Por Viridiana Ríos1 con fotografías de Farid López

Maestros 1

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Caminamos con las tiendas de campaña en mano por 20 de Noviembre y hasta la plancha del Zócalo. La estridencia de la ciudad es ensordecedora. Suena el comercio ambulante y suena el organillero. Los maestros han convertido al Zócalo en un caleidoscopio de lonas.

Colores.

Hay telarañas de mecate. Listones amarillos cercan sus campamentos.

— ¿Vienen a unirse a la lucha?, nos dijo Macedonio.                
— Venimos a aprender, contestamos.
— Para aprender hay que luchar, contestó.
          Y nos sonrió. Y le sonreímos.
          De sonrisas y certeza estaban llenos nuestros ojos.

— Entonces, venimos a luchar.

Macedonio es el líder una de las delegaciones de la sección 22 de la CNTE. Maestro de Oaxaca.  Nos dimos la mano. Mucho gusto. Nosotros éramos Alberto, Farid y Viridiana, aprendices y curiosos.

— Pongan su tienda allí, no tapen los pasillos. Allá están unos de la Facultad de Filosofía que llegaron hoy también. Hoy ya no alcanzaron a las brigadas, ya se fueron, pero mañana se van con ellos a la pega [de posters] y a las escuelas. Yo voy a estar allá.

Señaló una mesa con víveres y nos dio la mano de nuevo. Hasta la Victoria siempre, nos dijo.

Maestros 7

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De madrugada el Zócalo suena a campana, a antro y a ronquido. La catedral tiene un playback de campanadas que desata estridente con regularidad impecable.
         Es sonido grabado.

A lo lejos, se escuchan los antros y cerquita, se escucha a los maestros. Duermen acurrucados. Roncan sobre cartones y cobijas. Los cartones que se secaron al sol y se empaparon en la lluvia de esa misma tarde.
         La lluvia que se empeña en limpiar el Zócalo.

Quienes dicen que los maestros tienen tiendas de campaña nuevas no estuvieron aquí ésta noche.
Ésta  noche, el sonido de la protesta,
                  las campanas,
                  los antros
                 y los ronquidos se tocan por igual bajo tiendas de campaña que bajo plásticos.

Envueltos en periódicos y en toallas duermen los intérpretes.
         Aquí no hay nada de tiendas de lujo.

Maestros 4

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Ernesto tiene una camisa amarilla. Uno de sus dientes frontales está encima del otro, de esos detalles que hipnotizan. Da clases a 42 alumnos de sexto de primaria en una isleta de Oaxaca.
      Rodeado de agua.

— La comunidad es pobre pero se está más cómodo allá que acá, dice.

Y ahí nos tiene. En la entrada de Madero al Zócalo. Hipnotizados. Describiendo la isla.

Maestros 13

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Bajo la gran carpa central hay focos, y bajo ellos se sientan los líderes. Aquí, el privilegio se llama luz eléctrica. Se llama “se reciben víveres” y “se recargan celulares.”

Maestros 6

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El viento cálido entra de repente como una ola invisible. La sientes primero en las pupilas y luego en las orejas. Parpadeas.
Las lonas que cubren las tiendas de campaña se inflan. El plástico cruje.

— Es el metro. Está abierto.

El chiflido del metro a toda velocidad pasando por debajo de la Suprema Corte de Justicia es inconfundible y su olor también. Huele a desmañanada y a escuela. A música pirata y a trabajo arduo.

       A mí me huele a las conversaciones subversivas que tenía con mi novio de la prepa. Me huele a complicidad y a sueño.

El sistema de ventilación del metro pasa bajo de las tiendas de campaña de Arturo y Enrique, maestros de educación física de Oaxaca. Enrique renta una casa en Oaxaca y va entre semana a las comunidades a dar dos clases. Le toma siete horas. Sus papás viven en Estados Unidos donde según él, sí son patriotas. Allá se cuidan y si no tienen trabajo, nos dice, por lo que tiene entendido el estado les paga un sueldo de todas formas.

Yo estoy preocupado, comenta. Si pasan las reformas se va a privatizar todo y ya no vamos a jubilarnos. Ya no va a importar que esté trabajando doble y haciendo mi maestría porque todo va a depender de una prueba.

— ¿Y al pobre qué?, nos mira desafiante. Ustedes, con todo respeto, son la élite. Son los privilegiados. Algo hacen sus familias para que hayan ido a la escuela privada, ¿no?

Parpadeamos.
Crujen las lonas.
Huele a metro, a escuela y a conversaciones subversivas.

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Si acostada abrazo mis rodillas quepo completa en una loseta de las que cubren la plancha del Zócalo.
Es de madrugada.
Pienso en La Coyolxauhqui. En las cientas de La Coyolxauhquis modernas que hoy duermen en esta plancha.

Maestros 2

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— Y con ustedes: Las Lobas.

Entran a escena dos mujeres con vestidos escotados hechos de propaganda electoral. Azul la del PAN. Amarilla la del PRD. La del PRI ya estaba allí, junto a un travesti que era el maestro de ceremonias, y  una viejita que, no siendo parte de la escena, estaba ahí de todos modos.
       Sostenía una pancarta: “No más gasolinazos.”

Las lobas dicen y dicen cosas.
Los maestros también.
Todos nos reímos.
       Hace calor.
               No se sabe bien a bien dónde termina el escenario.

Maestros 10

[10]

No puedo respirar.
Empujo la puerta.
Salgo corriendo aun abrochándome los pantalones.

El olor a cloro es tan intenso en las letrinas que se instalaron a un lado de Palacio Nacional que bloquea la respiración. Los policías que cuidan la entrada del Palacio usan tapabocas. Te lloran tus ojos. Te pica la nariz.

— Lo bueno es que ahí no sobrevive ni un bicho. Ni un bicho, ni nadie.

Maestros 12

[12]

Los niños ni se enteran, para ellos solamente no hay clases. Cuando regrese a mi escuela, jugaré con ellos y ya; no necesitan sufrir por estas cosas, dice el maestro.

Maestros 3

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Un elefante, un gato y un chango están sentados. Miran al escritorio, atentos.
— Todos realizareis la misma prueba: Vais a subir a ese árbol, dice el evaluador.
Un pez mira aterrado dentro de su pecera.

Que nos evalúen, sí, que nos evalúen, nos dice Alejandro, líder de la décima delegación que lleva acampando desde la semana pasada sobre 5 de Mayo frente a una papelería.
       Trajo a sus casi cien maestros, 80 de ellos mujeres.
Yo me aprendo lo que me pidan de memoria, dice, y paso porque paso. El problema es otro.

El problema de Alejandro es doble. Primero, teme que se evalúe a los maestros tomando en cuenta el desempeño de los alumnos porque eso es algo que él no puede controlar. Depende de los padres de familia, la infraestructura escolar y la aptitud de los niños. Segundo, un argumento circular:

El gobierno es corrupto.
— Hará la prueba para fregarnos. Nadie la va a pasar porque va a estar diseñada para que nadie pase.
— ¿Y quién puede hacer esa prueba justa? ¿Ustedes?, preguntamos.
— No, nosotros no tenemos dinero para hacerla. Que la haga el gobierno, dice.
El gobierno corrupto.

Maestros 8

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En el suroeste del campamento central hay un maestro enamorado y no correspondido. Toda la noche escucha la misma canción de José José. No hay duda: “Amor como el de él, no hay dos en la vida, por más que se busque, por más que se esconda.”

Maestros 5

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— Ahí váyanse con él, vayan a ayudarlo a cargar. Ya llegaron los víveres de Durango, nos dice Macedonio.

Y nos fuimos con él.

Llegamos a la central de recolección ubicada en el Noroeste del Zócalo cerca de donde transmite la frecuencia de radio del movimiento y junto al consultorio médico. Ahí llegan los paquetes de papel de baño, sopas Maruchan y propaganda que les mandan. Y de ahí, los recolectan y reparten. Confiesan que a veces ni llegan, “se filtran” antes.

Farid y Alberto se van a cargar cajas.
Van y vienen del camión a la central, mojándose.

Yo me quedo ahí rondando.
Veo a una mujer que lleva una taza bien caliente.
— Está bien caliente. No salgas. Ahí quédate, le dice a alguien dentro de una tienda de campaña. Mejor guárdate para que no te pongas peor.
Una mano sale de la tienda. Sí, dice. La tienda vuelve a cerrase.

— ¿Usted quiere café maestra? me pregunta.

 

***

[9]

Cuando todos están dormidos, las ratas salen a Tacuba.
       Negras.
Se paran a la mitad de las calle. Los recolectores de basura pasan junto a ellas. Las ratas se mueven.

A esa hora, los adolescentes de la escuela normal son los únicos que siguen despiertos. Están detrás de la catedral, apoyando al movimiento a pesar de que todavía no han entrado ni a primer semestre.
— Se suponía que teníamos clase ya esta semana, dice un futuro maestro de Michoacán, pero con esto no se pudo. Así que nos venimos.

Todos se regresan el martes a Morelia.
Las ratas se quedan en Tacuba.

 

 

1 Escrito con el apoyo de Alberto Cañas, su compañía y entrañable amistad. Su sentido de aventura inunda esta nota. Las imágenes deben crédito a los ojos de Farid López y a su incansable curiosidad. Haber visto el amanecer en Playa Paraíso fue la mejor decisión de aquel primer viaje.