La izquierda mexicana ha hecho un largo y exitoso trayecto en las últimas décadas. Dejó de ser un actor testimonial, condenado a la invisibilidad o a la irrelevancia, para volverse una fuerza capaz de ganar elecciones y disputar la presidencia.

La izquierda gobierna la mayor y la más moderna de nuestras ciudades, es una fuerza decisiva en el Congreso, un tercio clave tanto de la pluralidad como de la gobernabilidad de México.

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Acaso el mayor de sus cambios sea que adquirió vocación de mayoría. Creo que su debilidad mayor, aparte de la división que la asedia nuevamente, es no haber construido, junto con su ascenso político electoral, una narrativa de futuro, un proyecto de cambio, de gobierno y de sociedad distinto al de sus contendientes, y creíble y deseable para las mayorías que quiere gobernar.

 Ha sido un largo camino, cuyos logros no deben  regatearse a cuenta de las limitaciones, aunque es de las limitaciones de las que debemos de hablar pues la izquierda, para serlo cabalmente, ha de ser a la vez una realidad y un proyecto, un hecho político del presente y una utopía en movimiento, una promesa de futuro.

Si quiere ganar el poder, la izquierda necesita postular creíblemente que es ella la que puede lograr el futuro deseable que está en la imaginación de todos los mexicanos, el de un país próspero, igualitario y democrático.

La amenaza mayor que enfrenta la izquierda mexicana viene de ella misma. Las diferencias de sus corrientes y liderazgos no se han resuelto en una pluralidad creativa sino en un escenario de fragmentación, que amenaza con dividir los votos y las lealtades y hacer vulnerables electoralmente incluso los bastiones antes seguros de la izquierda, como la ciudad de México. Para eso no hay otra respuesta que la política de los involucrados, un guiso o varios guisos de los que desconozco por igual los ingredientes y la receta. Creo que buena parte de esas divisiones y esas discordias vienen de la falta de un proyecto común, compartido en lo esencial, que ampare las diferencias.

Quisiera aventurar algunos de los rasgos que me gustaría ver asociados a la construcción de una izquierda capaz de ganar democráticamente el gobierno y el futuro de México.

Hay temas del pasado con los que una izquierda que aspira a gobernar debe ajustar cuentas. El fundamental de esos temas es el paradigma todavía imantado de la revolución: la poderosa idea de que el cambio social profundo sólo puede lograrse mediante una revolución o un cambio radical equivalente.

 La izquierda que aspire a ganar y gobernar democráticamente su sociedad, ha de poner a un lado esta vieja y trágica certidumbre. Debe pensar su camino hacia adelante, mirar de frente la historia de sus fracasos y sus éxitos y escoger lo que le ha dado resultados. Simplificando bastante pero sin inventar nada, esa historia podría resumirse de la siguiente manera:

Bajo la inspiración del ethos socialista el siglo XX alcanzó su más alta dimensión civilizatoria, la mejor mezcla posible de libertades y garantías sociales que haya alcanzado la humanidad. Eso sucedió en la Europa socialdemócrata de la posguerra. También bajo la inspiración del ethos socialista, pero en su vertiente revolucionaria, el siglo XX engendró algunas de las dictaduras más opresivas de la historia, tanto más odiosas cuanto que se ejercían en nombre de los altos ideales de la igualdad y la realización del hombre. Eso sucedió en los países del llamado socialismo real.

El veredicto de la historia sobre la calidad de uno y otro legado de la tradición socialista apenas puede discutirse: la socialdemocracia ha sido un capítulo del progreso y de la civilización; el llamado socialismo real, una variante trágica de la opresión y la barbarie.

Creo que la izquierda que aspire a gobernar el futuro debe escoger bien su pasado, asumir el camino de los éxitos que hay en su historia y poner a un lado el de sus fracasos. Ha de transformar sus sueños de cambios radicales en cambios graduales, y optar por la reforma sobre la revolución.

Asumida la lección de la historia, la izquierda quizá deba volver a los temas fundamentales de su tradición: los temas del capital y del trabajo, del Estado y del mercado, de la libertad y la igualdad, de la nación y el internacionalismo.

Pensemos en los temas del capital, el trabajo, el mercado y el Estado.

México requiere de una izquierda capaz de no plantearse su acción rumbo al futuro en términos maniqueos de mercado o Estado. Como toda América Latina, México necesita las dos cosas: más mercado y más Estado. Más mercado capaz de producir riqueza y empleos, y más Estado capaz de ordenar el mercado y de ofrecer los bienes públicos que moderan las desigualdades de las sociedades modernas.

Para hacer creíble su promesa de prosperidad con igualdad, la izquierda no sólo ha de hacer las paces con el capital y con el mercado sino ha de aprender a impulsarlos y a facilitar sus caminos. Pero ha de ser también capaz de regularlos, de someter sus excesos y repartir sus beneficios mediante un Estado que intervenga las ganancias y devuelva parte de los excedentes a la sociedad y al trabajo.

En la cabeza de toda izquierda que aspire a gobernar democráticamente debiera estar la famosa gráfica de la OCDE sobre los índices de desigualdad antes y después de impuestos en países como Alemania y Francia, Brasil, Colombia y México. Antes de impuestos la concentración de la riqueza es parecida en los cinco países. Después de impuestos, la desigualdad en Alemania y Francia disminuye radicalmente, mientras la de México, Brasil y Colombia permanece prácticamente igual.

¿De quién si no de la izquierda sería lógico esperar el proyecto de un sistema fiscal que redistribuya la riqueza mediante la provisión universal de bienes públicos? No hay ese proyecto en la izquierda mexicana. Es urgente que lo haya si quiere convencer a las mayorías de que no apoya al capital y al mercado para hacer más ricos a los ricos, sino para generar y redistribuir una riqueza que hará menos desigual y más incluyente a la sociedad.

El hecho es que no hay un proyecto reformista de igualdad social en la izquierda mexicana. Tampoco hay un compromiso moderno con el mundo del trabajo. En el discurso de la izquierda el mundo del trabajo no ocupa el lugar prominente que tuvo siempre en la tradición socialista. Ese lugar lo ocupan los pobres y los marginados, los sindicatos públicos afines, las comunidades indígenas y diversas causas y actores de la sociedad civil, todos sujetos fundamentales de nuestro presente pero ninguno con la universalidad, la representación y la fuerza material del mundo del trabajo.

Todo el país, pero en particular la izquierda democrática, debería voltear los ojos a las cifras dramáticas del estancamiento de la masa salarial mexicana. Es la mitad de la que existe en Europa socialdemócrata. En el año 2006 la masa salarial de esa Europa era del orden del 57% de su producto interno bruto. La de México era  de 29%, la misma que en 1989.

Nada de lo que haya ganado la economía en estos años lo ha ganado el mundo del trabajo. El ingreso de la gente ha sido una no preocupación de la política económica. Es sin embargo el indicador clave para todo proyecto de igualdad y cambio social que pueda plantearse el socialismo democrático.

¿De dónde si no de la izquierda debería venir una estrategia de defensa y mejora de los ingresos del mundo del trabajo? ¿Quién si no la izquierda debería proponerse un cambio histórico en el tamaño de la masa salarial, de modo que mejoren los ingresos del trabajo, se repartan los frutos del crecimiento y se fortalezcan el consumo y el mercado interno?

El mundo del trabajo mexicano cobra poco y paga mucho. La izquierda mexicana ha hecho una larga lucha, junto con otras fuerzas políticas, por los derechos de los votantes y de los ciudadanos. Pero no ha pensado en los ciudadanos como consumidores. No levanta la mano ni moviliza sus energías contra los abusos de que son víctimas todos los días millones de consumidores, bajo la forma de tarifas abusivas, comisiones leoninas, productos de baja calidad y servicios públicos incompatibles con los niveles de bienestar de una sociedad digna de los ideales históricos de la izquierda.

El momento es propicio para volver a estos temas. Se diría que el arco de la hegemonía liberal o del llamado neoliberalismo toca a su fin. Un síntoma es que el economista global de moda, Thomas Piketty, autor de El capital en el siglo XXI, no postula que basta el crecimiento para nivelar a las sociedades. Postula, por el contrario, que agudiza la desigualdad, pues las rentas del capital de las últimas décadas, desde 1970, son en todos los casos superiores a las tasas de crecimiento, altas o bajas. Los procesos de nivelación y disminución de la desigualdad no han venido de los cambios tecnológicos o los saltos de la productividad, sino de las guerras que destruyeron riqueza acumulada y de intervenciones institucionales profundas de parte de los Estados, sobre todo en materia fiscal, para repartir los frutos del capital y la renta de los capitalistas. En la era de la globalización, la propuesta de Piketty es nada menos que un impuesto global al capital. Hay todo que aprender en este refinado economista, cercano al socialismo francés, para toda izquierda que quiera gobernar y transformar democráticamente a su sociedad.

Mi convicción es que la izquierda que quiera ganar y gobernar democráticamente México debe ser a la vez liberal y socialista, debe mejorar el mercado y el Estado, el capital y el trabajo, sin perder nunca de vista que su objetivo es crear una sociedad mejor, más libre, más próspera, más democrática y más equitativa.

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 La izquierda debe ser la primera en defender y ampliar las libertades propias de la vida democrática, de todas sin excepción: las económicas y las políticas, las individuales y las colectivas, pues en ellas reside uno de los fundamentos de la buena sociedad, la sociedad de hombres libres de sus opresiones, soñada por la tradición socialista.

La izquierda debe ser la aliada primera de las reglas democráticas, porque han sido estas reglas las que le han permitido crecer y ocupar el lugar que tiene. La izquierda debe ser leal a la democracia en defensa propia, en abono de su propia experiencia. Democracia supone pluralidad y reconocimiento de la legitimidad de las otras fuerzas, también consagradas por el voto. En las condiciones particulares de la democracia mexicana, dividida en tercios, democracia supone además una obligatoria disposición a negociar y pactar con los adversarios, pues a nadie le alcanzan los votos y los instrumentos para ir solo, ni en el gobierno ni en la oposición.

La izquierda debe ser liberal y democrática, pero debe ser también la que genera gobierno para la igualdad, para redistribuir el ingreso, construir el Estado de bienestar, defender y mejorar el mundo del trabajo y del consumo, ampliar y universalizar derechos.

Y si quiere llegar a gobernar para esto, para mejorar la vida de todos, debe prepararse para ello, predicar con el ejemplo y gobernar bien, asignatura pendiente no sólo de la izquierda sino de todas las fuerzas políticas de México.

Una izquierda que aspire a gobernar debe ser capaz de traducir sus sueños en decisiones posibles de gobierno, en políticas públicas que puedan impulsarse lo mismo desde el gobierno que desde la oposición. Debe ser una izquierda con proyecto histórico y con agenda gubernativa, una agenda que defina con claridad sus objetivos y sus instrumentos. Sigo en esto las ideas de una asamblea de nuevos, recientes, militantes del PRD que se designan a sí mismos, tanto por sus propósitos como por sus procedimientos internos, Democracia Deliberada.

Supimos durante las campañas presidenciales de hace dos años que algunos personajes de prestigio y altas calificaciones profesionales habían sido invitados por  el candidato de la izquierda a formar parte de su gabinete. Pero no tenemos hoy definido desde la izquierda nada parecido a un shadow cabinet, un gabinete  sombra, que siga el desempeño del gabinete real, discuta sus políticas, examine sus decisiones, verifique sus resultados y haga propuestas alternativas. Una izquierda que como la mexicana aspira a gobernar el país, debe ser capaz de analizar y discutir al que gobierna, marcar sus diferencias e impulsar sus prioridades. Debe ser una izquierda con solvencia intelectual y tecnocrática, capaz de desafiar las ideas y las tecnocracias dominantes.

Los espacios de creación y propuesta de políticas públicas alternativas son enormes. Lo demuestra la forma en que los gobiernos de izquierda de la ciudad de México tomaron la vanguardia en políticas de género y liberalización de las costumbres, con legislaciones progresistas en materia de interrupción del embarazo y matrimonios del mismo sexo.

 No hay, por desgracia, muchos más ejemplos de gobierno eficaz en el rumbo de los ideales de libertad e igualdad de la izquierda mexicana.

Acabamos de saber que el estado físico de nuestras escuelas públicas es deplorable: la mitad de ellas no tienen drenaje, 30% no tienen agua potable, 13% no tienen baños, 12% no tienen energía eléctrica. En el debate público sobre los cambios que requiere la educación no aparecen las propuestas de políticas educativas de la izquierda. Aparecen, en cambio, fuerzas asociadas a la izquierda que resisten el cambio con movilizaciones que pueden ganar la batalla del día pero pierden cada día la de la opinión pública y la de la confianza de los ciudadanos.

En la izquierda gravitan algunos de los movimientos fundamentales en defensa de las víctimas y los derechos humanos vulnerados por el ciclo de violencia que sacudió al país en estos años. Pero no vemos a la izquierda ocupando ese espacio con el discurso alternativo de una política de seguridad fundada en el respeto a los derechos humanos, la reparación del daño a las víctimas, el combate al crimen y la reforma del aparato de procuración de justicia.

Qué decir de la política exterior y el internacionalismo propios de la tradición socialista. Es impensable una izquierda no comprometida internacionalmente con la democracia y con la defensa de los derechos humanos. La lucha por la democracia y por los derechos humanos abrió en México el espacio que tiene la izquierda. Pero la izquierda mexicana tiene solidaridades vigentes con gobiernos que se reclaman de izquierda pero que no garantizan estos derechos e incluso sobreviven porque los conculcan y los limitan. Gobiernos de todo el continente ven pasar las imágenes y los hechos de la represión gubernamental contra los opositores venezolanos, sin levantar al menos una voz que llame a la conciliación. La izquierda mexicana, una de cuyas piedras fundacionales es el movimiento estudiantil del 68, no ha hablado tampoco con claridad por los estudiantes, por los muertos, los heridos y los presos de Venezuela. No ha sabido pedir allá lo que exigiría airada y justamente aquí: el cese de la represión y la instalación de un diálogo.

 Cuba y Estados Unidos son un doble dolor de cabeza para la izquierda mexicana. Creo que la izquierda ha de ajustar sus cuentas con ambas realidades sobre las mismas reglas de universalidad y coherencia, respeto a los derechos humanos y espíritu democrático. Las dictaduras debieran ser tan inaceptables para la izquierda democrática como los abusos imperiales del enorme vecino que México aprovecha y padece a la vez.

 La integración económica ha silenciado las diferencias políticas inherentes a la historia y a la compleja vecindad de nuestros países. El hecho es que, hoy por hoy, nadie levanta la mano desde el gobierno, ni desde la izquierda, contra la injerencia estadunidense en la seguridad de México a cuenta de la guerra contra las drogas. Menos aún, contra el endurecimiento de las prácticas migratorias que ha significado en la última  década la deportación de tres millones 200 mil  mexicanos desde Estados Unidos, un millón 400 mil  de los cuales durante el gobierno del presidente Obama. No creo que haya en ninguna frontera del mundo un fenómeno de expulsión de seres humanos tan brutal como el que ha regido la última década en nuestra frontera norte.

¿Si no de la izquierda, de quién han de ser las posiciones claras y aún tajantes en estas materias cruciales de la vecindad con Estados Unidos?

El hecho es que en cada problema fundamental de México hay el espacio para un proyecto y una agenda propia de la izquierda democrática.

Por ejemplo, y por último: hay en México un partido verde, pero no hay una propuesta y un movimiento político organizado desde la izquierda por el desarrollo sustentable y la preservación de nuestra ecología, sujeta a una destrucción consciente e inconsciente cuyas cifras agregadas quitan la respiración.

La izquierda que aspire a gobernar democráticamente México debe ser liberal y socialista. Ha de ser liberal, en defensa de todas las libertades dentro y fuera de México, pero ha de ser también socialista, comprometida con todas las formas posibles de igualdad, cohesión y solidaridad social.

Debe ser eficaz y tecnocráticamente solvente en sus instrumentos, pero debe tener la mirada puesta en el enorme continente de privación, desigualdad y fractura social que sigue caracterizando a la sociedad mexicana.

Por último, en cumplimiento de sus tradiciones, debe ser utópica pero no en el sentido totalizador, dirigista y dictatorial de la imposible sociedad sin clases, sino en el sentido de la mejora continua de la vida imperfecta, en el ejercicio continuo del optimismo de la voluntad frente al pesimismo de la inteligencia, a la manera invencible y terca de Scott Fitzgerald: saber que las cosas no tienen remedio y mantenerse sin embargo decidido a cambiarlas.

Héctor Aguilar Camín

Escritor y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor con Jorge G. Castañeda de Un futuro para México y Regreso al futuro.

“Caminos de la izquierda democrática” fue leído en el Encuentro Internacional de la Izquierda Democrática, celebrado en la ciudad de México los días 28 y 29 de abril de 2014.

 

3 comentarios en “Caminos de la izquierda democrática

  1. La izquierda actual debe verse a si misma como una opcion de gobierno, una oportunidad para la sociedad de concebir una vision diferente ante las necesidades diversas. Estar siempre en el asillero de opositores ya no resulta lo esencial. Un proyecto de pais democratico, liberal. donde el eje basico sea la igualdad de oportunidades, sobre todo en educacion, empleo, seguridad social y se deje a un lado imaginarios donde el escenario como unica opcion es el bloqueo de calles, caminos, avenidad y carreteras que denigran al pais y molestan a la gente.

  2. La dificultad parte se reconocer la imposibilidad de construir solos un Mundo mejor. La errada convicción de poseer la única y rotunda verdad conduce a una miopía conceptual que se oculta bajo el pragmatismo político. Ganar elecciones no equivale a ganar una nueva visión y construir una nueva realidad.

  3. Es en demasía el reto que tiene no solamente la izquierda en México y la izquierda socialista que en fusión debieran ser la voz de los cerca de 15 millones de mexicanos que aproximadamente votaron el 2012 por esta alternativa. De reflexión y de agenda de partido así como de agenda ciudadana y entre las principales universidades del país; análisis de intelectuales debe ser el tema de Thomas Pikeety con su tesis de la desigualdad y el crecimiento económico en sociedades del siglo XIX y XX. Héctor Aguilar Camín, posiciona muy bien donde debe estar la concurrencia ideal y de plataforma entre las nuevas generaciones de la izquierda e incluso diría yo de la derecha. Buen Ensayo!