Los novelistas vivimos en un extraño mundo de ensueño, en una realidad borrosa, envuelta en una capa de polvo, mitad real, mitad inventada… ¿Una persona real? Deberíamos decir esas palabras en voz muy baja. El artista es una especie de caníbal: consume realidad, se la come, la usa, moldea material que saca de otros.
—John Banville

El acta dice, al final del primero de sus dos párrafos: “…Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2014 al novelista irlandés John Banville por su inteligente, honda y original creación novelesca, y a su otro yo, Benjamin Black, autor de turbadoras y críticas novelas policiacas”. Pasando por alto la graciosa abundancia de adjetivos, es interesante que el premio le sea otorgado a dos autores de características harto diversas: el uno es inteligente, hondo y original —también hay que pasar por alto esta cosa de la originalidad que se creía entelequia muerta, velada y enterrada para siempre—; el otro es turbador y crítico. ¿Qué es entonces lo que hemos de apreciar en John Banville o en Benjamin Black? Probablemente que lo que se dice del uno podría decirse del otro y viceversa, es decir que ambos son todo eso y que Banville inventó a Benjamin Black para incursionar en la novela negra, una de sus pasiones, para dar paso a un juego que le era necesario y no podía ser parte de su propia obra. La clave está, al final, en el estilo de la trama: poco o nada tiene que ver el desarrollo narrativo de la novela negra con el de la novela pausada, melancólica y visual, siempre circular —acaso en espiral—, introspectiva y espeleóloga de las tinieblas humanas de Banville. Sólo pareciera unirles la ironía.

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Suena fantástico. La verdad es que si sumamos lo que dice el acta y lo que yo he dicho no encontramos más que retórica que muy bien podría aplicarse a decenas de escritores. Veamos el resto del acta: “La prosa de John Banville se abre a deslumbrantes espacios líricos a través de referencias culturales donde se revitalizan los mitos clásicos y la belleza va de la mano de la ironía. Al mismo tiempo, muestra un análisis intenso de complejos seres humanos que nos atrapan en su descenso a la oscuridad de la vileza o en su fraternidad existencial. Cada creación suya atrae y deleita por la maestría en el desarrollo de la trama y en el dominio de los registros y matices expresivos, y por su reflexión sobre los secretos del corazón humano”. Muy convincente y seguimos en las mismas. No culpemos a quienes hacen el acta: cuanto dicen es cierto, aunque insuficiente. ¿Qué es entonces lo que premia el jurado? O para hacer una pregunta de más valor: ¿Qué función tienen los premios; este premio en particular?

La pregunta no es nueva y su discusión ha sido larga. Centrémonos en este caso. Si el premio sólo fuera para Benjamin Black podríamos pensar que se busca aumentar el número de lectores de libros en este mundo de lectores de análisis y noticias. Esto equivaldría a premiar a otros escritores de novela negra o narrativa policiaca con méritos similares, como Andrea Camilleri, Ricardo Piglia, Petros Márkaris o Henning Mankell, a quien sonríen la suerte y la moda gracias a su maestría. El caso es que este tipo de narrativa no es vista como obra de caza mayor. No importa si entre sus representantes se encuentran Poe, Simenon, Sciascia o Bioy y Borges bajo el seudónimo Honorio Bustos Domecq. No parece probable que la obra de Benjamin Black sea suficiente para otorgarle uno de los más prestigiosos premios literarios.

En ese sentido, sin tantos adjetivos vanos, el acta es muy clara: “y a su otro yo”. Es decir que el premio también es para Black, pero no sin Banville, y es para Banville, pero no sin Black.

¿Cómo explicar, ahora, que John Banville —el multipremiado— no sea suficiente si su obra goza de tantos méritos como se nos dice? Sobre la sospecha de que el premio, además de premio e incentivo es una invitación a los lectores, Banville no es el indicado. Su prosa no es un riachuelo: fluye entre intensidades y brumas oníricas, transcurre pausada o, como nos gusta decir en México, “al pasito”. Y así, al pasito, nos hace pasear por magníficas historias impecablemente bien narradas, de la mano de una emoción a la que tenemos horror porque cada vez nos sentimos menos capaces de huir de ella: la melancolía. Esa bilis negra —no otra cosa significa la palabra— que a Platón le bastó para exiliar de la República a los poetas. La obra narrativa de Banville —no olvidemos que empezó con un libro de cuentos: Long Lankin— no vale para entretener, sino para pensar y sentir intensamente. No sirve para formar lectores: es manjar para lectores hechos y agudos.

Por si hay duda, echemos un vistazo a la primera línea de El mar: “Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea”. Desde un principio sabemos que hemos arribado a un puerto donde las estructuras sintácticas crean por sí mismas pausas que son ambiente y atmósfera a un tiempo; sabemos, también, que se nos habla de ese mundo en el que hubo dioses que aunque se hayan ido siempre estarán ahí, y que estos dioses generan o recienten fenómenos extraordinarios. Es una línea, sólo la primera, suficiente para darnos cuenta de que nos encontramos ante un escritor que, como dijera Dostoievski de sí mismo, no vale para arrullar. Se trata de un autor que en medio de la serenidad más absoluta puede soltarnos este latigazo: “Recuerdo un beso, uno entre los muchos que he olvidado”.

Otros escritores, de ninguna manera menos meritorios, podían haber recibido este premio. El eterno Haruki Murakami, por ejemplo, que parece condenado como Moisés a nunca entrar a la Tierra Prometida. Y si de lengua inglesa se trata, británicos también, dos candidatos naturales, eternos habitantes de la asíntota: Julian Barnes y Kazuo Ishiguro. Todos ellos de lectura noble pero inteligente y profunda, de trama entretenida sin accidentes semánticos difíciles de sortear, de lenguaje igual de cálido donde de tanto en tanto caen navajas de hielo.

Ni Black ni Banville sirven por sí mismos, o al menos no son los idóneos, para la misión sospechada —arbitrariamente, hay que decirlo— de un premio. Apliquemos la lógica, o las matemáticas: doble negación es afirmación, y en este caso conjunción afirmativa. Hay que corregir, pues: Banville y Black. Y es que el hombre John Banville se encontró con la necesidad de crear desde una perspectiva distinta a la de su natural profundo. Por su ejercicio del periodismo, por sus lecturas juveniles, por sus pasiones inescrutables, por ser irlandés, por lo que sea, se trata de un apasionado de la novela negra, pero este tipo de novela no puede regirse por los principios de la fina y ambiciosa narrativa que le es natural. Tomó la inicial de su apellido y de una forma casi obvia inventó a Benjamin Black. Maestro de la ironía, hizo de sí mismo un autor que no se leería a sí mismo. Estamos ante alguien que se construyó un remanso incómodo a punta de acción frenética de la razón. Alguien que flota sobre sus propias palabras: “Vamos a dejarlo claro: me avergüenzan mis novelas. No es que no las quiera, es que para mí no son lo suficientemente buenas. Mis estándares son muy altos, como los de todos los autores. En todas las formas artísticas se falla, no se puede llegar a la perfección, y eso es lo que busca el artista en su profesión, algo que no se puede encontrar. Pero sí estoy bastante orgulloso de los libros de Benjamin Black, porque son obras artesanales”.

Probablemente, si le pudiésemos preguntar a Benjamin Black nos diría lo mismo y enaltecería las novelas de John Banville. Pero Black sólo es un artesano.

Al fin, si algo podemos decir que sí está claro, es que recibió el premio un autor completo como pocos. Un gran escritor hecho de dos grandes escritores. Un imprescindible entre nuestros contemporáneos. Que ni él ni la literatura tienen de qué avergonzarse, ni parece que llegará el temido momento.

 

Miguelángel Díaz Monges
Escritor. Ha publicado Notas de desencanto y Otras virtudes.

 

Un comentario en “Dr. Banville y Mr. Black

  1. No conozco su obra, pero es apasionante buscarla y vivir la experiencia de leerla. Gracias.