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Entregamos a los lectores un cuento de Luiz Ruffato, contenido en el libro La invención de la realidad – Antología de cuentos brasileños publicado por Ediciones Cal y Arena.


 

El hombre se apeó en la Estación Clínicas del metro y, sonámbulo, las piernas lo arrastraron a lo largo del túnel que conduce al Hospital. El viernes se desmoronaba afligido en la tarde caliente de aquel inicio de enero, gordas nubes inertes en el cielo, centenares de atuendos urgentes codeándose, anónimos y determinados, Don Guilherme, Don Guilherme, le hablaron por teléfono, gritaba la vecina desde la ventana. En la recepción, el ruido de los ventiladores barajaba el olor ácido de sudor, el empalagoso aroma dulce de caramelos, galletas y chocolates. Los niños, todos chorreados, hacían desfilar avergonzadas risas, correteos impertinentes. Las mujeres se aliviaban con improvisados abanicos. Los hombres, aburridos, se desanimaban. Guilherme, metido en ropas domingueras, esquivó mareado el gentío, encaminándose a la ventanilla de informaciones.

La vecina ofreció su número de teléfono, “Para recados o lo que sea”, y ahora explicaba, recargada en la ventana, Don Guilherme, para que usted vaya a recoger las cosas de, y se calló, tal vez conmovida por la niña que, en el regazo, se agarraba ferozmente al cuello del padre, los ojos hundidos, asustados. Hacía dos días se había refugiado, junto con la hija, en casa del compadre, tres calles abajo, sintiéndose sin valor para regresar a la casa, las paredes exteriores sin yeso, la puerta de la cocina improvisada, el piso de cemento grueso, ¡cómo se había empeñado su mujer en la compra de aquel terreno!, “Aquí va a ser la sala, ahí el cuarto de los niños, allá el patio”, adivinaba habitaciones donde otros vislumbraban apenas manojos de hierbas obstinadas, ¡cuántos ahorros para comprar el material de construcción, cuánta alegría al acompañar, ladrillo por ladrillo, el hogar en gestación! “¡Es un sueño, Gui, un sueño!”, murmuraba, orgullosa.

Autómata, la empleada recitó, “Cuarto piso, al final del corredor, tome el elevador a su izquierda. ¡Siguiente!”. Ya llevaba más de un mes de agonía: dejaba Jardim Reni aún a oscuras para darle duro, ayudante de albañil en una obra en Vila Formosa que un hermano de la Iglesia Cuadrangular le había conseguido, desde allá cruzaba la ciudad hasta el Hospital de las Clínicas, para tener noticias, “¿Está mejor?”, indagaba ansioso, contradiciendo la desesperanza del médico, que le había advertido, “Don Guilherme, el cuadro es muy grave”, aferrándose a la misericordia divina, a un sentido de justicia; a final de cuentas, era una mujer que había sido siempre buena con todos, siempre preocupada por hacer el bien, dedicada a la familia, a la oración, al culto dominical, a la casa…

Entonces, despacio, caminó a la calle Cornélio de Arzão, el sol achicharrándole la calva; aguardó resignado el camión, se bajó en la estación Itaim Paulista, tomó el tren hasta Tatuapé, transbordó al metro, se bajó en la estación Sé, cambió de línea, salió en la Estación Clínicas, más de dos horas de transporte incómodo. En el cuarto piso, la muchacha, al tanto del problema, “Ah, sí”, le gritó a su compañero, consultando una lista, “¡Anaquel veintisiete!”. La luz fría de las lámparas de neón bañaba el piso limpísimo; en el reloj de pared el tiempo, impaciente, velaba. El muchacho depositó la bolsa de napa, maltratada, sobre el mostrador; la muchacha dijo, “Hay que revisarla, señor”, y él, sumiso, abrió el cierre, la revisó con los ojos, “Está bien”. Ella, mientras, insistió, “No, señor, tiene que checar cosa por cosa… Es la norma”. El muchacho, condolido con la incomodidad del hombre, vació la bolsa, contó: “un par de zapatos negros de tacón; un vestido de tirantes azul-marino; tres calzones; dos brasieres; una piyama; un camisón; una camisa de algodón; una bata; unos jeans; cepillo, pasta de dientes, chanclas, y, ¿¡ah!?, una… prótesis dental…”.

Esquivo, Guilherme meneó la cabeza, a su mujer no le hubiera gustado nada nada saberse expuesta de esa manera, el puente móvil tal vez era su única vanidad, nunca habló de aquel asunto con sus amigas, ni con los parientes cercanos, hermanos, hermanas, padre, madre, nadie lo sabía, incluso a él, a su marido, tardó un tiempo en confesárselo, a disgusto, una vez, en el baño; cuando se la quitó para limpiarla, se le olvidó cerrar el pasador de la puerta, él entró sin querer, y descubrió la pieza en la palma de la mano; ella, con desmedida vergüenza, estalló en llanto, “No tenía dinero para ir al dentista”, sollozaba, sufriendo, “Perdí unos dientes”; él intentó calmarla, “Querida, yo también tengo defectos, éste que ves, aquí, es postizo”, pero no sirvió de nada. Y ver revelado ese secreto que la había atormentado durante su corta vida… de esta manera, ante ojos ajenos, sin respeto, “Sí, eso es todo”, confirmó, deslizando el cierre e intentando librarse rápidamente de esa situación incómoda. Pero la muchacha siguió, “Señor, hay que hacer la baja. Firme aquí, en esta línea”, y él, trémulo, garabateó su mejor letra.

Cuando cruzaba otra vez el nudo de aquel gentío que llenaba la sala de espera, sintió que las piernas se le oscurecían, que la vista le flaqueaba, y, si no fuera por una señora gorda, se habría desplomado en el piso inmundo. Sin embargo, inmediatamente alguien abrió un espacio entre las sillas de plástico rojo, apareció un vaso de agua, el policía, autoritario, se acercó, dispersando el nudo que se había formado, “A un lado, señores, dejen que el señor respire”. Todavía aturdido, Guilherme explicó, apenado, “No pasa nada, discúlpenme… ya estoy bien… discúlpenme”, e intentó forzar al cuerpo a que se levantara, pero éste, estúpido, desobedeció, rindiéndose de nuevo… Entonces, vencido, se llevó las manos al rostro y, agitado, se desmoronó, “Ay, Dios mío, ¿qué va a ser de la niña, qué va a ser de ella? Yo ya estoy acabado… no sirvo para nada… ya nada me afecta… pero, ¿y la niña?, pobrecita… ¿qué va a ser de ella ahora?, tan chiquita, tan inocente…”.

 


Luiz Ruffato (Cataguases, 1961), es autor de los libros Eles eram muitos cavalos, De mim já nem se lembra, Estive em Lisboa e lembrei de você y la pentalogía “Inferno Provisório”: Mamma, son tanto felice, O mundo inimigo, Vista parcial da noite (2006), O livro das impossibilidades (2008) y Domingos sem Deus (2011).