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“Respeto” significa, según María Moliner: “Consideración —acompañada a veces de sumisión—, con que se trata a alguien”. En sus orígenes latinos “respetar” significa “volver a mirar” o “mirar de nuevo.” Me parece justa la idea de reconsiderar la primera mirada, dudar de ella, y volver a poner los ojos en el objeto digno (o indigno) de nuestra atención. El amor a primera vista existe, claro, ¿cómo no va a existir? Es una frase. Y pese a la existencia de frases como amor a primera vista cuya función es confundirnos, el respeto (es decir, el volver a mirar y apreciar) resulta necesario para practicar la prudencia. Yo —y quien me conozca correrá a confirmarlo— soy un hombre respetuoso. Al menos así me considero. ¿Y cuáles son las personas o los actos de tales personas que merecen mi respeto? Varias y muy diversas. Pues no crean que me conformo solamente con volver a mirar, yo miro todo el tiempo y a causa de este constante husmeo puedo dejar de respetar a alguien a quien respeté en otro momento. Me sucede a menudo, mas no por ello culpo a la persona que antes respetaba como la culpable de mi actual desazón, sino que me responsabilizo de mi cambio de juicio.

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Las personas que leen cuando caminan merecen mi respeto. Hay que saber concentrarse en la lectura y no tropezar con los accidentes urbanos. Chocar de frente contra un árbol mientras se lee a Gilbert Ryle sería un hecho ridículo. Uno debe saber elegir la obra que leerá mientras camina, ya que existen autores y obras que solicitan absolutamente toda nuestra atención. Leerlos durante la marcha puede costarnos la vida. En un tiempo como el nuestro, en que impera el hombre analfabeta, sería desastroso caer en una coladera cuando se lee en la calle. Esto llevaría a un juicio apresurado e injusto acerca de los lectores. El no lector creería que todos los lectores son estúpidos y que la lectura es una forma de tropezar. Caminar y leer al mismo tiempo un libro de aforismos es recomendable para los principiantes. Se lee un aforismo y se caminan varios metros (o varias cuadras) tratando de descifrar el sentido de esas palabras. Obrando así uno tiene tiempo suficiente para darse cuenta si se aproxima, por ejemplo, una mujer empujando una carriola que contiene un niño. Estas mujeres llegan a ser muy peligrosas para los lectores caminantes, ya que no guardan ningún respeto por nada que no sea el pequeño bulto viviente que contiene la carriola. Por otra parte, es sencillo reconocer a los lectores caminantes más expertos: esquivan obstáculos sin desviar los ojos de la página que mantiene su atención, o leen biografías. Estas últimas suelen ser muy peligrosas para un novato en el arte de leer y caminar al mismo tiempo. Por estar husmeando en la vida de otro pueden perder la suya. Ahora bien, si observan a alguien leer, en tanto camina, un libro de álgebra lineal o de análisis vectorial es que, seguramente, está alardeando y tratando de impresionar a otros transeúntes.

Un respeto sin miramientos profeso también por quienes no están interesados en divertirse. Son personas excepcionales y no consideran que la diversión sea necesaria en sus vidas. Gozan incluso de estar aburridos. Entre más aburridos se encuentran más felices parecen estar. Los bostezos son para estas personas lo que la risa es para otras. Y cuando se quedan dormidos de tan aburridos que están sienten haber llegado a una cima o al paroxismo. La tan citada María Moliner escribió que “divertir” es “predisponer a la risa”, pero los orígenes latinos de la palabra “divertir” nos dicen que quien se divierte se va, se aleja y da la espalda a lo que realiza de manera ordinaria o todos los días. Se aleja de su rutina, el que se divierte. Y, sin embargo, cuánto aprecio yo la aburrición y nada me haría sentirme tan satisfecho como llevar a cabo las mismas acciones todos los días. Entonces podría compararme con un planeta que no trastorna su camino alrededor del sol.

Quizás seré considerado arrogante o idealista, pero mi respeto absoluto lo tienen aquellos que no han caído en las redes como atunes o cangrejos en alta mar. Las redes sociales —si uno renuncia a la seducción de su aura tecnológica, “novedosa”— son verdaderos chinchorros, atarrayas, esparaveles o almadrabas en donde uno puede quedar atrapado y poner en grave riesgo su libertad. En ocasiones la almadraba es amplia y los atunes creen que continúan en libertad y que, incluso, recorren nuevos caminos, pero resulta que es todo lo contrario: han entrado a un exhibidor donde pueden ser observados con cuidadosa minucia. Si yo preguntara a cualquier persona si se halla dispuesta a dejarse atrapar dentro de una red, probablemente me respondería que no, pese a ya estar atrapada. Así que aquellos escasos santos que logran permanecer fuera de las redes merecen mi respeto, lo que, para ser honestos, es quizás muy poca cosa.

 

4 comentarios en “Mis respetos

  1. Quiero imaginar que aún puedo recuperar mi identidad… en 140 caracteres ;)

  2. El arte o malabarismo físico y mental de leer caminando, es similar al dicho de silvar y comer pinole. Como siempre un artículo divertido, saludos.

  3. Guillermo: Yo soy una de tantas personas que merecen tu respeto y por lo tanto tú el mío, puesto que he logrado permanecer al margen de las redes sociales. Cada vez se me complica mas, porque ya para todo te lo piden como requisito. Deberías escribir algo al respecto.
    Un saludo