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Cuando Camus sube al escenario, se desenvuelve una gran época del teatro francés. Gente de tablado portentosa, como Jean-Louis Barrault, Roger Blin (estrenó Esperando a Godot representando él mismo a Pozzo), Louis Jouvet (no he visto mejor actor, gran director, vivió en México en la calle de Pino, montó las obras de Sartre y Genet) y muchos más. Grandes dramaturgos como Beckett, Ionesco, Giraudoux. Grandes actores, esos actores que admiramos en la pantalla los privilegiados que hemos sido aficionados al cine francés de los años treinta, cuarenta, cincuenta como Michel Simón o Jean Gabin.  

A Camus le fascinaba el teatro. Había sido actor y disfrutaba dirigiendo. Fue amante de María Casares, la famosa actriz. El papel de Calígula, su primera pieza, lo encarnó un ángel de la escena, Gerard Philip. Y sin embargo algo pasa con el teatro de Camus que lo vuelve la línea de menor resistencia del arte del maestro. Exploremos.

Se dice siempre que Camus fue existencialista y exploró el absurdo de la vida. No creo que haya sido existencialista, en su literatura está muy presente la alegría, alegría inmotivada, como debe ser. En El mito de Sísifo, tal vez, indaga el absurdo, pero en su teatro, no. Martin Esslin en su clásico estudio El teatro del absurdo no lo menciona al lado de Ionesco, Beckett o Arthur Adamov. ¿Por qué?

Cuando era joven admiraba Calígula, ahora no tanto. En esta pieza aparece el absurdo a través del personaje central. Calígula sale a escena contrariado porque quiere la Luna y no puede tenerla. Así dan comienzo sus despropósitos. Ahora, el emperador, dado su poder absoluto, decide arbitrariamente el destino de los ciudadanos. El mandatario es absurdo, luego el destino de la gente es absurdo. La pieza puede ser sobre el absurdo, pero ella misma no es absurda, es perfectamente lógica. Las obras de Ionesco no son sobre el desquiciamiento, como Calígula, son desquiciadas ellas mismas, argumento, personajes, diálogos son absurdos.

La obra es programática, manipulada para que exhiba una tesis. El arte teatral es celoso, si se entrometen mensajes u otras cosas, el arte se aleja disgustado. De Shakespeare, modelo de calidad, no se sabe nada, no se sabe si era católico o anglicano, no se saben sus opiniones acerca de nada. Shakespeare es caso extremo de artista enmascarado. La máscara manda, es decir, la obra debe organizarse e ir a donde debe ir, no a donde podría querer el humano William Shakespeare que se dirigiera. Nuestras fantasías infantiles de justicia o final feliz no juegan. No hay fervorín. 

Ésta es una limitación del arte teatral de Camus. Tiene otras. Entre ellas la aparición de lo poético en su dramaturgia.

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En su novela El primer hombre, publicación póstuma, el protagonista, el propio Camus, visita un cementerio militar buscando una tumba, la de su padre. 1885-1914, había su padre caído en la Batalla del Marne, cuando él había cumplido apenas un año. El visitante hace rápidamente la cuenta: 29 años. De pronto se sintió conmovido en lo hondo de su ser. Él tenía ya 40 años. El hombre enterrado bajo aquella losa, el hombre que había sido su padre, era más joven que él.

Hay resonancia aquí, sentimos que algo late detrás de estas palabras, un significado evasivo, no fácil de formular. Like something almost being said, nota característica de lo poético, observa Philip Larkin, como algo que casi se ha dicho (casi, no dicho, casi dicho). Esta resonancia es marca de fábrica de lo poético. Ahí está, pero no podemos formularlo. Mejor porque, como aseguraba un gran pintor chino, (en arte) todo lo que puede verbalizarse carece de importancia.

La prosa de Camus es con frecuencia poética. Esta peculiaridad embota los filos de su teatro. En teatro hablan los personajes, no el autor. Los personajes deben hablar como ellos hablan. Lo poético es obstáculo insalvable para cumplir este precepto. Lo poético saca al espectador de la obra. El milagro de Shakespeare es que, pese a ser poeta admirable, sus diálogos no suenan a cosa poética. Es simplemente la frase correcta en el momento correcto, exactitud matemática, como si este hombre sorprendente pudiera medir sus palabras sobre nuestra naturaleza en un balance sensitivo hasta fracciones milimétricas, escribe Graham Greene de Shakespeare. Es decir, lo que más cuenta es la puntería, la oportunidad, la naturalidad de la frase, no, de ningún modo, su presunto contenido poético.

Pero no quisiera dejar aquí la opinión acerca de un escritor que me parece desde muchos puntos de vista admirable, así que me permito agregar un corolario, no tan breve como hubiera querido.

El mayor mérito de Camus está en su refinada sensibilidad moral. Así lo vio Sartre en el adiós emocionado que rindió al viejo amigo con quien había reñido: Camus representa en este siglo, y contra la historia, al heredero de ese largo linaje de moralistas cuyas obras constituyen, quizá, lo más original de la literatura francesa.

Tres ejemplos, hay mil. Vivir admirando es, en cierto sentido, vivir en el paraíso (piensa un poco, ¿verdad que sí? Y claro, ¿cómo no se me había ocurrido a mí?). El mérito del periodismo está en continuar cuando se sabe que los lectores ya están cansados del asunto, ahí se demuestra que se busca, no el deslumbramiento, sino la reparación (ídem.). Los tres principios que es necesario defender para hacer un buen periódico: Los de la justicia, el honor, la felicidad (el más raro es el principio del honor, sin embargo, ¿no sería una maravilla un periódico con honor?).

En todo genio moral atrae lo mismo que la obra, el personaje, porque el talento moral no es teórico es vital y tiene que exhibirse en la existencia, por eso queremos conocer su vida, saber qué opinaba de esto y aquello, queremos guía, nosotros, tan ciegos en apreciaciones morales. Y es el caso de Camus: figura atractiva, joven (47 años al morir), guapo, comprometido, el cigarrillo en la comisura de los labios, puritano voluptuoso, donjuanesco a su pesar, periodista que no deja pasar nada, siempre discutiendo, persona de opiniones impredecibles, angustiado, y un plus, es talentosísimo (Sartre llegó a reprocharle que escribía demasiado bien). n

 

Hugo Hiriart. Escritor, dramaturgo y ensayista. Ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009 y Premio Mazatlán de Literatura 2011. Ha publicado, entre otros títulos: El arte de perdurar, Disertaciones sobre las telarañas y Galaor.