Con 30 años de edad, el arqueólogo francés Désiré Charnay viajó a México por primera vez en 1857. Desembarcó una tarde de noviembre, bajo la llovizna del viento del norte, en el puerto de Veracruz, pero jamás imaginó que el inusual mal tiempo no era un buen augurio. Traía consigo un poco menos de mil 800 kilogramos de equipo fotográfico, que transportaría consigo durante los dos años siguientes por partes, en trenes y mulas, para evadir a los asaltantes y a las distintas facciones que asolaban los caminos de un país convulsionado por la guerra de Reforma, la cual dio inicio al mes siguiente de su arribo. Estaba decidido a explorar el sureste de México y registrar fotográficamente las ruinas mayas de las que hablaban las investigaciones del estadunidense John Lloyd Stephens y del inglés Frederick Catherwood. Había tenido acceso a esos trabajos cuando se estableció por un tiempo en Nueva Orleans, muy poco después de haber concluido sus estudios académicos y de literatura en Alemania e Inglaterra.

08-charnay

Nunca antes se había aplicado, como era la intención de Charnay, la fotografía a la arqueología. La daguerrotipia se usó en el estudio del arte griego y egipcio hasta 1889. Apenas seis años antes del viaje de Charnay, en 1851, el británico Frederick Scott Archer había publicado en la revista The Chemist los avances de sus investigaciones en torno al desarrollo de una técnica llamada colodión húmedo, que hacía posible el uso de un negativo y con ello la factibilidad de imprimir copias en positivo sobre distintas superficies, como el papel, con gran nitidez.

El equipo fotográfico de Charnay tenía las dimensiones del laboratorio de un alquimista medieval. Además de las cámaras de fuelle (de medio metro por lado), los lentes, los tripiés, los vidrios que servían de soporte, los químicos (entre los que se ocupaba una buena cantidad de cianuro de potasio, que se usaba como fijador y era altamente venenoso), constaba de dos tiendas de campaña completamente oscuras. Ya que una de las desventajas de esta técnica era la alta sensibilidad del colodión, una vez preparado y aplicado sobre el vidrio en completa oscuridad. Asimismo, el vidrio debía ser montado en el chasis del portaplaca para ser insertado en la cámara. Todo el proceso debía transcurrir antes de que el éter contenido en el colodión se evaporara. Era precisamente el hecho de que los agentes químicos se mezclaran in situ y de que permanecieran activos durante todo el proceso lo que le otorgaba hipersensibilidad a la placa de vidrio.

En cada uno de los sitios que visitó en sus viajes, la jornada de trabajo de Charnay comenzaba con la elaboración del colodión, mezclando una solución de nitrocelulosa con alcohol etílico y éter con sales de yodo y de bromo. Luego limpiaba muy bien 18 placas de vidrio con ácido nítrico, primero, para después enjuagarlas y secarlas. Aplicaba el colodión sobre cada una de ellas, según las iba usando. Tenía que verter la solución en un extremo y decantarla para obtener una capa delgada y uniforme. Esa placa de vidrio cubierta con la película de colodión debía ser sumergida en una solución de nitrato de plata para hacerla fotosensible, activando el yoduro y el bromuro de plata. Había que montarla en la cámara, hacer la toma y revelarla. Sólo servirían seis o siete de esas 18 placas.

En ese primer viaje de 1857, Désiré Charnay viajó de Veracruz a la ciudad de México, donde se detendría preparando su expedición al sureste. Requería mapas donde trazar sus rutas y sus conexiones, mulas para cargar cajas de químicos una vez que llegara al final de la línea del ferrocarril, cargadores, provisiones… Pasaron varios meses. De su estancia en la ciudad resultaron las fotografías del libro Álbum fotográfico mexicano, editado por Julio Michaud en 1860. Ahí se ven el ex convento de la Merced, cuyo claustro, para Charnay, es el más hermoso que haya existido jamás; la fuente del Salto del Agua, que concluye el acueducto que los españoles construyeron sobre el paso de agua prehispánico que venía de las montañas; personajes, calles…

Casi un año después de haber comenzado a recorrer los caminos rumbo al sur, la expedición de Charnay fue detenida por un destacamento de soldados y bajo la acusación de espionaje (lo cual no era del todo errado, ya que el dinero con el que viajaba Charnay provenía, en parte, de Napoleón III) fueron destruidos su equipo y las placas de vidrio con las tomas obtenidas en Oaxaca y Yucatán. Pero ese duro golpe no minó la voluntad del testarudo Charnay. Tras un pequeño viaje de reabastecimiento a Estados Unidos, Charnay regresó a los caminos del sureste mexicano, para retornar a París a finales de 1859 con tomas de Monte Albán, Mitla, Izamal, Uxmal, Chichen Itzá y Palenque.

Una certeza impulsaba la inquebrantable voluntad de Charnay: “Lo que sabemos de las culturas prehispánicas ha pasado por el tamiz de la idolatría católica de los conquistadores españoles. No tenemos documentos porque los destruyeron su miedo y su ignorancia. ¿Qué nos queda? Estudiar los edificios que siguen en pie, que cuentan historias”.

Al año siguiente, 1880, Charnay volvió a México. Quería encontrar la ciudad de Tollan descrita por el príncipe azteca Ixtlilxóchitl. No lo logró, y creyeron que estaba loco, porque nadie daba crédito a la existencia de tal urbe prehispánica. 60 años después, sin embargo, fue hallada por arqueólogos mexicanos: su nombre castellano es Tula. Ese mismo viaje tuvo otro fracaso memorable: enfermo y debilitado, mientras esperaba unos cayucos que lo llevaran con su equipo por el río Usumacinta a la ciudad maya de Yaxchilán, miró pasar al británico Alfred Maudslay. Charnay había retrasado su viaje tan sólo unas semanas, pero ese había sido tiempo suficiente para perder la gloria de ser el primero en llegar a Yaxchilán. Luego el propio explorador millonario Maudslay le daría alojamiento a Charnay durante seis días en su campamento de Yaxchilán mientras el francés hacía sus tomas.

En 1886 Charnay realizaría un tercer viaje a México centrándose en la zona maya: Mérida, Uxmal, Labná, Tecax, Izamal, Ek-balam y Jaina. Hay muchos libros que dan cuenta de sus expediciones. Por ejemplo el grueso volumen dedicado a su mecenas Peter Lorillard en 1887: The Ancient Cities of the New World, publicado en francés tres años antes. O Mon dernier voyage, publicado en México con el título de Viaje a Yucatán, en 1888.

Charnay fue un viajero que nunca se dio por vencido. Definitivamente su atracción por las selvas mayas era una pasión desbordada, pero también realizó incursiones en Madagascar, Chile, Uruguay, Argentina, Java y Australia. Murió de neumonía en la ciudad de París el 24 de octubre de 1915. Actualmente se exhiben en el Antiguo Colegio de San Ildefonso 67 reproducciones fotográficas en papel del acervo de Fomento Cultural Grupo Salinas, curadas por Eduardo Matos Moctezuma. Vale la pena asistir, a menos que algún lector afortunado pueda viajar a París y echar un vistazo a las placas negativas de vidrio originales que se encuentran en el Museo del Quai Branly. Quien conozca Palenque o Chichen Itzá no reconocerá las imágenes de Charnay, que son como vírgenes mayas rodeadas de fronda.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.