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Que la nariz es nuestro lazo entre espíritu y sustancia, Cielo y Tierra, es claro desde el Génesis: “Formó Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz soplo de vida; y fue el hombre en alma viviente”. La primera cosa que le ocurrió a Adán le ocurrió a su nariz. La nariz es un emblema de nuestro origen polvoso y al tiempo divino. ¿Por qué otra cosa los niños buscan alcanzar nuestras narices, a no ser porque dudan de que tengamos almas, como ellos? Recordemos que los recién nacidos son, sin saberlo, versados a fondo en el Libro del Génesis. Con tal conocimiento, los niños nos agarran nuestras narices emblemáticas, de modo generoso, para darnos el beneficio de la duda.

Fuente: Muriel Spark, “Eyes and Noses” (1953), recogido en The Informed Air, New Directions, 2014.