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Entregamos a los lectores un cuento de Adriana Lisboa, contenido en el libro La invención de la realidad – Antología de cuentos brasileños publicado por Ediciones Cal y Arena..


 

I look at the world and I notice it’s turning
George Harrison

Sucedió cuando estaba intentando tocar “While My Guitar Gently Weeps”. De los cuatro, George siempre fue mi Beatle. Siento que podríamos haber sido grandes amigos, si no fuera por el hecho de que fue Hare Krishna, algo que hoy en día sonaría medio pasado de moda y creo que no tendría mucho éxito. Pero se entiende que en aquella época la onda mística hindú era lo máximo, era novedosa, era diferente, era una alternativa a todo lo que había entonces y que tal vez sigue habiendo, aunque según parece, ya no molesta tanto.

Lo admiraba también porque era un Beatle silencioso, con aquel aire callado de quien retrocedió algunos pasos, se convirtió en una especie de espectador, mientras los demás croaban y saltaban por ahí convertidos en sapos hiperactivos. John era el tipo justo para los momentos de rabia. Paul era para los momentos de decir buenos días, sol. Ringo era el tipo que venía a solidarizarse conmigo, cuando me sentía medio deprimido, ya que en compañía de Ringo nada se podía tomar muy en serio. Y George era George, callado —L’ Angelo Misterioso. Le preguntaron en un programa de televisión si era, de los cuatro, el que conquistaba más chicas, porque a las chicas les gustan los hombres así, callados, con un aura de misterio. George dijo que no, que de los cuatro el que conquistaba más chicas era Paul.

Qué mierda que George se haya muerto hace tantos años. Sí, que mierda también lo de John, claro, pero había algo en el hecho de que George hubiera muerto de cáncer en los pulmones, después de haberse curado de un cáncer en la garganta —dicen que sufrió muchísimo con el cáncer que acabó con él finalmente, y que su médico un día llevó a su familia (la de él, el médico) a visitarlo y todos empezaron a cantar y a hacer escándalo. George, que a duras penas lograba respirar bien, les pidió, por favor, dejen de hablar. Y el médico hizo que George le autografiara una guitarra para su hijo. Y George dijo, ya ni siquiera sé si aún puedo escribir mi nombre, y el médico se lo deletreó. Vamos, lo vas a lograr: G E O R…

John encontró su instant karma al salir de su casa un día. El karma de George no tuvo nada de instant, fue un karma manipulado por un torturador chino con ocho brazos, que entonaba el mantra universal con una voz desagradable y estridente, sin un instante de pausa, y sonriendo con ojos de fuego. Pero me parece que los Hare Krishna creen en la reencarnación y pienso que es justo que la existencia y la post-existencia de cada quien esté de acuerdo con aquello en lo cual la persona cree. Entonces puede que George reencarne en una forma sensacional después de ésta.

Aunque, seamos honestos, ¿habría otra forma de vida aún más sensacional, después de haber encarnado como Beatle y haber compuesto “While My Guitar Gently Weeps”? Tal vez George reencarne como otro tipo de Beatle, en otro planeta o dimensión donde no existan cosas como el cáncer y, por lo tanto, oncólogos y nombres deletreados para un autógrafo en una guitarra. (Deberían de soltar a Mark Chapman para ponerlo tras las huellas de ese médico.)

Yo estaba en el cuarto de mi abuela. Ella se encontraba ya en una etapa de su enfermedad en que se irritaba fácilmente, vivía desorientada y a veces empezaba una frase y se detenía a medias. Esto sucedió seis meses antes de que muriera y cinco años después de que le dieran el diagnóstico.

Mi abuela tenía 82 años. No le gustaba quedarse sola. Había perdido mucho peso y a mí me impresionaba el grosor de sus puños y sus tobillos. Sobre todo, el de sus tobillos. De un momento escaso a otro se había marchitado, se había secado como las ciruelas que llevan demasiado tiempo en el refrigerador, su piel se había convertido en una superficie similar a la bolsa de cuero artificial que mi madre compró en un puesto en el centro de la ciudad con las iniciales MK, que creo que pertenecen a un tipo del mundo de la moda. Y yo miraba a mi abuela y pensaba en George y en por qué se obliga a las personas a seguir viviendo, cuando evidentemente ya no tiene ninguna gracia. Cuando un oncólogo del mal viene a deletrear tu nombre para que puedas autografiar la guitarra de su hijo. Cuando la persona ya no logra saber lo que hizo hoy por la mañana y tiene dificultades hasta para reconocer al único nieto —yo, en el caso de mi abuela. El karma de mi abuela tampoco tenía nada de instant.

Y a ella no le gustaba quedarse sola, entonces cuando era el día libre de la cuidadora y mi madre no estaba en casa, yo me iba a su cuarto. Las cortinas tenían que quedarse permanentemente cerradas porque ella creía que alguien en el edificio de enfrente estaba intentando espiarla, espiar a nuestra familia. Le explicaba que nadie estaba intentando espiarnos y mi abuela movía la cabeza y decía, yo sé lo que le hicieron a Cristina. Cristina murió. Ellos la mataron. Yo no sabía quién era Cristina y ella tampoco me lo explicaba aunque se lo preguntara. A veces comenzaba a explicarme y se detenía a medio camino, pero no lo hacía abruptamente; su voz iba haciéndose cada vez más distante como un tren al que ves alejarse hasta desaparecer en una curva. O lloraba, un llanto bajito, que uno casi sólo identificaba por el brillo que sus mejillas delgadas adquirían con las lágrimas. Yo me quedaba sin saber qué hacer. Pero a ella se le olvidaba inmediatamente que estaba con el rostro todo mojado; tomaba mi mano, me pedía que me sentara a su lado y me decía, caray cómo has crecido, Artur. El amor que yo sentía por ella era una punzada, un dolor dentro del pecho, y yo ponía la otra mano encima de nuestras manos y le decía abue, no me llamo Artur.

Uno de esos días, llevé la guitarra y el amplificador a su cuarto, aquella penumbra medio acolchonada, era como si el aire fuera más espeso ahí dentro que en otros lugares. No que fuera malo. Después de un tiempo se sentía raro, incómodo, yo empezaba a sentirme claustrofóbico e intentaba convencerla de que se fuera a la sala (a veces iba, a veces yo prendía la tele, pero ella no le ponía atención por más de cinco minutos). Al principio todo bien, era como si estuviera entrando en el mundo de mi abuela, un mundo fresco, más oscuro y con olor a agua de rosas. Casi podía pensar como ella, sentir como ella, compartir aquel espacio de confusión detrás de su rostro que a veces se quedaba sin expresión; y entonces, extrañamente, ella parecía un maniquí. Excepto por el hecho de que todos los maniquíes de todas las tiendas tienen veinte años de edad.

Abue. ¿Te importa que toque?

Ella me miró, ¿qué dices?

¿Te importa que toque? y levanté la guitarra.

Pero ella no respondió, apenas suspiró y miró hacia la ventana como si la ventana no estuviera tapada por una cortina y como si allá atrás hubiera un paisaje melancólico e inglés.

Entendí eso como un no hay problema, prendí el amplificador y puse el volumen muy bajo. Empecé con “While My Guitar Gently Weeps” desde el principio, la entrada que George tocó en la grabación del Álbum Blanco (el solo fue de Eric Clapton, aunque los créditos no aparezcan en el disco), canturreando la melodía con unos pedazos de letra deshilachados por aquí y por allá.

Mi abuela me miró. La miré. Dejé de tocar, pensaba que tal vez la estaba molestando. Pensé en George muriéndose y teniendo que pedirle a la familia de su médico que por favor se callaran. Pero ella sólo me miró, sin decir nada.

Continué en donde me había detenido. Cuando llegué a la parte de “I look at the world” etc., ella sonreía y balanceaba la cabeza. Cuando terminé, dijo ésa es mi preferida.

¿Tu preferida?

Sí, me acuerdo de él tocando para nosotros esa canción, aquel año en Rishikesh.

¿Quién?

Hijo, ya lo sabes. George Harrison. George Harrison de los Beatles.

Recordé cuando mi abuela dijo que había sido novia de Tancredo Neves. Muy poco de lo que decía, ahora, podía ser tomado en serio. Yo tenía la impresión de que todo revoloteaba ahí adentro como si su cerebro fuera una gran licuadora, y la pasta (el licuado, el smoothie) de lo que ella procesaba del mundo mezclaba pasado, presente, sueños, imaginación, películas, libros, noticias de periódico, cualquier cosa. Ella podía haber sido la primera mujer en pisar la luna, podía haber vivido en París o en la India, podía haber sido chofer de autobús, artista plástica famosa, afanadora. Sólo no estaba a su alcance aquello que la enfermedad ya había roído en su mente. Lo demás era como una colección de artículos en las estanterías de un supermercado, artículos que tienes la libertad de ir eligiendo sin ningún criterio, si quieres —aunque pasar a la caja ya sea otra historia. Pero la enfermedad era extraña, parecía conservar hechos grandiosos y antiguos y robarle a mi abuela justamente lo que tenía más utilidad. O tal vez ése era un modo de ir anestesiándola mientras la arrancaba, día tras día, hora tras hora, de la vida.

¿George Harrison tocó esa canción para ti, abue?

Aquel año que pasamos en Rishikesh estudiando con su Santidad, dijo.

Hizo una pausa, hurgó allá adentro.

Su Santidad Maharishi Mahesh Yogi. Recuerdo que se reía mucho.

¿George Harrison se reía mucho?

Su Santidad se reía mucho, dijo, y se rió también, y se llevó momentáneamente las manos con las palmas unidas al pecho. Nunca había visto a mi abuela hacer aquello antes.

¿Sabes tocar otras? preguntó.

¿Otras de los Beatles?

Dijo que sí. Toqué todo mi repertorio, que era básicamente de los Beatles, excepto “Band On The Run” que es 25 por ciento Beatles también. Entonces me pidió que la ayudara a ir a la sala, algo raro, y se sentó en su sillón preferido, pues a pesar de todo, no se le olvidaba cuál era, aunque a veces no lograra recordar si le gustaban o no los higos o los plátanos. En pocos minutos, ya cabeceaba.

Me fui a mi cuarto, un tanto catatónico, en una mezcla de temor religioso y fascinación por mi abuela. Fui a confirmar los datos y sí, Rishikesh era aquella ciudad en la India en que estaba el ashram de Maharishi Mahesh Yogi, donde los Beatles estuvieron a finales de los años sesenta y donde compusieron un montón de canciones. Era increíble que mi abuela consiguiera asociar la música que yo había tocado con todo eso. Y que se acordara de la canción, y de que la canción era de George, y todo lo demás. Y que se incluyera en la historia, por encima de todo.

Mi madre llegó del trabajo poco después, traía pan con exceso de bromato y amenazantes sobres con logotipos de bancos. Dejó todo sobre el mueble de la cocina y me preguntó cómo estaba la abuela.

En la sala, dormitando, le dije. Mamá, no vas a creer la historia que me contó hoy. Necesito bañarme. Y tomar algo para el dolor de cabeza. Después me lo cuentas —y con un gesto continuo, fluido, se fue a su cuarto, botó la bolsa encima de la cama y las iniciales falsificadas del fulano de la moda tintinearon; cogió una ropa que estaba tirada por ahí y se metió al baño. Escuché cómo abría la regadera, y cómo la pobre agua cansada y clorada asumía la responsabilidad de lavar el día de mi madre, quitárselo de encima, de su cuerpo, de su alma. Debía de haber también productos con olores especiales y empaques que los hacían parecer más caros de lo que eran.

Mi abuela apareció en el corredor, el cabello del chongo un poco suelto, arrastrando los pies en las pantuflas afelpadas que siempre le quedaban medio chuecas. Pasó cerca de mí, fue a su cuarto y abrió el clóset.

Hijo, me llamó, con su voz pequeña. Ven acá.

Fui hasta la puerta.

Necesito alcanzar una cosa allá arriba. Atrás de esas cajas. Me subí en la silla para alcanzar lo que quería. Moví cajas de diferentes tamaños, ninguna de ellas parecía tener una función identificable en el mundo, y saqué bolsas con cosas de tela que olían a moho. Hasta que encontré una caja de jabones y ella me dijo es ésa, pásamela. Las manos de mi abuela estaban extendidas y ligeramente temblorosas —casi siempre estaban temblorosas, no había ninguna solemnidad en aquel momento, como podría parecer. Pero yo habría estado solemne de haber sabido que iba a revolver el contenido de la caja, con calma y dedos huesudos, sentada como un pequeño duende sobre la colcha amarilla de su cama, para sacar de ahí una foto suya con George Harrison.

Me dio la foto y dijo Rishikesh. Balbuceó algo sobre su Santidad y también sobre Cynthía Lennon. George y mi abuela traían unas batas blancas, el cabello largo y collares de flores color azafrán. Mi abuela tenía una bolita roja entre las cejas. Podría ser la hermana mayor de George.

Pasamos la tarde del día siguiente tocando y cantando, compartiendo historias —algunas verdaderas, otras no, pero ¿qué importa?— sobre los Beatles. Pasamos muchas otras tardes haciendo lo mismo. Ella me decía las canciones que quería que me aprendiera y yo me las aprendía.

Hasta que un día, sin previo aviso y sin drama, mi abuela murió. No sé si se sabía mi nombre o si yo era sólo aquel muchacho que tocaba sus canciones preferidas en la guitarra, un avatar del acervo del cuarteto de Liverpool surgido como un milagro en su camino. ¿Un regalo enviado del más allá por el Maharishi? Mi abuela ya no necesitaba encontrarle lógica a las cosas o forjar una lógica para las cosas que aparentemente no la tenían en lo absoluto. El mundo era un gran viaje, Lucy en el cielo con diamantes.

Después de que murió, arreglamos su clóset. La ropa de algodón, las pantuflas afelpadas que le quedaban siempre medio chuecas en los pies. Un montón de bolsas y cajas. Mi madre lloró, yo la abracé, y más tarde, cuando ya no había público, lloré también. Me quedé con la caja de jabones donde había algunos tesoros no identificables. Cosas que habían tenido sentido para mi abuela, cosas que habían ablandado su vida con el confort de la acumulación cuando ella inocentemente creía que todo sería para siempre —como lo creemos todos más o menos, siendo la muerte un fenómeno ajeno.

En la caja de jabones estaba su carnet de trabajo, cartas con caligrafía de una época en que la gente estudiaba caligrafía bajo la tutela de monjas y padres, un frasco vacío de perfume. Y algunas fotografías: excepto la reliquia de Rishikesh, todas parecían ser recuerdos de familia o de la secundaria, muchachas vagamente parecidas a personajes de películas antiguas. Revolví las fotografías en busca de más Beatles, pero no había nada.

Una de ellas, sin embargo, me llamó la atención. Mi abuela estaba muy joven. ¿Cuánto tiempo tendría la escena ahí retratada? Estaba de la mano de un hombre. Hacía sol y ambos fruncían el ceño, y aunque la foto estaba vieja y borrosa no había lugar a dudas: era Tancredo Neves. Miré por la ventana de su cuarto, sentado en su cama de colcha amarilla. Las cortinas estaban abiertas y allá afuera volaban palomas, en un mundo extrañamente tranquilo, extrañamente común.

 

Adriana Lisboa (Río de Janeiro, 1970), ha escrito las novelas Hanói, Azul-corvo y Sinfonia em branco, además de obras para niños y jóvenes. Recibió los premios José Saramago Moinho Santista, entre otros.

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