A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

[Permiso para hacer una advertencia. El texto que sigue habla de series de televisión que ya han terminado, por lo cual los espectadores que aún no las hayan visto o no hayan alcanzado su final, quedan avisados de que este conjunto de párrafos es el gran “spoiler” de Six Feet Under (2001-2005), The Sopranos (1999-2007) y Breaking Bad (2008-2013), que en paz descansen. Léase lo que sigue, pues, bajo su propio riesgo y tolerancia al masoquismo. Fin de la advertencia.]

Ahora que Walter White (personaje) ha muerto y James Gandolfini (actor) no está más entre nosotros (ya hablaré de la distinción entre uno y otro más adelante), todos los espectadores que fuimos secuestrados por las amplias tramas y las varias temporadas de Breaking Bad y The Sopranos (cinco en el primer caso; seis en el último) no podemos sino asumir que somos presas de un duelo y, a la vez, de un prolongado síndrome de abstinencia. Dije secuestrados porque, además del padecimiento provocado por el arribo al final de serie y la dificultad de asumir que no habrá más, los espectadores sufrimos también del síndrome de Estocolmo. Me explico.

Una serie aparece de la nada. Sus primeras temporadas está allí como otra opción más en el amplio espectro de la programación televisiva por cable “y, ahora, por internet”, y adentrarse en ella es un reto a la voluntad y a la sorpresa. Muchas veces llegamos tarde a una serie y bajo recomendación de alguien que sí se aventuró a verla desde el momento uno, en tiempo real, con la obligada espera de una semana entre uno y otro episodios, durante alrededor de tres meses, luego cuatro. Tenemos, pues, la opción de ver esas primeras temporadas de forma concentrada y sin las pausas que dicta su industria originaria, ya sea en la televisión y en dvd o en la pantalla de la computadora y en línea, legal  o ilegalmente.

El asunto, claro, es engancharse. Y cuando uno se engancha y trasciende la voluntad, es secuestrado por la serie en cuestión. Cuando uno arriba a la expectación en tiempo real, a la tortura del episodio que nos es ofertado a manera de recompensa cada semana, el secuestro entra en su fase más cruda. Pronto desarrollamos no sólo una adicción sino una real afinidad hacia alguno de los protagonistas, nuestro Virgilio en esta empresa. Hay, sí, una compensación, es decir, un balance: los personajes a los que detestamos. El tiempo que le roban a nuestro protagonista elegido es una afrenta. Y en nuestro odio se encuentra la digestión de la carnada que nos ofreció el anzuelo ahora enganchado a nuestro ojo. Pero vayamos a los ejemplos.

Breaking Bad

Mientras que Six Feet Under comienza con una muerte —primera de una larga serie y la más importante—, aquella de Nathaniel Fisher, pater familias y dueño de una vieja casa fúnebre erigida sobre la tradición, Breaking Bad da inicio con el anuncio de una posible muerte, aquella de Walter White, químico venido a menos (es decir: a nuestra aspiracional clase media) que padece un cáncer y se descubre cocinando metanfetaminas para ofrecerle un futuro económico a su esposa e hijo. Allí donde la primera es una serie que versa sobre los ritos de pasaje de todos y cada uno de los miembros de una familia de un suburbio de California (una geneaología elíptica), la última aborda la transformación de un habitante cualquiera de Estados Unidos en criminal asumido y cuestiona la moralidad del American Dream. Nate Fisher, el hijo mayor de Nathaniel, tendrá que asumir su rol como padre sucedáneo y líder de su clan, es decir, encarar la muerte de su padre y hacerla suya: morir, también, él. Walter White, por su parte, se verá obligado a asumir que es un hombre muerto de entrada,  y que será el cáncer o un balazo el que lo saque finalmente de la “vida extra” que le ha sido otorgada.

El caso de The Sopranos es muy distinto y encuentra en su sino elementos que parecen fundir aquellos de Six Feet Under y Breaking Bad. Tony Soprano es el capo de una familia de descendientes italianos afincada en Nueva Jersey, ese gran patio trasero y deslavado de la brillante Manhattan. De naturaleza suburbana, los Soprano harán de la mafia un asunto doméstico, sus vidas escindidas en dos escenarios con sus respectivos protagonistas: el hogar y la familia biológica, por un lado; y, por el otro, la calle y la familia laboral. La muerte de Tony es su álter ego o su sombra: siempre está allí como posibilidad. Criminal buscado por el FBI —al que le hacen falta las pruebas contundentes para meterlo a la cárcel—, Tony tendrá como reales enemigos no sólo a los miembros de las familias rivales sino a los miembros de la suya propia; es decir: el capo siempre estará en la mira, siempre será el blanco último de su circunstancia.

En un tour de force nunca antes visto en la televisión, David Chase, creador de The Sopranos, decidió que la última temporada de la serie no acabara sino que se fundiera en negro, con la muerte de Tony y su familia inmediata —su esposa Carmela, sus hijos Meadow y Anthony— suspendida en vilo, como al inicio. Chase comprendió que Tony era, como se dice en inglés, larger than life (más grande que la vida), y el final de The Sopranos no hizo más que constatarlo. La sorpresa vino pocos años después del último y polémico episodio de la serie, cuando James Gandolfini (1961-2013), el actor que dotó de vida a Tony Soprano, murió de manera temprana no sólo en Italia, terruño de sus genes, sino en la realidad, del otro lado de la pantalla de televisión: aquí y ahora. El personaje, redivivo, sobrevivió al actor.

Ahora que Breaking Bad, última en la línea de series cuyo personaje ulterior es la muerte, ha llegado a su término con un final perfecto (es decir: un final esperado, literario, de ficción pura y dura) y no hemos de esperar más la aparición de Walter White, los espectadores somos de nuevo huérfanos de secuestrador y reticentes a embarcarnos en una nueva empresa serial. Más pronto que tarde, sin embargo, nos encontraremos de nuevo a bordo de la nave de la ansiedad, listos para un nuevo duelo. n

 

David Miklos. Profesor asociado de la División de Historia del CIDE y autor de los libros El abrazo de Cthulhu y No tendrás rostro.