Viajar por la carretera de madrugada era uno de los grandes placeres de Roy. Entre ciudad y ciudad, en los caminos oscuros, apenas poblados, disfrutaba imaginando las vidas de esos habitantes aislados, su aspecto, su ropa y sus hábitos. También le gustaba escuchar radio cuando su madre o su padre no tenían ganas de conversar. Roy y uno u otro de sus padres pasaban un tiempo considerable viajando, sobre todo entre Chicago, Nueva Orleáns y Miami, las tres ciudades en las que alternaban su residencia.

A Roy no le importaba su vida peripatética porque esa era la única que conocía. De niño tal vez hubiera preferido quedarse en un sitio por más de dos meses; pero ahora no le desagradaba estar siempre “de paso”, como decía su madre. A Roy le gustaba conocer gente nueva, y escuchar historias sobre las vidas de estos desconocidos en los hoteles en los que se hospedaban, ya fuera en Cincinnati o Houston o Indianápolis. A menudo memorizaba los nombres de los perros y caballos, de las calles y hasta el número de las casas en las que vivían estas personas. Los únicos nombres de esta naturaleza que le pertenecían eran los de las habitaciones de hotel. Cuando alguien le preguntaba dónde vivía, él respondía: “En el Roosevelt, habitación 504” o “En el Ambassador, habitación 309”, o “En el Delmonico, habitación 406”.

Una noche, cuando Roy y su padre viajaban por el sur de Georgia, hacia Ocala, Florida, escucharon en la radio del coche el reporte de que se buscaba a un hombre negro, de treinta y dos años, llamado Lavern Rope, trabajador de criaderos de bagre, desempleado, que había residido en Belzoni, Mississippi. Presuntamente, había asesinado a su madre, y luego secuestrado a una monja, cuyo coche robó. Encontraron la mayor parte del cuerpo de la religiosa en la tina de una habitación de hotel en Valdosta, cerca de la zona donde circulaban Roy y su padre. Al cadáver de la monja le faltaba el brazo izquierdo, dijo la policía, y se asumía que aún estaba en posesión de Lavern Rope a quien, según los últimos reportes, se le había visto salir del Vic and Flo’s Forever After Drive-in, un popular puesto de hamburguesas, justo pasada la medianoche, conduciendo el Chrysler Newport 1957 convertible rojo y beige de la Hermana Mary Alice Gogarty.

Roy se puso a buscar el coche robado de inmediato, aunque el tramo de la carretera por la que viajaban estaba bastante solitario a las tres de la mañana. Una media hora antes, habían visto un coche en dirección contraria, y Roy no prestó atención al modelo.

—Papá —dijo Roy—, ¿por qué Lavern Rope se quedaría con el brazo izquierdo de la monja?

—Probablemente pensó que eso dificultaría la identificación del cuerpo —respondió su padre—. A lo mejor tenía un tatuaje.

—No sabía que las monjas tuvieran tatuajes.

—Podría habérselo hecho antes de ser monja.

—Probablemente tire el brazo en alguna parte, ¿no crees?

—Supongo que sí. Nunca te tatúes, hijo, tal vez un día no quieras ser reconocido. Es mejor no tener en el cuerpo ninguna marca que te identifique.

Cuando llegaron a Ocala ya estaba saliendo el sol. El padre de Roy se registró en un hotel, y cuando llegaron a la habitación le preguntó a su hijo si quería entrar al baño.

—No papá, ve tú primero.

—¿Qué pasa, hijo, tienes miedo de encontrarte un cadáver en la tina? —le preguntó riendo.

—No, me da miedo encontrarme sólo el brazo izquierdo —respondió Roy.

Mientras su padre estaba en el baño, Roy imaginó a Lavern Rope cortándole el brazo a la Hermana Mary Alice Gogarty en una habitación de hotel de Valdosta. Consideró que con una navaja de bolsillo seguramente se habría demorado mucho tiempo, así que decidió que lo más probable era que llevara un cuchillo de la cocina de su madre para hacer el trabajo.

Cuando su padre salió del baño, Roy le preguntó:

—¿Crees que la policía lo atrape?

—Por supuesto que sí.

—¿Papá?

—Dime, hijo.

—Apuesto a que nunca encontrarán el brazo de la monja.

—En realidad no importa demasiado, ¿no crees? Vamos, muchacho, desvístete, tenemos que dormir.

Roy se desvistió y se metió en una de las dos camas. Su padre ya roncaba en la otra cama antes de que pudiera hacerle otra pregunta. Permaneció acostado con los ojos abiertos por varios minutos, luego se dio cuenta de que tenía que ir al baño.

Su padre dejó de roncar repentinamente.

—¿Sigues despierto, hijo?

—Sí, papá.

El padre de Roy se sentó en la cama.

—Se me acaba de ocurrir que es extremadamente raro que una monja tenga un Chrysler Newport último modelo rojo y beige.

 

Traducción de Franco Cubello


Incluido en: Juan Manuel Gómez (compilación), Hoteles de paso. Secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos, Cal y arena, México, D.F., 2014.


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Barry Gifford (Chicago, Illinois, 1946) es novelista y poeta. Un colega suyo lo describe de la siguiente manera: “es como el gemelo maligno de John Updike, el que creció del lado equivocado”. México y la frontera están presentes en sus libros Perdita Durango y The Sinaloa Story. Colaboró con David Lynch para llevar al cine sus novelas Saylor & Lula (Salvaje de corazón) y el guión de Lost Highway.


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Hoteles de paso incluye cuentos de Barry Gifford, Alonso Cueto, Jennifer Clement, Alberto Ruy Sánchez, Guillermo Fadanelli, Carla Guelfenbein, Juan Carlos Bautista, Laura Emilia Pacheco, Juan José Rodríguez, Miriam Mabel Martínez, Ignacio Trejo Fuentes y Brenda Lozano.


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