Salvo por aquellos que sufren de estreñimiento, se trata de una actividad diaria, privadísima y que se realiza en un pequeño cuarto diseñado ex profeso para esa necesidad fisiológica. Lo primero es sentarse en una especie de trono, que según ciertos rastreos históricos se inventó hace 500 años. Algunas personas aprovechan para hojear una revista, continuar una conversación de WhatsApp en su celular o simplemente para tener un momento de reflexión. En no pocas ocasiones es inevitable someterse a un vaivén poco elegante de esfuerzos y pujidos. Luego viene la etapa del limpiado. Más allá del perenne debate respecto cuál es la mejor técnica, no hay que olvidar que si bien por estas tierras lo común es utilizar papel, en otros puntos del planeta consideran poco higiénico este método. De ahí que se inclinen por usar más bien agua para tales propósitos. El último paso: accionar el mecanismo, basado en agua y flotadores, del excusado.

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¿Qué pasa, sin embargo, con esta materia oscura? ¿A dónde se dirige una vez que le jalamos al baño? ¿Qué porcentaje de la población goza efectivamente de un excusado? ¿En verdad son muy riesgosas las enfermedades derivadas de la contaminación fecal? ¿Qué tan costoso es el mantenimiento de los drenajes profundos? ¿Cuál es el destino del gigantesco cúmulo de excremento que arrojan diariamente las ciudades alrededor del mundo? ¿Cuáles son los retos ecológicos, económicos e ingenieriles que enfrenta el diseño de los excusados? Estas interrogantes y otras más son el hilo que une las páginas del libro de la periodista Rose George, The big necessity. The unmentionable world of human waste and why it matters:1 las instalaciones sanitarias es un tema de salud pública de suma importancia, clave en el desarrollo de las sociedades, que enfrenta grandes retos con la enorme migración mundial del campo a las ciudades. Y, por ello, es indispensable discutirlo. 

El punto de partida que apunta George es que alrededor del mundo existen casi tres mil millones de personas que lejos de contar con un excusado, letrina, cubeta o una mera caja, carecen de cualquier instalación sanitaria mínima que les permita defecar de manera más o menos higiénica. Las orillas de las carreteras o de las vías del tren son los lugares donde realizan esta actividad. O, en su caso, practican lo que se conoce como caca voladora. Es decir, defecan en una bolsa de plástico, la amarran, para luego aventarla de manera aleatoria a algún punto de su entorno. Práctica muy común en la India, por cierto, y que aprovechan para fijar posiciones políticas en bardas y postes con propaganda electoral.

Y justo estas condiciones son las idóneas para el escenario menos deseado: falta de limpieza en las manos que inevitablemente tendrán contacto con la boca, así como con agua y alimentos, iniciando una espiral de enfermedades, bajo desempeño laboral, deserción escolar, disminución de la esperanza de vida, etcétera. Un botón de muestra: en países en desarrollo, la primera causa de muerte infantil son enfermedades derivadas de la contaminación de materia fecal, muy por encima de los decesos causados por la malaria, tuberculosis y VIH.

Mas las ciudades también tienen un problema no menor con la mierda. Es cierto: su asignatura es diferente, cuentan con excusados y un sistema de tubería para deshacerse del excremento —aunque en Estados Unidos, por ejemplo, casi dos millones de sus habitantes no tienen acceso a ningún tipo de instalación sanitaria—. No obstante, precisamente los drenajes donde se desecha el excremento es uno de los aspectos más delicados de cualquier ciudad medianamente desarrollada. Cuatro aspectos son los que están en juego. Mantener instalaciones que logren satisfacer la creciente demanda por los procesos migratorios y evitar que las zonas conurbadas carezcan de este servicio; darle mantenimiento a la red de drenaje profundo para evitar filtraciones o inundaciones que resulten en focos de contaminación; impulsar métodos tecnológicos para no desperdiciar las aguas pluviales y, en su caso, aprovechar otros desechos que podrían ser reciclables y, por último, fijar un destino sustentable para los ríos subterráneos de mierda que se acumulan día con día.

Sortear estos obstáculos no es sencillo. En ciudades como Milán, Bruselas y Milwaukee, hasta hace algunos años, su red de drenaje profundo desembocaba en ríos o lagos que a su vez se aprovechaban para proveer de agua para beber. A pesar del enorme costo que implica instalar una planta tratadora de aguas negras, han tenido que invertir en éstas debido a que sufrieron episodios graves de enfermedades y muertes entre sus habitantes por beber agua contaminada. Este fue el caso también de Galway, Irlanda, en 2007: durante más de cinco meses este centro cultural del mundo europeo careció de agua para beber, mientras casi la mitad de su población sufría diarreas no menores gracias al parásito Cryptosporidium, que le encanta vivir en la mierda humana y que, por no tratar adecuadamente sus aguas negras, empezó a circular por la tubería de agua potable de la ciudad.

Sin más ejemplos: el 90% de las aguas residuales del mundo en ningún momento son sometidas a algún tratamiento y se desechan a océanos, ríos, lagos u otros destinos que ponen en serio riesgo la salud de la población. Revertir este escenario exige mucho dinero, inversión tecnológica, planeación urbanística, pero sobre todo un esfuerzo por redimensionar este problema en su justo valor. En efecto, una de las conclusiones de Rose George, a partir de las múltiples entrevistas que realizó alrededor del mundo a alcaldes y demás funcionarios públicos para su libro, es que este tema no es relevante en la mayoría de los centros de decisión política de las ciudades, países y organismos internacionales. Salvo cuando se está frente a una situación de emergencia, la regla es siempre posponer la solución de fondo, sea ésta darle mantenimiento al drenaje profundo, instalar una planta tratadora de aguas negras, extender la red de desagüe, etcétera. O, en su caso, hacer lo mínimo necesario para mantener en funciones el sistema de instalaciones sanitarias. Con la consecuencia de estar siempre al filo del desastre.

Cierto: no es fácil ganar elecciones con promesas políticas escatológicas, pero la gravedad del asunto exigiría una mayor atención por parte de los gobernantes. Sobre todo si consideramos que las instalaciones sanitarias son de las mejores inversiones que un país puede realizar, al impactar de manera positiva en aspectos como la salud, educación y productividad de su población. Sobre este punto algunos economistas han elaborado el siguiente cálculo: por cada dólar invertido en instalaciones sanitarias hay un retorno de siete dólares en reducción de gastos médicos y aumento en productividad.

Frente a esta apatía y visión de corto alcance para abordar esta problemática de manera decidida y creativa, en las últimas décadas han surgido esfuerzos encomiables. Este es el caso de un personaje fascinante: Jack Sim, que en 1999 abandonó su exitosa carrera como empresario para fundar la Organización Mundial del Excusado, cuyo propósito es conseguir recursos económicos, intercambiar experiencias con gobiernos y otros actores de la sociedad civil e impulsar mejoras ingenieriles para ofrecer instalaciones sanitarias a poblaciones en situaciones de escasez de dinero, carentes de una red de drenaje y sin agua. En la India y Sudáfrica, por su parte, desde hace lustros crearon ministerios del agua para tratar de acabar con la extendida práctica de la defecación al aire libre y encontrar soluciones a un contexto propio de su entorno, pero que se prevé será el futuro de las grandes ciudades: amplios sectores de la población asentados en zonas sin tuberías y agua, ubicadas en áreas de muy difícil acceso, resultando inviable económicamente conectarlas a la red de agua potable y drenaje profundo. Reto al que ha dedicado su vida el sociólogo, activista y fundador del Museo Sulabh Internacional de Excusados, Bindeshwar Pathak; quien inventó una letrina cuyo uso se ha extendido por la India y otras partes del mundo, y que cumple con la necesidad de que su funcionamiento no dependa de estar conectada a una red de tubería y cuyo requerimiento de agua sea prácticamente nulo.

 Lo cierto, sin embargo, más allá de estos y otros casos emblemáticos, es que pocos realmente quieren discutir, denunciar e involucrarse en el problema mundial de las instalaciones sanitarias. Simplemente no vemos que Jay-Z, Matt Damon, Bono o Angelina Jolie financien documentales, graben canciones, funden organizaciones civiles, organicen cenas de caridad para combatir las diversas vicisitudes alrededor de la mierda. No es un tema que guste a los políticos, ni a los embajadores de causas nobles de la sociedad del espectáculo. ¿Por qué?

Una posible respuesta la ofrece el crítico literario Florian Werner, en su libro La materia oscura. Historia cultural de la mierda.2 A comienzos de la edad moderna las excretas humanas se erigieron en uno de los grandes tabúes de la sociedad, tornándose en algo vergonzoso e incómodo. Las nuevas reglas de decencia respecto la mierda empezaron a trasladarse poco a poco del papel a la mente de las personas. Los tratados de cortesía y los decretos de las cortes en Europa se interiorizaron. De tal manera que al desparecer el excremento, una vez que se envió a las tuberías de las nacientes ciudades industrializadas, se volvió también inexistente de nuestras conversaciones e imaginario. 

Esto, por supuesto, no siempre fue así. Durante mucho tiempo, hasta ya entrado el siglo XIX, la mierda fue un componente clave de las llamadas coprofarmacias y se utilizaba para combatir diferentes dolencias, desde hemorragias nasales hasta enfermedades como el cáncer. No pocos, a su vez, aprovecharon sus propiedades para elaborar productos de belleza —hay que recordar que los componentes químicos escatol e indol, responsables del fuerte olor del excremento, hasta la fecha siguen siendo indispensables en la industria de la perfumería—. La defecación, por su parte, hasta hace muy poco se volvió una actividad privada, íntima e individual. Antes de esto se trataba de un acto público, que se realizaba en letrinas colectivas y que permitió que cuajara la costumbre de aprovechar ese momento para charlar e interactuar mientras las personas acababan de vaciar sus intestinos. Pero eso cambió: la defecación migró hacia la esfera privada, la arquitectura de las viviendas se modificó y su carácter público se diluyó. Así, arrinconada en el excusado, baño y tuberías, la mierda dejó de ser parte de la vida social de las personas y no sólo eso: ya no fue tema de las asambleas legislativas, juntas administrativas y de los laboratorios ingenieriles —aquí es obligado mencionar como notable excepción a Japón, país que desde hace décadas ha dedicado enormes esfuerzos tecnológicos y económicos para innovar y mejorar los excusados, este es el caso de la compañía TOTO que creó los llamados robots-excusados: verdaderas obras de arte de la ingeniería que pueden llegar a costar más de cinco mil dólares. 

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El argumento central de Werner, entonces, es que nuestro actual asco y repulsión hacia la mierda no tiene asidero científico, se trata más bien de una construcción cultural. Un tabú. No existen concepciones de la suciedad inmutables en el espacio y tiempo. Las líneas entre qué es limpio, repugnante y hediondo cambian significativamente al recorrer las culturas. De ahí que sea muy difícil o imposible ubicar un olor que sea asqueroso en todo el mundo. De esto se dieron cuenta los científicos del Monell Chemical Senses Center de Filadelfia al tratar, sin éxito, de fabricar, por encargo del Departamento de Defensa de Estados Unidos, un olor que se aprovechara como arma no mortal. Es decir, incapaz de causar daños físicos permanentes, pero que por su repugnancia provocara la huida del enemigo o lo dejara fuera de combate, sin considerar que este adversario fuese un fundamentalista afgano, un mercenario ruso o un pandillero de Detroit.

Nuestro olfato, según las pesquisas científicas de Werner, está sobre todo condicionado a percibir cambios en el entorno olfativo. Unos 15 o 20 minutos después de detectar un olor, ya no somos capaces de percibirlo de manera consciente. Por ello, si bien los malos olores son un universo subjetivo, comparten un aspecto: nos son extraños, ajenos y poco familiares. Esto explica que a los privilegiados que contamos con excusados, conectados a una red de tubería que permite desaparecer lo que depositemos en éstos con tan sólo jalar una palanquita, el olor de la mierda nos sea tan desagradable. Pero no es el caso de los Dalits o Intocables —ese grupo de personas que se ubica en el peldaño más bajo del sistema de castas de la India— cuyo trabajo consiste en retirar con sus manos el excremento acumulado en letrinas secas y transportarlo en canastas sobre su cabeza durante varios kilómetros. Asimismo, debido a este carácter relativo del asco, podemos entender por qué antes de los sistemas de tuberías y drenaje, la mierda no apestaba en las ciudades: justo porque al ser omnipresente paradójicamente no existía, no olía: estábamos acostumbrados a su olor. 

Este papel asqueroso que ha venido desempeñando la mierda en nuestra sociedad occidental se complementa con el rol que le hemos otorgado de dardo transgresor de las normas sociales. Sea desde la trinchera del humor, insulto o el arte, el excremento es un excelente recurso para desafiar las fronteras ético-morales de nuestros congéneres. En efecto, utilizada de manera adecuada la mierda se puede aprovechar simbólicamente como municiones para escandalizar, denunciar, provocar, blasfemar. Basta echar un vistazo al movimiento artístico que se ha gestado desde mediados del siglo pasado alrededor de la mierda: la escultura que creó Marc Quinn, de su propia cabeza y sus propias heces, llamada Shit Head; el conejo hecho a base de excremento de conejo de Dieter Roth, bajo el título de Conejo en pedacitos de caca de conejo; o la Merda d’ artista de Piero Manzoni que consistió en llenar 90 latas con su mierda y venderlas al equivalente de su peso en oro —y que, por cierto, todas fueras compradas—. Algunos arguyen que el uso del excremento en el ámbito artístico se debe a su maleabilidad y bajísimo costo. No obstante, en realidad, lo que buscan estos artistas, con mayor o menor éxito, es enlazar esta materia oscura con ciertas ideas, figuras o ideales concretos para efectos de provocar fuertes reacciones emocionales y morales en el público.

Y esto sólo es posible gracias a la concepción de materia asquerosa que tenemos de la mierda. Aversión que si bien puede tener algún sustrato científico y médico —aunque hay que subrayar que la mierda en sí no es una materia tóxica o contaminante; más bien, se trata de un vehículo perfecto de agentes patógenos que albergan las personas en sus organismos—, lo cierto es que el asco que genera responde a hábitos estrictamente culturales. Lo cual ha arrojado como saldo un costo bastante alto: olvidar el papel clave que tiene el excremento en la evolución de la vida y sustentabilidad de nuestros ecosistemas.

Éste es el argumento medular del libro del veterinario y epidemiólogo David Waltner-Toews, The origin of feces. What excrement tells us about evolution, ecology and sustainable society?3 Nuestra aversión cultural hacia la mierda ha llegado al extremo de no reconocer la relevancia que tiene ésta en la vida de una enorme diversidad de animales y plantas. El imaginario dominante que entiende a las heces meramente como un desperdicio repugnante, ha ninguneado el rol de este desecho en la interacción que existe entre las múltiples especies que integran la fauna y flora del planeta. En efecto, el excremento de los animales, incluyendo el de los humanos, es un ingrediente esencial que permite dispersar semillas, ayudar a la circulación de nutrientes, establecer simbiosis virtuosas entre bacterias y otros organismos, remover dióxido de carbono de la atmósfera, así como nutrir y fertilizar la tierra. Los mamíferos, en concreto, en el arco de tiempo de sus vidas comen muchas plantas y otros animales, que desechan en forma de mierda. Lo interesante, sin embargo, es que ésta tiene una serie de nutrientes e ingredientes que en realidad son comida para otros seres vivos como hongos, bacterias e insectos. Los cuales, a su vez, producen o sirven de alimento para otros animales un tanto más grandes y desarrollados. De tal manera que la vida en la tierra es impensable sin estos ciclos cuya característica consiste en redimensionar biológicamente la basura o desechos que expulsan ciertos organismos como benéfica para otros.

Otro ejemplo: los bebés nacen estériles, sólo hasta que salen del vientre materno son colonizados por miles de bacterias. A lo largo de su crecimiento van estableciendo una relación simbiótica con varias de éstas que llegan a vivir en sus intestinos. La relación es fructuosa para ambos. Mientras que estos pequeños organismos tienen alimento y condiciones idóneas para vivir; las bacterias ayudan a los seres humanos en su proceso digestivo, a protegerse frente a agentes patógenos causantes de enfermedades y, en general, coadyuvan a fortalecer su sistema inmunológico. Pero, ¿qué tiene que ver la mierda en este proceso? Pues que gracias a ésta, y la inevitable interacción que tenemos con ella en el ambiente, es que no pocas de estas bacterias llegan a los organismos de los bebes.

Inclusive la coprofagia, esto es, la ingesta de excrementos, que se encuentra en el punto extremo del tabú de la mierda, en el caso de varios animales tiene una utilidad por demás relevante. Conejos, ratones, perros, gatos, entre otros, tienen la costumbre de comer sus propias heces con propósitos nutricionales y de protección. Los venados recién nacidos, por ejemplo, para evitar que sus depredadores naturales detecten su olor y los ataquen, durante su primer mes de vida comen su excremento con el objetivo de volverse poco atractivos para sus potenciales atacantes. Asimismo, algunos pajaritos cantores se comen las heces de sus críos, sobre todo cuando éstos son muy pequeños y requieren de muchos cuidados. De tal manera que al comerse el excremento de sus pequeños críos, estos pájaros evitan el costo en energía y tiempo de transportar los desechos fuera del nido, y pueden canalizar esos recursos exclusivamente al cuidado de sus hijos.

La conclusión, insiste Waltner-Toews, al observar el comportamiento animal respecto el excremento es que la variedad de especies ha sobrevivido debido a los diferentes tipos de alimentos que pueden procesar, la diversidad de mierdas que producen y las conductas que han desarrollado no sólo para beneficiarse directamente de éstas, sino también para hacer sustentables los ecosistemas donde viven. Y de ahí la necesidad de repensar la mierda, no como un desperdicio que sólo aporta malos olores y enfermedades, sino también como un recurso necesario para la vida en la  tierra. Lo cual implica reubicar al excremento en el lugar que le corresponde, en términos ecológicos y evolutivos, en la biosfera.

Esto exige que nuestra cultura aprenda a relacionarse de manera más pragmática con la mierda. Exprimir sus beneficios y, por supuesto, atenuar sus riesgos. Los chinos, por ejemplo, desde hace cuatro mil años tienen la costumbre de recolectar y vender el excremento humano para utilizarlo como fertilizante y combustible. Algunos investigadores calculan que, a lo largo de su historia, China ha reciclado en promedio el 90% del excremento de sus habitantes para construir uno de los sistemas agropecuarios más sustentables en el mundo. Japón, por su parte, que también tiene una cultura de aprovechamiento de la mierda humana para fortalecer su agricultura, llegó a tal grado la utilidad de esta materia oscura que impactó inclusive en el mercado inmobiliario. Los inquilinos tenían que pagar cierta cantidad de dinero por el uso de una casa, pero también parte del costo de esa renta era el excremento de todos los habitantes del inmueble en cuestión. Es decir, las heces humanas llegaron a ser tan valoradas en la agricultura y otras actividades, que los arrendadores no sólo mercadeaban su propia mierda sino también la de sus clientes.

Waltner-Toews explica un amplio abanico de opciones para aprovechar la mierda. Mejorar los fertilizantes y evitar que éstos tengan tantos químicos contaminantes del suelo; fabricar alimentos para animales que requieren en su dieta importantes cantidades de nitratos y fosfatos; generar biogás —por ejemplo, Hewlett-Packard y Google ya tienen centros de trabajo cuya energía eléctrica que necesitan todos su equipo de cómputo se obtiene precisamente de biogás—, etcétera. Imaginar nuevas formas de uso del excremento humano (y, en general, animal) ayudaría a no desperdiciar su enorme potencial en varios sectores económicos, pero también frenaría la actual tendencia: un proceso de urbanización mundial, que se traduce en una centralización de la producción de mierda humana; un rápido crecimiento de economías de escala en la agricultura, que implica a su vez una concentración de la producción de heces de los animales domesticados; aunado a una economía y sistema de transporte global, que facilita la propagación y redistribución del excremento en todas sus formas. Este coctel resulta en una multiplicidad de caminos para que el excremento contamine nuestro ambiente y llegue a nuestras bocas. Irónicamente, la cultura del asco respecto la mierda ha resultado en un sistema de tratamiento de ésta, perfecto para fenómenos epidemiológicos de impacto mundial. Esto no significa que estemos ante un futuro apocalíptico, pero lo cierto es que la viabilidad de las ciudades y la sustentabilidad del entorno dependen en buena medida de cómo repensemos en términos científicos y culturales esta materia oscura: nuestra mierda.

 

Saúl López Noriega
Profesor e investigador de tiempo completo del Departamento de Derecho del ITAM.


1 Metropolitan Books, USA, 2008.

2 Trad. Aránzazu López Fernández, Tusquets, México, 2013, primera edición en alemán 2011.

3 ECW Press, Canadá, 2013.

 

4 comentarios en “Aproximación a la innombrable

  1. Excelente articulo, que se a venido tratando en varias vertientes , La salud pública, la ingeniería sanitaria y ambiental, la economía y el desarrollo tecnológico para aprovechamiento de energias renovables. ,

  2. Me extraña que en su artículo no mencione el libro “The humanure handbook: a guide to composting human manure”, de Joseph C Jenkins, editado en 2005, así como “La casa ecológica autosuficiente”, del arq. Armando Deffis, además de otros más en que se han propuesto las letrinas secas en muchas partes de México.

  3. El desarrollo sustentable debe ser motor para legislar sobre el particular. El estado debe hacer esto …apostarle al futuro…imaginarlo. Sria o depto estatal procesador de caca. Saludos

  4. Estupendo artículo! Lástima de los sinónimos innecesarios que lo hacen un tanto desagradable.