Al cinco para las siete, horario de verano en la ciudad de México, le dije al taxista “métale pedal”. Había quedado de ver a Rafael Pérez Gay en un restaurante de la colonia Condesa. ¿Adentro o afuera? Preguntó el mesero. Escogí afuera, lejos de conversaciones enclaustradas. Me guió hasta una mesa con vista a una calle arbolada. Espero. El sol se despide. Pocos coches. Percibo una sombra. Supongo es otro vendedor ambulante.

Rafael se sienta frente a mí. El mesero lo conoce. Pide un vodka francés, dos vasos old fashion con hielos y agua mineral italiana. Yo, una cerveza oscura. Viste camisa blanca, pantalón negro y saco gris que combina con su pelo. Otros días lo he visto más informal: chamarra amarilla de gamuza, jeans y camisetas tipo polo en colores otoñales. Reloj y zapatos bien boleados, obligatorios. Copete y cabellera cuantiosa, envidia de su generación nacida en los cincuenta. Barba y anteojos de aro plateado delgado. Me confiesa que vive a la vuelta.

Lo sé, respondo, fui a tu casa. ¿Cuándo viniste?, su voz se llena de intriga. Tú no estabas. ¿Cuándo fue?, no es verdad. Le gusta la polémica, incitar inquietudes y retar. Fui por unos libros, nadie estaba en casa, ni La Mosca, su pastor belga. Lo distraen unos mensajes en el teléfono. Llegan los tragos. Rafael prepara su bebida. “Te pongo al tanto”, retoma la conversación conmigo y aparta el teléfono, “tengo un amigo que se llama Gil Gamés”.

Gil había tenido un problema. Algo “impropio” lo llevó a renunciar al periódico y Rafael debía resolver el futuro de su entrañable Gil. “La faceta del periodista”, remata y da un sorbo al vodka. Sobre la mesa coloca El corazón es un gitano y El cerebro de mi hermano, dos de sus recientes novelas. Pocos días antes terminé de leer el último. ¿Qué pensaste? Cuéntame. Tiene fibra de investigador.  

La historia de Pepe, su hermano, me recordó la de mi abuela Laura. También se apagó poco a poco; infartos cerebrales y pérdida del lenguaje. Empezó el día que me regaló una argolla y no pudo pronunciar la palabra anillo.

Es “el pilón” en una familia de cinco hijos. Pepe, el mayor, le llevaba catorce años. Cuando Rafael estaba en el vientre de su madre, Pepe decía “voy a tener una cuarta hermana”. Al descubrir que era hombre se puso feliz. Jugaban a la pelota y a los luchadores. A los veintiuno, Pepe consiguió una beca y se fue a Alemania. Para Rafael se había ido “al fin del mundo”. “Era muy guapo, canoso”, recuerda, “no nos parecíamos, más o menos delgado, un poco más bajo y más ancho que yo. Ojos grandes, nariz recta, el Cid de las niñas”.

Rafael nació en una familia de clase media. “Venida a menos”, explica. La familia de su madre era muy rica. Su abuelo Herminio Pérez Abreu, carrancista y luego obregonista, hizo un montón de dinero. Inauguró el Parque España. Poseía muchas de las casas colindantes. Al morir, el padre de Rafael queda al frente de la familia. Tenía veintisiete años y una buena fortuna. Compró veinte aviones, “no te imagines un Boeing, avioncillos como el del Barón Rojo”, unos terrenos en la Jardín Balbuena y puso el primer aeropuerto y escuela de aviación de la ciudad. Su verdadera profesión era ser piloto. Un día, el presidente Miguel Alemán declaró como inaugurada la actual terminal uno del aeropuerto Benito Juárez a un lado, y el negocio se desplomó.

La familia tuvo que moverse de lado a lado; Toluca, Querétaro, dormían en camastros y “hoteles de cuarta y quinta”. Rafael nació después. No vivió la nostalgia de sus hermanos de tener y perder todo: casas, choferes, afanadoras, arte. Nos acompañan los muertos, cuenta.

Pasaba el día con su madre y hermanas. Cuando llegaba su padre les advertía: “lo van a volver maricón”, pues lo encontraba viendo Anita de Montemar y Fallaste corazón. De su mano conoció y se aficionó a la calle. Era como una enciclopedia. Caminaban el centro de la ciudad: Gante, Madero, el hotel Metropol y el cine Orfeón, “donde alguna vez cantó Caruso”. Así descubrió lo que siempre ha querido ser: un vago. “Pero me he negado a ser ese vago, ¿por qué? Porque tengo que trabajar y hacer veinte pendejadas”.

La ciudad, la calle, el box, el futbol, los toros y el frontón lo embrujaron. En el frontón, frente al Monumento a la Revolución, aprendió a apostar. Después conoció el hipódromo y avanzó en el mundo del juego.

No quería estudiar. La escuela lo angustiaba, aburría, se sentía mal. No entendía nada. En la preparatoria se hizo más aplicado, “casi contra mí mismo”. Su gusto por los libros llegó después. A los dieciséis años, cuando Pepe regresaba de vacaciones de Alemania, visitaban librerías como la Hamburgo, la Universitaria y la Zaplana. Eran los setenta, florecía el boom latinoamericano. Comenzó leyendo a Cortázar, Borges, Carpentier, Lezama Lima, Rulfo. Entendió que detrás de las apariencias siempre hay algo más. Yo también odiaba estudiar, a los seis años escribí a mi madre: la escuela es nociva para la salud.

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Estudió letras francesas. Quería leer, caminar y escribir; juntar los libros con su gusto por la vida de calle. ¿Te gustaría hacer crónicas de la noche mexicana? Le preguntaron en una oficina de redacción. Consiguió su primer trabajo haciendo periodismo literario, “el que relata la vida de la noche, de centros nocturnos, burdeles y drogas. No el que llega a Los Pinos”.

Sirve más vodka al vaso con hielos. Con una mano juega con los agitadores. Le encanta beber y pasarla bien. Pensé que tomabas güisqui como describes en tus textos. Sí, responde, sólo güisqui single malt. Hace unos meses pasó por una crisis de peso. Tuvo un trainer llamado Osvaldo. Le puso un entrenamiento perro. Rafael estaba contento. Le gusta ejercitarse: nadar y caminar. Con él trabajaba más fuerza. Al poco tiempo notó que algo raro sucedía. No le quedaba el saco. Estaba “como inflado mal”. Siguió tomando y comiendo y subió más de peso. Fue con la nutrióloga y le prohibió el güisqui, el tequila y el ejercicio por unos meses. “Lo único bueno es que tienes las nalgas más grandes”, bromeaba Delia. ¿Cuándo vas a volver? Preguntó Osvaldo cuando se encontraron. Nunca, respondió Rafael, catorce kilos más flaco.

Como la mayoría de su generación ha trabajado como editor. Comenzó en Premia Editora. Luego en Nueva Imagen editó Mafalda y a autores como Mario Benedetti, Héctor Aguilar Camín, Ricardo Garibay y Julio Cortázar. También ejerció en revistas, periódicos y suplementos culturales. Hoy dirige la editorial Cal y arena.

Cree que el futuro no se puede planear. Habla fuerte, quiere ser escuchado. Quiero saber más sobre las peleas de box que frecuentaba. La primera, recuerda, fue en el embudo de las calles de Perú. Eran dos gallos: Chucho Castillo contra El famoso Gómez. Recordé al cronista Fray Nano, los gallos eran sus consentidos. Tenía como diez años. Su padre le enseñó a reconocer los distintos tipos de golpes. Prefería a los boxeadores de salón. Los fajadores, le decía a Rafael, acabarán siempre borrachos en una cantina porque su temperamento es ir, ir, ir, en cambio el que boxea de salón puede hacer que su carrera no se pierda en el abismo.

Pero a Rafael siempre le gustaron los fajadores, “el que se acerca y se rompe la madre en corto”. Era la permanente polémica con su padre. Rafael insistía, si damos por hecho que los dos tienen técnica y pones a un fajador serio y a un boxeador de salón, el fajador se lo va a chingar. “No veas los puños, ve las piernas, cómo se mueven, eso es el box”, reiteraba su padre. Algo similar le dijo de los toros: “ve las zapatillas en la arena. Si el torero se mueve antes de dar el paso es un torero de pueblo. Si el torero se planta y no se mueve es valiente y si tiene técnica puede ser genial”.

Una semana después de nuestro encuentro en el restaurante de la Condesa toqué el timbre de su casa. “Llegas a la hora del tequila”, Rafael abre la puerta y me invita a pasar. La Mosca, otra vez, no estaba en casa. “Debe estar dentro del quirófano ahora, cuando salga estará esterilizada”. Desde hace veinte años vive en esa casa con Delia y sus hijos. Con ella comparte su vida desde los veintiséis. No se casaron, “en los setenta era un rollo no casarse”. Prefirió echarse el tiro con las familias.

Primero vivieron por Churubusco y luego en un departamento en la calle de Cadereyta. Delia encontró esa casa en venta y a buen precio. Por fuera estaba en ruinas. Vivía una viuda que tenía un hijo bueno y uno malo. Un cuarto estaba cerrado con llave. Dentro, estaba lleno de caguamas, calcetines viejos y un colchón en el piso. Supuso era del hijo malo. La compraron y remodelaron. Con los años se han hecho de una pequeña colección de arte, pinturas y arte objeto que observo a mi alrededor. Me siento en la sala. Percibo movimiento en otras habitaciones.

Rafael camina hacia el pequeño bar que se esconde debajo de las escaleras. Frente a una chimenea de cantera que usan “contraviniendo todas las leyes”. Se sirve el mismo vodka que pidió en el restaurante. Hay poco hielo así que camina a la cocina por más. En el bar cuelga una pieza de Alberto Gironella inspirada en Bajo el volcán de Malcolm Lowry. Varias curiosidades reposan en el librero de la sala. Un “monigote” que se parece a Rafael y una máquina de escribir. Se la regaló Delia en mayo, mes de su cumpleaños. Sus primeras colaboraciones y los cuentos de Me perderé contigo los escribió en una Olimpia como ésa.

Despierta temprano. Lee la prensa y hace el trabajo periodístico. Gil Gamés le exige producir un texto diario, Milenio uno semanal y nexos uno mensual. Después atiende Cal y arena. Al mediodía toma un trago con Delia. Parece ser poco complicado, “pero puedo ser explosivo”. El periodismo le enseñó a sentarse y escribir, sin parar. Con los años ha eliminado los tics que le hacen perder tiempo y postergar escribir, como fumar.

Rafael se formula preguntas pues cada pregunta “tiene algo de revelación”. Sus textos son la respuesta al “qué pasaría si…”. Durante un viaje de Cortázar a México, se conocieron. Caminando por una hacienda en Cocoyoc, Cortázar dijo sobre los árboles que habían crecido en los muros: es una extraña fusión del mundo mineral y vegetal como si el tiempo se hubiera detenido. De ahí, Rafael cocinó una idea que terminó en el cuento “La burbuja”.

En cada uno de sus personajes hay una parte de él. Siempre quiso ser médico y luego psicoanalista. De ahí surgió el psicólogo de Paraísos duros de roer. Con los años los temas que abarca no han cambiado pero su punto de vista sí. Es buen escucha. Inquieto. Se acomoda los anteojos, cruza las piernas, juega con las manos y te ve a los ojos. Alguna vez lo oí bromear sobre la ignorancia de los jóvenes. Le pregunto su opinión sobre las nuevas generaciones de escritores. Cree que algunos confunden la literatura con fama, escribir con exhibirse, el mercado editorial con la creación literaria. “Y los premios son la búsqueda del santo grial”.

Abandonamos la sala, atravesamos la estancia, el bar y subimos por las escaleras. El blanco de las paredes refleja luz por toda la casa. Frente a una puerta pregunta si podemos entrar. Una voz femenina responde que sí. Es el estudio de Delia, donde se encuentra trabajando sentada en un escritorio rodeada de libros. Algunas figurillas metálicas cuelgan entre los libros: Dante, Foucault, Einstein y Freud, en versión caricaturizada, saludan a los intrusos. En el pasillo un mueble retacado con películas. Distingo algunos títulos de Hitchcock, “para nuestra generación, ver cine era tan importante como leer”.

Me guía hacia el patio trasero y subimos a la azotea. Atravesamos el tendedero hasta llegar a un pequeño estudio. Hace calor. El sol le pega directo. Por la tarde trabaja en ese cuarto. “Es un caos”, me dice acerca de los libros. Yo lo veo ordenado. Una foto de sus padres vigila su escritorio. ¿Este es tu escondite? No, es un estudio de trabajo. Tiene un escondite, confiesa, está cerca del Monumento a la Madre, en la calle Sadi Carnot. “Nadie lo conoce”. Ahí se aísla, a veces solo, otras con Delia. Sólo sus paredes conocen el secreto de la creación.

“Lo más importante no es tanto escribir sino también preguntarte en dónde lees”. Lo hace sentado, antes podía acostado, ahora se queda dormido. Muy temprano lee abajo en la sala pues la casa está en silencio, pero durante la tarde lo hace en su estudio. En un corcho ha pegado fotografías de la ciudad en 1903. Material que usa para su próxima novela. Un grabado de Eko de “un diablo cogiéndose a la misma mujer” cuelga en una de las paredes blancas. No lo escogió él, quedó desplazado de alguna pared de la casa y encontró su lugar ahí. “Y este es el gallo Claudio, ¿lo conoces?”.

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Por la noche cayó una tromba en la ciudad. Algunas calles se inundaron. Recordé los relatos de Rafael cuando el agua termina en desgracia. Concluí que un nuevo ciclo comenzaba. Empapada abordé un taxi. Por la radio, una voz solicitó una unidad con dirección a Sadi Carnot. El escondite de Rafael vino a mi mente y la necesidad de crear un círculo de protección a nuestra intimidad. Entender la soledad de existir, de escribir. “La historia que no está escrita no será leída por los jóvenes”, dijo en una junta Rafael. Entendí que ya he estado ahí, su escondite es la literatura. Rafael me ha guiado a través de las palabras por mundos de historias en donde los detalles atesoran sus secretos más viscerales, los mejores.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora, cronista y fotógrafa. Colabora en Esquina Boxeo y Hotbook, entre otras publicaciones.