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El trance más natural y, al mismo tiempo, enigmático que espera al individuo suele afrontarse con distintos modales. Hay quienes se despiden de la vida azotando la puerta y arrojando un gargajo: son los agonizantes que envidian los soplos de vida de sus sobrevivientes; los mezquinos que quisieran transferir sus propiedades y números de cuenta a una sucursal bancaria del más allá y tantos otros que destilan su hiel y maldad terminal en sus lechos de moribundo. Sin embargo, también hay muertes de extrema serenidad y delicadeza, donde el último acto de la vida se sazona con la urbanidad y deferencia hacia el otro. La sabiduría, la consideración y, por decirlo así, la dulzura al morir no son patrimonio de ningún gremio; no obstante, existen numerosas memorias de vidas y muertes virtuosas en el campo filosófico desde Sócrates hasta Wittgenstein y podría pensarse que los filósofos tienen muertes apacibles y ejemplares por su larga frecuentación con los problemas del origen y la finitud

Hay dos bellas muertes filosóficas, sobre las que mucho se ha escrito, la de los filósofos ilustrados David Hume (1711-1776) y Emmanuel Kant (1724-1804). Cuenta el biógrafo William Smelie que en 1775 el filósofo inglés David Hume, quien tras una trayectoria con muchos tropiezos y penurias por fin disponía de cierta celebridad e independencia económica, comenzó a resentirse de un desorden estomacal que, más tarde se enteraría, era síntoma de un padecimiento mortal. Pese a que la enfermedad pronto se expresó en un declive físico, una diarrea debilitante y torturantes dolores, Hume nunca perdió su naturaleza risueña ni su afabilidad y no dejó de atender su vida social. Dentro de las limitaciones de una enfermedad cada vez más invasiva, Hume seguía recibiendo amigos, se solazaba con las lecturas burlescas de Luciano sobre la muerte, y en De mi propia vida, esa semblanza que comenzó a escribir en su ocaso, hacía un balance benigno y gozoso de sus días: “Soy o, más bien, fui, un hombre de disposición humilde, de temperamento ordenado y de talante alegre, abierto, social y claro, con capacidad de afecto, pero poco dado a la enemistad y de gran moderación en todas mis pasiones. Incluso mi amor por la gloria en el campo de las letras, pasión dominante en mí, nunca agrió mi temperamento, a pesar de mis frecuentes desilusiones”. Para Hume, la muerte inminente era un pretexto para la reflexión que le permitía juzgar lo bueno de su ciclo y apreciar la sosegada alegría que le habían propiciado su domesticidad laboriosa, sus buenas amistades y el sentido del deber cumplido. Por eso, a un visitante que le pedía noticias para un amigo mutuo le contestó: “Debería usted decirle que me muero tan rápido como mis enemigos desearían, si tengo alguno, y tan serena y alegremente como querrían mis mejores amigos”.

La vida del filósofo alemán Emmanuel Kant fue un prodigio de regularidad y racionalidad y es sabido que sus vecinos solían adivinar la hora por el transcurso de su rutina. Pese a su constitución frágil, Kant siempre fue un hombre de hábitos regulares y moderados, que gozó de buena salud y alcanzó una edad longeva, de esa época es la recreación de Thomas de Quincey Los últimos días de Kant. Relata De Quincey que cuando los dolores y limitaciones  de la alta edad provecta comenzaron a atacar a Kant, el viejo genio todavía dispuso de un acervo de inventos ingeniosos que utilizaba para lidiar con sus achaques en la vida cotidiana o para aminorar las fallas de juicio y memoria (por ejemplo, anotaba en tarjetas los temas a tratar en una comida y los tachaba a medida que se abordaban para evitar las repeticiones de la chochez). En la preocupación de Kant por mantenerse en pie contra los signos de la vejez puede verse un intento de preservar la dignidad e independencia con la que siempre vivió, pero, sobre todo, una exquisita civilidad que quiere evitar cargas a sus amistades íntimas, espectáculos lastimosos a los miembros de su entorno social o molestias excesivas a sus sirvientes. Aun en sus momentos de mayor decadencia, Kant buscaba mantener una prestancia vital y desplegaba sentido del humor. “Sus pies se negaban cada vez más a obedecerle; se caía constantemente al ir de un lado a otro de la habitación, y aun mientras se quedaba en pie y sin moverse, pero era raro que en estas caídas se hiciera daño y siempre estaba riéndose de ellas; afirmaba que nada podía pasarle debido a su extrema delgadez…”. La erosión de la enfermedad, por lo demás, no disminuyó su carácter optimista, ni el mesurado aprecio a sí mismo y en vísperas de su muerte aceptó la sugerencia de sus amigos de adelantar la celebración de su cumpleaños para tomar una copa de champaña por el aniversario que ya no llegaría a ver. Estos relatos ilustres, y tantos otros que abundan en la historia sin mayúsculas, muestran, más que anécdotas fúnebres, actos lúcidos de gratitud y códigos de cortesía para pronunciar el más prolongado hasta luego. n

 

Armando González Torres. Poeta y ensayista. Entre sus libros: La pequeña tradición y Sobreperdonar.