Para Alejandra y Ángel sus hijos.
Para su señora madre.

 

“Ninguna vida es sólo una. Quien la vive no la reproduce al contarla, ni al recordarla, y menos es la misma para quien la vio o para quien la dice desde afuera. Como una estatua, una vida es distinta según desde donde se vea, según qué se quiera ver en ella. ¿Qué vida vivió Pedro Infante? Sin duda una distinta de la que creyó vivir, quizá muy cercana a la que quiso vivir, por fuerza diferente de la que relatan quienes lo conocieron. Pedro Infante vivió muchas vidas en una sola…”. Se trata de las líneas introductorias escritas hacia 1994 por Gustavo García para el primer volumen de su exitosa publicación con Clío, No me parezco a nadie. La vida de Pedro Infante. Frases que pueden aplicarse a la propia vida, carrera y personalidad del crítico de cine, historiador, profesor, melómano, amigo  y colega Gustavo García, quien luchó por su vida durante meses e hizo mutis finalmente el pasado 7 de noviembre por la mañana.

Y es que, en efecto, Gustavo vivió muchas vidas en una sola. Múltiples facetas que pueden ser narradas por aquellos que tuvieron y tuvimos la fortuna de conocerlo: sus padres, sus hijos, sus mujeres, sus amigos, sus compañeros, sus lectores, radioescuchas y televidentes. La última vez que hablé con Gustavo fue en julio, tres días antes de que entrara en coma. Le habían practicado una  operación de cine gore. Él mismo no sabía bien a bien qué sucedía. Lo increíble es que estaba como si nada. Riendo, bromeando, optimista y sin perder un ápice de su cáustico ingenio. Lo que ocurrió después aún me resulta inexplicable.

Por más vueltas que doy, creo que la partida de Gustavo García no se debió a una peritonitis, una bacteria anidada en su organismo durante su estancia en uno de los hospitales donde le atendieron —minando con ello y poco a poco, el ánimo de su familia y sus amigos—, o ese diagnóstico final de cáncer. A Gustavo le pasó lo que a todo aquel que sueña con un mundo mejor, más equilibrado y pensante: no tenía cabida en un país, en una sociedad como la nuestra, que se empeña en vivir en el otro extremo.

Estaba preocupado por sobrevivir en un medio tan agobiante, donde la mezquindad de Hacienda no tiene límite para los free lance, donde la escritura está supeditada al anuncio publicitario y la crítica fílmica ha sido sustituida por el chisme y la banalidad del espectáculo y en la alta cultura, la cinefilia se localiza en el escalón más bajo. Pese a ello, él insistía, trabajaba 14 o 16 horas al día, corriendo de un lado a otro, tratando con la burocracia administrativa, responsabilidades familiares, el tráfico, clases, la radio, la televisión, cobrando irregularmente, sin tiempo para médicos, para sumergirse en archivos y hemerotecas, o para escribir más libros.

Todo ello, quizá, fue minando a Gustavo. Lo curioso es que, en ese marasmo, tal vez ni él mismo tenía idea del cariño y admiración que le brindaba su público, sus amigos, sus colegas. Con seguridad, si Gustavo hubiera contado con más tiempo, el estudio de nuestro cine cobraría otro sentido. No desde el punto de vista académico del investigador contratado para eso, sino desde el verdadero cinéfilo que vive una pasión sublime con aquello que le fascina. De ahí la importancia de su último libro: Al son de la marimba. Chiapas en el cine (2010) —el anterior databa de un lejano 2001: El cine mexicano a través de la crítica, un ensayo y compilación que realizó con David Maciel—, una obra en la que Gustavo habla de sus orígenes, de sus padres, de sí mismo y su gusto por los misterios de la pantalla.

Nacido en Chiapas en 1954, fue un ejemplo de talento precoz. Empezó a ejercer la crítica a los 20 años, cuando aún no se recibía como comunicólogo en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Escribió para la Revista de la Universidad, La Cultura en México, nexos, el suplemento Sábado de unomásuno, México en las Artes. Ejerció varios géneros periodísticos: la crónica, el ensayo, la entrevista. Fue profesor de historia de cine mexicano en el CUEC, de técnicas de información para cine, periodismo y literatura en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, tuvo a su cargo el taller de prensa en la UAM-Xochimilco. Fue director y fundador de la revista Intolerancia, escribió el prólogo a La ley de Herodes y Los relámpagos de agosto de Jorge Ibargüengoitia, contaba con su propio programa de cine en Radio Red, fue comentarista fílmico para Canal 11 y Canal 22, entre muchos trabajos más.

Gustavo García

En Al son de la marimba. Chiapas en el cine que abre con la dedicatoria “Para mi madre, que me dio, entre tantas cosas, el vicio del cine. Para mi padre, que entre otras cosas, me lo toleró”, Gustavo comenta: “…mi primer recuerdo cinematográfico lo tuve hacia los seis meses de edad, como se revelaría años después: burbujas cubriendo un rostro indignado, el del enano Gruñón en, por supuesto, Blanca nieves y los siete enanos, que mi madre me llevó a no-ver, sino para que me diera sueño, supongo que en el cine Alameda de mi Tuxtla Gutiérrez natal. Mi infancia se instala también en Berriozábal: recuerdo las multitudes que se formaban afuera del cine Betty, que manejaba con sabiduría mi tío Vicente Rovelo…”. “…Aunque mi privilegio familiar me permitía sentarme junto al proyector, fue hasta un buen día, cuando andaría por los cinco años y que vi un trozo de película desechado en una mesa, Susana Cabrera en blanco y negro limpiando un mostrador con un trapo, el movimiento fragmentado en 24 fotogramas, un segundo de vida cinematográfica, como entendí algunos de los secretos de un medio que nunca termina de darse del todo ni a sus mayores maestros”.

Su agudeza, talento, ironía y su pasión por el cine mexicano y el estadunidense en su edad dorada, le llevaron a granjearse la admiración y cercanía de los más importantes historiadores y críticos de cine de ese momento: Emilio García Riera y Jorge Ayala Blanco. A él le tocó tomar partido en esa extraña y simbólica guerra de los críticos y a su vez pertenecer a una nueva generación de ensayistas fílmicos de distintas posturas y alcances, pero inteligentes todos, curtidos la mayoría de ellos, en el periodismo cultural, con los cuales llegó a tener diferencias irreconciliables en apariencia, provocadas por los impulsos de juventud y genialidad. Y es que el ejemplo más claro de su potencial como investigador, ensayista e historiador está en sus obras escritas.

Recuerdo con gran admiración un lejano texto suyo publicado a fines de los setenta sobre el cine de John Carpenter: un apasionado, revelador y lúcido ensayo que como símil de la obra de éste, era un modelo de economía de medios, artesanía pura y vehemencia sin límite. Su primer libro, inédito aún, fue su brillante tesis para licenciarse en ciencias políticas: El cine biográfico mexicano (1978), centrado en el tema del prócer y los héroes, en el que hablaba de caudillos, personajes religiosos, deportistas, artistas. Un muy completo, notable y excepcional trabajo que urge ser rescatado.

En El cine mudo mexicano (1982), Gustavo advertía que no se trataba de una historia minuciosa del tema, ni de la política mexicana entre 1896 y 1930, sino que aspiraba a integrar a ese cine a la cultura cotidiana: “…un recorrido por la trivia. El pintoresquismo, el detallito, queriendo mirar al ‘otro México’, el no recogido en los libros de texto con la mirada asombrosa de un turista”. Es decir, Gustavo apostaba en sus apenas 76 amenas páginas con múltiples ilustraciones a crear entre el lector-cinéfilo y la imagen fílmica, un vínculo de confianza y reconocimiento: esa trivia rechazada generalmente por las nuevas generaciones de reseñistas, opinadores como les llamaba Gustavo, aquellos a los que no les interesa revisar y menos escarbar en el pasado para encontrar conexiones con el presente.

La década perdida (1986) fue otro de sus enormes escritos, centrado en los años cincuenta, ésa que “No tiene el esplendor de la corrupción y la industrialización de los cuarenta, ni la combatividad mítica de los sesenta”, en los que contó con la asesoría para la aproximación a la época, de su padre Daniel García Blanco, Miguel Rubio y Jorge Ayala Blanco. Ese mismo año fundó Intolerancia con el apoyo de varios cómplices como el propio Ayala Blanco, Andrés de Luna, José Felipe Coria, José María Espinasa y más, escribiendo un combativo texto sobre las crisis del cine mexicano, las transas del Banco Cinematográfico y la ineptitud de los funcionarios fílmicos de entonces.

Luego vendría ese gran proyecto de los biográficos de Clío que Gustavo encabezó, con sus obras sobre Pedro Infante y Pedro Armendáriz (1994 y 1996) y coescribiendo en 1997 con Coria El nuevo cine mexicano, y Época de oro del cine mexicano con un servidor. Recuerdo con una emoción que me desborda una llamada que hice desde una caseta telefónica en el bosque de Tlalpan con mi ex mujer, para avisarle que Gustavo García me había invitado a participar con él en ese libro. Una obra con un tema que era todo para mí: la historia de nuestro cine desde un punto de vista muy popular, pasión que ambos compartíamos.

La última vez que vi a Gustavo fue en enero de este año. Coincidimos en una ecléctica fila en una de las salas de Cinépolis Universidad donde aguardábamos el preestreno de Django sin cadenas. La espera se prolongó por más de una hora, finalmente, nos informaron que por una cuestión técnica —la película venía encriptada— la función se suspendía. En esa hora el destino me permitió platicar con Gustavo a quien no veía hacía mucho tiempo. No paró de hablar, por fortuna. A Antonia, mi pareja, y a mí, nos mantuvo doblados de la risa con sus comentarios demoledores y divertidos. Nos platicó, por ejemplo, de la discusión-presentación en Cineteca de un libro editado por la institución sobre el cine mexicano contemporáneo escrito, según él, por “la primera generación de críticos daneses nacidos en la Condesa y la Del Valle”.

Gustavo era un hombre inteligente, de enorme agilidad mental, erudición y sobre todo de un afilado humor. Con la muerte de Gustavo García se van muchas ansias cinéfilas, se pierde una parte importante de la representación del crítico-cinéfilo-espectador. Y es que, a pesar de la ironía devastadora de sus críticas, Gustavo le profesaba un enorme amor al cine. Poseía una personalidad muy marcada, muy propia, forjada a fuerza de cinefilia y de encanto por aquello que salta en cada encuadre: ya sea la imagen, la música, los diálogos, la trivia, el contexto.

Su primera obra, su tesis: El cine biográfico mexicano, abre con una cita de Los reyes de Julio Cortázar, que dice: “No quiero llantos, no quiero imágenes. Solamente el olvido. Y entonces seré más yo”. No importa: le seguiremos llorando, recordando sus imágenes, no lo olvidaremos. Y sin embargo, él seguirá siendo cada día más él mismo, sin parecerse a nadie. En cambio, en su último libro, Al son de la marimba. Chiapas en el cine, comenta en la introducción: “Escribir historia es contar vidas. Los datos, las cifras, las fechas, las ubicaciones geográficas sólo tienen sentido porque aluden a personas que, por lo general sin la menor pretensión de trascendencia, tomaron decisiones que cambiaron sus existencias, las de quienes les rodeaban y las de quienes en el futuro no sabrían de ellos”. Eso fue justo lo que sucedió con Gustavo. Descanse en paz. n

 

Rafael Aviña. Crítico, guionista e investigador de cine, autor de más de 15 libros, entre ellos: David Silva. Un campeón de mil rostros y ¡Aquí está su pachucote…noooo! Biografía narrativa de Germán Valdés.

 

2 comentarios en “Gustavo García. No me parezco a nadie (1954-2013)

  1. Agradezco todas las letras manifestadas referente a mi Primo Hermano Gustavo, y que a través de del artículo es un homenaje, y que desgraciadamente no lo tuvo en nuestro estado al ofrecer su libro “Al son de la marimba”, en el gobierno anterior y que tuvo que pasar muchas dificultades para que saliera a la luz, ojala que no se pierda dicho documento como muchos otros, nuevamente gracias.

  2. En el sexenio que se terminó; se presentó el libro ‘Destino Chiapas’ de 444 páginas con pasta dura y cientos de selecciones de color entre 545 fotografías de un total de 2,400 tomadas por 35 fotógrafos, está certificado en la última página del libro impreso en Corea y pesa kilos de una millonada de pesos y fue presentado en el antiguo ex Convento de Dominicos en Chiapa de Corzo, en un lugar con todos los etcéteras para un brindis con presencia de autoridades de primer nivel… y de la autora que, no es chiapaneca por supuesto!… hizo el comentario esa noche de gala sobre su libro especial que diseñaron importantes y profesionales barceloneses por lo que había tenido que viajar a España para estar al tanto de su perfección en varias ocasiones… Finalmente es un libro de fotos a color, sin nada que le haga especial fuera del costo. La autora no tiene la culpa, ella fue contratada … Pero pudo hacerlo con elementos mexicanos y uno que otro chiapaneco, hay buenos diseñadores, fotógrafos como impresores en Chiapas o en la ciudad de México pero, así lo decidieron los que podían… Todo esto para comentar el libro ‘Al son de la Marimba’ de la autoría del Maestro Gustavo García, un trabajo serio de investigación de ciento quince páginas que mide ‘en tamaño’, aclaro, casi la mitad del otro libro y está impreso en blanco y negro, con sólo dos selecciones de color que son, la pasta y la ‘guarda’ del libro… Impreso en Chiapas, le llevó ¡cualquier cantidad de tiempo! primero para conseguir apoyos del gobierno o el Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía, ir y venir de México a Tuxtla con su propio peculio la mayoría de veces, entrevistar a chiapanecos jóvenes y viejos y, correr como le vimos siempre… pero además, el libro ¡Sí, es para leer, tiene cualquier cantidad de información que sólo Gustavo pudo conseguir y que por cierto… fue ¡Impreso en Tuxtla Gutiérrez en los Talleres Gráficos del Estado! O sea, sí podían… A Gustavo Garcia le rebasó el problema de: ser chiapaneco y no tener nexos políticos…