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Bonampak

Era flaco, rubio y jorobado, y tenía los ojos enloquecidos por el hambre y el agotamiento. Viajaba sin dinero con un amigo que había conocido en Tehuantepec, al que más tarde dejó para seguir a Chiapas. Así llegó a Ocosingo, luego de caminar seis días entre los ocotales del camino real de San Cristóbal. Llevaba sólo la ropa que vestía, más un costal al hombro. La gente lo veía deambular en el mercado, entre los perros, en busca de restos de comida. Pero lo evitaba, pues decía que había sido tocado por el diablo.

Cuando Pepe Tárano lo conoció, una mañana de abril, estaba sentado en un altar de piedra depositado en el mercado por un arqueólogo de Toniná. Empezaba a perder el pelo, notó, y estaba tan desnutrido que lo único que destacaba en su rostro de lunático era una nariz larga y encorvada, como de tucán. Habló con él un poco del altar de Toniná. Luego, apiadado, lo invitó a pasar unos días en la finca El Real, al poniente de la Selva Lacandona.

Hacia allá salió con su costal. Hizo tres jornadas a pie, por el camino de herradura que bordeaba el Jataté. En El Real conoció a una pareja de americanos que le hablaron de unas ruinas que buscaban desde el aire, en avioneta: la Ciudad Perdida. Así lo había hecho ya también, le dijeron, a fines de los veinte, el propio capitán Charles Lindberg en su avión, el Spirit of Saint Louis. Los monteros que trabajaban en la finca le confirmaron la noticia, que él escuchó con el rostro iluminado por la certidumbre. “Ya sé, Mamá, lo que soy en esta vida”, escribió. “Soy un arqueólogo”. Era el 8 de mayo de 1941. Poco más tarde desapareció en la selva, donde habría de pasar el resto de sus días. Esta es su historia.

Herman Charles Frey

“Me llamo Carlos Frey. Llegué por primera vez a Chiapas en el año de 1941. Pasé por toda la zona de los lacandones a pie, camino de Tenosique, y siguiendo a pie recorrí las ruinas de Yucatán. Más tarde fui también a pie desde Peto, Yucatán, hasta Chetumal, en Quintana Roo, y regresando por Cozumel estuve en Tulum y en Cobá”.

Durante un año, en efecto, Frey recorrió así, a pie, todas las selvas del sureste de México. Pasó por Chiapas, por Tabasco, por Campeche, por Yucatán y por Quintana Roo. Caminaba por las brechas abiertas a machetazos por los chicleros y los peones de las monterías, él solo, con todas sus pertenencias en un costal. Nada interrumpía el sonido de sus pasos sobre la hojarasca. Tardó varios meses en llegar a Mérida, donde sobrevivió gracias a uno de los billetes de 20 dólares que le mandaba su madre de vez en cuando, doblado en un sobre de correo desde Estados Unidos. Cruzó después a pie  la península de Yucatán, hasta arribar a la bahía de Chetumal. ¿Estaba consciente de que lo que hacía era una locura? Caminaba sin parar por veredas apenas visibles entre la maleza, con la mirada poseída por el delirio. Dormía siempre a la intemperie, a veces bajo la lluvia, acurrucado junto a un árbol. No queda claro qué comía, aunque es indudable que pasaba hambre. Su viaje lo llevó hasta Quiriguá, al este de la Verapaz, en Guatemala. Al regresar por fin a la civilización, sin ropa ni zapatos, fue detenido por unos días en un puesto de frontera, acusado de vagancia. Estaba enfermo de malaria y lleno de ilusiones.

Herman Charles Frey tenía 26 años al emprender aquel viaje de iniciación. Había nacido en los suburbios de Staunton, Illinois, en el seno de una familia de mineros originarios de Suiza. Pasó su niñez en ese pueblo, donde sus compañeros de la escuela, a causa de su joroba, lo apodaban Humpy Herman. Trabajó por un tiempo en la Feria Mundial de Chicago, cobrando 25 centavos de dólar por acuñar, en un penique, la oración del Padre Nuestro. Probó suerte después en otras ferias, disfrazado de aviador. A fines de los treinta partió sin dinero hacia San Francisco, para trabajar como guía de un tren jalado por un elefante de Birmania. Tenía algo de beatnik. Era incapaz de resistir la tentación de vivir en perpetuo movimiento, igual que muchos de sus contemporáneos más famosos, como Kerouac y Ginsberg. En 1939 llegó —nadie sabe cómo, quizás en barco— al istmo de Tehuantepec. No tenemos información sobre ese viaje, pero sabemos que cambió su vida para siempre. Pues ahí supo que había encontrado su destino. Al regresar a San Francisco, donde vivió en una bodega para no tener que pagar renta, logró reunir los mil dólares que requería para poder tornar a México.

Vagó durante meses por las montañas de Chiapas, hasta llegar a Ocosingo. Estaba desnutrido y extenuado, y olía mal. Sonreía con timidez, sin abrir la boca, apretando los labios para no mostrar sus dientes, que sabía que estaban ya podridos. Era patético, pero también fascinante, pues algo muy poderoso lo movía. En Ocosingo tuvo la suerte de conocer a Pepe Tárano, un hombre maduro, con los dientes de oro, tan fuerte que la gente lo apodaba el Toro. También él era un personaje: había nacido en las montañas de Asturias, donde conoció desde niño los rigores de las minas, y había llegado a El Real impulsado por un parentesco que recordaba que tenía con los dueños de la finca, los Bulnes. Ello coincidió con el arribo de los arqueólogos que por esos años empezaban a explorar la Selva.

Varios de los exploradores que pasaron por El Real tuvieron ocasión de conocer a Frey, que vivía del otro lado del Jataté. “Su casa estaba sumamente desaseada y él olía de manera inusual por no bañarse”, confiesa el diario de uno de ellos, el danés Frans Blom, quien tuvo la mala idea de contratarlo, seducido por “su gran viaje a pie de Ocosingo a Yucatán y de regreso por Quintana Roo”. La experiencia fue desastrosa. Frey no sabía cargar las mulas, olvidaba el correo, daba mal las instrucciones para llegar a las ruinas. “Es el tipo más imbécil que jamás he conocido”, añade con irritación el diario, que también registra su perplejidad: “Está comenzando a oler de nuevo. Qué tipo tan extraño, no logro entenderlo”.

Con ayuda de sus padres, que le mandaron un cheque de 600 dólares, Frey pudo comprar unas hectáreas de tierra para sembrar maíz cerca del río Jataté. Adquirió también unos pollos y una piara de puercos, y tuvo después un hijo con una india de 14 años llamada Caralampia Solís (“muy bruta”, decía la gente) que habitaba con sus padres en la ranchería de San Carlos. Con todo ello, Frey tomó la decisión de pasar el resto de sus días en aquel rincón de México. “Mamá”, escribió, “quiero que entiendas que me he cambiado de nombre. Ya  sé que Herman es el nombre de Papá y también mi nombre, pero cuando pienso en él pienso en Humpy Herman.  Por eso aquí ya lo cambié. Mi nombre ahora es Carlos Frey”.

Chan Bor

Bonampak

La noche del 1 de febrero de 1946 el lacandón José Pepe Chan Bor escuchó por primera vez en su vida una ópera de Verdi. Estaba sentado en cuclillas junto con otros lacandones en un claro de la selva, a un lado de la pista de aterrizaje de la central El Cedro. Todos observaban la caja de madera que tenían enfrente, más o menos del tamaño de los guacales que los chicleros utilizaban para cargar sus mulas, con algo que parecía una flor de metal, una chi muy grande por donde salían las voces, invisibles en el aire de la noche. Sus rostros, iluminados por las velas, fascinados, veían girar en silencio el disco de bakelita. Algunos acercaban las orejas al pabellón de la bocina; otros lo golpeaban con la punta de los dedos, para ver qué sucedía. José Pepe Chan Bor aguardaba en su lugar, pensativo, suave y triste. Había permanecido sin decir nada durante todo el día, al lado del gramófono que acababa de llegar esa mañana a El Cedro.

Chan Bor era conocido y respetado por todos los exploradores de la selva, a causa de su discernimiento. “Es inusualmente inteligente”, solían anotar en sus cuadernos. Los chicleros lo llamaban José Pepe. Era muy pequeño: medía apenas un metro y medio de estatura, y tenía la piel más clara y el semblante más fino que los otros lacandones.

Su vida había sido, hasta 1946, muy salvaje. Había pasado su niñez en medio de la selva; había conocido las casas de piedra de sus dioses; había visto morir a su padre, atravesado por una flecha; había tenido que sufrir con sus hermanas el rigor de la montaña; había formado después un matrimonio con su sobrina, en un caribal del arroyo Chanacté.

Todo cambiaría de golpe a partir de 1955, con la llegada de los misioneros del Instituto Lingüístico de Verano. Chan Bor fue convertido al cristianismo. Después salió de Lacanhá para catequizar en Nahá y en Metzabok, donde hablaba contra los que fumaban y bebían, y ridiculizaba los ritos de los viejos que rezaban a Hachakyum. Al final de su vida, con el cabello ya gris, se volvió una especie de cacique de la Comunidad Lacandona. Cobraba personalmente el derecho de monte a las empresas que explotaban el cedro y la caoba de la selva, y con ese dinero compraba estufas de gas para sus kikas, que ellas arrojaban de inmediato fuera de sus chozas, muertas de miedo, o vehículos de carga que manejaba sin noción hasta que se le descomponían, para después abandonar en una zanja del camino. Así transcurrieron los últimos años de su vida. Murió a principios de los noventa, junto a la pista de avionetas de Lacanhá.

José Pepe Chan Bor no tenía manera de vislumbrar ese destino aquella noche de febrero, cuando escuchó la voz de Caruso entre los grillos de la Selva Lacandona. Con él estaba su amigo Carlos Frey, acompañado por John Bourne, un americano muy rico que acababa de llegar de la ciudad de México con un gramófono de manivela para mostrar a los lacandones que vivían alrededor de El Cedro. La sesión de música fue un éxito. Esa noche, bajo las estrellas, ambos les pusieron óperas, corridos, marchas y pasodobles, y los grabaron después con una máquina que tenía forma de ropero, tan alta como los propios lacandones. Grabaron sus voces, sus flautas y sus canciones, y los indios las pudieron escuchar después. “Aquello fue como una explosión, todos hablaban a la vez, su asombro era increíble”, escribió Frey, quien recordó lo que sucedió más tarde: “Llamamos a Chan Bor aparte y le dijimos que le regalaríamos el fonógrafo si nos enseñaba una ruina de veras grande. Se puso feliz y dijo que sí”. Así comenzó la búsqueda de la Ciudad Perdida.

Descubrimiento de Bonampak

La tarde del 6 de febrero, luego de caminar todo el día, Carlos Frey y John Bourne llegaron al sitio que llamaron en sus mapas la Ciudad Perdida. Con ellos estaba José Pepe Chan Bor, su guía, quien los llevó con unos chicleros que tenían su campamento cerca de las ruinas, en el río Lacanhá. Desde principios de los cuarenta, los chicleros llegaban a la selva durante los meses de lluvias para raspar con su machete la corteza del chicozapote. Algunos permanecían ahí durante todo el año. Trabajaban en parejas, para no perder el rumbo. Al final de la jornada colectaban en sus chivos la savia del árbol, que después transformaban en marquetas de chicle para llevar a la central El Cedro. Producían en promedio cinco quintales al mes. El chicle —palabra de origen náhuatl, tzictli— salía entonces para Estados Unidos en los contenedores de la Wrygle Chewing Gum Company. Eran los años del auge de la goma de mascar.

Bonampak

Muchos sitios mayas fueron descubiertos durante los cuarenta con la búsqueda del chicle. Bonampak es, a causa de sus pinturas, que son maravillosas, el más importante de todos. Frey, Bourne y Chan Bor todavía no lo sabían. Permanecieron varios días con los chicleros, rodeados de botas, machetes y sogas, entre frascos de yodo, vendas de algodón y tabletas de quinina contra la malaria. El campamento tenía cinco o seis hombres, más una mujer que preparaba los frijoles y las tortillas y que, por un quintal de chicle, vendía de vez en cuando sus caricias tras unas ramas de guatapil. Su jefe era Acasio Chan, un maya de la península de Yucatán.

Todas las mañanas los exploradores salían a recorrer las ruinas. Sacaban fotos de las piedras y tomaban las medidas de los edificios que veían, cubiertos por la vegetación. “Encontramos siete construcciones en buen estado, todas en lo alto de la pirámide”, afirma Frey en la revista Vida. “Abajo había un gran edificio que miraba al norte”. Cuando visité la zona pude comprobar que ese “gran edificio” está situado nada más a  38 metros del templo de las pinturas —¡38 miserables metros! Pero nadie lo vio. “El día en que decidimos partir, los chicleros estaban en conferencia”, añade Frey. “Se negaban a dejarnos ir diciéndonos que habíamos descubierto el tesoro de Cuauhtémoc. Abrimos nuestras maletas y se las enseñamos, para que vieran que no llevábamos nada”. Pero no lo creyeron. “Cuando yo le expliqué a Bourne lo que pasaba, él se asustó y me pidió que les preguntara cuánto querían para dejarnos ir”. Acasio Chan tuvo la ocurrencia de pedir 750 pesos.

Al salir de la selva ambos volaron a la ciudad de México para reportar las ruinas al Instituto Nacional de Antropología e Historia. Más tarde, Bourne desapareció con las grabaciones y Frey, abandonado a su suerte, sin dinero, tuvo que regresar a El Cedro. Lo que escuchó ahí debió de ser para él muy doloroso. Supo que un americano había visitado la Ciudad Perdida. Supo que había visto una estela que mostraba al señor del sitio, Chaan Muan. Y supo también algo que lo habría de torturar por el resto de su vida: el secreto de las ruinas que acababa de explorar apenas unos meses antes: un templo lleno de pinturas, había sido descubierto por otro, no por él.

Frey maldijo su suerte con las palabrotas de espanto que le habían enseñado los chicleros. Después escribió la carta más desesperada de su vida. Sabía que las cosas no marchaban bien en Staunton, Illinois. Su padre, que era tuerto, se había roto un brazo y se había fracturado un pie en la mina de carbón donde trabajaba, y más tarde su casa se le había quemado. Qué horrible, sí, pero él estaba peor. “Me han pasado tantas cosas que no me he sentido con ganas de escribir”, le dijo a su familia. “Encontré la Ciudad Perdida, la ruina más grande de todas, pero no tengo dinero. Me han prometido toda clase de ayuda, pero no me dan nada. Cuando regresé a mi rancho encontré la ruina más grande de todas. Murieron cuarenta cerdos pequeños y perdí toda la cosecha porque mis vecinos pasaron su ganado y sus mulas por mi campo de maíz”. Su niño de seis meses, para colmo, yacía muy enfermo con unos misioneros. “Estoy más hundido que nunca, financieramente y en cualquier otro sentido. No tengo idea de lo que voy a hacer en el futuro. Me deshice de mi rancho y creo que me voy a ir a vivir con mis suegros a San Carlos”. Con el fin de facilitar esa mudanza pidió a sus padres que le mandaran un radio de pilas de Sears Roebuck: “Si puedo llevar un radio conmigo cuando me mude con mis suegros voy a ser mejor recibido y por el radio me van a mantener con ellos el mayor tiempo posible”. Así de bajo había caído.

El templo de las pinturas

“Un tipo alto, calvo, flaco y lacónico”. Así recordaban los monteros de Chiapas a Giles G. Healey, el americano que descubrió los murales de Bonampak. La descripción es exacta, aunque habría que añadir algo sobre su nariz, pues era memorable: larga y puntiaguda y llena de curiosidad, como la de un pájaro.

Healey acababa de cumplir 44 años cuando, parado frente a las pinturas, tuvo la certeza que su vida ya no sería igual. Trabajaba por aquel entonces para la United Fruit Company, allá en Chiapas, donde preparaba un documental sobre los indios de la Selva Lacandona. Era fotógrafo, aunque había estudiado química en la Universidad de Yale y había sido luego violinista en la Orquesta Filarmónica de New Haven. Hay una foto muy buena que lo muestra tocando su violín frente a un grupo de lacandones que lo miran hacia arriba, estupefactos. En ella aparece feliz, como en casi todas las fotografías de Chiapas. Al salir de la selva, insensible a la colitis que padecía, escribió una nota desde San Cristóbal que mandó después al Diario de Yucatán. En ese periódico, que encontré por azar en una biblioteca, ya descolorido, aparecen mencionadas por vez primera en la historia las pinturas de Bonampak. “Es fácil para uno distinguir en ellas a individuos mayas con vestimentas ceremoniales, cubiertos de plumas, con bastones en sus manos, que lo mismo pueden ser banderas que abanicos de plumas”, explica Healey. “Los colores que más destacan son amarillo, rojo, diversos tonos de verde y azul. El ambiente recuerda a las miniaturas persas”.

El lugar era conocido por él, entonces, simplemente con el nombre de Ruina 10, pero un par de meses después el arqueólogo Sylvanus Morley, amigo suyo, le propuso bautizar el sitio con uno más atractivo, formado por dos palabras, bonam (teñir) y pak (pared): Bonampak. Morley diría más tarde que ese nombre —bastante raro, por cierto— había sido sugerido por el criado de su hacienda de Chenkú, en Yucatán, un muchacho llamado Jerónimo. Nada diría, en cambio, sobre lo que más importa: su reacción frente al descubrimiento. ¿Qué sentimiento le produjeron, en efecto, las imágenes de Bonampak? ¿Consternación? ¿Dolor? ¿Repudio? Me gustaría saber. Las pinturas del sitio que bautizó con ese nombre desmentían la tesis que había sostenido durante toda su vida: que los mayas eran pacíficos, pues mostraban escenas de guerra y sacrificio de prisioneros que se miran horrorizados sus manos ensangrentadas, con las uñas arrancadas por sus verdugos. El Instituto Carnegie de Washington, cautivado por el hallazgo, financió una expedición para estudiarlas y reproducirlas. Más tarde, The Illustrated London News anunció a todos los rincones, sin medir sus palabras, “el increíble descubrimiento de la vieja ciudad maya de Bonampak, hecho por el señor Giles G. Healey”.

El descubrimiento

Es el año de 1965. Un grupo de lacandones convive desde hace días con unos misioneros de Estados Unidos en un sitio muy extraño: Ixmiquilpan, Hidalgo. Ahí, rodeados por el desierto de los otomíes, dos de ellos, José Pepe Chan Bor y Juan Chan Bor, evocan el descubrimiento de las pinturas de Bonampak. Sus palabras son grabadas por un miembro del Instituto Lingüístico de Verano, que las reproduce más tarde, junto con la traducción al ingles, en la revista Tlalocan, publicada con el apoyo de la Fundación Wenner-Gren de Nueva York.

La transcripción aparece en el número 6 de la revista, consagrado a Bonampak. Los lacandones frecuentaban aquel sitio, como lo demuestran los braseros encontrados en sus edificios; también los chicleros, que tenían su campamento cerca de las ruinas. ¿Por qué razón, entonces, mantuvieron todos el secreto del templo de las pinturas? La respuesta de la revista es muy sencilla: los lacandones no conocían el templo, tampoco los chicleros. Nadie lo conocía.

Bonampak

José Pepe Chan Bor evoca en Tlalocan el viaje de Frey a Bonampak, y dice: “No vio casa grande esa vez, no vio, sólo pequeña vio, sólo la pequeña que la vio”. Recuerda después la excursión de Healey, a la que fue también, junto con él, un lacandón llamado Carranza Kayum. Pasaron varios días en aquel sitio, que aún no tenía nombre. Healey fotografiaba las estelas, exploraba los alrededores del lugar; Chan Bor y Kayum dedicaban los días a conseguir el alimento que necesitaban. Fue entonces (tar yanin wirob u bin yuc, dice el texto en lacandón) que vieron pasar, entre los árboles, un venado de montaña. Ambos salieron con sus armas en su persecución, en direcciones opuestas. El animal escapó, pero Kayum llegó, buscándolo, al templo de las pinturas de Chaan Muan. El lugar estaba totalmente cubierto por la vegetación: los árboles crecían sobre las piedras del techo, confundidos con la maleza, entre las raíces que salían como serpientes por los dinteles de las puertas. Chan Bor, que llegó después, habría de recordar ese momento en el diálogo que publicó Tlalocan: “Ahí llamamos Healey. Aquí está, aquí, le dije a él. Lo vino ver Healey. Venado nomás enseñó, así nomás venado enseñó”.

Kayum

Mayo de 1946. La fotografía está tomada en la oscuridad de la noche, en medio de un silencio que parece tangible. Un indio vestido de cotón ve de frente hacia la cámara, con la mitad de su rostro iluminado por una luz de magnesio. Hay algo sombrío en su mirada, visiblemente asustada, como la de un animal que presiente que va a ser atacado. La nariz, ancha y curva, tiene dilatados los orificios, lo cual acentúa la impresión de miedo. Una cicatriz en el pómulo izquierdo, pequeñita, brilla como luciérnaga. Los labios son gruesos y sensuales y los ojos negros y alargados, como de tepezcuin-tle. Kayum sobrevive así en una foto que le tomó Giles Healey en El Cedro, poco después de regresar de Bonampak.

Noviembre de 1938. Es una fotografía más vieja, captada por Paul Royer durante la Feria Nacional de Guatemala. Unos lacandones vestidos de cotón salen enmarcados por un paisaje que resulta inverosímil: los portales de una plaza de la ciudad. Parecen extraviados —o más bien, observo, avergonzados, como si posaran desnudos en medio de la multitud. Están encerrados en un área cercada por alambre de púas, resguardada por el Ejército. Habían sido sorprendidos cerca de la central de Agua Azul —eso no lo vemos: lo sabemos— por un tipo que prometió regalarles unos rifles a cambio de que fueran con él a Guatemala. Así llegaron a la capital, donde fueron exhibidos en la feria durante siete días al lado de un animal que, según lo describieron ellos, tenía una víbora muy grande sobre la nariz. Es el momento que capta la fotografía de Royer. Kayum está a la izquierda del grupo, un poco apartado de los demás. Mira hacia abajo, huye del contacto con la cámara. Tiene sólo 16 años. Unos días después, terminada la feria, voló de regreso con sus compañeros hasta Sayaxché, para luego desaparecer en el Usumacinta. ¿Qué imágenes le quedaron de todo lo que vio durante su periplo: cámaras, avionetas, elefantes, multitudes, catedrales y palacios de cantera? ¿Cómo reconstruyó el mundo que lo rodeaba a partir de aquellos elementos? No lo sé. El guatemalteco que lo sacó de la selva junto con los otros lacandones, averigüé después, un escritor llamado Mario Monteforte, fue muy amigo del novelista Gore Vidal, quien lo recuerda con afecto —“delgado y enérgico”— en su libro de memorias, Palimpsest. Vidal y Kayum tienen entonces, extrañamente, algo en común: ambos conocieron y trataron a Mario Monteforte.

Abril de 1949. La última fotografía de Kayum fue tomada por Manuel Álvarez Bravo, quien en sus placas lo llama “Carranza”. Kayum había sido bautizado así por don Higinio Sosa, el administrador de El Cedro, un hombre que, como todos los chicleros, era incapaz de identificar a los lacandones por sus nombres de verdad: Kin, Bor, Kayum, por lo que los llamaba como los héroes de la Revolución: Obregón, Villa, Carranza. La foto lo muestra sentado con otro lacandón en un claro de la selva. Tiene sobre las piernas un rifle de cacería, que sus manos acarician con familiaridad. El sol le pega de frente, le hace cerrar los ojos con un gesto que parece casi de dolor. Por esos días, Kayum vivía con su madre, su hermano, su hijo y sus dos esposas a una hora y media de marcha de la central El Cedro. Su caribal estaba lleno de regalos que dejaban a su paso los exploradores de la selva: un gato, un peine, un rifle, un cuchillo, un espejo, un hato de puercos, una colección de discos arrumbados entre cestos llenos de mazorcas. Pero los regalos no lo hacían feliz: Carranza Kayum aparece melancólico en el retrato de Álvarez Bravo, quien lo fijó con su lente tres años y seis meses antes de perecer en un vado del Lacanhá. Su muerte fue un misterio, aunque muchos rumoraban que lo había matado un lacandón para quitarle a su mujer. “En octubre de 1952”, según un testimonio, “Carranza salió a cazar venado. Salió solo y sin sus perros, temprano por la mañana. Como no regresó esa noche, la gente lo empezó a buscar”. Al día siguiente, hacia las 12, Nabor, su esposa, y Nakin, su madre, lo encontraron muerto en la orilla del Lacanhá. Yacía boca abajo, con la cabeza sumergida en el agua. Sus ojos y sus oídos sangraban, atacados por los cangrejos del río. Había señales de violencia en los alrededores: los tallos de las plantas estaban rotos, la tierra pisoteada, aunque ningún indicio más de la causa de su muerte. Así terminó la vida de Carranza Kayum. Los ojos que primero vieron las pinturas de Bonampak, trazadas por los mayas en el siglo VIII, maravillosas, acabaron despedazados por los cangrejos que pululaban en las aguas del Lacanhá.

La corazonada

En la primavera de 1949 llegó a Bonampak la primera expedición en estudiar el sitio con el apoyo del gobierno de México. El guía de la expedición, Carlos Frey, buscaba con ese viaje, según él decía, “un poquito de gloria”, la que le correspondía por haber contribuido a descubrir las ruinas de Bonampak. Consiguió algo más: la inmortalidad, aunque no sabía que el precio para ello habría de ser su propia muerte.

El martes de la tragedia los miembros de la expedición fueron despertados por el rugido de los saraguatos. “Me pareció que hacían un ruido semejante al de las olas del mar al chocar contra las rocas”, habría de notar uno de ellos, el pintor Raúl Anguiano. Estaban todos instalados en la explanada que dominaba la estela más grande del sitio, entonces todavía volteada de cabeza: la de Chaan Muan. Tenían ahí, bajo la selva, sus hamacas, sus mochilas y sus tiendas de campaña. A las ocho de la mañana desayunaron café con leche de lata, mientras los arrieros preparaban las mulas para regresar por las provisiones que aguardaban en El Cedro. Era el 3 de mayo, Día de la Santa Cruz.

Bonampak

El trabajo en Bonampak estaba paralizado por el desorden en el campamento, que los responsables de la expedición imputaban a Frey. Todos sus instrumentos permanecían regados por la selva, entre ellos la planta de luz, que aguardaba en un sitio llamado El Tumbo. Frey explicó que la había tenido que dejar ahí, junto con los bidones de gasolina, porque las mulas que llevaba no podían cruzar el río con tanta carga. La pensaba recoger ese día, en canoa, para bajarla por el Lacanhá.

Carlos Frey fue la víctima del caos que marcó aquella expedición a la selva, no el culpable. Había 14 personas que necesitaban ser atendidas por él, una colección de pintores, arquitectos, médicos, fotógrafos, químicos, arqueólogos y periodistas. Las fotos que sobreviven lo muestran consumido por el cansancio. “Parece un Cristo de madera”, escribió Anguiano. “Tiene las ropas sucias y desgarradas y crecida la barba. Ha estado trabajando sin parar desde muchos días antes de que nosotros llegáramos, para facilitar nuestro transporte e instalación; va y viene de Bonampak a El Cedro”. A las nueve de la mañana, Frey salió de Bonampak hacia el lugar donde guardaba la canoa, en la orilla del Lacanhá. Le quedaban apenas tres horas de vida. Con él estaban Luis Morales, camarógrafo del Noticiero Mexicano, y Jorge Olvera, director de la Escuela de Artes Plásticas de Tuxtla, quien tenía la tarea de copiar los murales de Bonampak. Iba también Franco Lázaro Gómez, nativo de Chiapa de Corzo, un muchacho tímido y supersticioso, que dicen que tenía la mala suerte de sufrir ataques de diarrea. Ese día llevaba colgada al cuello, como talismán, una botellita de elixir antiviperino.

Olvera los vio partir a los tres en la canoa, para luego tomar un baño con jabón en las aguas del Lacanhá.

Horas más tarde, en el campamento, el arriero Pedro Pech vio pasar una manada de zenzos entre las ruinas de Bonampak. Cogió su rifle, montó su mula y salió tras sus huellas, en dirección al río. Pech era un hombre flaco y bajo, con los ojos irritados por la malaria, oriundo de Yucatán, como la mayoría de los chicleros que trabajaban en la Selva Lacandona. Hablaba maya, su lengua, pero le daba vergüenza que la gente lo supiera.

A la una de la tarde sus compañeros lo vieron regresar a pie, seguido de la mula, con el rostro más amarillo que de costumbre. Estaba muy asustado. Les explicó que, al llegar al río, perdió el rastro de los zenzos y que, buscándolos, dio con un remo que flotaba en el agua. Lo siguió por la orilla y más abajo la vio, atorada en unos troncos. Era la canoa india de fabricación americana, forrada de lona, que Frey había comprado para la expedición en la tienda Sears Roebuck de la ciudad de México. A su lado flotaba el sombrero de petate de Gómez. La visión lo dejó muy alterado.

—Sentí feo —dijo—. Como una  corazonada.

Todos salieron de inmediato hacia el Lacanhá, salvo el fotógrafo de la expedición, Manuel Álvarez Bravo. En el campamento, al quedar solo, lavó los trastes en una cubeta de agua. Ahí cerca notó los restos del saraguato cazado la víspera por los lacandones, que la cocinera de la expedición se había negado a preparar. Descubrió también, entre latas y desperdicios, una cabecita de barro que había moldeado con sus dedos el joven Gómez antes de salir de Bonampak. ¿Qué hacía ahí, tirada entre la basura? Nunca lo supo, pues en ese instante fue sorprendido por un aguacero que lo dejó sin aliento bajo los hules del campamento. Los arrieros le habían advertido que ese día de mayo llovería, como todos los años en el Día de la Santa Cruz.

Ya de noche, alumbrado con un trozo de algodón que le servía de vela, divisó en la oscuridad la luz de una linterna. Eran sus compañeros que regresaban, con los rostros descompuestos por el miedo. Esto fue lo que le contaron:

Habían visto algo terrible. Habían caminado hacia el Lacanhá, habían pasado de largo los cartuchos quemados esa tarde, durante la persecución de los zenzos, y habían llegado al lugar donde permanecía la canoa de Frey.

Bonampak

El sombrero de petate ya no estaba. Alguien disparó con lentitud los seis tiros de su pistola. Silencio. Luego varios a la vez gritaron con todas sus fuerzas. Más silencio. Ya tarde, los responsables del grupo salieron en la canoa para explorar la zona. Una hora después regresaron a decir, horrorizados, que los cadáveres de sus amigos estaban más arriba, en el fondo del río. Todos acudieron al lugar. A pocos metros de la superficie, en efecto, distinguieron sin dificultad un cuerpo que tenía una faja de colores enrollada en la cintura. Era Gómez. El cuerpo de Frey estaba de espaldas, encima, con la camisa blanca y la suela de sus tenis también blanca. Una de sus manos, notaron, permanecía sujeta de la faja de su compañero. ¿Había querido socorrerlo? ¿Salvarlo? Ambos daban la impresión de que flotaban, unidos en un abrazo de amor. “A ratos aparecían y desaparecían por el reflejo de los últimos rayos del sol”, habría de recordar uno de los testigos.

Era demasiado tarde para rescatar los cuerpos, los cuales, además, les inspiraban horror, por lo que decidieron regresar al campamento, bajo el diluvio que cayó del cielo.

Nadie pudo dormir aquella noche.

A la mañana siguiente volvieron a caminar en dirección al río. Avanzaron un par de horas por la picada, mojados, a tropezones, en busca de Luis Morales, que también viajaba en la canoa de Frey. Era el más alto y el más fuerte del grupo, y había recibido entrenamiento militar en el Ejército. Todos lo daban por muerto, pero estaba vivo. Lo vieron de repente, perdido entre los bejucos de la selva, “pálido y sucio y con las ropas desgarradas”. Ahí mismo escucharon de sus labios lo que había sucedido la víspera en el Lacanhá.

El accidente

Iban los tres en la canoa. Acababan de remontar sin problemas un boquete de agua, que incluso filmaron con su cámara de cine. Luego siguieron por un torno del río que parecía manso. Era cerca del mediodía. Hacía calor. Morales preguntó que cuánto faltaba. Frey contestó que llegarían ya tarde, por lo que tendrían que dormir en El Tumbo para regresar al día siguiente con la planta de luz a Bonampak. Morales, sorprendido y molesto, dijo que no llevaban hamacas ni mosquiteros ni toldos para dormir en la selva, ni siquiera comida, así que de plano tenían que regresar al campamento. Frey, en silencio, continuó remando.

Morales estaba molesto por un incidente más. La noche del lunes, en efecto, Frey había llegado a Bonampak junto con Margarita Nakin, una lacandona de 16 años que vivía en el caribal de su hermano, Obregón Kin. Era célebre por su belleza, que parecía oriental. La codiciaban los chicleros y los lagarteros, y también los exploradores que llegaban a la selva. Álvarez Bravo la retrató muchas veces. El caso es que la noche de su llegada, en una hamaca, Margarita hizo el amor con Carlos Frey. Sus gemidos fueron escuchados en silencio por todos los miembros de la expedición. El único que protestó —“mientras unos cogen”, dijo, “otros se desvelan”— fue el más joven del grupo, Luis Morales. Pero los gemidos siguieron.

Al tiempo que sus compañeros discutían en la canoa, Gómez, en medio, guardaba silencio, debilitado por un ataque de la diarrea que acababa de contraer en Bonampak.

Bonampak

“Entonces pasamos un rápido que se veía calmado”, explicó Luis Morales. “Ya estábamos para pasarlo cuando se nos levantó la canoa de la punta y nos dio un vuelco rápido sin darnos tiempo de hacer nada. Caímos al agua, yo con mi cámara y película que llevaba en un morral. Lo que les pasó a los otros ya no supe porque yo venía delante en la canoa. El agua empezó a sumirme y sumirme, a arrastrarme para abajo”. Gómez quedó atrapado entre las piedras del fondo del río, aturdido por el sonido del agua, que era sordo y confuso en la profundidad. Frey vio burbujas y rayos de luz, y el agua más clara en un lugar que parecía cambiar de sitio y que era la superficie y la vida. Morales soltó el morral donde llevaba la película y la cámara, y pudo salir a flote. La corriente lo arrastró hacia la orilla, donde vio sus botas que llegaban hacía él, como un regalo, seguidas por el casco sarakoff de Frey. Tomó ambas cosas y salió del agua. Buscó a sus compañeros en el río por el resto de la tarde; luego penetró a la selva, donde tuvo que pasar la noche en el hueco de un árbol, empapado y hambriento, y muerto de miedo. Al día siguiente, cuando vio la canoa sobre la ribera, pensó que sus amigos debían estar a salvo.

Un sepulcro en la selva

El Lacanhá es un río de caídas y remansos, con muy poca corriente. No es profundo ni caudaloso. En mayo las aguas son mansas y cristalinas.

Por eso los cuerpos pueden ser vistos ese 4 de mayo, atorados en las piedras del fondo del río. Están en la misma posición en que fueron hallados la víspera: Frey encima, con una de sus manos sujetada a la faja de Gómez. Los lacandones ayudan en el rescate, encabezados por Obregón, el hermano de Margarita. Primero sacan a Frey. Su cadáver, que flota de bruces, es jalado con una percha hasta la orilla, rígido y frío, con la piel de la espalda blanca y tiesa, como una página de pergamino. Luego rescatan a Gómez. Lleva su morral atado a la muñeca con tal fuerza que sus compañeros lo tienen que cortar para ver lo que contiene: una pistola calibre 38, un montón de cartuchos y un bule lleno de agua. Todos concluyen lo mismo: “Llevaba un ancla en la mano”. Los cuerpos, encorvados, permanecen boca abajo sobre la ribera del Lacanhá. Ambos tienen los rostros amoratados —“el de Frey tan oscuro como si hubiese sido sacado del fango”. Manuel Álvarez Bravo toma una fotografía. Es ya tarde para darles sepultura, por lo que los lacandones los cubren con hojas de guatapil.

Ese día, los expedicionarios regresan por fin al campamento, donde los aguardan la cocinera junto con las hijas y las kikas de los lacandones. Todas permanecen calladas, menos Margarita, que palidece cuando ve llegar a Luis Morales. El jefe de la expedición, Julio Prieto, ahí presente, evoca la escena con estas palabras: “Lo miró con una expresión indescriptible, en la que había odio, ira y rencor, y le dijo en su media lengua, pero en un tono bastante claro: ¡Mejor tú muerto, no él!, y se alejó de nosotros. Iba llorando”.

Carlos Frey fue sepultado junto con Franco Lázaro Gómez en un claro de la ribera del Lacanhá. Sus compañeros improvisaron una cruz de madera, donde luego marcaron su nombre con un lápiz de carbón. Luis Morales, a su vez, salió más tarde de la selva con el resto de los expedicionarios, hacia la capital de México. Una vez ahí, dicen, desapareció para siempre. n

 

Carlos Tello Díaz. Escritor. Entre sus libros: El exilio: Un relato de familia, La rebelión de las Cañadas, En la selva y 2 de julio.

Nota. He retomado extractos de mi libro En la selva (Joaquín Mortiz, México, 2004) para reconstruir la historia de las ruinas de Bonampak.