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Conmemoramos el primer aniversario del fallecimiento de Eric J. Hobsbawm (1917-2012), tal vez el más grande de los historiadores contemporáneos. El conjunto de conferencias y ensayos reunidos en Un tiempo de rupturas. Sociedad y cultura en el siglo XX (Crítica, México, 2013) conforman el último segmento de una formidable obra que corre del siglo XVIII al XXI, se detiene fugazmente en Viena, Nueva Orleans, la selva peruana, Tasmania, el Congo y demás lugares insospechados; que habla de los ciclos económicos, la revolución francesa, la clase obrera inglesa, el anarquismo ruso, la mafia siciliana, Robin Hood y también del jazz.

Compañero de generación de los clásicos del materialismo cultural (E.P. Thompson, Raymond Williams, Richard Hoggart, Stuart Hall), Hobsbawm destacó la historia económica y social, o de “las sociedades”, como prefería nombrar lo que los franceses llamaron “historia total”. No obstante su espléndido bagaje literario, y el conocimiento acerca de las artes plásticas y la música, los sistemas económicos, los movimientos sociales y el mundo del trabajo captaron más el interés del historiador nacido en Alejandría. Si bien en sus famosas “eras” (de la revolución, el capitalismo, el imperio y de los extremos) dedicó siempre un capítulo a las artes, no fue sino hacia el final de su producción historiográfica cuando compiló sus textos sobre cultura, en Gente poco corriente (1998), y en el libro póstumo que nos ocupa. Sin embargo, la cultura nunca tuvo para él una entidad propia y de ahí el subtítulo que acota este volumen, donde la cultura y la sociedad por ningún motivo pueden ir separadas.

La tesis que recorre estos ensayos fechados entre 1964 y 2012, algunos inéditos, es que la decadencia de la civilización burguesa, con el sangriento corolario de la Gran Guerra —en varios aspectos más catastrófica que la Segunda Guerra Mundial—, transformó radicalmente a las artes y, para algunas, marcó límites infranqueables. Éstas constituían el núcleo espiritual de la sociedad burguesa decimonónica. Y la crisis civilizatoria que las arrastró resultó de la combinación de tres factores: la revolución científico-tecnológica (que incrementó exponencialmente la productividad del trabajo), el consumo de masas y el ingreso de éstas al mercado (de bienes y servicios, y también electoral).

Hasta entonces, la sociedad burguesa había sido una sociedad de minorías, si bien en expansión, donde el consumo de la alta cultura y el acceso a la educación media y superior eran privilegio de las elites. Como mostró Raymond Williams, en el siglo XIX las bellas artes y las artes manuales consumaron su escisión, la cual intentó vanamente revertir la utopía estética de William Morris. Aunque los grandes museos  —pensemos en el Rijksmuseum de Áms-terdam (1885), subvencionado por una próspera burguesía comercial— expusieron públicamente los tesoros artísticos monopolizados de antiguo por la aristocracia, y la consolidación de la novela como género independiente atrajo a nuevos lectores (mujeres, artesanos, profesionistas) al mundo de las letras, tanto el arte como la esfera pública y la sociedad política continuaron reservados a los menos, así incorporaran a la clase media ilustrada.

La emancipación de los judíos en el siglo XVIII y la incorporación femenina a la esfera pública cien años después enriquecieron notablemente la cultura occidental. Las mujeres hicieron notar su presencia en el campo de las letras, la política y las artes a pesar de los abundantes prejuicios de género. Así, tras ofrecer una tenaz lucha, en las primeras décadas del siglo pasado, las mujeres de clase media y alta incrementaron su presencia en la educación media de Europa y Norteamérica, al tiempo que lograron en algunos países el derecho al sufragio. Por su parte, los judíos habían realizado su primera aportación fundamental a la civilización mundial al inventar el monoteísmo tribal, concepción que permitió la emergencia de la noción de universalidad tanto en el cristianismo como en el islam. Asimismo, el clima de tolerancia propagado por la Ilustración, y las libertades ganadas con la revolución francesa, hicieron posible que los judíos penetraran al mundo de la cultura, las ciencias y las artes europeas, siendo Alemania particularmente favorecida por esa apertura. Por eso, cuando el régimen nacional-socialista prescindió de los físicos de origen judío y de científicos de otras ramas, perdió la cerrada competencia por la supremacía tecnológica en el terreno militar. De la misma forma, la ciencia y las artes estadunidenses de posguerra recibieron un considerable impulso por la emigración judía.  

La “reproductibilidad técnica” posibilitada por el desarrollo tecnológico, de acuerdo con la conceptualización de Walter Benjamin, trajo para las artes resultados mixtos: hizo posible el cine y permitió que la música llegara simultáneamente a los hogares por medio de la radio, o que quedara grabada en acetatos que podían escucharse a voluntad, empresa en la que el teatro y la danza quedaron a la zaga. Sin embargo, la música clásica —constituida por un repertorio muerto, subraya el historiador británico— no pasó de representar el 2% del mercado de discos al comenzar los sesenta; en tanto que el libro de bolsillo, inventado en Venecia por Aldo Manucio en el siglo XVI, todavía compite con éxito con el libro digital. La fotografía retiró a la pintura la patente de las representaciones realistas, forzando a las vanguardias a buscar alternativas que rebasaran las capacidades de su poderosa competidora. Curiosamente, el photoshop nos demuestra en la prensa diaria y las revistas ilustradas cómo puede trucarse la imagen, dejando en entredicho la asociación “natural” entre fotografía y realidad.

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Mientras el art nouveau, la Bauhaus y el funcionalismo se propusieron racionalizar el espacio construyendo casas para hacer la ciudad habitable, y en cierta medida recomponer el tejido social, la arquitectura posmoderna resultó ser la hija consentida de la globalización, aspirando a fijar marcas (en los dos sentidos) en el paisaje urbano y contribuyendo en ocasiones a elevar a ciudades “alfa” a asentamientos urbanos que no figuraban en el ranking mundial por algún mérito particular, pero sí contaban con los recursos monetarios suficientes para comprar un costoso distintivo en el mercado de las artes. Ostentar a la vista de propios, pero sobre todo de extraños, un Calatrava, Gerhy, Piano, Portman, Libeskind o Jahn, colocaron a Bilbao en la guías para turistas y enviaron un fuerte mensaje con respecto de la reunificación alemana, si nos atenemos a las imponentes construcciones de los grandes de la arquitectura internacional en los espacios antes ocupados por el Muro de Berlín.

El consumo de masas disolvió, o está en curso de hacerlo, la frontera que separaba la alta cultura de la cultura popular, al grado que para Hobsbawm el vocablo conserva ya nada más su sentido antropológico, esto es, la de una producción material elaborada por un sujeto colectivo. La lata Campbells en la pintura de Warhol, el collage dentro de las artes visuales, o la virtual extinción del cine de autor evidencian este estado de cosas en el que los objetos fabricados industrialmente constituyen los fetiches modernos. Como agudamente hizo notar Frederic Jameson, entre los gastados “Zapatos de labriego”, de van Gogh, y los impecables “Zapatos de polvo de diamante”, del último Warhol, media el uso, esa tosca pátina dada por el trabajo.

Quizá la gran pérdida con esta masificación de la cultura es que el mercado impone un dominio tal sobre el mundo de las representaciones que prácticamente cancela otras opciones. En el catálogo comercial en que se ha convertido el cine no sólo abundan un ingente número de comedias banales, sino las mismas historias se recrean casi cada década, por ejemplo en las interminables sagas de los superhéroes extraídos del comic, de tal manera que después de observar la tercera o cuarta versión de Batman y Superman, el espectador lo único que puede registrar como novedad son los adelantos tecnológicos a disposición de estos justicieros superhombres. Una mistificación aún mayor se observa cuando los juguetes de consumo masivo protagonizan sus propias tramas, como ocurre con los Transformers, hombres-máquina inicialmente activados por las manos de los niños y que ahora tienen vida propia en la pantalla grande.

De cómo el mito suplantó al arte y cómo lo local se universalizó da cuenta el historiador británico en el ensayo acerca del cowboy estadunidense con el que cierra el volumen. Esta “tradición inventada” —como denominaron Hobsbawm y Terence Ranger (La invención de la tradición, 1983) a algunas de las adulteraciones históricas cuyo propósito es reforzar la cohesión grupal— presenta, de un lado, la antítesis naturaleza/civilización, y del otro reivindica el antiguo ideal de una sociedad libre de toda restricción estatal (la ilusión mayor de los miembros de la “Asociación Nacional del Rifle”). Estamos —plantea Hobsbawm— frente al mito “de un estado de naturaleza hobbesiano, que sólo se mitiga por medio de la propia ayuda, individual o colectiva: pistoleros (con licencia o sin ella), partidas de justicieros y, en ocasiones, cargas de caballería”.

Pero ¿por qué un mito basado en un personaje tan provinciano como el vaquero, y de escasa vida activa en una sociedad que cambió tan rápidamente con la expansión del ferrocarril y la colonización territorial, logró imponerse como arquetipo universal, situándose por encima de parientes cercanos como el cosaco, el gaucho y el charro (otra “tradición inventada”, por cierto)? Obviamente, Hollywood hizo su parte. Aunque hay una razón más profunda, nos dice Hobsbawm, pues estos tipos campiranos menos favorecidos por la historieta, el cine y la televisión tienen ligas con la sociedad, responden a demandas comunitarias y actúan de acuerdo con códigos morales aceptados grupalmente. En cambio, la figura radicalmente individualista del cowboy permite a los espectadores realizar imaginariamente la fantasía de no deberse a nada ni a nadie, de “cabalgar en solitario” hacia cualquier parte teniendo a disposición un cúmulo de posibilidades abiertas, de carecer de raíces que lo constriñan y no llevar más carga que la que pueda transportar un caballo.

Dentro de esta producción, reproducción y circulación intensiva de imágenes, insertas en la red de la llamada sociedad del conocimiento, frecuentemente la globalización ha procreado subculturas aisladas en lugar de producir la integración efectiva de la sociedad como históricamente hizo la educación formal. Por tanto, las nuevas tecnologías no pueden reemplazar a la vieja escuela como fuente fundamental de la cohesión comunitaria. Con la despiadada acidez que lo caracterizaba, Hobsbawm señaló: “en el mercado sin fronteras de internet, las subculturas grupalmente específicas, aun las más pequeñas, pueden crear un medio y una escena cultural que no interese a otras personas —digamos un grupo de neonazis transexuales, o de admiradores islámicos de Caspar David Friedrich—; pero un sistema educativo que decide quién conseguirá la riqueza y el poder civil en la sociedad no puede verse determinado por bromas posmodernas”.

¿Cómo se dirimirá finalmente este conflicto entre la cultura del gueto y la cultura global, de la xenofobia y el racismo crecientes con la fraternidad y la inclusión del otro? Acaso, aventura Hobsbawm, la respuesta esté en los estadios de futbol del mundo, los templos modernos en donde se juega el más universal de todos los deportes y, al mismo tiempo, el más nacional de ellos. Al respecto, un indicio alentador puede ser que, a pesar de Jean-Marie Le Pen, el talento deportivo de Zinedine Zidane, hijo de inmigrantes argelinos musulmanes, lo convirtió en el “mejor de los franceses”. n

 

Carlos Illades. Profesor-investigador del Departamento de Filosofía de la UAM-Iztapalapa. Su libro más reciente es La inteligencia rebelde. La izquierda en el debate público en México, 1968-1989.