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Mi padre fue entusiasta de los Beatles. También de los Rolling Stones, aunque bastante menos. En la casa familiar había discos por doquier, se amanecía y se anochecía con las canciones que marcaron a toda una generación. No lo recuerdo de pelo largo, cierto. Quizá nunca se lo dejó. Hay fotos en las que aparece con las patillas largas y un bigote retador, pero eso es todo. Muy joven se inició en la disciplina cansina del trabajo y sanseacabó.

El rock, por tanto, fue una vocación temprana. Aterricé en la adolescencia con la convicción de que en esa música latía un modo distinto de entender la realidad. Lo “alternativo”, según el argot de la época. Esa necesaria frontera que separa a los “correctos” de nosotros —pensaba, pensábamos—, la elite furibunda que habría de romper los moldes para fabricar otros de mejor material. Lo normal de la edad, pues.

Me formé en la llamada “contracultura”, la cual me llevó de la música a los libros y al cine, y de ahí hacia un personalísimo interés en el hecho artístico. Ese refinamiento de la sensibilidad que ya no ofrece la educación universitaria —ni aun en humanidades, aclaro—. Durante mi adolescencia celebré la vagancia: real, gozosa, cáustica. Practiqué con rigor la indisciplina y me entregué al oficio de no planear más que el minuto siguiente. Salía temprano con algunas monedas en el bolsillo y comía donde se podía. O tal vez ni eso, era lo de menos. Luego llegaba de noche a casa, cuando todos dormían, ya que sólo así era posible ahorrarse las reprimendas. No siempre había éxito.

La primera visita que hice al Tianguis del Chopo fue en 1988, esto es, a un año de haber sido trasladado a la ubicación que ocupa en la actualidad. Apenas tenía 10 años, pero tenía primos y vecinos mayores. Fue mucho antes de que se instalaran los denominados “chopitos” en lugares aledaños, esos satélites que llegaron después, tanto en generación —ahí circulan rarezas de reggaeton, música electrónica y otras variantes de la expresión actual—, como en términos comerciales y hasta de espacio.

No había Metro ni estación Buenavista y menos aún biblioteca colosal. El viejo edificio de ferrocarriles se pudría en el olvido. Era una visita riesgosa, una pequeña epopeya sabatina para forjar el carácter. Acontecía una Bildungsroman, actuada en el peligro espectral de cada vuelta de esquina. Así lo recuerdo, al menos. Se llegaba por el Metro Revolución y había que caminar varias cuadras patrulladas por teporochos y prostitutas. Asimismo, había gandules, marihuanos y raterillos de poca monta, quizá los más peligrosos. Además se pasaba frente a la sede nacional del PRI, sede de la ignominia y Los Problemas Nacionales. Aun deambulan malvivientes en la zona aunque la proliferación comercial los ahuyenta de avenidas transitadas, arrojándolos a la periferia. Me asaltaron, según recuerdo, al menos en tres ocasiones. Por suerte, ninguna con secuelas de gravedad, ya que jamás opuse resistencia y siempre me señalé como parte de la “banda”.

Al Chopo se acudía por las curiosidades en discos, películas y libros de la más diversa índole. Durante décadas fue un centro de actualización de “lo reciente” para todos los gustos. Las modas urbanas y las tribus minoritarias, por su parte, se perfilaban en el Chopo y ahí lograban su consagración. Monsiváis en Los rituales del caos: “El Tianguis del Chopo es un templo de la contracultura mexicana”. Nada que agregar.

En aquella época, que hoy parece remota, no había smartphones, ni Amazon.com, ni YouTube, ni eBay,  ni Twitter. Esta búsqueda de una formación contracultural se asumía como una vocación y a la par como un apostolado. El trueque y el regateo eran la forma natural de allegarte de lo que estaba lejos de tu bolsillo, o de deshacerte de lo que no cubrió tus expectativas, o de plano te había aburrido.

Estaba lejos el nacimiento de las redes sociales. La búsqueda de empatías y grupos de interés era una labor primaria de convivencia social. Las personas aún se reunían para celebrar la amistad; no sólo se daban “follow” y se fotografiaban con urgencia para cargar su foto a Facebook. Para no acudir solo a los conciertos había que tejer alianzas. Tampoco había Ocesa ni empresas similares. Eran los mismos enterados los que contactaban a tal o cual banda y organizaban los conciertos, con el éxito o fracaso que esto pudiese representar. Y siempre había “portazo”. La escena del rock era, para resumir, artesanal y hasta slow motion.

Luego nos alcanzó la revolución download.

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Está dicho que las “tribus” urbanas dejan ver parte de los requerimientos profundos de una sociedad, al igual que sus vaivenes culturales. Ahí es posible atestiguar una forma específica de lenguaje, modalidades y registros lejos de la oficina, el tribunal y el estrado. Una forma particular de la plaza pública se transforma cada sábado para reunir a una familia dispersa que comparte valores comunes y cuya calidad dinámica ya forma parte de su escudo de armas.

El rock, por su parte, no pierde su energía como vertebración de una forma atípica y pre-posmoderna (estrambótica categoría, aunque posible a fin de cuentas) de la aspiración comunitaria. En la masa acéfala y contundente del slam los adeptos se miran a los ojos y en el detalle espectral de los estrobos se encuentran y además se reconocen. La fusión de sudores y sangre integra a la juventud y la dibuja en aristas insólitas de felicidad y sueños sin restricciones de ingreso per cápita. Las señas de identidad del desposeimiento, lejos de la tertulia erudita y la charla sobre la vida pública que no termina en acción directa. Este detalle respecto a la vida efímera de las nuevas bandas integra generaciones que desde su iPod consolidan a los clásicos de su tiempo, termina por generar una educación sentimental que no logra su permanencia pero que termina irrefutable.

El tianguis ha visto desfilar a varias generaciones y ahora los que lo conocieron en la juventud acuden con sus hijos. Esta arqueología de ciertos bienes culturales de apenas acceso al público dota al lugar de una condición particularísima. No es mercado de pulgas ni una hilera doble de tenderos dedicados a la música. O no lo es, tan sólo. Ahí se logran los “conectes” para organizar una banda y no pocos nombres del rock han nacido en sus pasillos. A la manera del templo que refirió Monsiváis, el lugar cuenta con virtudes mágicas y cada rincón cuenta una historia insólita.

Las expresiones que no tienen lugar en el museo y el instituto, la cátedra y la sala de conciertos, aquí logran hospedaje, así sea temporal y así sea con audiencia limitada. Esta visión de lo “alternativo” continúa siendo una vereda para andar salvo que ya no son tan claramente distinguibles las amenazas del “sistema”, esa quimera primordial que alimentó por décadas la silueta del enemigo. Ahora perdió densidad y se transformó en una masa vaporosa que es indefinible y además imposible de asir. Se volvió legal ir de punk por la vida y portar bisutería de marca.

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Pero no he dejado de acudir al tianguis, así sea de manera esporádica. Saludar a los amigos, beber un par de cervezas, conocer nuevos grupos, actualizarse en los chismes de la vida musical. No obstante, juzgo que su futuro no es el más promisorio. Es momento de fundarse de nuevo. Si bien la era de las descargas ha democratizado el acceso a material olvidado o incluso de acceso prohibitivo, también ha entorpecido la circulación y permanencia de ciertos guiños de la vida urbana.

No pocos vendedores del tianguis han tenido que virar debido a los cambios en las modalidades de compartir música o películas. Ya es difícil que alguien posea un material que no se pueda descargar del ciberespacio, a menos que sea un coleccionista esmerado que procure la originalidad o condición inmaculada de los productos.

La contracultura, o lo que se entendía de ella, se debilita y uno de sus centros neurálgicos parece diluirse en este tsunami de información que circula sin apenas restricciones. Los objetos culturales dejaron de nadar en “contra” y ahora las marcas de lujo juegan con la temática punk o grunge. Se fabrican en masa colecciones de ropa para jóvenes con poder adquisitivo que acarician el sueño de una rebeldía vintage. Si Kurt Cobain está muerto todo está permitido, pareciera decirnos este slogan que potencia la artificialidad posmoderna.

Este proceso gradual/global para banalizar los objetos ideados para cuestionar al “sistema” desincorpora los hábitos de pensamiento aunque pasa de largo ante generar nuevos. Se moderniza la ropa del clóset pero no se deja nada para el invierno que viene. No es posible descargar nuevas ideas para reinventar formas de cómo la juventud inquieta pueda acercarse a esta construcción colectiva que es la cultura y a la par pueda insertarse en una modalidad activa, antes que en un sitio de falsa conmiseración o incluso de testigo ausente.

La “sociedad líquida” de Zygmunt Bauman se nos escurre de las manos. El actual hábito de generar “conexiones” entre las personas, a través de las redes sociales, se contagia de “falsitos” y urgentes cambios de fusible. Nos compartimos todo para perpetuar nuestro vitaminado individualismo. Estamos lejos de que circule un pensamiento nuevo que pueda articular la vivencia contemporánea a nivel calle. Nos miramos perplejos ante los megabytes descargados en computadoras saturadas de archivos multimedia.

A la par de las instituciones dedicadas a la promoción cultural, el tianguis desempeña una labor de sensibilización entre quienes disfrutan estas expresiones colectivas de la vivencia popular. Quizá sea uno de los últimos reductos que aún ofrece la posibilidad del comunitarismo que no se materialice en el mall y las formas estandarizadas del shopping familiar dominguero, incluida visita al cine.

Parece urgente reinventar esta oferta de producción/circulación/mezcla de contenidos. El tianguis, para conservar su lugar como un evento ineludible en el concierto del turismo urbano especializado, deberá proponerse una revisión de su lugar en el contexto de la experiencia totalizante del download, que se resume en un clic y una conexión a internet. El resto son horas de espera, memoria en disco y tiempo de ocio para disfrutar las descargas.

Y por “tianguis” entiendo al conglomerado de quienes lo generan y animan desde el backstage —vendedores, autoridades, vecinos, bandas, etcétera— y asimismo a quien acude cada sábado para perfeccionarlo con su asistencia. La capacidad de reinventarse ha sido la clave de su permanencia y es tiempo de activarla de nuevo. n

 

Luis Bugarini. Crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.