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Castigar es uno de los deportes más practicados y extendidos en los campos de la vida y la moral humana. Hay quien no podría imaginarse la vida sin una abultada colección de castigos que propinar a quienes se hicieran merecedores de ellos. ¡Cuánto placer despierta en algunas personas la oportunidad de reprender a otras sometiéndolas a duras penas corporales! (Desde mi magro punto de vista, las penas psicológicas también lo son corporales.) No me resultaría extraña la existencia de una teoría capaz de sostener que podríamos alcanzar la justicia si contáramos con un sistema de castigos eficientes y aleccionadores. Ya un desesperado Sartre, en su respuesta a los cuestionamientos de Bizot, exclamó lo siguiente: “Un régimen revolucionario debe liberarse de cierto número de individuos que lo amenazan y no veo otro medio más que la muerte. Los revolucionarios de 1793 probablemente no mataron bastante”. Si las cabezas rodantes y ensangrentadas puestas en marcha por iniciativa del doctor Guillotin hubieran sido más numerosas es posible que los ideales revolucionarios franceses hubieran modificado, para el bien humano, la ética de los pueblos. ¿Alguien cree eso? El extremo de una teoría semejante nos lleva a un camino sin retorno o a un punto ciego: la justicia entre los hombres sólo será posible hasta que el último de éstos haya dejado de existir. Sin embargo, un paraíso de tales dimensiones nos ha sido vedado pues ¿quién siendo todavía un ser humano podría disfrutarlo? Tomarse el tiempo necesario para descubrir o inventar el castigo que sancione una conducta reprobable de la manera más justa y precisa parece un acto de relojería sofisticada: un arte para los sádicos y los moralistas.

El 6 de julio de 1555 un tribunal inglés condena a Tomás Moro, fiel al catolicismo, por oponerse al matrimonio de Enrique XVIII con Ana Bolena y, por lo tanto, a su divorcio con Catalina de Aragón. Se le condena a ser ahorcado, despanzurrado y descuartizado, pero el rey que siente aprecio por quien fuera uno de sus más sabios servidores, le conmuta la pena y ordena que sea sólo asesinado. Este ejemplo de benevolencia, prudencia y sabiduría nos dice que el castigo debe ser infligido después de sopesar y reflexionar acerca de sus justas dimensiones y de tomar en cuenta que existe un punto de equilibrio entre pena y justicia al que los seres humanos debemos aspirar. Dos años antes de la muerte de Moro, el jerarca protestante, Calvino, había condenado a muerte al teólogo Miguel de Servet por oponerse a la idea de la Santísima Trinidad. El castigo que seleccionó Calvino para atormentar a su oponente religioso fue el de quemarlo en la hoguera a fuego lento. Quizás el sufrimiento de sus carnes calcinadas iluminara lo suficiente al sacrílego como para llevarlo a advertir la existencia del lujurioso y enigmático Espíritu Santo, figura determinante del mito cristiano.

En su libro La verdad y las formas jurídicas, Foucault observa que en el siglo XVIII existían en el sistema penal inglés 315 delitos que merecían la pena de muerte, hecho que convertía al código y sistema penal inglés en “uno de los más salvajes y sangrientos que conoce la historia de la civilización”. Es verdad que los ingleses son susceptibles y su humor negro llega a ser puntilloso y cruel, pero los códigos y sistemas judiciales emanados de los antiguos derechos germánico o romano no agotaron la imaginación humana en cuanto a la invención de castigos singulares y apropiados para cada ocasión. Las tablas de la ley son sólo un espectro nebuloso de nuestra compleja imaginación. Las innumerables formas de castigo que un enamorado recibe por parte de su amante ofendido son ricas en malicia y sadismo, sin que se encuentren contempladas en ninguna tabla de la ley. Que Rousseau considerara criminal a todo aquel que quebrantara el pacto social supone una visión limitada pues ¿no son también criminales algunas formas de conducta amorosa que tienen como finalidad castigar al ser amado? Sonrío al recordar el castigo que un viejo amigo recibía por parte de su mujer cuando él se atrevía a llegar de madrugada a casa y bañado en copas. Al día siguiente ella se ponía su minifalda menos discreta y salía a la calle para llevar a cabo sus compras cotidianas. Mi desahuciado amigo no se oponía a tal gesto ya que se consideraba a sí mismo un modelo de equidad y liberalismo, mas sin embargo sufría tanto como Miguel de Servet en su hoguera cada vez que imaginaba una mirada lasciva posándose sobre aquellos muslos hermosos y al descubierto.

El 25 de marzo de 1601 la inquisición novohispana obligó a la beata pecadora, Marina de San Miguel, a desfilar por las calles de la capital desnuda hasta la cintura, montada sobre una mula y con una mordaza en la boca. Delante de ella desfilaba también un pregonero que iba describiendo los pecados de Marina en voz alta. Después del escarnio público, la mujer recibió cien latigazos, una multa en dinero y se le condenó a servir en el hospital dedicado al tratamiento de bubas, durante 10 años (así lo refiere Antonio Rubial en su libro Profetisas y solitarios). La historia de los castigos que produce la imaginación humana se confunde con los orígenes mismos del hombre. Existo, luego puedo ser castigado. El cinturón de mi padre es, en mi historia personal, uno de los instrumentos de la inquisición paterna más antiguos que guardo en la memoria. Y no obstante su ferocidad, resultaba burdo, masculino, vulgar. Me alegro que, al menos en esos menesteres, mi padre hubiera poseído una imaginación en realidad modesta e inofensiva. n

 

Guillermo Fadanelli. Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.