El año pasado, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, conocí a Javier Cercas. Me lo encontré una noche antes de la presentación de mi libro en el lobby del Hilton, afuera del restaurante Angus. Me acerqué y nos saludamos. Me emocionaba conocerlo; había escrito sobre mí en su columna de El País meses atrás. Le había enviado unas líneas para darle las gracias y los dos sabíamos que estaríamos en Guadalajara.

Empezábamos a platicar cuando, a unos metros, lo llamó una mujer en sus cincuenta, bien arreglada, maquillada, con tacones. Parecían tener una cita. Fue a hablar con ella y regresó: “Tengo una entrevista, pero no te vayas”. “Aquí te espero”. Había algunos conocidos y me disponía a tomar algo con ellos, pero se dio la vuelta: “Porque voy a dar una entrevista sobre mi niñez, pero a ti te aburriría mucho eso, ¿no? ¿A quién le puede interesar la niñez de un escritor? Qué aburrido”. “No, no me aburriría”. “Ah, entonces acompáñame y conversamos”.

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Mi otro yo toma para ahogar la pena ajena.

Caminamos hacia el interior del Angus. Ella arrastraba la voz, yo me hacía del oído gordo. Pronto quiso salir a fumar, pero el camino era angosto y empedrado y pasaba junto a un estanque que, en un presentimiento que fue de inmediato déjà vu, se convirtió en fuente: había caído al agua, de espaldas, sin meter ni las manitas. Nuestra primera reacción fue ver si estaba sana y salva, pero apenas lo comprobamos nos doblaron las carcajadas, y entre carcajadas la ayudamos a incorporarse y a recoger sus cosas, que habían salido volando. Cuando al fin nos sentamos a la mesa, insistió en la entrevista. Javier le decía que por lo menos fuera a cambiarse, que se iba a enfermar. “¡Ni que fueras mi papá, ya estoy grande para saber lo que hago!”. Tardamos mucho más en convencerla de que fuera a cambiarse que ella en volver, tambaleándose, por más güisquis. Varios. Nosotros lo que teníamos era hambre y entramos a cenar. “Por favor, quiero conversar cinco minutos a solas con Merlina, ¿se podrá?”, decía Javier. Estaba repitiéndole que no, que de ahí no se movía, cuando se desplomó.

Javier me hizo sentir en confianza de inmediato. Es brillante, de muy buen tipo, amable y simpatiquísimo. Había conocido muy poca gente con tanto interés por escucharme. No habló de otros escritores, ni me hizo un examen de cultura general.

Para qué tratar de ser uno mismo pudiendo ser varios.

Le hablé sobre mi vida: ajedrez, música, pintura, cosas personales, y por último: palíndromos y aforismos. Le confesé que hasta hacía poco no había leído casi nada, ni los libros que me dejaban en la escuela, pues todo el tiempo lo dedicaba a estudiar ajedrez y me iba a la Gandhi a buscar los resúmenes. No le extrañó y no se decepcionó.

Me preguntó si tenía pareja, le dije que no. “¡No puede ser!, algo malo tendrás…”. Cambié la conversación mientras enumeraba mentalmente mis “algo”.

Los solitarios guardamos distancia y la recorremos por dentro.

“Leí tu cuento ‘El móvil’”. “¡Ay, no!, ese lo hice cuando era muy joven, tienes que leer otra cosa”. “A mí me encantó, parece un juego de ajedrez”. Entonces me contó que hacía años, en un programa de televisión en Islandia, alguien había llamado para corregir una jugada que se les había escapado a los jugadores y comentaristas. “¿Quién crees que era?”. “Fischer”. No conocía la anécdota, pero era lógico: Fischer, norteamericano, considerado por algunos como el mejor ajedrecista de todos los tiempos y también el más polémico, había desaparecido después de su segundo match con Boris Spassky (ruso) en Yugoslavia. El primero había sido el llamado Match del Siglo, también contra Spassky, por el Campeonato del Mundo que se jugó en 1972 en Reikiavik, en plena Guerra Fría, un match que había puesto al ajedrez en el escaparate del mundo.

“Y dime una cosa, ¿tú crees que…”. Lo interrumpí. “¿Que si creo que el ajedrez haya influido en que esté sola?”. “Sí”, me contesté, “o tal vez empecé a jugar por ser solitaria, no sé”. “¡Pero por qué me respondes antes de que te pregunte!”. “Porque ya me pregunté, ¿o no era eso lo que me ibas a preguntar?”. “Pues sí…”.

El ajedrecista da un paso en sus zapatos y el siguiente en los zapatos del otro.

Yo también tenía una anécdota sobre Fischer.

Primero le conté cómo había conocido a Nigel Short, Gran Maestro, y el primer jugador inglés en jugar un match por el Campeonato Mundial: jugó en 1993 contra Kasparov y perdió.

“Conocí a Short cuando vino a México en 1981 a jugar un Campeonato Mundial Juvenil, era el Maestro Internacional más joven en esa época y yo con 11 años, apenas había dejado de ser físicamente una niña. Entré a ese torneo de fiscal, ese trabajo consistía en anotar las jugadas y servir como juez de mesa. Lo hacía como ejercicio, me gustaba mucho. Al tener que ver las partidas en tiempo real, me dedicaba a pensar los movimientos de ambos bandos. Tal vez desde esa época empecé a preguntarme y contestarme sola, o tal vez desde antes pero no me daba cuenta, o no me decía nada. Creo que eso es lo malo que dices que debo de tener, ¿no? Un pequeño detalle…”.

”Me llamó mucho la atención que Álvaro, el protagonista de tu cuento, y yo empezamos a jugar ajedrez de la misma forma, hasta coincidimos en el número de niveles que tenían las máquinas con las que practicábamos (siete).

 ”Conocí a Boris Spassky cuando vino a Xalapa a jugar un interzonal —mi papá me llevó de vacaciones— y de inmediato quise ser como él. Al regresar a casa, tomé un libro y a escondidas me puse a estudiar. Antes mi papá me había dicho que ese juego era para hombres y no quería que se molestara.

”Estuve dos meses estudiando y jugando obsesivamente con una máquina de ajedrez, hasta que logré ganarle en el nivel más alto. Ese verano mi papá nos llevó a Palo Alto, California. Él iba a jugar un US Open y le dije: ‘Quiero jugar, inscríbeme’. ‘¿Estás loca?, tú no sabes jugar’. ‘Sí sé’. ‘¡Que no!’. Me puse a llorar enfrente de todos los jugadores que estaban en la cola de inscripciones, mi papá se apenó y me dijo que si me daba el dinero para la inscripción, ya no me iba a dar para mis barbies. Dejé de llorar y acepté, feliz.

”¡Ah, ya recordé por qué te platiqué todo esto! Por la llamada de Fischer a la televisión en Islandia, te dije que yo también tenía una anécdota sobre él: en 2001, Nigel Short me contó que, jugando ajedrez por internet en ICC (Internet Chess Club), se había encontrado con un jugador anónimo que le ganaba casi todas las partidas a tres minutos, cosa que ni Kasparov podía lograr. Corría el rumor de que Fischer aparecía de repente en ese sitio, que jugaba movimientos muy extraños en la apertura, casi como burla, y que le ganaba a todos los grandes maestros. Para comprobar la identidad de su contrincante, Nigel le había dicho: ‘Armando Acevedo’ y él había contestado de inmediato: ‘Siegen 1970’. Nunca volvieron a jugar”.

Los solitarios somos piezas que aprendieron a jugar fuera del tablero.

“…Esa noche, Álvaro soñó que caminaba por un prado verde con caballos blancos. Iba al encuentro de alguien o algo, y se sentía flotar sobre hierba fresca…”.

Fischer murió en 2008 a los 64 años, el mismo número de las casillas que tiene un tablero de ajedrez, era un alfil de diferente color que el mundo.

Mi papá, Armando Acevedo, jugó en la Olimpiada de Siegen, Alemania, en 1970 contra Fischer. Este es el juego, fue el único mexicano que jugó contra él.

d Cf6 2. Cf3 c5 3. c3 g6 4. g3 b6 5. Ag2 Ab7 6. O-O Ag7 7. Cbd2 O-O 8. Te1 d5 9. Ce5 Cc6 10. Cdf3 Rc8 11. Cxc6 Axc6 12. Ah3 Ad7 13. Af1 Ac6 14. Ce5 Ab7 15. a4 Ce4 16. f3 Cd6 17. e3 Dc7 18. a5 f6 19. axb6 axb6 20. Cd3 e5 21. Cf2 e4 22. f4 Ta8 23. Ad2 Txa1 24. Dxa1 Ta8 25. Db1 Dc6 26. b3 Aa6 27. Db2 Axf1 28. Txf1 c4 29. b4 Da4 30. Tb1 Af8 31. Rf1 Cb5 32. Re2 f5 33. Cd1 Rf7 34. Cf2 Da2 35. Cd1 Re6 36. Dxa2 Txa2 37. Tb2 Ta1 38. Ae1 Rd7 39. Ad2 Rc6 40. Ae1 Ca3 41. Rd2 Rb5 42. Af2 Ra4 43. Ae1 Ae7 44. Af2 Cb5 45. Rc2 Ra3 46.T2b1 46…. Ta2+ 47. Tb2 Cxc3 48.Rxc3 Ta1 49. Abandonan.

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Se hacía tarde, yo presentaba mi libro al día siguiente y no tenía idea de lo que iba a decir. “No prepares nada, pórtate así como ahorita conmigo y ya”, me aconsejó lo mismo que Guillermo Sheridan en una comida poco antes.

Pagamos la cuenta, despertamos a la periodista que seguía dormida junto a nosotros, ya no quedaba nadie más en el restorán. Sólo las meseras paradas a los flancos de la mesa, como alfiles en minifalda, y nosotros. Salimos al lobby del hotel, apenas habíamos dado unos cuantos pasos cuando… ¡Dama por los suelos! ¡Otra vez cayó de espaldas sobre el piso de mármol y, otra vez, sin meter las manos! Nos asustamos más porque no cayó en blandito como la primera vez, pero en segundos empezó a hablar y a tratar de incorporarse. Estaba bien físicamente, dentro de lo que cabe. No la podíamos levantar ni entre los dos. Cercas dijo, “esto no puede ser”, ya medio molesto. Se habían acercado los de seguridad del hotel. “¡Que la lleven ellos a su cuarto!, ¿yo por qué?”. “¿Ah, qué no es tu gran amiga?”. “¡No!, ¡si la acabo de conocer hace rato que me pidió la entrevista!”.

La dejamos todavía en el suelo, pero ya sentada y acompañada por los de seguridad. Él y yo nos despedimos. Yo estaba en otro hotel, pedí un taxi y él se fue caminando hacia los elevadores. No podíamos dejar de reír: mientras se alejaba, se oían sus carcajadas a mis espaldas.

Al día siguiente, después de mi presentación fui a cenar con dos grandes amigos: Álvaro y su esposa Flor. Les conté la anécdota. “¿No sería Fulana?”, dijo Álvaro. “Cómo sabes?”. “Me entrevistó en la mañana y yo fui quien le invitó su primer tequila del día”.

Hace unos días le pregunté a Short si podía publicar la historia de Fischer y también la razón por la que le había preguntado por Armando Acevedo al supuesto Fischer. Me dijo que sí y que porque a los 16 se había enamorado de mí, “aunque era demasiado joven y demasiado tímido para expresarme correctamente”.

 

Merlina Acevedo 
“A veces no me entiendo pero me explico”. 
www.merlina.com.mx, @MerlinaAcevedo

 

10 comentarios en “La vida es un ajedrez con caballos de Troya

  1. Merlina, bonito nombre, me encantó leer tu publicación. Me quedé con la duda: ¿cómo te fue en ese primer torneo el que participaste a los 11 años en Palo Alto?
    También me pareció fantástica tanto la pregunta de Nigel Short, como la respuesta de Fischer a éste. Casualmente yo aprendí a jugar ajedrez de una manera similar a la tuya y por lo visto a la de muchos; por ese tiempo estaba muy de moda el campeonato del mundo que jugaron Fischer y Spassky en 1972 y yo aprendí repasando las partidas que jugaron ambos.
    Encontré por ahí esto buscando el significado de tu nombre, tal vez te interese… creo que le va muy bien a lo que pienso sobre Ti.
    Merlina
    Significado:
    Proviene de Merlín. La maga.

    Características:
    Es racional, práctica y observadora.
    También es sociable, se relaciona muy
    bien con los demás tanto en el terreno
    afectivo como en el laboral. Tiene una
    gran fuerza de voluntad que la ayuda
    a llegar a sus metas.

    Amor:
    Espera a sentirse segura de su pareja
    para demostrar sus sentimientos

    • Me encantó el significado, muchas gracias, Me fue bien para llever de meses de haber aprendido de cero, hice 4. 5 de 12, no estoy muy seguro con varios empates.

  2. Merlina:
    Es evidente que tienes un I.Q. muy por encima del promedio y eso quizá explique -al menos en parte- el tema de la soledad. Sigue escribiendo. Todo lo haces bien.

  3. Aquí tenemos una historia de españoles, soviéticos, americanos,
    mexicanos y británicos que ha durado ya mas que 40 años. No es de espionaje,
    ni de grandes conspiraciones, ni thriller nuclear de 400 páginas.
    Simplemente, es la historia de una típica, ojo con la ironía,
    ajedrecista, música, pintora y tuitera-poeta.
    Un cuento interesantísimo y un recordatorio muy fuerte, para mi, de como los azares
    de la vida y el carácter de cada uno crean nuestras historias
    personales. Ojala que te salga escribir algo más, así de repente como dices.

  4. Saludos. A veces en tu relatoría no queda claro si la participación del personaje alcohólico tiene que ver con cuestiones mas cercanas a tu estilo de vida, no le veo el caso a la preponderancia de la periodista necia y chuparrecio con los interesantes anécdotas de tus acercamientos a jugadores determinantes en la historia mundial del ajedrez, así como esa pequeña pero significativa tragedia del machísmo paternal aplicado a la participación de las mujeres en el ajedrez. En mi caso, apliqué la enseñanza crítica del ajedrez a mi hija desde la etapa pre-escolar como un método tanto de comunicación y debate como de comparación con la vida social. Lo que verdaderamente lamento del condicionamiento del ajedrez para proyectos de competición cada vez mas complejos es que la mayoría de los participantes “se cuelgan del cable” y pierden piso progresivamente hasta volverse una suerte de nerds y máquinas traga monedas para sus apoderados (todo parece indicar que existen honrosas excepciones como el campeón Magnus Carlsen y el cubano Leinier Dominguez…y tal ves Vasily Ivanchuk), de este fenómeno espero que nos puedas ilustrar tu que estas mas cercana al medio de ajedrez de alta competencia. Pero bueno, para finalizar, me parece tu discurso es una pequeña prueba de las muchas vivencias que, se nota a leguas, tienes que registrar en estas publicaciones, espero poder conseguir el libro que ya te publicaron porque soy un seguidor de la historia del ajedrez y de la etnoastronomía.

  5. Merlina, que deliciosas anecdotas, me fascinan tus palindromos, tu libro igual muy bueno, te sigo en twitter pero siempre he tenido la impresión de que haces pocas referencias de ajedrez en ese medio. Mujer ocurrente, brillante, libre.

    Saludos y recibe un abrazo afectuoso.