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En Another Woman (1988), una de sus mejores películas en apariencia menores, Woody Allen hace que Marion Post, su protagonista, se formule una pregunta que es tanto el sino de la obra que la contiene como la quintaesencia de su propia existencia: “¿Qué es un recuerdo, algo que uno tiene o algo que uno ha perdido?”.

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En diálogo evidente con las Smultronstället (Fresas silvestres, 1957) de Ingmar Bergman, Allen nos ofrece una pieza que deja en claro el doble alcance del cine y la experiencia del espectador, que por un lado se encuentra ante la manifestación de un evento más grande que la vida misma y, por el otro, frente a la constatación de que en cada film que vemos nos encontramos con un fragmento de la vida propia, minúscula y única.

La filósofa representada por Gena Rowlands, discreta actriz de altos vuelos, que en su crisis de los 50 años se ve confrontada con su pasado y sus fantasmas luego de carne y hueso, es una versión alternativa y, acaso, consagrada de Mabel Longhetti, la ama de casa que, sitiada tanto por el yugo de su vida doméstica como por una iluminada locura, no encuentra más escape de la vida suburbana de la California de los tempranos años setenta que la propia inmolación, punto culminante de A Woman Under the Influence (1974), la opus magnum de John Cassavetes y que ahora cumple cuatro décadas de su estreno.

No es gratuito mencionar estas tres películas y tender puentes entre ellas, además de encontrar vasos comunicantes subrepticios: allí donde Allen sitúa a su personaje en la mitad precisa de su vida, al centro de la balanza que le permite sopesar pasado y futuro y continuar con su vivencia, Bergman ubica al suyo en el cabo último de su existencia, sin posibilidades de mirar adelante, y Cassavetes coloca a la suya en un presente perpetuo, cual Sísifo incapacitado para continuar con el ciclo inerte de la subida y bajada de una cuesta más bien plana.

La reflexión anterior es fruto de una experiencia reciente como espectador, no de una película en sí sino de una especie de película de películas que, bajo el título de Autorretrato apropiado (2014), la artista visual María José Alós lanzó muy recientemente en el Laboratorio Arte Alameda de la ciudad de México. Nacida en 1980, Alós ha creado una obra propia a partir de la apropiación, bajo la premisa de que el fragmento cinematográfico funciona como palabra, y aquí no es casual traer a colación los Fragments d’un discours amoureux (Fragmentos de un discurso amoroso, 1977) de Roland Barthes, quien se apropió del Werther de Goethe, así como de una larga serie de fragmentos literarios, para, a través de la semántica, narrar su propia experiencia y situación amorosa.

Lo mismo que la filósofa Marion Post se pregunta sobre la naturaleza del recuerdo, Alós la artista se cuestiona a sí misma a través de las palabras de Chris Marker, uno de los cineastas y artistas más influyentes no sólo del orbe sino de la narrativa mnemotécnica (la frase proviene de Sans Soleil, pero nos recuerda más a La jettée, piedra angular de la obra que nos ocupa): “No recordamos cosas: reescribimos la memoria del mismo modo que la historia es reescrita”. Y es con tal epígrafe con el que nuestra artista nos explica la forma en la que construyó su Autorretrato apropiado, cuya duración es la misma que aquella de cualquier film promedio: una hora con 41 minutos, el tiempo suficiente para contar no sólo la vida propia sino la vida misma, pasado, presente y futuro imaginado incluidos.

Dividido en segmentos-situaciones, el Autorretrato apropiado de Alós es la lograda amalgama entre el estereotipo de la mujer devenida artista, los lugares comunes del ser (y el estar) femenino y la vida propia y única e irrepetible, además de, como ya dije al principio, una reflexión crítica sobre el papel que el cine ejerce sobre el espectador. Desde su nacimiento hasta su pensamiento último, vertido, por supuesto y porque no puede ser de otro modo, en “Non, je ne regrette rien” de Edith Piaf, Alós recorre y reedita los momentos cruciales de su existencia, hasta convertirla en la existencia de cualquiera; es decir: en la existencia del propio espectador.

Vida de vidas y película de películas, el Autorretrato apropiado de Alós es una pieza de apropiación a la vez inteligente y emocional, difícil de clasificar bajo un solo rubro aunque la palabra “cine” es en el que mejor cabe. Espectadora ella misma, María José Alós reunió y reeditó/escribió todos sus recuerdos encontrados en fragmentos fílmicos con el ánimo de no perderlos, transformados, al fin y al cabo, en la más pura ficción.

 

David Miklos

Profesor asociado de la División de Historia del CIDE y autor de los libros El abrazo de Cthulhu y No tendrás rostro.