En El atroz redentor Lazarus Morell, Borges describió cómo una “curiosa variación” podía desencadenar “infinitos hechos”. En el caso del atroz redentor borgiano, una misiva al Emperador Carlos V –“curiosa variación de filantropía” de Fray Bartolomé de las Casas– resultó en la importación de esclavos negros a las minas antillanas. Los ecos de dicha acción, meramente coyuntural, habrían de reverberar en siglos de historia americana.

miyazaki

De una forma similar podríamos aproximarnos a Se levanta el viento, la más reciente –y última– película del ya legendario realizador japonés Hayao Miyazaki. A principios del siglo XX –en un Imperio Japonés aún aislado de Occidente– un pequeño niño se enamora de la aviación. Consigue revistas occidentales sobre el tema en un idioma que ni siquiera comprende; pasa horas traduciéndolas, deleitado por las ilustraciones de las increíbles máquinas voladoras que se producen lejos de Japón –sueña despierto con pilotearlos.

Entra a escena, entonces, la pequeña variación: el joven Jiro utiliza lentes y está consciente de que, por más que intente mejorar su vista enfocando las estrellas, jamás podrá sentarse detrás del timón. “Los aviones son hermosos sueños, y yo quiero hacerlos realidad”, piensa un día –y decide convertirse en ingeniero aeronáutico. Durante el transcurso de años, acompañamos a Jiro en la persecución de su sueño: en su vida no hay lugar para otra cosa que no sea la aviación. Fantasía y realidad convergen en la búsqueda por la perfección aeronáutica; Jiro nunca piloteará, y lo sabe, pero eso no impide que vuele.

Pasan los años: Jiro crece, estudia y sobresale –se enamora. El azar, esa constante en la vida del protagonista, lo reunirá con Naoko, un breve amor de juventud. A su lado, Jiro complementará su pasión por el vuelo. Su relación –así como sus pesares– lo dotarán del lado humano necesario para alcanzar la perfección.
Mientras tanto, Jiro sigue soñando con construir el avión perfecto: la máquina más ligera, el motor más eficiente; desea poner la aviación japonesa al nivel de sus contrapartes europeas. Y sin embargo algo desconocido comienza a dibujarse en el horizonte. Paradójicamente, serán las ambiciones imperiales japonesas las que permitirán al ahora reconocido ingeniero materializar sus fantasías. Es así como Jiro alcanzará la perfección aeronáutica en la forma de un avión de guerra: el temido Mitsubishi A6M –conocido por sus enemigos como Zero.

El amanecer del 7 de diciembre de 1941, 43 Zeros despegaron del norte de Oahu para participar en el ataque a la base naval de Pearl Harbor. Muchos años después, los lentes del niño japonés harían eco en la historia. Una pequeña variación que contribuiría a los infinitos hechos desatados por la incursión japonesa en el mayor conflicto armado del siglo XX. En el transcurso de la Guerra habrían de producirse 11,000 zeros; durante las últimas campañas japonesas, muchos serían utilizados en operaciones suicidas –los célebres kamikaze. Ni uno solo regresaría a Japón.

Hayao Miyazaki anunció que Se levanta el viento será su última película. Quien esté familiarizado con su obra no podrá evitar sorprenderse por la historia que eligió para poner punto final a una exitosa y prolífica carrera. Lejos de los personajes y escenarios fantásticos, el realizador optó por despedirse del cine con una historia real. La elección no es trivial. Décadas de criaturas y héroes imaginarios culminan en en una cinta de personajes profundamente humanos, y un mundo y una sociedad que demuestran ser igual de extraordinarios y atemorizantes que la fantasía –acaso todavía más.

La animación, como suele ser el sello característico del realizador, es impecable. Vibrantes colores, originales recursos que combinan sueño y realidad, y una atención abrumadora al detalle colocan al espectador en una minuciosa recreación del Japón de inicios del siglo pasado. En ese sentido, la genialidad de Miyazaki será echada de menos en un género cada vez más dominado por los pixeles y la intrusiva tercera dimensión. Espero que haya alguien interesado en continuar su legado.

Mencioné que la elección de una historia real como despedida no era, en términos narrativos, trivial. Sin embargo, acaso valga la pena pensar en por qué esa historia. Después de todo, Jiro Horikoshi, con todo y su grandes aportaciones a la aeronáutica, es una figura menor en la historia japonesa. Se levanta el viento no es una cinta política, mucho menos bélica, pero muestra los efectos y consecuencias de la guerra: en la condición de un país, en los sueños de sus habitantes. Acaso no esté de más especular sobre porqué el realizador se despide con una velada crítica a las otroras ambiciones imperiales de Japón. En ese sentido, Se levanta el viento podría interpretarse como una llamada de atención a un país que, en la actualidad, está reevaluando el papel de sus Fuerzas Armadas y el alcance de su poder militar. Un recordatorio de los riesgos del nacionalismo, un llamado a no repetir la historia.

Pero más allá de especulaciones e interpretaciones, Se levanta el viento es una cinta sobre los sueños. Jiro, después de todo, para bien o para mal, terminó alcanzando el suyo: una aeronave capaz de deslumbrar al mundo. Miyazaki logró, también, deslumbrarlo con una serie de entrañables películas. “Se levanta el viento… ¡debemos intentar vivir!” es el verso de Paul Valéry del que la cinta toma el nombre. No puedo pensar en líneas más adecuadas para ponerle fin a una carrera.

 

Juan Pablo García Moreno