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Los que suscitan el amor, aun desposeídos, 
son los reyes y los justificadores del mundo.

—Albert Camus (notas para El primer hombre)

Basta leer los títulos de las dos únicas partes de El primer hombre que Camus alcanzó a redactar antes de su muerte para saber cuáles son los dos ejes centrales de esta novela inconclusa: “Búsqueda del padre” y “El hijo o el primer hombre”. Como es sabido, Camus traía en su maletín el manuscrito de esta novela el día del accidente que le costó la vida. En su forma actual, tal como fue publicada en Francia en 1994, consta de 250 páginas, además de unas hojas sueltas y de unas notas de trabajo (estos anexos añaden casi 60 páginas más).1Le premier homme es el libro más autobiográfico de Camus. Como el protagonista del mismo, Jacques Cormery, también Camus perdió a su padre en la Primera Guerra Mundial cuando era apenas un bebé. Como Camus, Cormery siente un horroroso vacío ante esa pérdida y esa ausencia. Un vacío de tal magnitud que, al igual que Cormery, Camus se siente “el primer hombre”.

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Es conocida la campaña que se desató en contra de Camus, entre ciertos sectores de la intelectualidad francesa, a raíz del otorgamiento del Premio Nobel en 1957. El más insidioso quizás de los pronunciamientos en su contra fue el del “crítico literario” que afirmó que el premio había sido concedido a una obra concluida. A juzgar por lo que el propio Camus dijo a su amigo Jean de Maisonseul en el verano de 1959, esta afirmación erraba el blanco por mucho, pues Camus pensaba que con El primer hombre apenas comenzaba el segundo tercio de su obra. En todo caso, si primero su esposa Francine se negó rotundamente a publicar El primer hombre y más adelante su hija Catherine dejó pasar 15 años después de la muerte de su madre para hacerlo, sus motivos tendrían. Uno de ellos, por cierto, enunciado alguna vez por Catherine, es que su papá jamás hubiera permitido su publicación. No sólo porque se trata, de manera evidente, de un primer borrador, sino también porque considerando el proyecto de todo el libro que aparece esbozado en los anexos, las 250 páginas de El primer hombre que conocemos constituyen apenas una tercera parte de la novela que Camus tenía en mente.2

Poco después de su aparición, Florence Noiville se refirió así a El primer hombre: “Todo Camus está ahí, en germen, en el niño que crece bajo nuestros ojos: la sensibilidad, la lealtad, la generosidad, la rectitud, la responsabilidad, el orgullo, la sed absoluta, la exigencia…Y también una avidez por vivir que coexiste siempre con una pena sorda, inextinguible, como el bajo continuo de su existencia”.3 Difícilmente se puede resumir de mejor manera todo lo que encierra El primer hombre. Es cierto que la aparición de la novela 34 años después de la muerte de su autor, el contexto político postcaída del Muro de Berlín, el hecho de que, como quedó dicho, se trataba del más autobiográfico de sus escritos y, sobre todo quizás, la manera en que aparecen ante nuestros ojos la pobreza, la insaciable necesidad del padre muerto y el infinito amor por la madre sordomuda contribuyeron a que el libro fuera recibido apoteósicamente en Francia y muy bien recibido en el resto del mundo. A casi dos décadas de su aparición, con las olas de alabanza ya desvanecidas, me parece que el relato, con las limitaciones que se deprenden de algunos aspectos mencionados en esta nota, sigue sosteniéndose con notable vigor. No sólo porque, efectivamente, todos los valores “camusianos” están ahí presentes, sino también porque es poco común toparse con descripciones sobre la pobreza que resulten al mismo tiempo tan conmovedoras, tan desgarradoras y tan creíbles (en la medida en que puede decir esto último alguien que no tuvo una infancia pobre). Pienso en pasajes sobre diversos temas: la memoria de los pobres; la escuela y la miseria; el significado que para un niño pobre tiene la entrada al liceo; la disociación absoluta que Albert/Jacques tuvo que establecer entre el liceo y su familia; la puntualidad, las obligaciones sociales y los placeres de una familia pobre, y, para no cansar a los lectores, la naturaleza del trabajo de millones de pobres (“trabajo tan estúpido que dan ganas de llorar, cuya monotonía interminable consigue hacer que los días sean demasiado largos y la vida demasiado corta”).4

El principio, trasfondo y motivación primera en la vida de Jacques/Albert es el amor por su madre. Ella, que había “saltado a la fama” cuando su hijo, en una cita que prácticamente nunca es referida junto con su contexto (verbal y no verbal), osó decir en Estocolmo que él la defendería antes que a la justicia. Esa mujer, que hacía la limpieza en casas ajenas para mantener a sus hijos, que no sabía leer (de aquí la dedicatoria de El primer hombre: “A ti, que nunca podrás leer este libro”), a la que su hijo jamás escuchó reír y que la mayor parte del tiempo que pasaba en casa lo dedicaba a mirar por la ventana, esa mujer —decía— fue, de acuerdo a un diálogo que aparece en los anexos del libro, la única a la que Albert/Jacques, hombre de “cien mujeres”, realmente amó.5

Termino esta nota refiriéndome a la primera de las dos cartas incluidas al final de El primer hombre (una inclusión que resulta más que razonable una vez que se ha leído el libro). Se trata de la carta de agradecimiento que Camus envió a Louis Germain, su profesor cuando tenía 10 años, con motivo de haber recibido el Premio Nobel. En tiempos como los que corren ahora en México y sin pretender ignorar las enormes diferencias entre los dos contextos considerados, la carta en cuestión me parece un emotivo recordatorio de cómo la mano afectuosa, atenta y solícita de un profesor atento y solícito puede transformar la vida entera de un niño de escasos recursos:

19 de noviembre, 1957

Querido señor Germain:

Esperé a que se apagara un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.

Lo abrazo con todas mis fuerzas.

Albert Camus

En su respuesta, también incluida en el libro, Germain le dice a Camus algo que el antiguo alumno contravendría en El primer hombre: “Tengo la impresión de que los que tratan de penetrar en tu personalidad no lo consiguen. Siempre has mostrado un pudor instintivo ante la idea de descubrir tu naturaleza, tus sentimientos”. De aquí en gran medida y sin olvidar por supuesto que estamos ante un magnífico escritor, el valor y el éxito que tuvo y que seguramente seguirá teniendo Le premier homme. n

 

Roberto Breña

 

1 La edición original es de Gallimard. En español, la editorial española Tusquets publicó primero la novela en su colección “Andanzas” (Barcelona, 1994) y tres años más tarde en su colección “Fábula” (a un precio bastante más accesible). Las páginas que aparecen en lo sucesivo de la edición española refieren a la de 1994.
2 Dicho proyecto se puede ver en las pp. 306-307 de la edición francesa y en las pp. 278-279 de la española.
3 “L’enfance inguérissable”, en el dossier titulado Albert Camus, le juste, diario Le Monde, n. 21, octubre de 1998, p. 2.
4 La última oración es de la p. 248 de la edición francesa y la p. 228 de la española (la redacción por la que opté es ligeramente distinta).
5 Sobre lo aquí dicho y sobre la expresión entrecomillada, véase la p. 317 de la edición francesa y la p. 287 de la española.