oligarcas que dominan las economías de Guatemala, Honduras y El Salvador. Más de seis millones de nacionales de estos tres países, que representan el 13% de la población de la región, han cruzado por México para llegar a Estados Unidos. En este contexto estalló la crisis humanitaria provocada por la huida de decenas de miles de niños como una señal de que estos países están tocando fondo. Ya no se trata de unos emigrantes que quieren alcanzar un sueño, sino de gente que quiere escapar del infierno en que se han convertido sus países. La desintegración de familias y comunidades ha generado una delincuencia implacable y feroz que domina los barrios pobres, colocando a la gente ante la disyuntiva de huir o morir.

 

Mario Sandoval Alarcón, un político guatemalteco conocido como “el padrino de los escuadrones de la muerte”, que hablaba como el personaje de la película de Francis Ford Coppola, era líder del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) de Guatemala, una mezcla de partido político y paramilitarismo. Alarcón reconocía que el MLN era el partido de la violencia organizada. En Guatemala, Honduras y El Salvador, los regímenes militares enseñaron a matar a los ciudadanos al organizar a miles de civiles bajo formas paramilitares a quienes encargaron la guerra sucia. La privatización de la violencia fue en estos países una política de Estado durante muchas décadas. La violencia de los gobiernos llegó en el pasado a extremos tales como el asalto policial e incendio a la embajada de España en Guatemala en 1980 provocando la muerte a 37 personas o el asesinato en noviembre de 1989 de seis académicos jesuitas en su casa por un batallón elite del ejército salvadoreño entrenado por Estados Unidos. Ahora en el presente, entre 2003 y 2012, en Honduras, en el contexto de políticas de “mano dura”, tres centros penitenciarios han sufrido incendios “accidentales” en los cuales 534 presos han muerto calcinados.

El paramilitarismo en Guatemala se llamó “Patrullas de Autodefensa Civil”, en El Salvador “Servicio Territorial”, y en Honduras el nombre más conocido fue “Mancha Brava”. En estas organizaciones participaron cientos de miles de campesinos que se encargaban de controlar, reprimir y matar a otros campesinos. En las ciudades los escuadrones de la muerte asolaron y aplicaron la “muerte ejemplar” contra los opositores, torturando, descuartizando, decapitando y exhibiendo los cuerpos mutilados. Poner la cabeza de alguien en el vientre de otro muerto, colgar cadáveres, quemar vivas a las personas y muchas otras barbaridades fueron cotidianamente utilizadas para generar terror. Esto volvió la violencia un problema cultural, los ciudadanos aprendieron a matarse para resolver diferencias de todo tipo y hoy los delincuentes usan el descuartizamiento y la exhibición de las víctimas como procedimiento cotidiano, igualmente, para generar terror.

La fuerza elite del ejército de Guatemala, conocida como “kaibiles”, es famosa por su capacidad de matar de formas terribles, sin importar a quien. Esta fuerza es entrenada en un centro de instrucción llamado “El Infierno” y tuvo gran responsabilidad en la ejecución del genocidio contra los indígenas en los ochenta. Muchos kaibiles son ahora capos del narcotráfico en Guatemala y otros se integraron a los cárteles mexicanos. El escritor guatemalteco Rodrigo Reyes, en su novela Los sordos, llama a los kaibiles “los Frankenstein de la contrainsurgencia” y dice lo siguiente: “En el tercer milenio, Guatemala ejercía por fin alguna influencia en la cultura mexicana: los ex kaibiles empleados por los barones de la droga como guardias personales habían introducido en el gigante norteño la práctica de la decapitación ritual como método intimidatorio”. Aunque se requiere una investigación más profunda, sí se puede afirmar que los kaibiles guatemaltecos han tenido un rol determinante en enseñar y extender las técnicas de matar que ahora emplean los cárteles mexicanos de forma cotidiana para intimidar y asegurarse obediencia. No hay en México antecedentes de “muertes ejemplares” de ese tipo y menos en las cantidades que ahora se conocen. Incluso en Venezuela o Brasil, que tienen niveles altos de violencia, estas formas de matar no están extendidas. Sólo existen en el presente en Guatemala, Honduras, El Salvador, México y en Colombia en donde son cada vez menos comunes.

En los ochenta México fue el protagonista más importante en los esfuerzos por la pacificación vía negociaciones políticas en las guerras insurgentes y contrainsurgentes que afectaron directa o indirectamente a todos los países, desde Panamá hasta Guatemala. Esto implicó enfrentar la política exterior de la administración Reagan. El nivel de involucramiento de Estados Unidos en el conflicto centroamericano en los ochenta, le dio a éste una relevancia que no ha tenido ningún otro en el continente. En esos años Estados Unidos fue indiferente frente al genocidio de miles de indígenas en Guatemala; estableció bases militares en Honduras; hizo la guerra a Nicaragua armando y entrenando un ejército de 40 mil contrarrevolucionarios; en términos prácticos gobernó El Salvador y en 1989 invadió Panamá directamente con sus tropas. En esa época Centroamérica fue para Latinoamérica lo más parecido a Vietnam. Durante una década, más de 400 mil hombres armados, que comprendían revolucionarios insurgentes, contrarrevolucionarios y fuerzas armadas nacionales, se involucraron en un conflicto que abarcó a seis países y dejó más de 320 mil muertos.

Al final la política de México tuvo éxito, aquellos conflictos se resolvieron por vía negociada, los insurgentes de izquierda moderaron sus posiciones y Estados Unidos dejó de apoyar dictaduras y terminó aceptando a las izquierdas. Sin embargo, la violencia política de los ochenta no tuvo consecuencias directas graves para México. Las migraciones no fueron significativas, se establecieron algunos campos de refugiados para albergar a los guatemaltecos en la frontera sur que incluso retornaron a su país. Se puede especular que el intento de rebelión en Chiapas tuvo conexión con lo ocurrido en Centroamérica, pero esa rebelión fue controlada prácticamente sin usar fuerza, aplicando extensos programas sociales y siendo tolerantes con los zapatistas.

Paradójicamente, con la paz y la democracia la migración de centroamericanos hacia el norte se disparó y no ha parado de crecer. Esto tiene consecuencias graves y directas para México. Conforme el deterioro de Centroamérica ha venido creciendo, la frontera sur ha venido degradándose en la seguridad y en lo social sin que esto pueda contenerse dado que los orígenes del problema no están en México. Ha comenzado a producirse una fusión entre los problemas de seguridad de ambos lados de la frontera. En los ochenta toda Centroamérica estaba envuelta en los conflictos, pero los cambios que trajo la paz tuvieron efectos diferentes en los tres países del norte y en los tres del sur. La migración de nicaragüenses fue hacia Costa Rica y esto benefició a ambos países. Panamá ganó estabilidad política y la recuperación del Canal le ha traído mucho progreso. En ese sentido el problema principal son Guatemala, Honduras y El Salvador. Estos tres países constituyen sociedades históricamente muy violentas y en la actualidad sus tasas de homicidios oscilan entre los 40 y 90 por 100 mil habitantes.

Resultado de estar ubicados en la ruta del narcotráfico, grupos del crimen organizado se apoderaron de porciones de sus territorios y, a consecuencia de la emigración y las deportaciones, desde Estados Unidos surgió y volvió para enraizarse en los barrios urbanos de estos países un fenómeno de pandillas conocido como “maras”, con magnitud de gran desastre social y criminal. Ambos, crimen organizado y pandillas, se han transformado en poderes paralelos que le compiten en autoridad a sus débiles Estados. No hay indicadores de que la situación de Guatemala, Honduras y El Salvador vaya a mejorar, por el contrario, lo previsible es que en los próximos años tenderá a empeorar mucho más. La violencia y el deterioro social han sido imparables en los últimos 15 años (ver gráfica 1).

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A diferencia del pasado de violencia política, en el que México sufría consecuencias como actor pasivo, ahora existe una conexión criminal con la región y una extensión de las problemáticas sociales que ésta padece. Por esa ruta se mueven drogas, dinero, delincuentes, emigrantes ilegales, armas, deportados y ahora hasta niños; todo a gran escala. Al igual que ocurrió en la frontera norte, que fue gradualmente convirtiéndose en “otro país”, la frontera sur de México es ya una extensión de la crisis de seguridad del triángulo norte de Centroamérica. La “Mara Salvatrucha” está invadiendo partes del sur de México, es una fuerte marca criminal en Tapachula y los cárteles mexicanos del norte siguen aterrorizando al país con las técnicas de matar que les enseñaron los kaibiles que llegaron del “Infierno” de Guatemala. Para México esto ya no es asunto de si puede hacerse cargo o no de la región, sino de que no puede desentenderse de lo que está pasando en esos países. La crisis social y de seguridad del triángulo norte de Centroamérica se ha convertido en una amenaza creciente a su propia seguridad.

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Después de Haití, los países del norte de Centroamérica pueden ser considerados la región de Latinoamérica con mayor riesgo de llegar a ser Estados fallidos. Estos países han vivido un deterioro constante a lo largo de su historia. En esencia, no se puede decir que hayan progresado, lo dominante es que sus problemas no se resuelven y, por el contrario, se han venido agravando cada vez más. Como se puede apreciar en la cronología que se detalla al final de esta parte, la región ha sufrido a lo largo de los últimos 60 años numerosos golpes de Estado, el más reciente en 2009; una guerra entre Honduras y El Salvador que hizo fracasar la integración y dificultó el comercio durante 20 años; una revolución en Nicaragua y tres guerras internas cruentas y prolongadas que dejaron cientos de miles de muertos en Guatemala, El Salvador y Nicaragua; numerosos huracanes y terremotos que dejaron pérdidas por miles de millones de dólares mientras Honduras y Panamá fueron intervenidos militarmente por Estados Unidos, uno para establecer bases y el otro para ocuparlo y deponer a su gobierno violentamente. De la guerra contrarrevolucionaria en Nicaragua se estiman 17 mil millones de dólares en pérdidas, de la guerra civil en El Salvador 80 mil muertos y, en sólo dos años en Guatemala (1981-1982), 20 mil indígenas fueron asesinados y 54 mil quedaron desaparecidos, esto da un promedio de 100 personas muertas o desaparecidas por día.

Algunos de los hechos de las últimas décadas guardan relación entre ellos. El terremoto que destruyó Managua en diciembre de 1972 desató la crisis de poder que derivó en el derrocamiento de la dictadura de Anastasio Somoza en 1979. La invasión estadunidense a Panamá en 1989 se relaciona con la negativa del gobierno panameño de cooperar con Estados Unidos para enfrentar a la revolución sandinista. La llamada Guerra del Futbol entre Honduras y El Salvador en 1969, tuvo mucho que ver con el posterior estallido de la guerra civil en El Salvador al expulsar a 300 mil salvadoreños y cerrar la puerta a la emigración de éstos hacia Honduras. La regla ha sido de que lo que afecta severamente a uno de los países los termina afectando a todos. Es un proceso histórico autodestructivo que puede sintetizarse en estos factores:

• Gobiernos militares, represión y golpes de Estado.

• Insurgencia y guerras contra los gobiernos militares.

• Transición a democracias incipientes con elevada polarización política.

• Desastres naturales que dejan destrozos permanentes.

• Economías basadas en la emigración y las remesas.

• Violencia delictiva a gran escala.

• Pérdida de control territorial por parte de los Estados.

La democracia no trajo paz y seguridad, sino una explosión de violencia delictiva, que se ha manifestado en Honduras con 54 mil muertos por la delincuencia en los últimos 12 años, en El Salvador con 37 mil y en Guatemala con 60 mil. La política de posguerra ha significado polarización e ingobernabilidad y la corrupción dio paso a la penetración del crimen organizado en las instituciones. La liberalización económica derivó en debilitamiento de los Estados. La desmilitarización tuvo un enfoque presupuestario de reducción del gasto del Estado y no de modernización y adaptación de la seguridad a las nuevas amenazas. Cuando las guerrillas eran el problema, los ejércitos, las policías y los paramilitares eran numerosos y con un despliegue total en cada país. El Salvador, hacia 1980, en sólo 20 mil km2 tenía un cuerpo paramilitar subordinado a las Fuerzas Armadas compuesto por 150 mil hombres distribuidos en todos los caseríos rurales y barrios urbanos. Las Patrullas de Autodefensa Civil de Guatemala estuvieron integradas por más de medio millón de campesinos que mantenían un despliegue en todo el país bajo la dirección de las Fuerzas Armadas. La disolución de estas estructuras y la reducción de los ejércitos dejaron territorios con vacíos de autoridad que fueron llenados por grupos criminales dando paso a una violencia peor que las guerras que precedieron a la democracia. La idea de Estado barato y pequeño que puso de moda el llamado “Consenso de Washington” se ha convertido en una trampa mortal para estos países. Sin una inversión considerable en seguridad no saldrán de la crisis que padecen. La idea de fortalecer policialmente al Estado va en contra del imaginario antirrepresivo de las izquierdas y también va en contra del imaginario antigasto de las derechas.

Estados Unidos participó e intervino para apoyar a los gobiernos autoritarios, luego intervino militarmente para combatir insurgencias, ahora lo hace de nuevo para combatir al narcotráfico. La secuencia e intensidad de desastres políticos, sociales y naturales dificultó el comercio y las relaciones entre los países; generó gastos impagables en guerras, seguridad y reconstrucción; provocó emigración, incrementó la pobreza, polarizó ideológicamente a las elites y redujo las posibilidades de integración que es lo único que podría salvar a estos países.

 

Las remesas familiares están conectadas con la migración de población y por lo tanto con comunidades desintegradas, familias disfuncionales y con la violencia que esto genera; al menos así ha ocurrido en países culturalmente violentos como Guatemala, Honduras y El Salvador. En el caso de El Salvador y Honduras las remesas representan entre 18% y 20% del PIB, por lo tanto compiten igualando o superando las exportaciones y financiando las importaciones. En el caso de El Salvador, en el que ha emigrado casi 40% de la población, el impacto social y económico negativo es muy grande, a tal punto que este país importa mano de obra hondureña y nicaragüense para suplir trabajos agrícolas en virtud de que muchas familias viven de las remesas en el campo y los jóvenes están a la espera de emigrar al norte.

Aun existiendo otros factores que hayan afectado las posibilidades del crecimiento económico de la economía de El Salvador y más recientemente la de Honduras, ambos casos permiten ver una conexión entre el escaso crecimiento económico con las remesas y entre ambos fenómenos con el aumento de los homicidios. Las remesas significan un ingreso tan grande en proporción al país, que le dan a la economía un carácter rentista que hace perder incentivos a la inversión y la producción. Estos países están dejando de ser economías agrícolas y se están transformando en economías artificiales de servicio y consumo financiadas con remesas. Conforme a datos de los bancos centrales de cada país, en los últimos 20 años (1994 a mayo de 2014) El Salvador recibió 48 mil 830 millones de dólares en remesas, Guatemala 46 mil 375 y Honduras 29 mil 279. Juntos han recibido 124 mil 484 millones de dólares en sólo dos décadas. Cualquier programa de cooperación internacional es nada comparado con esto. El Salvador se encuentra entre los diez países con mayor déficit comercial y es séptimo en tasa más alta de consumo privado como proporción del PIB.2 ¿Cómo es posible que tanto dinero no haya traído progreso, sino una catástrofe social y una amenaza a la seguridad que ha puesto en riesgo la supervivencia de estos Estados? El ingreso de miles de millones de dólares no ha tenido efectos positivos en crecimiento económico; el financiamiento del gasto público con deudas ha ido en aumento y los efectos sociales del desempleo, la informalidad, la violencia y la inseguridad tienen carácter de emergencias nacionales. En los últimos 14 años los homicidios de estos tres países ya superan lo
s 180 mil muertos. En Guatemala todavía lo productivo domina sobre las remesas, pero es cuestión de tiempo para que su economía se acomode a la pérdida de incentivos que generan las remesas. No hace sentido producir aguacates o mangos cuando se pueden captar más millones supliendo el consumo (ver cuadro 1).

Cuadro 1

Remesas, crecimiento económico y homicidios en El Salvador, 1988-2013

Año

Crecimiento económico %

Remesas familiares en millones de dólares

Homicidios

1988

1,2

202

1989

1.0

204

1990

4.8

322

1991

3.6

518

1992

7.5

686

1993

7.4

822

1994

6.0

964

1995

6.5

1,063

1996

4.8

1,068

1997

4.0

1,200

1998

3.4

1,338

2,340

1999

3.4

1,374

2,544

2000

2.1

1,750

2,341

2001

1.7

1,910.50

2,374

2002

2.3

1,935.20

2,346

2003

2.3

2,105.30

2,388

2004

1.7

2,547.60

2,933

2005

3.6

3,017.1

3,812

2006

3.9

3,470.9

3,928

2007

3.8

3,695

3,497

2008

1.3

2,787

3,179

2009

-3,1

1,739.7

4,382

2010

1.4

3,595.4

4,004

2011

1.2

3,648.8

4,366

2012

1.2

3,910.9

2,641

2013

1.6

3,969.1

2,490

Fuentes: Banco Central de Reserva de El Salvador.
Policía Nacional Civil, Instituto de Medicina Legal (IML).
La cifra de homicidios ente 1988 y 1997 no se incluyen porque no había todavía registros confiables.
Nota: En los datos se observa una tendencia temporal decreciente en El Salvador por efecto de la tregua entre pandillas que comenzó en 2011 y tuvo su punto más bajo en 179 homicidios en el mes de abril de 2012. Desde julio de 2013 los homicidios han ido de nuevo en ascenso. En mayo de 2014 hubo 384. Es posible que este año se cierre con más de cuatro mil homicidios, como en 2010.

 

Durante la guerra los desplazados se movieron a las ciudades o a países vecinos, la emigración al norte no fue significativa. Las primeras oleadas migratorias importantes aparecen en los noventa y responden a que las economías dejaron de generar empleos. Las más recientes oleadas migratorias combinan el desempleo y la violencia. Lo dramático de esta situación es que los ricos del triángulo norte son ahora más ricos que nunca. De acuerdo con los datos de la consultora Wealth-X, en Guatemala, Honduras y El Salvador existen 610 ultrarricos que poseen 80 mil millones de dólares y éstos captan la mayor parte de los 12 mil millones de dólares que cada año llegan de Estados Unidos vía remesas.

Centroamérica es la región más densamente poblada y pobre de Latinoamérica, ocupa tan sólo 2.7% de la superficie de Latinoamérica, pero en ese espacio vive el 7.2 % de la población del continente. El Salvador, el país más pequeño de Latinoamérica, tiene la mayor densidad con casi 300 hab/km2. Un 51% de los centroamericanos vive en la pobreza, un 26% en la extrema pobreza y el 14.2% son personas subnutridas. Por lo tanto, las guerras, la inseguridad y los desastres naturales provocan inevitablemente desplazamientos masivos de población (ver gráficas 2, 3 y 4).

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Una región de las características descritas es un foco crítico que termina desbordando sus problemas hacia los países vecinos. Ése fue el efecto que tuvo la guerra de Nicaragua sobre Costa Rica en los años ochenta, cuando los costarricenses debieron recibir 450 mil nicaragüenses, lo que representó un crecimiento súbito del 10% de su población. Cada vez que se cierran fronteras por conflictos entre las elites, cada desastre natural que golpea a sus habitantes, cada vez que sus políticos polarizan y no producen resultados y cada vez que Estados Unidos les deporta delincuentes, hay consecuencias graves que terminan degradando más a la región.

Cabe destacar tres iniciativas de los gobiernos de Guatemala, Honduras y El Salvador presentadas hace poco:

1. Guatemala. Legalizar la producción, comercio y consumo de drogas.

2. El Salvador. Pacto con las pandillas.

3. Honduras. Ceder espacios de territorio para enclaves transnacionales.

Estas tres iniciativas no son fruto de conclusiones intelectuales y soluciones racionales. Guatemala no es Holanda ni Uruguay. En El Salvador hay muchos más pandilleros que policías y Honduras es el país más violento del mundo. Las tres propuestas son evidencia de Estados pobres, impotentes y desesperados. Guatemala ya está militarmente intervenida por Estados Unidos; los inversionistas no han atendido el llamado de Honduras a construir enclaves en su territorio; y la tregua o pacto con las maras en El Salvador sirvió para fortalecer y extender el control territorial de las pandillas, ahora los homicidios van de nuevo al alza y las extorsiones se multiplicaron.

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Toda la conflictividad política en Centroamérica está cruzada por constantes terremotos y huracanes que han destruido infraestructuras, las cuales muchas veces no se vuelven a recuperar. Las capitales de cuatro países fueron asoladas por fenómenos naturales, Guatemala por un terremoto en 1976, San Salvador por un terremoto en 1986, Tegucigalpa por un huracán en 1998 y Managua por un terremoto en 1972. En unas más que en otras todavía se pueden ver los destrozos a pesar de que han pasado décadas.

El meteorólogo Max Campos, secretario ejecutivo del Comité Regional de Recursos Hidráulicos, un organismo del Sistema de Integración Centroamericana, revela que América Central sufrió en las últimas cuatro décadas pérdidas económicas por más de 30 mil millones de dólares a causa de desastres naturales como huracanes, terremotos, sequías e inundaciones. “Si calificáramos la vulnerabilidad en una escala de 0 a 100, América Central estaría muy cerca de 100”. Según las estimaciones recopiladas por el Sistema de Integración Centroamericana, cinco mil habitantes de la región han muerto cada año en el último cuarto de siglo como consecuencia de estas catástrofes. Serían 125 mil muertos, y si a éstos se le suma el impacto de pequeños desastres, poco visibles y de escasa atención oficial, la cantidad de muertes podría duplicarse.

América Central tiene un total de seis placas tectónicas, numerosas fallas locales y regionales y 27 volcanes activos. Sus 530 mil kilómetros cuadrados están ubicados sobre el Cinturón de Fuego, una zona altamente sísmica. Además, el istmo tiene una morfología que con frecuencia sufre inundaciones, deslizamientos y sequías; y la influencia del mar Caribe lo expone a huracanes y depresiones tropicales.

Los datos precedentes nos muestran a la región más pobre, desnutrida, densamente poblada y políticamente inestable del continente, pero ésta es al mismo tiempo la que cuenta con la mayor disponibilidad de armas entre sus habitantes. Esto resultó, primero, por las guerras que dejaron más armas de las necesarias en manos de los gobiernos; y luego por la explosión de empresas de seguridad privada que se convirtieron en grandes demandantes de armas. Las consecuencias de esta situación son, por ejemplo, que Guatemala tiene casi un millón 800 mil armas en circulación y Nicaragua dispone de 35 armas por cada militar en servicio activo. Es decir que si México tiene problemas por las armas que llegan desde Estados Unidos, Centroamérica es otro gran proveedor. En abril de 2011 se detectó en El Salvador el robo de mil 800 de granadas de mano de los almacenes del ejército. Estas granadas iban destinadas a criminales en México y a la fecha continúan escándalos por otros casos.

Tal como lo señalamos antes, los procesos de liberación económica se enfocaron en reducir el Estado en países que en realidad no habían terminado de construirlo. La privatización de la seguridad es un fenómeno universal, pero en Guatemala, Honduras y El Salvador se convirtió en una ruta para quitarles responsabilidad a los gobiernos. Esto terminó convertido en una especie de política de “protéjase el que pueda”, basada en guardias privados, con lo cual las calles, los barrios y comunidades pobres pasaron a manos de los delincuentes. La tendencia dominante es a la generación de feudos, unos están dominados por pandillas y otros protegidos por seguridad privada.

El resultado de la explosión de seguridad privada es la pérdida de sensibilidad de las elites ante una violencia que les afecta muy poco. Contrario a la violencia insurgente de los años ochenta, que los hizo desplegar recursos y apoyos al ejército y la policía e incluso participar directamente en escuadrones de la muerte. Ahora la inseguridad es un problema prácticamente sólo de los pobres. Hay una tendencia creciente a crear feudos protegidos por seguridad privada. El caso más dramático es Guatemala donde han construido una ciudad privada llamada Paseo Cayalá. Es un espacio de 14 hectáreas, cerrado por muros, que cuenta con todos los servicios en su interior, creando un mundo alejado del crimen y la inseguridad. La seguridad privada en Guatemala cuenta con 125 mil efectivos mientras los policías sólo son 22 mil. En 2013 Guatemala importó 16 millones de cartuchos y es el país de Latinoamérica donde, en proporción a sus habitantes, se venden más vehículos blindados. Sus 406 aviones y 142 helicópteros de uso privado constituyen la segunda flota aérea per cápita más grande del continente después de Estados Unidos (ver gráficas 5, 6 y 7).

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Los antecedentes más importantes de Centroamérica en su vinculación con el narcotráfico guardan relación con la Guerra Fría. En esa época, las drogas y el narcotráfico no eran considerados una amenaza y los actores políticos de los conflictos terminaron instrumentando a los narcotraficantes para financiar actividades insurgentes y contrainsurgentes en la región. De esa época quedaron como registro la captura-extradición del narcotraficante Ramón Mata Ballesteros en abril de 1988, quien tenía vínculos con los militares hondureños y la contra nicaragüense. Un numeroso grupo de manifestantes incendió parte de las instalaciones de la embajada de Estados Unidos en protesta por la captura de Mata. Se conoció también de la presencia de Pablo Escobar en Nicaragua, quien fue fotografiado por la DEA. Estalló el escándalo Irán-Contras en Estados Unidos, en el cual la CIA aparecía involucrada en el narcotráfico; y en Cuba el general Arnaldo Ochoa fue fusilado, acusado por diferentes cargos, uno de ellos por narcotráfico. En diciembre de 1989 Estados Unidos invadió Panamá y capturó al general Manuel Antonio Noriega acusándolo de narcotráfico. Lo dominante era la violencia insurgente y contrainsurgente, el crimen organizado era marginal.

A finales de los ochenta Estados Unidos viró, en coordinación con Colombia, a una política más ofensiva hacia el narcotráfico; tomó control del mar Caribe, desmanteló los cárteles de la Florida, mientras Colombia hacía lo mismo contra sus propios cárteles. Hacia finales de los noventa la ruta Colombia-Caribe-Florida había perdido rentabilidad y el tráfico de cocaína se trasladó hacia la ruta Centroamérica-México-Frontera Sur de Estados Unidos. Esta ruta es más complicada por ser más larga y fragmentada, lo cual demanda más soporte social, bodegas, personal y complicidades en instituciones de muchos países. Sin embargo, en su situación fragmentada está su mayor ventaja, ya que aprovecha un camino de espacios vacíos de autoridad, corrupción y fragilidad institucional en Estados pequeños y débiles.

El paso de la cocaína por Centroamérica es un complejo proceso de pequeños tramos aéreos, marinos y terrestres hasta alcanzar Guatemala, donde existen múltiples bodegas y pasos terrestres hacia México.3 En 2012 Estados Unidos dio inicio a la “Operación Martillo”, con controles aéreos y marinos en toda la región, incluyendo el despliegue de 200 infantes de marina en Guatemala. La intención es supuestamente cerrar la ruta de Centroamérica a la cocaína, como lo hicieron en el Caribe. Sin embargo, la posibilidad de que tengan éxito es muy remota, ya que la ruta es un entramado de pequeños saltos de un país a otro, cada movimiento implica mucho soporte social y complicidades en cada país. A partir de lo anterior, es en extremo difícil que la tecnología y una fuerza foránea puedan tener éxito en cerrar la ruta. Sin fortalecer la seguridad de cada uno de los pequeños Estados es imposible tener éxito en reducirle ventajas al narcotráfico en la región.

En los ochenta Estados Unidos intentó controlar la región por aire y mar e incluso colocó sus propios militares en Honduras; sin embargo, nunca pudo interrumpir ni afectar seriamente el flujo de armas a los insurgentes salvadoreños desde Nicaragua. Centroamérica necesita un plan de fortalecimiento de las capacidades institucionales de sus Estados. La ruta centroamericana de la cocaína es un problema similar a la ruta México-Frontera Sur de Estados Unidos, en esta última también se trata de un complejo entramado de pequeñas operaciones de todo tipo. Estas operaciones están basadas en múltiples soportes sociales y esos soportes tienen la capacidad de reconstruirse con la misma velocidad que a veces son desmantelados.

Hablando del origen de las maras, un veterano pandillero salvadoreño le dijo al periodista británico Ross Kemp: “A finales de los años setenta y principios de los ochenta, había una guerra racial en Los Ángeles. Los negros contra los blancos y los blancos contra los negros. De repente tuvimos que empezar a defendernos. Nosotros éramos muy pocos, pero habíamos visto tanta mierda. Cuando tenía siete años solía ir a comprar el pan por la mañana temprano y solía encontrar un montón de decapitados por la Guardia Nacional y los escuadrones de la muerte. Así que vimos y aprendimos. Vimos a los blancos orgullosos de ser blancos. Vimos a los negros orgullosos de ser negros. ¿Por qué no íbamos a estar orgullosos nosotros de ser salvadoreños? La cosa es que las bandas de esa época solían jugar a ser miembros de la pandilla. Nosotros pensamos: lo peor que nos pueden hacer nuestros rivales es una puñalada o un disparo. Pero nosotros veníamos de un país donde estábamos acostumbrados a ver a alguien con 20 balazos en el pecho al que luego le cortaron la cabeza, o a otro que le cortaban los brazos mientras todavía estaba vivo. Entonces dijimos: hombre, ellos nunca han visto esta mierda. Vamos a enseñarles lo que es la violencia”.4

Así nació la Mara Salvatrucha, considerada por el mismo periodista la pandilla más peligrosa del mundo, luego de realizar una investigación que cubrió 17 países. Las “maras” surgen de la fusión de la cultura de violencia que engendraron los Estados autoritarios en los salvadoreños, guatemaltecos y hondureños, con la cultura de pandillas que en Estados Unidos se relaciona con conflictos entre distintas minorías étnicas. Se las suele confundir con el crimen organizado; sin embargo, las maras son un fenómeno de mayor escala social que resulta de un proceso de descomposición a partir del aumento de familias disfuncionales y comunidades desarticuladas por las migraciones. Con los cambios generacionales, las pandillas pueden derivar en algunas formas de crimen organizado, pero se trata de un fenómeno distinto. Los pandilleros no tienen familia y hacen de la pandilla su familia, al contrario del crimen organizado que se organiza a partir de la familia. Los miembros de las maras no tienen como meta primaria enriquecerse y se mantienen viviendo en los mismos barrios pobres que consideran su territorio. Las maras no son clandestinas, son un fenómeno tribal abierto que tiene a la violencia como parte de su identidad al igual que los tatuajes y el lenguaje corporal.

El delito principal de las maras es la extorsión en los territorios que controlan y a diferencia del crimen organizado que busca objetivos rentables, las maras extorsionan a miles de pequeños negocios formales e informales. Esto incluye desde pequeñas despensas hasta vendedores de periódicos. El resultado es que destruyen la economía de barrios y comunidades provocando más desempleo y una mayor emigración. Muy a pesar de que las remesas llegan en primera instancia a los pobres, no hay una explosión de pequeños negocios porque la violencia de las maras los vuelve inviables. Conforme a datos de la gremial de pequeños empresarios de El Salvador, 90% de las microempresas pagan extorsión. Las extorsiones se multiplicaron con la tregua y así fue previsto por sus promotores, el sacerdote Fabio Colindres, uno de sus impulsores dijo: “no podemos exigir a las maras que renuncien a la extorsión, sin alternativas”.5 El caso más dramático de extorsión es el de los trabajadores del transporte público en los tres países. En Honduras, hasta junio de 2014, 21 conductores de autobuses y taxis han sido asesinados y ocho unidades han sido incendiadas. En El Salvador entre 2006 y junio de 2014 fueron asesinados 816 trabajadores del transporte público. El miedo a las maras ha consolidado la extorsión como un impuesto criminal que evidencia la pérdida del monopolio de la tributación por parte del Estado a consecuencia de la pérdida del monopolio de la fuerza y la autoridad. Las maras matan a mujeres, ancianos, niños, mujeres embarazadas, minusválidos y a cualquier persona sin ninguna compasión y lo hacen como lo aprendieron de las antiguas policías y escuadrones de la muerte: decapitan, descuartizan, queman, exhiben y hasta juegan futbol con las cabezas de sus víctimas. Las maras ya hicieron colapsar el sistema de prisiones y a pesar de haber más de 54 mil pandilleros en las cárceles del triángulo norte, éstos siguen siendo los responsables de la mayoría de los homicidios y delitos (ver gráfica 8).

01-grafica-08

Conforme a datos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (Immigration and Customs Enforcement) en el año 2010 fueron deportadas 74 mil personas al triángulo norte, de las cuales 38% eran criminales.7 En sólo seis años, de 2007 a agosto de 2012, Estados Unidos deportó más de 462 mil personas a Guatemala, Honduras y El Salvador. Si asumiéramos como media un 25% de ex convictos, Estados Unidos habría deportado a la región más de 115 mil delincuentes en los últimos seis años. Éstos llegan a países pobres que no tienen capacidad ni de corregirlos ni de controlarlos. El resultado es que terminan reproduciendo el fenómeno de pandillas, pero de forma más violenta, peligrosa y extendida (ver cuadro 2).

Cuadro 2

Cuadro de deportaciones de Estados Unidos a Centroamérica

Año

2007

2008

2009

2010

2011

2012
(agosto)

Honduras

30,227

29,758

25,566

24,611

22,448

23,427

Guatemala

26,429

28,866

30,229

29,378

29,678

8,000

El Salvador

21,029

20,949

21,049

19,809

25,841

25,261

Fuentes: elaboración propia a partir de Prensa Gráfica y Diario de Hoy de El Salvador, Prensa Libre de Guatemala, La Tribuna y el Heraldo de Honduras y UNODC.

Dado que las deportaciones han venido ocurriendo por más de una década y que van a continuar, debemos concluir que no hay una solución a la vista a este problema. Una parte de los pandilleros busca regresar a Estados Unidos y para ello han construido sus propias redes de tráfico. El control que han empezado a ejercer sobre la frontera sur de México es una expresión de ese proceso de deportaciones y retornos. Las evidencias son claras, los gobiernos de la región han perdido el control sobre el problema, tanto de las pandillas como del crimen organizado.

 

México ha tenido hacia la región una política reactiva frente a guerras civiles, desastres naturales, emergencias diplomáticas, crisis humanitarias, cooperación frente a la crisis de seguridad y atención especial a la emergencia humanitaria por la huida masiva de niños. Sin embargo, los problemas vienen creciendo y complicándose. Guatemala no tenía problemas graves de crimen organizado hace poco más de una década, ahora produce heroína y drogas sintéticas. Solamente entre enero y abril de 2012 fueron decomisados en ese país dos mil 529 barriles que contenían casi 600 mil litros de precursores para producir metanfetaminas. Esto coloca la producción de metanfetaminas en la frontera sur de México a una escala industrial.

Centroamérica fue una región víctima de la Guerra Fría y de ésta quedaron, además de muertos y destrucción, agravios y polarización política entre las elites de los países. Al final de la guerra, Guatemala y Honduras quedaron bajo hegemonía conservadora. Nicaragua con una hegemonía de izquierda que se ha consolidado con la política de cooperación de Venezuela. El Salvador estaría todavía bajo disputa, pero la izquierda ha comenzado su segundo gobierno y se mantiene un alto grado de polarización. Esta polarización al interior de los países y entre los países mantiene conflictos de diferente proporción que impiden acuerdos y dificultan la cooperación. Guatemala es un país que esconde un resentimiento profundo y silencioso en sus indígenas por el racismo de las clases altas. Al igual que los Balcanes en Europa, Guatemala alberga el conflicto étnico más peligroso de Latinoamérica. Honduras está en la peor situación en cuanto a violencia, pobreza, polarización política y debilidad institucional. Sólo entre febrero y marzo de 2012 se detectaron 62 pistas clandestinas en cuatro departamentos hondureños.8

En este escenario, los peligros más graves para México con el triángulo norte son:

• Conversión de Guatemala, Honduras y El Salvador en santuario criminal.

• Desarrollo de una simbiosis criminal mexicano-centroamericana.

• Que las maras centroamericanas contaminen y controlen la frontera sur.

• Que las estampidas migratorias del triángulo norte terminen convertidas en problema doméstico.

La región tendría menos problemas si sus elites tuvieran la visión y la voluntad para integrar a sus Estados y enfrentar mejor los problemas que padecen. La debilidad fundamental de la región es precisamente su incapacidad para integrarse. Juntos serían una pequeña potencia, separados son unos pequeños impotentes. Estos países son, en realidad, minifeudos que proveen grandes ventajas a caudillos y oligarcas que no encuentran, por ello, razones para una integración.

La principal dificultad para integrarse reside precisamente en su condición de pequeños Estados. Un acuerdo entre iguales no es capaz de proporcionar suficientes estímulos para avanzar en una ruta en la que las elites de cada país perciban que pueden ganar cediendo. Centroamérica es muy susceptible al poder blando de México y el nexo cultural es muy fuerte. Colombia ha comenzado a ver a la región con sentido de oportunidad y está invirtiendo mucho en ésta. Entre 2004 y 2012 los inversionistas colombianos realizaron 22 grandes transacciones de compra de activos y empresas en Centroamérica que suman en total cinco mil 168 millones de dólares. Por otro lado, Nicaragua ya tiene a Venezuela como segundo destino de sus exportaciones después de Estados Unidos. Un cambio de enorme importancia es el desarrollo positivo que están teniendo Nicaragua, Costa Rica y Panamá, lo que se suma al interés de China por la región y en especial por construir un canal en Nicaragua. Existen, por lo tanto, ahora más socios para una política de atención a la región. Sin embargo, si bien Centroamérica puede abrirse hacia Colombia, Venezuela o China para inversiones o cooperación, el destino natural para Guatemala, Honduras y El Salvador es la integración con el norte, porque la conexión económica, migratoria, social, histórica y cultural de estas naciones es hacia el norte. Nada compite con lo que representan las remesas, las exportaciones y el turismo con Estados Unidos.

Estos Estados necesitan recaudar más impuestos, sus ricos deben volverse más sensibles al desastre social que los rodea y sus políticos deben elevar sus niveles de tolerancia y pragmatismo. El mayor afectado por la debilidad de estos países es México y al mismo tiempo es el único país que podría estimular un proceso de integración regional por su condición de potencia emergente del bloque norte.

En la condición actual no hay razones para ser optimistas; la emigración, la inestabilidad política, las maras, la violencia, el tráfico de drogas y los desastres naturales van a continuar haciendo estragos, sólo el desarrollo económico y la madurez política pueden derrotar estos males. Quizás el primer paso sea ver la importancia que puede tener un mercado de 45 millones de centroamericanos, que equivalen al 40% de la población actual de México. Esto, al igual que otros factores, como el gran potencial agrícola y turístico de la región, el enorme monto de dinero que seguirá recibiendo por remesas y la alta probabilidad de que Centroamérica termine a futuro convertida en un entramado de vías de comunicación comercial entre el Atlántico y el Pacífico, podrían darle a esta crisis también un sentido de oportunidad.

 

Joaquín Villalobos
Ex dirigente de la insurgencia salvadoreña, firmante del acuerdo de paz de 1992. Consultor en seguridad y resolución de conflictos.


1 Dirk Kuijt, Guerrilla y paz en Centroamérica, F y G Editores, 2009.

2 William Pleitez, “Migraciones y remesas”, El Diario de Hoy, 12 de agosto de 2014.

3 Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), Delincuencia Organizada Transnacional en Centroamérica y el Caribe: Una evaluación de las amenazas, 2012.

4 Ross Kemp, Gangs, My Encounters with the Toughest Criminals on the streets, From Rio to Moscow, Penguin Books, 2007, p. 88.

5 Entrevista a diario El país, 12 de abril de 2013.

6 William Cáceres presidente de la Federación de Cooperativas del Transporte y Diario la Página Digital.

7 Ídem.

8 UNODC, 2012, op. cit.

 

10 comentarios en “El infierno al sur de México

  1. En general la lectura de la región del señor Villalobos es realista con varios procesos que ocurren actualmente sobre todo en el tema del crimen organizado, la violencia y la migración.

    No obstante, algunas de sus estadisticas no están actualizada, (vid pobreza y pobreza extrema), existen estadísticas positivas sobre escolarización, crecimiento de las clases medias, urbanización, acceso a tecnología que ni siquiera se mencionan en su análisis.

    Necesitamos análisis realistas y no complacientes pero equilibrados, pero tampoco que sean corta venas y apolípticos como la visión del señor Villalobos.

    Salduos desde Guate

    El problema de la violencia sea asocia más a mayor circulación de armas, problemas de impunidad de la justicia y la alta corrupción, fenómenos tratados muy debilmente en su escrito.

    Su visión paternalista y izquierdistoide sobre las maras es muy ingenua. Aunque las maras en su origen tienen causalidades sociales, el fenómeno de la extorsión es un problema criminal y de aplicación de la justicia y ese debe ser su principal enfoque para encontrar una solución.

  2. Al autor le falta analizar el éxito de Costa Rica, su desarrollo de un sistema democrático y el control de la violencia al establecer una sociedad de clase media.

  3. Excelente análisis del Sr. Villalobos, precisamente la falta de o nula aplicación de justicia como dice el amigo comentarista, tiene que ver con los Estados débiles, producto de la liberalización a la que hace mención. Creo que en el caso del triangulo norte, la probabilidad de ser Estados fallidos recae en eso, Estados débiles, con oligarquía poco pensante, y más bien pensante a su pícara conveniencia. En el caso de El Salvador, la probabilidad de ser Estado Fallido no se debe a que tengamos un gobierno de izquierda, como lo insinuó el Arzobispo de San Salvador, sino a la puesta en marcha de todo un aparato de liberalización económica que desvalidó al Estado y lo convirtió en el depositario de los intereses gringos, únicamente por recibir migas a cambio, ejemplo, la presión de USA para que El Salvador adquiera semillas transgénicas producidas por Mons-truo-santo que de hacerlo, obligaría al país a comprar semillas cada año pues no se reproducen para siembra. Creo que este artículo es de lectura obligatoria si queremos entender el fenómeno que estamos viviendo y si hay datos que varían, como lo menciona el amigo de Guatemala, no son realmente significativos como para invalidar el resto del contenido.

  4. Un análisis completo de la violencia en centroamérica y de los efectos que tiene en México, no solo en la violencia doméstica sino en los problemas resultantes de la emigración. Saludos a Joaquín Villalobos.

  5. Es un anàlisis muy objetivo y realista de lo que ocurre en El Triàngulo del Norte, al que muy poca atenciòn se le ha dado, especialmente el gobierno de Mèxico, que deberìa de desempeñar un papel màs activo en esta problemàtica, la cual tiene incidencia directa.

    Por otra parte, en el caso de El Salvador, los gobiernos de derecha debilitaron el Estado con sus polìticas de liberalizaciòn econòmica, profundizaron la exclusiòn social y polìtica de la mayorìa de la poblaciòn, cometiendo graves abusos de poder y utilizando al Estado para obtener ventajas econòmicas y reduciendo significativamente la inversiòn econòmica en el Paìs. Por lo que El Salvador, se ha convertido en un exportador de mano de obra y dependiente de las remesas familiares. Tal como lo señala el Sr. Villalobos, a medida que las remesas se incrementan año con año, el crecimiento se va reducièndo con el agravante del aumento de los homicidios.
    Este paìs se sostiene gracias a las remesas familiares y al sector informal, que segùn datos de la OIT, casì el 72% de la PEA corresponde al sector informal. Es un mito que los grandes empresarios estàn generando la mayorìa de empleos.

    La crisis de seguridad que viven los paìses del Triàngulo Norte tiene relaciòn con esa debilidad de los Estados, por lo que se necesitan Estados fuertes con polìticas coercitivas, polìticas redistributivas de la riqueza y con procesos de inclusiòn social que permitan crear condiciones de seguridad, generar empleos productivos justamente remunerados y en condiciones de libertad, equidad, seguridad y respeto a la dignidad humana y estabilidad como elementos esenciales para la estabilidad y seguridad de nuestras naciones.

    Lo felicito, Sr Villaobos porque este tipo de analisis contribuye a comprender con objetividad la grave problemàtica que vivimos en los paìses del Triàngulo Norte.

  6. Muy buen analisis y por supuesto la reseña historica por supuesto faltan muchas cosas pero es comprensible por el medio, por las consecuencias en la denuncia o por respozabilidad en algunos casos especialmente en el Salvador por ejem. deja por fuera la responzabilidad de EEUU en la armamentizacion del narco y a mi parecer dentro de los objetivos de esto ha sido el combatir la inmigracion ilegal a traves del terror ejecutado por los diferentes carteles en Mexico, otra cosa es la utilizacion de las pandillas por la clase politica y por grupos de poder de facto que nomas le dieron continuidad a lo que hicieron durante la guerra y actualmente las pandillas se ideologizaron y aprovecharon la coyuntura politica en base a los negocios con el gobierno al extremo que actualmente controlan territorios y todo en base al terrror y aqui no incuimos las causas e su aparicion pues de eso sobran iluminados, lo otro que no se por que lo deja fuera es la corrupcion en la policia que a pesar de las abrumadoras pruebas ni los gobiernos anteriores ni este quieren enfrentar y esto solo refleja el grado de involucramiento de las dos extremas o partidos politicos y por ultimo la clase politica de lo mas podrido que nos dirije sean de derecha o izquierda.

  7. Gracias, Señor Comandante Joaquín Villalobos, por el excelente análisis de la situación social que vive el día de hoy, los paises hermanos de Centroamerica.Que ello nos sirva de señal de alerta sobre lo que nos puede ocurrir sino tomamos cartas en el asunto a la voz de ya.

  8. Excelente análisis; empero, bastante tendencioso en algunos argumentos. Primeramente caer en la fórmula de que las amenazas son externas y afectan la seguridad interna es un recurso argumentativo bastante utilizado y lugar común de grupos conservadores de tendencias nacionalistas, y que lamentablemente sirve para legitimar sus acciones; por ejemplo escuchamos el mismo discurso en la elite ultra derechista texana, hay que blindar la frontera de los males mexicanos; la misma lógica se encuentra explícita en las últimas líneas del presente texto: hay que blindar la frontera sur de los males centroamericanos que conllevan a la ingobernabilidad y a la postre a la consecución de un estado fallido –parafraseando al autor.

    Por último, hay que revisar las estadísticas y ver que los estados de la frontera Sur tienen tasas de homicidios y criminalidad bastante bajos, comparados con el resto del país

    En vez de utilizar una retórica cargada de argumentos que replican el esquema estadounidense de seguridad fronteriza hay que explorar soluciones alternativas, que vayan más allá de promover sellamientos y militarización de fronteras, que tienden a gravar la situación de criminalidad, para experiencia basta ver lo que pasó en la frontera norte de México en los últimos decenios.

    Excelente análisis; empero, bastante tendencioso en algunos argumentos. Primeramente caer en la fórmula de que las amenazas son externas y afectan la seguridad interna es un recurso argumentativo bastante utilizado y lugar común de grupos conservadores de tendencias nacionalistas, y que lamentablemente sirve para legitimar sus acciones; por ejemplo escuchamos el mismo discurso en la elite ultra derechista texana, hay que blindar la frontera de los males mexicanos; la misma lógica se encuentra explícita en las últimas líneas del presente texto: hay que blindar la frontera sur de los males centroamericanos que conllevan a la ingobernabilidad y a la postre a la consecución de un estado fallido –parafraseando al autor.

    Por último, hay que revisar las estadísticas y ver que los estados de la frontera Sur tienen tasas de homicidios y criminalidad bastante bajos, comparados con el resto del país

    En vez de utilizar una retórica cargada de argumentos que replican el esquema estadounidense de seguridad fronteriza hay que explorar soluciones alternativas, que vayan más allá de promover sellamientos y militarización de fronteras, que tienden a gravar la situación de criminalidad, para experiencia basta ver lo que pasó en la frontera norte de México en los últimos decenios.

    Excelente análisis; empero, bastante tendencioso en algunos argumentos. Primeramente caer en la fórmula de que las amenazas son externas y afectan la seguridad interna, es un recurso argumentativo bastante utilizado y lugar común de grupos conservadores, y que sirve para legitimar sus acciones. Escuchamos el mismo discurso en la élite política texana: hay que blindar la frontera de los males mexicanos; la misma lógica se encuentra explicita en las últimas líneas del presente texto: hay que blindar la frontera sur de los males centroamericanos que conllevan a la ingobernabilidad y a la postre a la consecución de un estado fallidos -estoy parafraseando al autor. Por último hay que revisar las estadísticas y ver que los estados de las frontera sur tienen tasas de homicidios mas bajas que el promedio nacional. En vez de utilizar un retorica cargada de argumentos que repliquen el esquema estadounidense de seguridad fronteriza; habría que explorar soluciones alternativas que vayan más allá de sellamientos y militarización de fronteras, que tienden a agravar la situación, basta ver la realidad de la frontera norte México en los últimos decenios, para saber que esa no es la hoja de ruta.